El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




jueves, 29 de junio de 2017

Miedo a ser Dios


Del libro: "Como mariposa tocando el alma"

Recuerda Fran que en sus inicios de, lo que bien se podría llamar, “su vida espiritual”, había un concepto que cada vez que lo escuchaba, se le removían las entrañas, y hasta le rechinaban los dientes.

Era la unión con Dios. El mero hecho de pensar que algún día, en la eternidad, iba a perder su individualidad, para ser parte de la Energía Divina, le aterraba, de la misma manera que a otros les aterra la idea de morir.

En realidad, no existía ninguna diferencia entre ambos terrores, porque son lo mismo. ¿Qué más da tener temor por abandonar el cuerpo, que temer abandonar la individualidad del alma?

Los dos son fruto de la ignorancia, son fruto de la ilusión de creer que los seres humanos son independientes y que no tienen nada que ver con Dios.

Porque, ¿qué puede ser más grande que ser Dios? Y ese es el final del alma como ente independiente, unirse a Dios, ser Dios. Es como dejar de ser un grano de arena para convertirse en un Universo eterno, en un Universo infinito.



Este fue mi recorrido mental, rememora Fran, para liberarme de ese miedo:

Todo es cuestión de creencias, porque con excepción de aquellos que han estado en el umbral de la muerte y han podido gozar, según cuentan, del Amor infinito que sienten al otro lado de la vida, los demás tenemos que creer, sin ver, sin sentir, sin saber. A eso se le llama fe.

Tengo claro que somos energía, ya existen muchos estudios científicos al respecto. Además, por mi trayectoria como sanador, en cada terapia siento la energía, y la puedo tocar, (la puede tocar cualquier persona, solo es cuestión de práctica). Tengo fe en que somos una energía desgajada de un Océano de Energía. A ese Océano de Energía, se le pueden dar muchos nombres, que también, por una cuestión de fe, me gusta llamarle Dios.

En más de una ocasión he podido sentir la energía de Grandes Seres, que son los Maestros, los cuales, habiendo finalizado su aprendizaje del Amor, siguen, de alguna manera entre nosotros, para ayudar a la humanidad a recorrer el camino por ellos finalizado.

Y, también, en más de una ocasión, o mejor dicho, en infinitas ocasiones, he puesto mi vida en manos de Dios. Le rezo, le pido, le invoco, le suplico, le reclamo, le insisto. Reconozco que, más de una vez, he intentado chantajearle, he intentado convencerle, he intentado pactar algún acuerdo. Alguna vez le he culpabilizado por mi desgracia, le he hecho responsable de mis fracasos, le he ignorado como pago por su ignorancia hacia mí, le he recriminado que mi vecino conseguía más cosas que yo, siendo ateo.

Ahora, al finalizar este párrafo, he sido consciente de que he sido muy pesado en mis rezos, en mis pedidos o en mis suplicas, pero muy parco en el momento de agradecer. Si, he agradecido, pero solo una o dos veces, como mucho, una vez conseguido algo que había pedido a Dios. Y ese algo, seguro que lo había pedido con insistencia, cincuenta veces al día, un montón de días. Y las escuetas gracias, no pasaron de “Gracias Señor”.

En mi recorrido mental, me hice este planteamiento: ¿Cómo puede ser que me de miedo perder mi identidad para unirme a Dios, cuando Dios se encuentra de manera permanente en mí? Bien sea para pedir, para reclamar o para agradecer. Cuando forme parte de esa Energía, seré Dios. Formaré parte de Dios. No, no hay que rasgarse las vestiduras. Solo hay que pensar en la gota de agua que se desprendió de una ola por el viento, y que vuelve a caer al Océano, de manera inmediata, vuelve a ser Océano. Pues los seres humanos cuando volvemos a la Energía, volvemos a Ser Dios.

Y yo, impregnado de una estúpida soberbia, tenía miedo dejar de ser Fran para volver a ser Dios.

Fue suficiente. Mantener ese pensamiento en mi mente fue, no solo haciendo desaparecer el miedo, sino que fue generando en mí el deseo de terminar cuanto antes mi andadura terrenal. 

El terror y rechinar de dientes se fue diluyendo lentamente en la conciencia de Fran, mientras poco a poco, iba integrando en su ser la Grandeza Divina. Y así, hasta hoy, que solo tiene un anhelo, esa unión con Dios. 


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