El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




viernes, 2 de marzo de 2018

Como mariposa...: 17) El primer amor.


El primer amor



            Fran seguía enamorándose de manera platónica de cualquier mujer que pasara por su campo de visión. Pero algo había cambiado, ya no era un niño, ni un adolescente, era un joven atractivo, educado, respetuoso, tolerante y comprensivo, tenía un trabajo estable, con un sueldo más que digno. En definitiva, era el yerno que quisiera tener cualquier suegra.

-      No sé cómo ocurrió -me relataba Fran- era el segundo domingo que iba al baile. El domingo anterior me había aburrido muchísimo porque no me había atrevido a sacar a bailar a ninguna chica, a pesar de que cuando yo miraba a alguna me aguantaba la mirada, pero no me atreví.

-      ¿No hiciste ni un solo intento? -le pregunté yo- ¿No habías tenido antes ningún escarceo amoroso?

-      Empiezo por la segunda pregunta -dijo Fran- Sí que los tuve. Al ser tímido siempre iba con pies de plomo, porque un “no” hubiera sido devastador para mí, o para mi ego. Así como soy rápido para cualquier circunstancia de la vida, para el “amor”, era lento, muy lento. Avanzaba dos pasos y retrocedía uno, daba un rodeo, aparecía y desaparecía, siempre de manera controlada, hasta que yo creía que podía lanzar el ataque final. Y sí, siempre tuve éxito. Pero siempre fui muy discreto. Jamás alardeé de salir con nadie.

-      En relación a si no había hecho ningún intento, no, ninguno, era demasiado tímido, y con solo una tarde…, para mí, era muy poco tiempo. Pero el segundo domingo sucedió algo extraño. Subí al autobús que me llevaba a la discoteca, eran cerca de las seis de la tarde. El autobús estaba a tope de jóvenes que íbamos al mismo sitio. Intenté pasar hasta la mitad del autobús, y en mi intento pisé a una chica. Cuando me encontré con su mirada, rojo como un pimiento morrón, solo atiné a decir: Perdona.

-      Ella con una pícara sonrisa, me contestó: De nada, no te preocupes, es que parecemos sardinas enlatadas.

-      Sí, es verdad. -No sé de dónde saqué fuerzas para contestar. E incluso seguí- Se quitan las ganas de ir a la discoteca, porque como dentro esté igual, más que bailar, vamos a jugar al empujoncito.

-      Oh que gracioso, -contestó ella-, y ¿cómo se juega?

-      No me lo podía creer -me decía Fran- estaba hablando con una desconocida, de nimiedades, sí, pero tampoco se trataba de hacer un tratado de física cuántica.

-      Y prosiguió Fran con su historia: Seguimos hablando, bajamos del autobús, seguíamos hablando, entramos a la discoteca, hablamos y bailamos. Su amiga, que la acompañaba, se encontró con otras amigas y desapareció. Yo sabía que la desaparición era una cosa pactada entre ellas, lo cual me envalentonó un poquito. Y claro, cuando llegó la hora de salir, eran las diez de la noche, y me ofrecí a acompañarla a su casa, para que no fuera sola a esas horas.
-      La chica se llamaba, y se llama, Amelie -relataba Fran- había nacido en Francia de emigrantes españoles, y ahora estaban afincados en Barcelona.

-      Siguió Fran- ese fue el principio de…, ¿un gran amor? Al día siguiente la estaba esperando a las nueve de la noche que salía de su trabajo. Era una joya de criatura: Morena, guapísima, con unos ojos negros increíbles que sonreían al unísono con sus facciones, cocinaba como un chef de cinco estrellas, sabía coser, se hacía mucha de su ropa. Era lo que se define como “una mujer de su casa”.

-      No es un poco machista esa definición que me estás dando de ella -me atreví a comentarle a Fran.

-      Totalmente machista -contestó Fran- pero ahí descubrí una faceta que desconocía de mí, entre otras razones porque no me lo había planteado nunca. En fin, el caso es que en quince días ya nos considerábamos novios, y en tan solo dos meses ya conocía a toda su familia y entraba en su casa.

-      Pero lo más fuerte -prosiguió Fran- es que durante esos dos meses creo que solamente comía para alimentar a las maripositas que sentía en mi estómago.

-      Y ¿ella? -le inquirí yo- ¿también sentía las maripositas?

-      Si, supongo que sí -contestó Fran- pero tenía un problema, que mantuvo durante los casi cuatro años que duró nuestro noviazgo: Los seis años y medio de diferencia que nos llevábamos. Yo tenía diecinueve años y ella veinticinco, a punto de cumplir veintiséis.

-      Seguía narrando Fran su historia de amor: Amelie es una mujer con los pies bien pegados a la tierra. Creo que es una característica del signo de Capricornio. Y yo soy justo del signo opuesto: Cáncer, ¡vamos un lunático! Así que la combinación, comenzó pronto a ser demoledora. En un principio comenzamos a discutir por los años de diferencia, pero debimos de cogerle el gusto a las discusiones, porque empezaron a ser frecuentes, y ya discutíamos por cualquier cosa o, mejor dicho, yo me encargaba de iniciarlas con cualquier pretexto. Yo, el hombre tranquilo, inteligente, desapegado, tolerante y mil cosas más, tenía dos defectos que, entonces no era consciente, pero a raíz de nuestra separación, casi quince años después, analizando las causas de “mi fracaso”, fui totalmente consciente y he estado trabajando en ellos durante los últimos veinticinco años: me descubrí como orgulloso y machista. Una mala combinación.

Fran hizo una pausa, como rememorando y analizando esa etapa de su vida.   



2 comentarios:

  1. Es un relato hermoso, pero nos deja en incertidumbre, con ganas de saber mas.

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  2. hola,me encanta estos escritos son maravillosos
    Felicidades a quien lo escribe

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