El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




martes, 20 de febrero de 2018

Como mariposa...: 11) Las dudas de Fran


Las dudas de Fran



            Fran era inteligente. En el ranking de su clase, (en esa época como ahora, la competencia y, por lo tanto, la clasificación, era una moneda de cambio habitual), siempre estaba entre los cinco primeros. Nunca consiguió ser el mejor porque era un puesto al que se encontraba abonado un amigo, más que compañero de clase, pero si mantenía, sin demasiado esfuerzo, un dignísimo segundo puesto.

No necesitaba estudiar mucho, ya que con las explicaciones de clase parecía tener suficiente.

-      Si estudiaras más podrías ser el número uno -le decía su madre con frecuencia.

Siempre después de ese o comentarios parecidos, Fran se sentía herido en su orgullo, y durante una temporada, no muy larga, ya que el sacrificio no duraba más de diez días, se levantaba a las cinco de la mañana a estudiar. Siempre fue más alondra que búho, (lo era tanto, que en su juventud cuando empezaba a salir con chicas, prefería invitarlas a desayunar que a cenar), y le era más fácil levantarse temprano a estudiar, antes que trasnochar, ya que pensaba que la noche se había hecho para dormir. Sin embargo, lo único que conseguía cuando madrugaba para estudiar era dormir dos horas más, sentado, con un libro delante, en la cocina de su casa, que era su lugar de estudio. Con lo que seguía manteniendo el segundo puesto, sin poder alcanzar o sobrepasar a su amigo Eliseo.

Fran, de gran corazón, era dual en sus relaciones: Podía ser, casi de manera simultánea, duro como el pedernal y suave como el pétalo de una flor. Aunque sus conocidos le decían que era un lunático. Nacido bajo el signo de Cáncer parecía claro el influjo que sobre él ejercía la luna. Él mejor que nadie sabía de sus constantes cambios de humor. En décimas de segundo podía pasar de la euforia extrema a una tristeza absoluta. Era como el doctor Jekyll y el señor Hyde: Dos personalidades en una. Pero no solo eran dos personalidades de cara al exterior, en su interior también existía esa dualidad: Mientras que, por un lado, tenía pánico a la muerte, porque suponía que era el final de todo, por el otro, se sentía atraído por ella de manera casi enfermiza, porque dudaba que realmente se acabara todo con la muerte y, anhelaba saber qué habría al otro lado, en caso de existir. Por el pánico que le tenía a la muerte, hacía que intentara no ver nunca a un muerto, haciéndose el remolón y poniendo millones de excusas, (prefiero recordarlo en vida, decía), para no asomarse al féretro y así librarse de ver al difunto, cuando en su incipiente biblioteca, entre los libros raros, (como decía su madre), se encontraban varios volúmenes sobre la muerte, escritos por clarividentes, psíquicos o locos.

Esos libros raros tenían títulos como: “El poder del péndulo”, “Las rayas de la mano y el amor”, “La muerte: Una gran aventura”, “Numerología mágica” o “Reencarnación”. 
 
Era también dual en sus creencias religiosas: No le cuadraban las enseñanzas sobre Dios que impartía la Iglesia Católica, (la religión de su país, de su familia, y por extensión la suya), ni le cuadraban las acciones que sus representantes, los sacerdotes, llevaban a cabo y, sin embargo, entraba con verdadera devoción a las iglesias, en cualquier hora del día para sentarse en un banco, al final del templo, y hablar supuestamente con Dios, aunque él sabía que nunca contestaba; algo superior a él le impulsaba a hacerlo, pero eso sí, siempre a escondidas de amigos y conocidos, porque ¿qué iban a pensar si le veían entrar en una iglesia?

Nunca entendió muy bien el papel de las religiones. En los encuentros que tenía, a escondidas, con Dios, en las iglesias, mantenía un soliloquio consigo mismo, pero dedicándoselo a Él:

-      ¿Por qué existen tantas religiones?
-      Si Tú eres Uno, ¿cómo se pueden enseñar tantas cosas diferentes sobre Ti o sobre Tus enviados?
-      ¿Es posible que ninguna religión sea la auténtica, y que para hablar Contigo no sea necesaria tanta parafernalia?
-      ¿Qué es la vida?, ¿por qué parece tan injusta?
-      ¿Vivimos antes de nacer?, ¿en qué forma?
-      Al morir ¿volvemos a donde estábamos antes de nacer?
-      ¿Quién soy realmente?
-      ¿Existe la reencarnación?
-      Si existe la reencarnación y en cada vida tenemos padres diferentes, ¿qué papel ocupan los padres, o los hijos, o las parejas en cada vida?, ¿nos volvemos a encontrar?
-      El tiempo que no estamos en la vida, ¿hacemos algo?

Estás y un sinfín de preguntas más se iban repitiendo en la mente de Fran, de manera cíclica.

En esa época, Fran contaba con quince años. Estando en la mitad de su adolescencia, se enamoraba perdidamente de cualquier persona del sexo opuesto que contara entre quince y treinta años. Las menores de quince le parecían demasiado niñas y las mayores de treinta demasiado mayores.

Por supuesto que nunca dio a entender nada a nadie, su timidez se lo impedía, y posiblemente, fue en sus enamoramientos, como comenzó a conocer algo que, para él, era auténtico sufrimiento. Todo lo que no sufría por el panorama que vivía en su casa, lo sufría fuera, por causas totalmente irracionales.

Y si no, ¿cómo se puede calificar el sufrimiento de alguien que vive el amor, o lo que él creía que era amor, de manera tan emocional, esperando que su amor platónico le dirija una mirada cuando su timidez le impedía expresar cualquier sentimiento? De irracional por supuesto, ya que no se le puede dar otro nombre.

Fran, sin saberlo, como el resto de seres humanos, vivía de pensamientos emocionales, y aunque no le gustaran los resultados que acarreaban esos pensamientos, seguía con ellos un minuto tras otro.

En realidad, no era consciente de que los “amores platónicos” que mantenía dando vueltas en su mente eran el caldo de cultivo de su sufrimiento, y tampoco sabía que, para evitar ese dolor, lo único que tenía que hacer era cambiar el pensamiento. ¡Pero nadie le había enseñado a manejar el pensamiento!, incluso si alguien se hubiera permitido vivir sin pensamiento, hubieran dicho de él que era un “bobalicón”.




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