El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




viernes, 9 de marzo de 2018

Como mariposa...: 23) La noche oscura


La noche oscura



            Desde el primer minuto de la salida de su casa, recluido en la que sería, al menos durante una noche, su habitación, en la casa de su amigo, Fran trataba de racionalizar el porqué de todo lo que estaba ocurriendo en su vida.

Necesitaba la soledad, necesitaba tranquilizase para reencontrarse consigo mismo, y recuperar la estabilidad que había sido la característica de su vida, y que en los últimos meses había perdido, sintiéndose como un bebé movido por los vaivenes de sus emociones, de la misma manera que una hoja sube y baja arrastrada por un viento huracanado.

Para poner orden en su vida contactó con Elena, para decirla que dejaba en suspenso, “sine die”, su relación, porque no podía, y tampoco quería, tener a nadie que le pudiera distraer de su objetivo de reencuentro.

-      Elena estoy fuera de casa -fueron las primeras palabras de Fran.
-      ¿Dónde estás? -la voz de Elena sonaba preocupada- ¿por qué no has venido aquí?, ¿cómo estás?, ¿cómo está Amelie?
-      Estoy en casa de Miguel, aunque buscaré algo desde mañana - le dijo Fran.
-      Elena seguía preocupada: Voy ahora mismo para allá.
-      No, por favor -le suplicó Fran. Déjame hablar. Estoy moderadamente bien. Amelie está fatal, como siempre. Pero no quiero hablar de eso, Lo que quiero decirte es que quiero dejar en suspenso nuestra relación. No vernos, no llamadas, ningún tipo de comunicación.
-      ¿Estamos rompiendo por teléfono? -le inquirió Elena.
-      No estamos rompiendo, al menos por mi parte -le aclaró Fran a Elena- pero necesito recuperar mi centro para entender la situación que me envuelve hasta ahogarme, y cualquier estímulo externo podría distraerme e incluso, ahogarme más. Y tú eres el estímulo más fuerte que podría tener, porque estoy enamorado de ti. Cuando me encuentre a mí mismo, volveré a comunicarme contigo para informarte del resultado.
-      Elena entendió completamente el mensaje, sin melodramas, sin llantos, sin reproches: Espero tu comunicación, cuando tu decidas. Si para entonces estamos listos y nos apetece retomar la relación, lo hacemos, y si no, Dios dirá. Te amo.

Una vez terminada la conversación. la tristeza que le embargaba era lo único que sentía en su cuerpo. Le daba la sensación de que ni tan siquiera latía su corazón, y parecía que se le escapaba la vida por cada poro de la piel. Tenía necesidad de llorar, y lo hizo a mares: por su hija, por Elena, por Amelie, por su soledad, por la tristeza. Lloró y lloró, hasta que agotado, en la madrugada, se quedó dormido.

Necesitaba estar solo. Necesitaba empaparse de su soledad y poder bañarse en su llanto sin testigos que le fueran aconsejando que hacer o no hacer. No quería, ni necesitaba que nadie tratara de consolarle. Era su trabajo y él se repetía: “Yo sé que puedo salir de esto”, y necesito hacerlo solo, sin interferencias de ningún tipo.

Se puso en contacto con su jefe para explicarle una parte de la situación en la que se encontraba, y para solicitarle algunos días de fiesta que necesitaba para reorganizar su vida. Como tenía días acumulados que le debía la empresa, junto con unos días de vacaciones, consiguió un mes de permiso, tiempo más que suficiente para normalizar sus emociones. Al día siguiente dedicó el día completo para buscar donde vivir. Y lo encontró.

Y así, dos días después, se encontró viviendo en un mini departamento de treinta metros cuadrados, completamente amueblado. La mudanza fue rápida y barata, solo llevaba dos bolsas de ropa que era lo que había comprado para poder, al menos, cambiarse de ropa.

Durante una semana solo salió de casa lo imprescindible para comprar comida, el resto del tiempo lo dedicaba a analizar, honesta y seriamente las causas que le habían llevado a la situación en la que se encontraba. Era consciente que, de alguna manera, la vida le había llevado hasta donde estaba, porque las cosas que podía calificar como malas, no las había hecho a propósito. Siempre hizo todo lo mejor que pudo, lo mejor que supo. Nunca hizo nada mal a conciencia.

Fran pensó que el análisis, para llegar a buen puerto, era necesario hacerlo de manera exhaustiva, para analizar los errores, para extraer las enseñanzas, para cambiar hábitos nocivos.

Cada persona elige lo que quiere vivir:

Lo que menos quería Fran era que Amelie, y de rebote su hija, estuvieran mal, pero Amelie solo tenía una idea en la cabeza:

-      “El matrimonio es para toda la vida, y si te vas tampoco vas a ver a la niña. ¿No quieres separarte?, pues aguanta las consecuencias”.

Era imposible. No se podía razonar con alguien que no quiere. No podía entender que Fran se estaba separando de ella, no de su hija, pero era su elección. Estaba eligiendo el sufrimiento, ya que a eso era a lo que se estaba abocando con su actitud.

Lo realmente dramático es que con su actitud no solo sufría ella, sino que también iba a sufrir su hija, al impedir que siguiera la relación, tan estrecha, que tenían padre e hija.

Por supuesto que también iba a sufrir Fran, pero eso era lo que ella quería, y así, ante el sufrimiento de no ver a su hija, daría marcha atrás.

Pero Fran había elegido intentar ser feliz.

Eran dos elecciones opuestas. Amelie basaba su felicidad, o algo parecido, queriendo mantener un estatus ficticio. Estaba claro que iba a sufrir de todas las maneras. Mientras que Fran, que ya conocía el sufrimiento, y era consciente de él, quería cambiarlo.

