El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




lunes, 5 de febrero de 2018

Como mariposa tocando el alma: 1) El anuncio de la nueva vida

Si alguien tiene oídos para oír, que oiga.

 Marcos 4:9







ANTES DE LA VIDA




El anuncio de la nueva vida


-      Kepha, se está acercando el momento. Te esperan para preparar tu nueva vida en la Tierra. -Quien así hablaba era Jesús, dirigiéndose a Kepha, que permanecía sentado en estado meditativo.

La relación entre Jesús y Kepha era estrecha. En la última vida de Jesús en la Tierra, Kepha fue Simón, el primero de los apóstoles. Y fue Jesús el que mirando fijamente a Simón le dijo:

-      “Tu nombre es Simón hijo de Juan, pero te llamarás Cefas”, (que significa Pedro).

El cambio de nombre por parte de Dios a una persona significa transformación, cambio de naturaleza, conversión o la asignación de una gran misión.
No es tal en el caso de Pedro, ya que no se le asignó ninguna gran misión, como la de ser el pilar de una nueva iglesia o guardar las puertas del cielo, como quieren hacer creer los padres de la Iglesia Católica. En primer lugar, porque Jesús no fundó ninguna iglesia, y en cuanto a guardar las puertas del cielo, no hay cielo que guardar porque no existe. Su auténtica, real y gran misión, fue expandir las enseñanzas de Jesús, fue enseñar a los hombres a Amar, fue mostrar el camino para volver a Dios.
Jesús era un hombre simpático y gustaba de poner sobrenombres a los que amaba, además, para los judíos de la época de Jesús, era cosa común usar varios nombres: uno para los propios judíos, otro para los romanos y otro para denotar de dónde se venía.
Así Simón fue Pedro, Jacobo fue Santiago, Bartolomé fue Natanael, Mateo fue Leví y Tomás fue Dídimo
Tenía Pedro treinta años cuando se unió a los apóstoles. Estaba casado, tenía tres hijos y vivía en Betsaida, cerca de Cafarnaúm. Su hermano Andrés y la madre de su mujer vivían con él. Tanto Pedro como Andrés estaban asociados en la pesca con los hijos de Zebedeo. El Maestro conocía a Simón desde hacía algún tiempo, antes de que Andrés le presentara como segundo apóstol. Cuando Jesús le dio a Simón el nombre de Pedro, lo hizo con una sonrisa; iba a ser una especie de apodo. Simón era bien conocido entre todos sus amigos como un tipo imprevisible e impulsivo.
Pedro era un orador desenvuelto, elocuente y teatral. Era también un conductor de hombres nato e inspirador, un pensador rápido, pero no un razonador profundo. Hacía muchas preguntas, más que todos los apóstoles juntos, y aunque la mayoría de ellas eran buenas y pertinentes, otras eran irreflexivas. Pedro no tenía una mente profunda, pero conocía su mente bastante bien. Era un hombre de decisión rápida y de acción.
Ya saben, por tanto, que en el caso de Simón, el sobrenombre se debió a que Simón era un individuo voluble, aunque con la muerte del Maestro se produjo en él una gran transformación que le llevó a ser una persona firme, con la solidez de la piedra que indicaba su sobrenombre.
No quiere decir, sin embargo, que con el cambio de nombre y con una misión asignada, más o menos conocida en los tiempos actuales, el ser elegido haya culminado su tránsito en la materia. Se puede pensar, erróneamente, que los santos reconocidos por la Iglesia Católica, o los grandes personajes de cualquiera otra religión o filosofía, hayan alcanzado la “iluminación”, (por darle un nombre conocido a la finalización del peregrinaje en la materia) y, por tanto, haber finalizado sus reencarnaciones. No es así. Las iglesias les otorgan la santidad a muchas personas de manera interesada. Ciertamente que han sido grandes hombres y mujeres, pero están aún lejos de manifestar el Amor Divino, cuyo aprendizaje es la única y verdadera misión. Sin embargo, hay otros, muchos miles de millones, que sin ser reconocidos como santos, por haber llevado una vida anónima, o por pertenecer a diferente doctrina, sí que han manifestado ese Amor, y ya se han unido a la Energía Divina, ya son parte de Dios.
Kepha ya no tenía que volver, había finalizado su aprendizaje, aunque no fue en la vida que compartió con Jesús. Después de esa vida aun había vuelto algunas más, pero ya había concluido. Su última vida fue liderando la lucha de los pueblos de América para liberarse del yugo español que les aprisionaba desde hacía cuatrocientos años.
