El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




lunes, 30 de enero de 2017

Yo Soy Uno con Dios

Continuación de la entrada “El origen del hombre”

A pesar de saber de qué todos los hombres van a llegar a la unión del Dios, aquellos que entienden e integran la razón de la vida, pueden acelerar el proceso y ahorrarse un buen número de vidas y, por ende, muchos momentos de sufrimiento. Porque ¿Cuántos de los que estáis leyendo esto os consideráis plenamente felices, o parcialmente felices, o un poco felices, o felices a ratos? Y, además, ¿Sois conscientes de esos momentos de felicidad?

En la “Meditación de los corazones gemelos”, meditación que se realiza en Pranic Healing, que es una técnica de sanación y crecimiento, en dos momentos específicos de la meditación se pide recordar un momento feliz. Pues, aunque parezca increíble, hay un porcentaje muy alto de personas que cuando comienzan a realizar esta meditación comentan que les resulta complicado encontrar un momento feliz. Y si quieren encontrar dos, ya es casi una misión imposible.



Y no es cierto, porque sí que existen muchos momentos felices en las vidas de las personas. Lo realmente dramático es que muchos están tan enfrascados en su sufrimiento que no son conscientes de esos momentos, que permanecen escondidos y olvidados en algún cajón de la mente y, por supuesto, si son incapaces de reconocer esos momentos, está claro que para ellas “no existen”.

El problema real es que los seres humanos no saben, en un alto porcentaje, que es la felicidad. Creen que la felicidad son esos momentos de euforia que sienten cuando consiguen la realización de un deseo, bien sea material o emocional.

Pero la felicidad no tiene nada que ver con la consecución de los objetivos que cada persona programa en su mente, fruto, casi siempre, de sus creencias erróneas. Creencias que han sido inculcadas a lo largo de los tiempos por las sociedades en las que han elegido vivir.

La felicidad es un estado interior, es un estado de paz y serenidad al que se llega cuando se aceptan los vaivenes de la vida, cuando se acepta al resto de personas que comparten su encarnación, tal como son, sin intentar cambiar nada en ellos. Se llega a ese estado cuando no se ponen esclusas para detener la vida, y se deja que esta siga su fluir, disfrutando o sufriendo cada momento, porque está claro que la vida no es un camino de rosas, pero tampoco es un valle de lágrimas, (todo es según el color del cristal con que se mira). Pero sea como sea el momento, bien de alegría, bien de dolor, se ha de vivir sin atarse a esa emoción, sin atarse a ese momento, porque al momento siguiente el suceso pasó, y no hay que alimentar ni el goce ni el dolor con el pensamiento.

Y sobre todo se llega a ese estado cuando se vive en Dios, cuando se es consciente de la propia divinidad, cuando se acepta otra creencia distinta a la que presenta la sociedad y que la mente ha hecho suya. Y esa otra creencia es la de que se ha elegido la vida para acelerar el proceso de unión con Dios.

Existen en la actualidad infinidad de técnicas para conseguir un sinfín de beneficios, asociados todas ellos no solo a la mejora integral del ser humano: mejor salud física, mejor salud emocional, o mejor salud mental, sino también técnicas para satisfacer cualquier deseo material.

Con todas estas técnicas, si la persona se involucra, (que no siempre es así, aunque parezca difícil de creer), consigue, con algunas limitaciones, aquello que se publicita en la técnica. Puede liberar la mente de pensamientos dañinos, se puede liberar del estrés, de la ansiedad y de sus miedos, solo por nombrar algunas de las perniciosas emociones que corroen al hombre actual.

Sin embargo, existen ciertas limitaciones que impiden que se consigan al cien por cien los beneficios que genera la práctica de dichas técnicas. Esas limitaciones vienen dadas por el Plan de Vida.

El Plan de Vida es el contrato con el que cada alma se compromete antes de viajar a la vida, y en él existen aspectos que se tienen que cumplir en cualquier circunstancia, ya que son los pilares sobre los que se asientan las experiencias más importantes que necesita vivir el alma encarnada.

Por lo tanto, si a pesar de todos los esfuerzos no se consigue aquello que se busca, solo le queda al hombre “aceptar” la situación de vida, ya que dicha situación ha sido minuciosamente organizada y planificada por él mismo antes de su llegada a la materia. Sin embargo, si con su esfuerzo no consigue todo lo que desea, si conseguirá, no empeorar la situación y eso ya es una ganancia.

Ya tiene así el hombre la felicidad al alcance de la mano, solo tiene que hacer valer su voluntad y su trabajo para la realización de las diferentes técnicas que necesite según sea su situación, y utilizar la propia fortaleza para aceptar las situaciones que no puede cambiar.

Pero después de todo esto, sería conveniente hacerse una pregunta, ¿Dónde queda Dios?, ¿En qué beneficio de qué técnica se Le puede encontrar?

Se Le puede encontrar de manera subliminal en todas las técnicas, que llevan al hombre a la introspección, es decir en la observación que cada persona hace de su propia conciencia o de sus estados de ánimo para reflexionar sobre ellos, porque el camino más corto que puede realizar el hombre para llegar a Dios es viajar a su propio interior, abandonando los pensamientos, apostatando de sus creencias, liberándose del miedo de ser divino.

Para acercarse a Dios de manera más rápida, se pueden añadir dos técnicas más, que además van a llevar a la persona a un estado de paz y de serenidad desconocidas:  
1)    El pensamiento consciente, mantenido en la mente el mayor tiempo posible: “Yo Soy Uno con Dios”.
2)    Ante cualquier situación hacerse antes de actuar la pregunta: “¿Cómo lo haría Dios?”, y actuar en consecuencia. (Por supuesto en este punto hay que olvidarse de religiones. Recordar que Dios ama a todos por igual: A los ateos, a los asesinos, a los ladrones, a los practicantes de cualquier religión, a las prostitutas, a los divorciados, a los homosexuales, a los curas, a los pedófilos, en fin, a todos. Todos somos iguales para Dios).


¡Feliz viaje de regreso a Casa!


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