El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




miércoles, 14 de febrero de 2018

Como mariposa...: 7) La llegada de Kepha a la vida


La llegada de Kepha a la vida

           

El sueño de Kepha:
He tenido un sueño. He soñado que entraba en un lugar oscuro, pequeño y apretado, no tenía facilidad de movimiento, sin embargo, en el lugar en el que había entrado flotaba como una pelota, y yo dentro de ella, aunque cada vez podía flotar menos, porque daba la impresión de que la pelota se hacía más y más pequeña cada día, o ¿era yo el que crecía? Todo lo que sentía eran palabras repetitivas, inconexas, rápidas, sin expresar prácticamente ninguna idea, daba la impresión de que la mayoría de esas conversaciones inconexas trataban de dolor y de sufrimiento.
Los que básicamente hablaban de manera permanente eran, al parecer, mis padres, aunque de vez en cuando se añadían otras conversaciones, tan inútiles como las que estaba habituándome a escuchar. Por otro lado, también escuchaba unos ruidos ensordecedores que llegaban de todas partes.
Era un espacio muy incómodo y empezaba a echar de menos mi hogar. El lugar donde yo vivía era blanco y luminoso, allí no me sentía constreñido por nada, podía viajar a todas partes a gran velocidad, era responsable de mí mismo, y las conversaciones que se escuchaban no trataban ni de dolor, ni de sufrimiento, ni de deseos, sino de alegría y amor. Reinaba una paz que en nada se parecía al lugar donde ahora me encontraba. Me sentía mal dentro de ese sueño y quería despertar, pero una fuerza superior a mí me lo impedía.
Como todo lo que podía hacer era escuchar, me dediqué a ello para tratar de averiguar dónde me encontraba, y así un día podía oír: “Ya estoy harta de que dejes los pantalones tirados en cualquier sitio”; y después de ese comentario se desataba una especie de tempestad de palabras, que solía acabar con un ruido tremendo, que luego averigüé que se llamaba portazo.
Otro día escuchaba: “¿Cuántas veces tengo que decirte que no me gusta la carne tan poco hecha?”; y a continuación una nueva tormenta, que esta vez terminaba con algo que resultó ser el llanto. Yo pensaba que debía de ser muy importante para esas personas hacer bien la carne, o doblar los pantalones, o no gastar dinero, o limpiar cada día, o no ir al futbol; ya que sacrificaban el amor por esas cosas. ¡Debían ser muy importantes!
Así pasaban los minutos, los días, las semanas. Empecé a acostumbrarme a las palabras de reproche de mis padres, a sus gritos, a las críticas entre ellos y entre casi todas las personas que les visitaban, a las palabras que denotaban hastío, a la incomprensión entre todos. Y yo me preguntaba: ¿Dónde estoy?, ¿dónde estará la paz que reinaba en mi ciudad?, ¿por qué no puedo moverme?, ¿por qué está todo tan oscuro? Sólo de vez en cuando, escuchaba algo suave, escuchaba murmullos, e incluso me parecía escuchar que se dirigían a mí. Era mi mamá que me hablaba solo a mí, y entonces me sentía bien, ya que eso era más parecido a la alegría y al amor que se sentía en mi hogar.
            Un día empecé a escuchar otros gritos distintos, había carreras por la casa, sentía voces de gente extraña, y empecé a deslizarme por un túnel oscuro y estrecho; desde el otro lado del túnel jalaban con fuerza, hasta que salí al otro lado, y pude escuchar: ¡Es un niño!, ¡Es un niño precioso!
Estaba muy asustado, quería salir de allí y supliqué: “Padre mío, ¿por qué este dolor?, ¡quiero volver a casa! Y por fin pude ver a alguien conocido, era mi amigo de juegos, después supe que aquí, donde estoy ahora, desde este lugar que se llama vida, les llaman ángeles, aunque curiosamente nadie les ve. Y mi amigo me dijo:
-      Acuérdate que elegiste entrar dentro de ese cuerpo para seguir avanzando un poco más en tu evolución.
-      Has encarnado.
-      A ti te va a parecer un poco largo, pero en realidad no lo es, yo lo viviré como un suspiro.
-      Dentro de poco ya no te acordarás de mí, ni de nuestros juegos, ni de nuestros estudios, ni de tu hogar.
-      Ya no te parecerá un sueño, te parecerá real. Pero seguirá siendo un sueño.
-      Lo único que tienes que hacer es buscar con ahínco los mismos sentimientos que tenías antes de entrar en este cuerpo.
-      Tienes que acordarte de vivir ahora en el cuerpo, como vivías allí, en tu verdadero hogar.
-      No vayas nunca en contra de la vida, no quieras manipular ni a la vida, ni a los otros que como tú tienen un cuerpo.
-      Ayuda a todos porque son tus hermanos que también han elegido estar en un cuerpo para avanzar más rápido.
-      Ayuda solo cuando te lo soliciten, son ellos los que deben hacer su camino.
-      No juzgues a nadie si no quieres que te juzguen a ti. No critiques nunca.
-      Respeta siempre las decisiones de los otros.
-      Ante cualquier desaire, perdona, bendice y vete.
-      Deja que la vida pase a través de ti.
-      Déjate guiar por la intuición.
-      Acepta a todos.
-      Escucha siempre a tu corazón.
-      Practica el silencio, y cuando hables que sea con verdad.
-      Aprende a meditar y practica cada día.
-      Busca la paz y la serenidad. Busca el Amor.
-      Recuerda que no eres ese cuerpo.
-      Y aplica la máxima: “Todo está bien”.
-      Cuando necesites ayuda, llámame, porque yo siempre estaré aquí para ayudarte.
-      Pero recuerda que la ayuda no va a ser para ese cuerpo. La ayuda es para ti. Y además has de hacer tu recorrido solo. Lo has elegido, lo has aceptado.
-      ¡Estoy contigo!
-      ¡Te quiero!

