El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




domingo, 4 de agosto de 2013

Vivir las circunstancias


            Cada ser convive con sus circunstancias. Circunstancias que, en un principio, no parecen fácil de cambiar, o al menos, no de la noche a la mañana. Tenemos una familia, tenemos unos amigos, tenemos un trabajo, tenemos un pasado y tenemos unos deseos de futuro.
            Podríamos decir que son los apoyos que nos permiten desplazarnos a lo largo y ancho de nuestra vida, son la fuerza, son el acicate, son, dirían muchas personas, su razón de vivir. Sin embargo, estos apoyos, a veces, parecen resquebrajarse: Puede ser que la pareja no vibre con la misma intensidad que años atrás, puede ser que alguno de los hijos no haya elegido el camino adecuado, o que la enfermedad golpee a uno mismo o a algún ser querido, o que falle el trabajo, o que se derrumben las expectativas de futuro.
            Nadie está a salvo de contratiempos. Todos estamos expuestos al sufrimiento, al dolor, a la preocupación.
            Mientras todo es, más o menos perfecto, parece fácil ser feliz, teniendo en cuenta, además, que un porcentaje muy grande se seres humanos basan su felicidad en que todas las circunstancias que rodean y complementan su vida funcionen de manera correcta. Y cuando alguna de esas circunstancias deja de funcionar, parece lógico que la felicidad se acabe, parece lógico entonces que comience el sufrimiento.
            Es muy difícil en cualquiera de estas o parecidas situaciones que la persona no se centre en su decepción o en su dolor, y sufra, y se preocupe. Y muy fácil para los aconsejadores, que somos casi todos, decir a la persona que no sufra ni se preocupe, que no va a conseguir nada. Ya sabe la persona que sufriendo y preocupándose no va a conseguir cambiar ninguna de las situaciones que padece, y aunque hay personas, masoquistas, que disfrutan con el sufrimiento, es bien cierto, que son muchas más a las que las gustaría dejar aparcado el dolor y la preocupación. Pero no saben cómo, ya que el pensamiento de su dramática situación, (para la persona lo es), vuelve a su mente una y otra vez, de día y de noche, dándose, en algunos casos, la paradoja de que si en algún momento se distrae de ese pensamiento y disfruta y se ríe, se siente después peor porque se ha reído, ya que lo considera como una traición a su padecimiento.
            Pero se puede salir de esa situación, aunque para ello hay que trabajar, como para todo en esta vida. No es fácil, pero se consigue salir con dos actuaciones: Aceptación y meditación.
            La meditación es buscar el silencio en la mente, por lo que en ese silencio, no hay pensamiento, ni dramático, ni alegre. La meditación es, además, el alimento del alma: Cuando más alimentemos el alma, más fuerte estará, (si, ya sé que suena a chiste, pero es real), y cuanto más fuerte se encuentre, más fácil será para la persona vivir las cualidades del alma, cualidades que son variadas, pero ahora nos interesa una: La aceptación.
            Aceptar la situación coloca a la persona en un lugar de serenidad, permitiendo a la vida que siga su fluir, sin intentar detenerla, lo cual es imposible. Ya sabemos lo que conlleva “no aceptar”: presión, dolor, frustración, ansiedad.
            La aceptación no significa la inmediata aprobación de cualquier hecho, sea el que sea. Aceptación significa que estamos abiertos a la experiencia del acontecimiento, que estamos dispuestos a sentir profundamente, sin resistencias de ninguna índole, cualquier cosa que ocurra en nuestra vida.
            Con la serenidad que da la meditación y la aceptación, la persona se coloca en un lugar de privilegio, abierta a la experiencia, para sacar el máximo provecho a la situación, y poner todos los medios a su alcance, comenzando por la mente para cambiar esa situación, o colaborar con ella.
 
 

 

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