El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




viernes, 23 de diciembre de 2011

Removiendo conciencias

             Esta es la historia de una de las jóvenes, todas menores de edad, que se encuentra con su hija en la casa de acogida Mantay, en Cusco, Perú. No es una historia aislada, historias como la suya, las hay a miles, pero todas no han tenido, dentro de su desgracia, la suerte de poder llegar a una casa de acogida.

Pero ahora que llega a los 18 años, ya no podrá seguir acogida en Mantay, ya que a esa edad, según los estatutos de Mantay, ha de abandonar la casa, y lugares de acogida para mayores de esa edad, son escasísimos. El proyecto de la casa de acogida Shikoba, que patrocina la Fundación Elial pretende cubrir ese vacío, para poder acoger a las jóvenes madres que han alcanzado la mayoría de edad, pero no un nivel de formación suficiente  para desenvolverse en esta sociedad.
Pero para que Shikoba sea una realidad, necesitamos tu ayuda, necesitamos que las personas, como tú,  de buena voluntad, sacrifiquen su cerveza, o su periódico, o un día menos de vacaciones al año, o…... Te dejo con la historia de Esperanza. No he añadido ni una coma, es tal cual ella la ha escrito.
Mi nombre es Esperanza, cuando tenía siete años, mi padre me cambio por una motosierra. Vivíamos en la selva y éramos nueve hermanos. A mi padre mucho le gustaba tomar. Mi madre hacía todo en la casa y en el campo, y cuando llegaba mi padre en la tarde, le pegaba duro. 
El señor me llevó a vivir con su familia en la Sierra, en Puno. No me gustaba, hacía mucho frío. No sé porque me quedaba dormida en todo lado y siempre tenía mucha hambre. Me levantaba muy temprano a buscar leña para cocinar, tenía que caminar como dos horas para ir y más para regresar, porque la leña pesaba mucho. Cuando llegaba tenía que picar la verdura y lavar la ropa. Cuando me cortaba con el cuchillo, la señora me daba un correazo para que no fuera tan distraída, me dijo “así se aprende”. Si no lavaba mi ropa bien, me bañaba con agua helada. Nunca me ha hecho estudiar como a sus hijos, me decía que costaba mucho dinero y yo solo malograba cosas. Así fui creciendo, aunque también había cosas buenas, de la señora su hija, tenía mi misma edad pero era más grande que yo, me regalaba su ropa cuando le quedaba pequeña. En navidad me dejaban comer con ellos en la mesa.
Un día me quede sola en casa, tenía que lavar la ropa de toda la familia, creo que tenía 10 años, cuando Carlos, el hijo mayor de los señores, me dijo que entrara a barrer su habitación. Cerró la puerta y empezó a tocarme, yo me asusté y comencé a llorar, entonces él me tapo la boca, me tiro al suelo...
Cuando me dejo libre, me dijo que si me avisaba a alguien, iría a mi pueblo y mataría a mi madre y a todos mis hermanos.  Estaba tan asustada que no le pude decir nada a nadie, lo único que quería era regresar con mi familia.
Pasada una semana, aproveche que la señora me dio plata para el mercado y me fui a la selva en un camión de petróleo. El viaje duró cuatro días pero al fin estaba en mi pueblo y con muchas ganas de ver a mi madre, aunque casi no la recordaba, pero recordaba su nombre y que era coja.
Preguntando llegue a mi casa, no conocía a ninguno de mis hermanos, ni ellos a mí. Mi madre me dijo “hola, ¿Por qué estás aquí?, ¿Qué habrás hecho?”. Yo le conté todo lo que había pasado pero ella solo dijo “esa es la vida de una mujer, no podemos denunciar porque ellos tienen plata y nosotros no”.
Cuando le pregunté por mi padre, me dijo que había muerto morado de tanto tomar. También me contó que ahora tenía otro esposo y que con él tenía dos hijos más. Esperamos a la tarde a que llegara el esposo para conversar si me podía quedar en la casa. Su esposo era más joven que mi madre y no le importó que me quedara a vivir siempre y cuando lave toda la ropa y cuide a su hijo recién nacido. Mi madre tenía su puesto de venta de comida en el mercado, salía muy temprano y regresaba cuando ya lo había vendido todo, a veces temprano, a veces tarde.
