El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




miércoles, 28 de febrero de 2018

Como mariposa...: 16) ¿Para qué la vida?


¿Para qué la vida?



           Seguro que, como Fran, más de una persona se ha preguntado ¿para qué la vida?

Lo curioso del caso es que el hombre viene a la vida por propia decisión, y la única razón para estar en la vida es su deseo de unión con Dios. Es tanta el ansia que el alma tiene de realizar esa unión, que encarna para intentar purificarse cuanto antes y materializar la unión. Sin embargo, la estancia en el cuerpo se convierte en una verdadera carrera de obstáculos, en lugar de aprovechar las oportunidades que presenta la vida en la materia.

El hombre viene a la vida para aprender a Amar, para acabar con el pensamiento que le separa de Dios, y para conectarse con la propia alma. Nada más. Y para llegar a ese punto tiene que conseguir vivir en la vida de la materia, “casi”, como si estuviera al otro lado de la vida. Es decir, vivir la vida como si estuviera sentado al lado de Dios, amando, ayudando y respetando a todos los que comparten la encarnación con él.

Supongo que ya han comprobado en carne propia que no es tarea fácil, miente quien diga lo contrario. Es un trabajo lento y duro, son constantes las caídas, levantarse, y volver a caer. Es un trabajo de varias vidas, posiblemente, de muchas vidas, en las que se va “despertando” lentamente de la ilusión en la que caen los hombres, por causa de su mente, por las enseñanzas recibidas y por sus propias creencias.

Nadie le enseña al niño que es un hijo de Dios, nadie le enseña que la causa del sufrimiento cuando llegue a adulto, es el pensamiento, y por supuesto, nadie le enseña a dominar ese pensamiento, ni le hablan de energía, ni del alma, ni de dónde viene, ni adónde va a ir cuando deje el cuerpo, nadie le enseña a amar, nadie le habla de las leyes del Universo, como la “Ley de la causa y el efecto”, que ya le empieza a afectar desde el principio de la vida, nadie le habla de la necesidad de perdonar, o mejor, de la necesidad de no ofenderse, porque todo está bien, nadie le enseña a no condicionar su felicidad con la consecución de sus deseos, nadie le enseña nada de lo esencial.

Le enseñan a competir, a ser egoísta, a condicionar su felicidad a la consecución de cosas materiales o externas a él, no le hablan de la muerte porque es un tema tabú, le enseñan a temer a Dios, le tratan y le exigen como si fuera un adulto, discriminan desde el nacimiento al niño de la niña, y con su ejemplo, los adultos, les enseñan a criticar, a juzgar, a ser intolerantes, a no respetar.

Ante esta perspectiva, no es de extrañar que cuando el hombre comienza su lento despertar llegue a pensar: “Que detengan el mundo que me apeo”. La vida para el ser que comienza a salir del sueño, hasta que llega a entender, un poco, qué hace realmente en la vida, parece pesada, lenta, injusta e incluso irónica.

Solo cuando el hombre empieza a comprender la razón de la vida y abandona sus nefastas creencias y las inútiles enseñanzas que le ha inculcado la sociedad, comienza un lento peregrinaje hacia Dios.

Ese peregrinaje tampoco es fácil, pero el peregrino que recorre ese camino comienza a caminar con la mente enfocada hacia Dios, aunque sin perder de vista el mundo.

Mantener la mente enfocada hacia Dios significa:

1.- Saber que las adversidades, que seguirán presentándose, o cualquier situación agradable o desagradable, solo son herramientas necesarias para avanzar en el camino.

Esas herramientas ya han sido pactadas por el alma antes de su vuelta a la vida de la materia, porque sabe que son imprescindibles para su crecimiento.

Cuando el hombre comprende que todo lo que le llega en el discurrir de la vida ha sido pactado por el alma antes de la vida física, se libera de culpas y de miedos. Y cuando acepta la situación se acerca al estado de felicidad y, por ende, a Dios. ¡Aleluya!, ahí comienza el final del sufrimiento.

