El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




sábado, 24 de febrero de 2018

Como mariposa...: 13) Ejercicios espirituales de Fran


Ejercicios espirituales de Fran



         
      Acababa de comenzar el verano en el hemisferio norte y Fran cumplía diecisiete años. Recién llevaba una semana de vacaciones. Había terminado el bachillerato que se estudiaba en esa época, incluido el preuniversitario, que era como se denominaba el curso que daba acceso a la universidad. Él, aunque no iba a asistir a la universidad, lo había cursado para aprovechar la beca que venía recibiendo desde el primer año del bachillerato, pero era consciente de que ahí se acababan sus estudios, al menos con la fórmula de dedicación exclusiva que había utilizado hasta la fecha. Bueno, en realidad tampoco fue tan exclusiva su dedicación, ya que desde el cuarto curso compaginó los estudios con la asistencia a clases nocturnas en la escuela de Maestría Industrial. Para ir aprendiendo un oficio.

La triste realidad es que a Fran no le hacia ninguna ilusión aprender un oficio, pero era la forma más provechosa que se le había ocurrido para no tener que estar en su casa contemplando el triste panorama que existía en ella. Así estaba fuera desde las siete y media de la mañana hasta las diez y media de la noche. Solo tenía que permanecer en casa sábados y domingos, y no todos, porque seguro que dos o tres fines de semana al mes le habían castigado en el colegio y tenía que asistir a estudiar, que era la penitencia asignada.

Pero la universidad parecía vetada para él.

-      En fin, será lo que tenga que ser -pensaba Fran.

Alguna vez pensó en hacerse cura, sobre todo durante los ejercicios espirituales que hacían en el colegio, retirados del mundo durante tres días, en los que permanecían, básicamente, aterrorizados con la idea del infierno, que era lo que más destacaban quienes intervenían en los citados ejercicios, y ¡lo hacían muy bien! Pero con la misma fuerza que aparecía la idea, la desechaba. Tenía un hándicap: le gustaban demasiado las chicas. Seguía enamorándose de manera platónica de la portadora de cualquier falda que pasara por delante de él, y si llevaba pantalones, también.

Nunca entendió cómo era posible que unos ejercicios espirituales, que se suponían un encuentro más cercano, más intensivo, y más íntimo con Dios, lo convirtieran los sacerdotes, en teoría sus representantes en la Tierra, en un espacio lúgubre, tenebroso, lleno de miedos y sombras.

-      Deben de sentirse muy felices -pensaba Fran- de tener tantos clientes para confesarse.

Porque en la madrugada del primer día, o como máximo el segundo, todos los jóvenes hacían cola para confesar sus pecados.

-      Los confesores deben aburrirse, comentaban Fran y sus amigos, porque todos les contamos lo mismo:
-      Que nos saltamos alguna misa, que tenemos pensamientos impuros con la profe de francés y que nos masturbamos. ¡Muy aburrido!
-      Si en lugar de asustarnos tanto con las penalidades del infierno -seguían comentando Fran y sus amigos- nos explicaran realmente por qué no le gusta a Dios que nos masturbemos, seguramente tendrían más éxito. Y si en vez de tener que rezar quince Avemarías por tener pensamientos impuros con la profe de francés, nos enseñaran a dominar el pensamiento, no pecaríamos más de pensamiento.
-      Son un poco burros. ¡Perdón Señor! -decía Eliseo, el amigo de Fran- Pero con meter el miedo en el cuerpo lo único que consiguen es que tengamos que confesarnos. Sería más fácil explicar las razones de por qué si o por qué no, y así no habría tantos pecados, ni tantas confesiones.
-      ¿Y si tuvieran un suplemento por cada confesión, como deben de tener los policías con las multas? -terció Fran- Claro, ese es el secreto, ellos quieren que pequemos, porque si no pecáramos se les acabaría la clientela.
-      Y seguía Fran: ¿Y si no existiera el pecado?, ¿y si todo fuera un invento suyo para tenernos de rodillas rezando todo el día?
-      Eso es -siguió Eliseo- Si mi padre me perdona las faenas que hago, que son bastantes. ¿Cómo no me va a perdonar Dios, si como pregonan es todo Amor, porque me toque un poquito para darme gusto?

Fran y sus amigos, seguían con sus dudas, y las respuestas de “Porque lo manda Dios”, yo no les servían demasiado, pues se empezaban a cuestionar ese mandato de Dios.

-      Existen religiones -decía Fran- que permiten a un hombre tener varias mujeres. ¿Será que tienen un Dios distinto?, porque si es el mismo Dios, una de las religiones no es verdadera, porque no van a premiar a uno por tener varias mujeres y castigar a otros, durante toda la eternidad, tan solo por pensar en otras.
-      Y seguía Fran: A veces pienso que ninguna religión es la verdadera, y que Dios no necesita misas, ni confesiones, ni ejercicios espirituales. A veces pienso que lo único que quiere Dios es que nos amemos, nos ayudemos y nos respetemos, y que esto de las religiones es un oficio como otro cualquiera.
-      Y muy lucrativo -terció su amigo Eliseo- porque viven como curas sin dar golpe.

A pesar de todo, en esos ejercicios espirituales, Fran se sentía cómodo, con independencia del terror que les inculcaban si se masturbaban, o si no asistían a misa. Él sabía que masturbarse solo era un desahogo físico, como sonarse los mocos, y que no ir a misa, era lo mismo que el hincha que no asistía al partido dominical de su equipo de fútbol.

Pero aun así, se encontraba cómodo porque se sentía más cerca de Dios.



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