Un día mi padrastro me dijo que le acompañe a comprar carne que mi madre vendía en el mercado, a un pueblo vecino, al regresar caminando, se nos hizo de noche. Mi padrastro me llevó a una choza donde me dijo que nos quedaríamos a dormir. Era un cuarto de palos, con piso de tierra.  Nos sentamos y él saco una botella de trago de su bolso, empezó a tomar y quería que yo también lo hiciera, pero recuerdo que mi madre una vez me dijo que nunca aceptara trago a un hombre. Así que cuando me he negado, el se puso de mal humor y me dijo que yo ya tenía trece años y  que ya no era una niña, pero yo no quería. Me comenzó a pegar y abuso de mí. Cuando terminó, me dijo que  si se lo contaba a alguien me aplastaría la cabeza con una piedra y luego me tiraría al río.
Esto se repitió ocho veces más, cada vez que teníamos que ir a comprar carne. El me preguntaba cada mes si me había enfermado, yo no sabía que si ya no venía la sangre, era porque estaba embarazada. Después de un tiempo, comencé a vomitar con el olor del café y del plátano frito, fue horrible porque era nuestro desayuno cada día. Mi barriga comenzó a crecer y un día le dije a mi madre, creo que tengo gusanos en mi barriga, porque algo se mueve. Mi madre me llevó al chamán para que me purgara, pero este me comenzó a tocar la barriga y le dijo a mi madre, que estaba embarazada. Mi madre me empezó a pegar y me pregunto que quien era el padre. Como mi padrastro había viajado a trabajar a los lavaderos de oro, le conté lo que había pasado cada vez que íbamos a comprar la carne.  Ella se enfadó aún más, y me dijo: “Tú has tenido la culpa”, “¿Cómo me has podido hacer esto?”.
El chamán llamó a la policía mientras mi madre me pegaba. Cuando llegaron mi madre ya no me quería ni mirar, estaba muy molesta conmigo.  Y dijo que ya no iba a volver a pisar su casa, eso es lo último que recuerdo de ella.
Los policías después de preguntarme muchas veces lo sucedido, dijeron que había que detener a mi padrastro, porque había embarazado a una menor de 14 años, yo tenía trece. (Violar a una niña que ya ha cumplido 14 años no es delito, se considera seducción por parte de la niña).
El policía me llevó a mi también, yo solo quería estar con mi madre, pero esto sí que era ya imposible.
El  Juez de Familia me dijo que iba a estar protegida en un Hogar y así me llevaron a la “Casa Mantay”. Aunque estaba asustada, entendía que mi madre ya no me quería más, y que no tenía a donde ir. Más me asustaba tener que vivir en la calle y pasar más hambre.
Cuando llegue a la Casa de Acogida Mantay, todo era muy diferente a como me lo había imaginado, las mamas eran todas muy jóvenes y sonreían mientras se presentaban. Cuando el psicólogo me dijo que no tenía autoestima, pensé que eso era bueno, porque creía que era una enfermedad.
Después de vivir estos años en la casa Mantay, me he dado cuenta de que nunca antes, nadie me había preguntado cómo me siento, como estoy, que me pasa, si quiero algo o no, me he dado cuenta que era invisible, hasta para mi familia.
Ahora tengo 18 años y puedo decir que es duro ser madre a los 13 años, y muy lindo irte enamorando de tu hija. Cada día me siento muy especial, cuando escucho a mi hija que me dice “te quiero mamita”.
“LA REALIDAD NO HA CAMBIADO, YO SI, AHORA NO SOY INVISIBLE, SOY YO, Y LE DOY GRACIAS A DIOS POR ELLO”.
            Si te apetece ayudar a cambiar la realidad de jóvenes madres como Esperanza, puedes entrar en www.fundacionelial.es, y ver la manera de colaborar.
            Ya sé que la sensación que puedas tener al “dar”, es de “pérdida” de eso que has dado. Nada más lejos de la realidad, recuerda: “Es dando que recibimos, es compartiendo como somos bendecidos por la abundancia. Dando abundantemente heredaremos el Reino”.

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