La reacción ante esas situaciones comporta:
Aceptación de la situación, porque la persona sabe que si ha llegado esa situación es por la necesidad de vivir la experiencia.
Si la situación es un problema que tiene solución, pone los medios para su resolución, sin que la solución o no del problema le condicione mental o emocionalmente.
Y si no tiene solución, sigue en la aceptación, sabiendo que el sufrimiento lo único que hace es separarle de Dios.

2.- Tratar a las personas que tengan delante, como les gustaría ser tratados.

Es la mejor fórmula para ser amables, respetuosos y generosos. Y como a nadie le gusta que le juzguen ni que le critiquen, va a ser algo que tampoco se haga. No van a ser violentos de palabra ni de obra. No van a mentir, ni a decir medias verdades. No van a maltratar, ni física ni emocionalmente. En fin, si todas las personas trataran a todos como a ellos mismos les gustaría ser tratados se acabarían las guerras, la miseria, la desigualdad y el hambre. El mundo sería un paraíso de igualdad, porque todos serían “Uno”.

En bien cierto que no se puede conseguir tratar al otro como a uno mismo de la noche a la mañana, pero no por eso se ha de desestimar. Todo tiene un principio. ¿Por qué no comenzar en la casa? Poniéndose en el lugar de la pareja, en la edad de los hijos o en los zapatos de todos aquellos con los que se conviva, tratándoles como si fuera uno mismo.

Se puede intentar, no se pierde nada, al contrario, se va a ganar mucho, se va a conseguir armonía y paz en el hogar. Después se puede seguir con el mundo.

3.- Mantener el pensamiento en Dios, la mayor parte de tiempo posible con fórmulas como: “Yo Soy uno con Dios”, “Yo Soy un hijo de Dios”, “Yo Soy la Resurrección y la Vida”.

Los pensamientos generan energía. Los pensamientos positivos generan energía positiva, los pensamientos negativos generan energía negativa, y los pensamientos elevados generan una energía de alta frecuencia capaz de limpiar la negatividad acumulada en el sistema energético.

Los pensamientos en Dios, son pensamientos elevados. Manteniéndolos de manera consciente en la mente se consiguen dos cosas: Una, mantener la mente ocupada para que no entren pensamientos negativos, y dos, limpiar la energía negativa con la energía de alta frecuencia generada.

El hombre no es responsable de los pensamientos que llegan a su cerebro, pero sí es responsable de mantenerlos o de expulsarlos cuando llegan, y de tratar, por todos los medios, de que no vuelvan a aparecer, manteniendo la mente ocupada en los pensamientos de Dios.

¿Cómo expulsar los pensamientos que llegan a hacerse conscientes en el cerebro? Es muy fácil, solo hay que quitarle la energía al pensamiento, y para eso se lleva la atención, de manera consciente, a otro asunto. El mejor asunto para que se difumine un pensamiento es llevar la atención a la respiración: Sentir cómo entra y cómo sale el aire una y otra vez y el pensamiento se va. Si vuelve el mismo o cualquier otro, se vuelve a la respiración.

Una buena manera y muy eficaz es realizar una respiración cuadrada:

INHALAR contando cuatro.
RETENER antes de exhalar contando cuatro.
EXHALAR contando cuatro.
RETENER antes de tomar aire contando cuatro.
Y vuelta a empezar.

Todo es una técnica. La Iluminación también lo es.

4.- Agradecer a Dios de manera permanente por amanecer cada día, por el desayuno, por el trabajo, por el sol, por la familia, por tener dónde vivir, por abrir un grifo y tener agua, por tener comida en la nevera, en fin, por todo.

El sufrimiento de los hombres, en un porcentaje importante, es debido a las carencias que ellos creen tener, sin embargo, no ocupan su mente ni un segundo en ser conscientes de lo que ya tienen y, por supuesto, no se les ocurre agradecer por todo eso que están disfrutando. Piensan que lo que tienen es porque ellos lo han conseguido, no caen en la cuenta que todo, absolutamente todo, procede de Dios: lo que consideran bueno y lo que consideran malo.

