El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




jueves, 15 de febrero de 2018

Como mariposa...: 8) Las enseñanzas de la sociedad


Las enseñanzas de la sociedad


           
Aparte del nefasto ejemplo que tiene en su casa, en la escuela Fran no sabe más que ningún otro de sus contemporáneos amigos. Como es lógico, todos aprenden lo mismo. A todos les enseñan desde pequeños cómo pertenecer al “rebaño” de no pensadores. Sucede lo mismo en todos los países subdesarrollados y/o dirigidos por dictadores, y España en esa época podía presumir de ambas cosas.

Algunas características, que van unidas también a ambos, o a alguno de los dos conceptos, es inculcar el amor a la “patria”, alabar los grandes acontecimientos y lo importantes que fueron para la Historia, (para los españoles es muy importante el descubrimiento de América, donde no se menciona que dicho descubrimiento no fue más que una invasión realizada a sangre y fuego), es sentirse grandes por liderar un ranking gastronómico, es endiosar a futbolistas, a toreros, y a cualquier otra profesión que destaque la grandeza de la “raza”, pero no mencionan, por supuesto, a los científicos ni a los profesionales pensantes, a no ser que dichos profesionales fueran adláteres del régimen establecido.

En resumen, Fran aprendía la ignorancia, e idolatraba a zoquetes millonarios.
 
        Y a pesar de que, en esa época España era un país confesional, que había hecho suya la religión católica, y la asignatura de religión era vital en la enseñanza; de Dios, tampoco le enseñaban mucho. Le enseñaron que Dios es “Algo” o “Alguien”, que parece ser que todo lo ve, y aunque no lo dice, (lo cual es bueno porque no se pueden enterar de sus travesuras), lo tiene presente en el momento final. Porque todo eso tiene un nombre, se llama “pecado”, y las consecuencias de morir en pecado son aterradoras: El pecador se va de cabeza al infierno y allí va a permanecer ardiendo eternamente sin llegar nunca a consumirse. ¡Terrorífico!

Afortunadamente algo ha cambiado desde entonces para los católicos, ya que en la actualidad están dirigidos por un verdadero Maestro, el Papa Francisco, quien ha declarado que el infierno no existe y que Dios no condena a nadie para siempre.

Pero en la infancia de Fran, sí era eterno el castigo. Pero lo bueno es que con confesarse ya se borraba el mal hecho.

“Vivir unos días en pecado tampoco es tan malo”, pensaba Fran, y “tampoco me voy a morir mañana”, “no parece que haya un peligro inminente de irme al infierno”.

Y esta era toda la enseñanza que recibía Fran sobre Dios, tan nefasta como el resto de las enseñanzas que recibía: Un Ser que parece ser muy grande, que no quiere que cometamos pecados, sobre todo en lo que al sexo se refiere. También le llamaba la atención a Fran la indisolubilidad del matrimonio, sobre todo viviendo lo que vivía en su casa cada día.

Y Fran comenzaba a hacerse preguntas:
-      ¿Cómo puede ser que mi pobre madre tenga que sufrir toda la vida, y haya otras, tan felices, solo porque les ha tocado un marido que no bebe?
-      ¿Cómo puede ser la vida tan injusta?
-      Es curioso que puedas hacer las fechorías más grandes del mundo. Luego con confesarse, ya está, como si no hubieras hecho nada.
-      ¿Cómo puede ser que Dios, que dicen que es nuestro Padre, sea tan malvado condenando a sus hijos a sufrir toda clase de penalidades durante toda la eternidad?
-      ¡Si fuera verdad eso de sufrir toda la eternidad!, ¿qué significa entonces la muerte, y eso de resucitar al final de los tiempos?
-      ¿Qué significa la vida?, ¿para que vivimos?, ¿cuál es la razón, supongo, oculta de la vida, porque nadie habla de ninguna razón?, ¿adónde vamos realmente después de morir?, ¿de dónde venimos?
-      Yo sé que hay algo mucho más grande que lo que nos enseñan, pero, ¿por qué nadie habla de ello?, ¿no saben o es algún tipo de secreto? Tengo que investigar.

Estaba Fran haciéndose estas preguntas, mirando sin mirar, mirando sin fijar la vista en nada, hasta que se quedó enganchado mirando fijamente una figurita, que representaba a una bailarina de no más de veinticinco centímetros de altura que descansaba sobre un mueble de estilo rococó donde se guardaba la vajilla, la cubertería y la cristalería de los días especiales.



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