Han pasado doce años desde entonces y Kepha ya no sabe que era Kepha, ya no sabe que este no es su verdadero hogar, ya no sabe nada de vidas anteriores, ni de Karma, ni de Ángeles, ni de Dios. Él es José Francisco, aunque todos le conocen como Fran. Ha nacido en una capital de provincia española, pequeña, acogedora, fría en invierno y calurosa en verano. De padres humildes que a duras penas consiguen alargar los sueldos de ambos hasta final de mes. Y eso que, en teoría, entran tres sueldos en la casa. La madre cose para un sastre y el padre además de su trabajo en una empresa del estado, tiene, como todo buen español de la época, un pluriempleo. Sin embargo, el padre de Fran, un hombre bueno donde los haya, tiene una grave enfermedad, crónica e incurable: Es alcohólico, y eso hace que sus sueldos mengüen en una cantidad importante. Sueldos que, de llegar intactos a la casa, serían suficientes para que la familia llevara una vida más cómoda y sin tantas penurias.

La enfermedad del padre, en esa época no era considerada como tal. Era considerada como un vicio y recuerda Fran que todo el mundo decía: “Qué pena de hombre, con lo bueno que es y con este vicio tan malo”. Por supuesto, esa enfermedad no solo afectaba al enfermo, sino también a la vida de todo aquel que se encontraba a su alrededor, y Fran estaba a su alrededor, era su hijo, y sus recuerdos no eran muy buenos. Recuerda cuando iba al fútbol, de bien pequeño con su padre, el peregrinaje realizado por los bares a la salida del fútbol, hasta que un alma caritativa le agarraba a su padre del brazo y a Fran de la mano y les llevaba a casa. O recuerda las veces que vio a su padre vendado, escayolado, lleno de heridas, magullado y lleno de moratones por alguna de las frecuentes caídas que sufría en su delirio alcohólico.

La madre de Fran sufría, unos días en silencio, y otros a gritos, la enfermedad de su esposo. Era ella la que padecía la falta de dinero, era ella la que tenía que justificarle en cualquier situación, era ella la que, con Fran de la mano y con su hermano más pequeño en brazos, salía a buscarle de bar en bar, una noche sí y otra también.

Esto marcó a Fran, y en su mente empezó a verse solo, lejos de sus padres, cuanto más lejos mejor. Era una manera de ahorrarse la vergüenza que sentía por las borracheras de su padre y el dolor que sentía por el sufrimiento de su madre. ¡Ojos que no ven, corazón que no siente! No tardaría muchos años en hacer realidad ese sueño.

Durante mucho tiempo después de vivir solo, Fran no mencionaba para nada la enfermedad de su padre, ni el dolor de su madre. Cuando escuchaba o leía trabajos sociológicos de cómo ciertos comportamientos de los progenitores afectan a los hijos, pensaba en sí mismo y llegaba a la conclusión de que no le había afectado, salvo en una cosa: que se podía considerar abstemio, al igual que su hermano. Es posible que en el interior de ambos se albergara la idea de que ya había rondado suficiente alcohol por su vida.

No fue hasta ya entrado en la madurez que comenzó, cuando la conversación lo requería, a hablar de sus padres, y lo hacía sin acritud, sin nostalgia. No se sentía ni perjudicado, ni disminuido, ni afectado, ni marcado en ningún aspecto de su vida.

Nunca sintió rencor por su padre, ni tan siquiera le recriminaba en su interior. 

Por eso se sorprendió cuando un día en mitad de una canalización con una clariaudiente esta le dijo:
-      Tu padre me pide que te diga que le perdones.

Incluso ahora, cuando Fran recuerda este comentario, se le humedecen los ojos.

Desde ese día, en sus meditaciones, Fran reservaba un espacio para perdonar y bendecir a su padre. Seguía sintiendo que no tenía que hacerlo, pero si su padre sentía que necesitaba su perdón, ¿quién era él para no otorgárselo? Y no conforme con el perdón y la bendición, Fran que se pasa el día tratando de controlar sus pensamientos repitiendo conscientemente frases positivas (o de alta frecuencia como él las llama), incluye en esas frases: “Yo bendigo a mi padre con Amor”. 



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