Por lo tanto, hay que ser conscientes de dónde procede todo lo que se disfruta en su vida, y agradecer a Dios por tenerlo. Concentrándose en la abundancia que hay ahora en la vida, no en las carencias.

El agradecimiento abre las puertas del Universo y pone a la persona en situación para seguir recibiendo. Pero hay que tener presente que Dios siempre da aquello que se necesita, que ya está programado en el Plan de Vida, y no va a llegar lo que se “cree necesitar”, que es justamente por lo que se sufre.

Y si eso que se “cree necesitar” no está contemplado en el Plan de Vida, no se va a recibir, por mucho que se pida, que se recen o que se practique alguna técnica de atracción. Todo lo que se recibe es que está contemplado, desde antes de la toma de posesión del cuerpo, en la planificación de la vida. Sin embargo, aunque esté recogido en el Plan de Vida, pueden no recibirse, sencillamente porque se pueden estar ocupándose en pedir imposibles, que no solo no se van a recibir, sino que cierran las puertas a lo posible.

Puede ocurrir que, (a muchas personas les sucede), de manera totalmente inconsciente, por el mero hecho de agradecer y acabar con la ansiedad por la no satisfacción de los caprichos, se guarde un rayo de esperanza de que, sí se va a recibir eso que se “cree necesitar”, y al cabo de un cierto tiempo, vuelva la ansiedad porque no se recibe.

No hay que sufrir por eso, no se ha hecho nada mal. Es humano. En ese caso hay que seguir con el trabajo de agradecimiento, hasta que la ansiedad, y el mismo deseo ansia por conseguir “algo”, desaparezca definitivamente.

Agradecer, ponerse en las manos de Dios y aceptar Su voluntad, es conectar de manera inmediata con el Plan de Vida, lo que equivale a dar un salto cualitativo y cuantitativo en la carrera de la vida para acercarse a Dios. 


5.- Saber que cualquier situación ha sido planificada por el alma para conseguir acelerar el proceso de acercamiento a Dios.

No es la situación lo que acerca o separa de Dios, va a ser la reacción a esa situación, lo que se denomina libre albedrío, la que genera el acercamiento o la separación de Dios.

Si se mantienen a buen recaudo los pensamientos y las emociones, las reacciones generadas en el uso del libre albedrío, las únicas consecuencias que pueden acarrear es el acercamiento a Dios. Porque ante cualquier situación lo primero es la aceptación, y es en esa aceptación de donde surgen la compasión, la tolerancia y la comprensión, que son las actitudes y los sentimientos imprescindibles para vivir desde el alma como un ser espiritual, que es, o debería de ser, el objetivo de cualquier ser humano.

6.- Si en el ejercicio del libre albedrío se llega a sentir alguna emoción negativa como respuesta a alguna acción que otra persona haya realizado en su contra, se ha de perdonar y bendecir.

Tomar conciencia y comenzar a mantener la atención para llegar a vivir desde el alma, no es una tarea fácil, por lo tanto, las caídas y recaídas van a ser una parte del proceso, porque va a ser en la conciencia de sentirse “en el suelo”, donde se va a fortalecer la voluntad para levantarse y aguantar de pie más tiempo que en la recaída anterior.

Por lo tanto, puede ser normal sentirse desbordados por alguna situación en más de una ocasión, y que la reacción sea la que ha surgido siempre desde el interior.

En esas situaciones en las que se sienta alguna emoción negativa, en el momento que se sea conscientes de ella, es necesario perdonar y bendecir. Y si la causa de esa emoción se encuentra tipificado en las leyes de los hombres, se denuncia el hecho, pero sin guardar ni un ápice de emoción negativa y sin esperar que sean condenados. El trabajo termina con la denuncia.