La decisión de volver no fue suya. Fue una propuesta de los Maestros. Necesitaban un líder, un ser que sirviera de modelo a la humanidad y que indicara el camino más corto para volver a Dios. Fue un acuerdo, porque Kepha, realmente, no quería volver, pero entendió que era lo mejor para ayudar a mucha gente y aceptó la misión.
En todas las vidas posteriores de Kepha, Jesús y también María, fueron sus más estrechos colaboradores, ya que siempre actuaron, como su Maestro o Maestra, manteniéndole bajo su protección.
Pero no solamente alguien que fue discípulo de Jesús vive en la materia bajo Su protección. Todas las almas que deciden encarnar están protegidas por otras almas afines que han partido con anterioridad, por sus guías, por los Ángeles, por los santos de especial devoción del alma encarnada, por los Maestros, por Dios. Todos los seres que deambulan por la materia están protegidos, porque todos son amados por Dios con la misma intensidad. Les puede servir como ejemplo el atracador que pistola en mano intimida a sus víctimas. Por sorprendente que parezca, permanece acompañado por sus ángeles y por sus guías, y estos no se están rasgando las vestiduras por el acto tan deleznable que está cometiendo su protegido. La actuación del hombre en la materia es…, como una representación, como una obra de teatro.
Esta obra de teatro tiene un guion, tiene un manuscrito, que no es otro que su Plan de Vida, y tiene un vestuario: el cuerpo.
También es cierto, que en ningún Plan de Vida aparece contemplado que la persona se va a dedicar al robo, al pillaje, al sicariato, o a cualquier otra actividad delictiva. Eso solo es producto de sus pensamientos erróneos.
El alma organiza la vida, elige un cuerpo idóneo para el trabajo que tiene que realizar y comienza su andadura en la Tierra. Con un problema: No tiene ningún conocimiento de cuál es el papel que tiene que interpretar. La vida le irá llevando, sus intuiciones le indicarán el camino, y serán sus elecciones las que le van a colocar en un punto o en otro del camino.
Por eso, el ser humano improvisa demasiado, con mucha frecuencia está fuera del guion y su Plan de Vida, o no se cumple, o se cumple en una mínima parte, debido a la mente de la persona, debido a sus elecciones. Ese es su libre albedrío.
El ser humano es un calco de sus pensamientos. Bien es cierto que los pensamientos van mudando según el conocimiento que va adquiriendo la persona. No tiene los mismos pensamientos un ser que recién ingresa a la materia en su primera vida, que aquel que lleva cientos de vidas, cientos de aprendizajes, infinitos momentos de sufrimiento.
Todas las almas, cuando abandonan el cuerpo, hacen el mismo recorrido, tanto si han sido malvados como bondadosos, en su viaje por la materia. No existe el cielo, ni el purgatorio, ni el infierno, ni el seno de Abraham, ni el jardín del paraíso, solo existen otras dimensiones, distintas a la materia, y es allí adonde el alma dirige sus pasos después de la muerte del cuerpo.
Kepha llevaba tiempo en estado meditativo porque él mismo sabía de la nueva vida que le esperaba en la materia, y para eso era necesario una ardua preparación. Él sabía, como todos, que la vida en la Tierra podía ser un camino de rosas o un valle de lágrimas. Todo iba a depender de su pensamiento, de sus creencias, de su unión con Dios, y por eso rogaba a Dios para que le permitiera guardar una ínfima porción de memoria de la Grandeza Divina, para que su nueva vida no fuera como la actual de miles de millones de almas, o como cientos de las suyas, un calvario de sufrimiento por el olvido de lo que somos.


-      Es una lástima, pensaba Kepha, que cuando llegamos a la vida perdamos la memoria de nuestra divinidad, de la hermandad de todos los seres, de nuestra capacidad de amar, y del único poder real: el Amor. Entiendo que tiene que ser así, ya que sino ¿de qué serviría la vida?, no tendría ningún valor saber de antemano que somos hijos de Dios, cuando eso es justamente lo que hemos de recordar, para actuar después desde ese conocimiento.


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