Bien es cierto, que según van creciendo los hombres, según van evolucionando y acercándose a su alma y a Dios, cada vez se van a sentir menos ofendidos. Sabrán que están muy cerca de la meta final cuando ya no sientan la ofensa. Y cuando no existe ofensa, ya no es necesario el perdón.


Mientras tanto, es bueno utilizar un trabajo para perdonar y bendecir. Es algo que se ha de realizar cada día, hasta que se recuerde el hecho sin ningún tipo de emoción negativa en el interior.

Fórmula del perdón y bendición:

PERDONAR:
Subir las manos a la altura de los hombros, con los brazos al lado del cuerpo, cómodamente relajados, las palmas de las manos mirando al frente.       
Llevar la atención al corazón.
Visualizar a la persona que se quiere perdonar delante de uno mismo:
Llevar la atención al corazón sintiendo que de él sale un rayo de luz, igual que de las palmas de las manos, y repetir en silencio:
“Yo te perdono, cualquier cosa mala que me has hecho, voluntaria o involuntariamente, con pensamientos, palabras, hechos y omisiones, incluso aunque ya no te acuerdes de lo que es”.
Y después decir:
“Y tú, perdóname por todo el daño que te he hecho, voluntaria o involuntariamente, con pensamientos, palabras, hechos y omisiones, incluso aunque ya no me acuerde de lo que es”.

BENDECIR:
Mantener las manos arriba y la atención en la luz que sale del corazón y de las manos 
Pensar en un momento feliz que haga revivir una emoción o sentimiento de alegría o felicidad, (puede estar relacionado con cualquier persona, o con cualquier situación).
Sentir la emoción de ese momento feliz.
Visualizar nuevamente a la persona que se quiere bendecir delante de uno mismo y repetir en silencio, sintiendo esa energía que sale del corazón y de las palmas de las manos:
“Yo te bendigo con paz, con amor, con alegría, con serenidad, con abundancia y prosperidad......”. Bendecir con todo lo bueno que se desea para esa persona, como si fuera uno mismo”.

7.- Practicar la meditación.

Para evitar ser una marioneta movida por el capricho de las emociones, es necesario controlar el pensamiento. En el punto 3 decía que los hombres no son responsables de la aparición de sus pensamientos, pero sí son responsables de mantenerlos.

La mejor herramienta para ese control es la meditación. Dedicar, como mínimo, media hora al día para meditar. Esa media hora es el alimento del alma. El resto del día, es decir, veintitrés horas y media, es un tiempo que ya se dedica al cuerpo. Y ya se sabe que el cuerpo se va a consumir en el fuego o va a quedar tres metros bajo tierra, mientras el alma, que es eterna, es la que emprende el viaje de retorno a Casa.

Me he encontrado con muchísimas personas que me han dicho: “Es que no sé meditar”. Y mi respuesta siempre es la misma: “Todo el mundo sabe meditar”. Decir que no se sabe meditar es como decir que no se sabe dormir, y pedir que le enseñen a dormir. Nadie enseña a dormir, dormir es una necesidad del cuerpo. Meditar es una necesidad del alma.

Meditar es la cesación del pensamiento, y el pensamiento puede cesar estando sentado, de pie, acostado, apoyando la espalda en la pared o manteniéndola recta. Puede cesar tocándose las yemas de unos dedos, de otros, o de ninguno. Puede cesar vestidos de blanco y de negro, en la madrugada y en la noche, con la cabeza erguida o inclinada. Lo importante es que cese el pensamiento, cualquier pensamiento, hasta los pensamientos inducidos de repetición de palabras, por cánticos más o menos espirituales, o por la repetición de “un cuento” que va contando un guía de meditación.

La meditación busca el silencio, el vacío, la nada, y eso es imposible de enseñar.

Todo lo que enseñamos quienes nos dedicamos a estos menesteres, está bien, puede ayudar en un principio, pero no estamos enseñando meditación, porque la meditación no se enseña, llega por sí sola. Enseñamos técnicas de concentración, de imaginación, de contemplación, de visualización, de respiración, y algún “ción” más. 



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