Fran, ante la cerrazón de su esposa, lo primero que pensó, es que la elección de Amelie era el sufrimiento, pero era su opción, y no podía sentirse culpable ante lo que estaba claro que era chantaje emocional. Y, además, pensó que Amelie no era mala persona, y que ya se le ablandaría el corazón.

Fran se equivocó. Nunca se le ablandó el corazón. Nunca le dejó ver a su hija.

De nada valen los lamentos:

Lo primero que tuvo claro Fran fue que no tenía que lamentarse de nada, que de nada valen los lamentos, ya que lamentarse no iba a eliminar el suceso, no iba a conseguir volver la rutina a su vida, cuando era él, y nadie más, quien había decidido poner fin a esa rutina, a esa vida, o al menos a la manera en que la vivía.

Escondiéndose detrás de las lamentaciones tenía claro que no iba a conseguir ningún avance, y que lo único que podía atraer hacia sí era más ansiedad, más preocupación, más infelicidad, más miedo, y con esa amalgama de emociones la continuidad del sufrimiento estaba garantizada.

Decía William Shakespeare: “El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho”.

Perdonar:

A pesar del dramatismo que Amelie mostró durante todo el proceso, (y lo que aún quedaba por venir), Fran no se sintió ofendido en ninguna circunstancia, y posiblemente, hubiera tenido infinidad de motivos para ofenderse.

En cualquier separación traumática se hacen y se dicen demasiadas cosas que pueden ofender a la otra parte. Sin embargo, Fran no pasó de la tristeza que sentía ante la cerrazón de su esposa, que prefería una vida de engaño, una vida sin amor, una vida de gritos y silencios, antes que deshacer esa unión, unión inexistente, ya que estaba desunida desde hacía bastante tiempo. Posiblemente nunca fue una verdadera unión.

No se ofendió porque no pudiera abrazar a su hija, o porque no pudiera sacar de su casa ni un calzoncillo, y tampoco se ofendió porque fuera imposible concretar nada, absolutamente nada.

Fran pensaba que como no se había ofendido, no era necesario perdonar nada. Pero claro, Amelie si se sentía ofendida. Ella si tenía que perdonar, y Fran pensó que tenía que pedir su perdón, pero no iba a presentarse delante de ella a solicitar su perdón. Entonces Fran todavía no sabía nada de energía, y lo único que se le ocurrió fue orar, y al finalizar la oración añadía su rezo particular: “Amelie, te pido perdón por todo el daño que te hubiera podido hacer, o incluso el que tú hayas podido sentir, sin ser yo consciente de ello”.

Estuvo haciéndolo durante mucho tiempo, hasta que empezó a entender, un poco, de energías. A partir de ese momento utilizó la “fórmula del perdón y de la bendición”, hasta que considero que ya era suficiente. 

No hay culpables, solo causas:

Amelie estuvo durante los tres meses que duró su “momento” de separación, culpando a todo lo que se movía de su propia desgracia.

A Elena, de ser una prostituta que había engatusado a un hombre casado. A Fran, de buscar fuera lo que podía haber tenido en casa, y que, por cierto, si no lo tenía es porque no se lo merecía.

Para que puedan hacerse una idea del estado emocional de Amelie y de su creencia con respecto a la indisolubilidad del matrimonio les voy a relatar un suceso: Se encontró Amelie con una amiga, que dos meses atrás había perdido a su hermano, por causa de un accidente de tráfico, y Amelie, después de que su amiga le contara el hecho, dijo textualmente:

-      “Eso no es nada comparado con lo que me ha pasado a mí, ¡a mí me han abandonado!, sería muchísimo menos duro si se hubiera muerto”.

Para Fran la única culpa era la falta de amor. Pensaba que, posiblemente, el amor nunca existió. Siempre tenía la teoría de que para que estacione un coche en la vía pública ha de existir un espacio, pues eso le pasa al corazón: Si estuviera ocupado amando, no iba a quedar espacio para otro amor.

Por supuesto a su esposa le daba igual si había o no amor, lo importante es que había un papel que decía que estaban casados, que era muchísimo más importante que “esa tontería del amor”, de hecho, era lo único importante.

Por lo tanto, para Fran no existían culpables, porque tampoco se puede culpar a la vida.

¿Justificarse?:

En sus pensamientos, Fran pensó que sí que había cometido un error, y ese error fue las veces que intentó justificarse, tanto él mismo, como la situación en la que se encontraban.

Pensando en sus justificaciones llegó a la conclusión de que lo que quería era quedar bien, era demostrar “su razón”, ante Amelie, ante su familia, o ante la de Fran, (la madre de Fran tomó partido por Amelie y estuvo un año sin hablar con su hijo).

De alguna manera, pensó Fran, quería que su decisión fuera aprobada y claro, eso era imposible.

Fue algo que aprendió para siempre: Cuando alguien está seguro de su decisión, y para él, en este caso, era correcta, no hay que pasarse la vida tratando de justificarla, esperando que la otra parte la acepte, la comparta, o la entienda. Es imposible.

Cada persona es libre de equivocarse. Y por supuesto, libre para aprender de sus errores.

Aprender:

Pensaba Fran, que de nada hubiera valido tan amarga experiencia si no se sacaba un mínimo de aprendizaje, pero no volver a repetirla, para no sufrir, y ¿para no hacer sufrir a otros? Aunque llegado a este punto Fran contesto a su pregunta. Tenía claro que todo en la vida es una elección, y que cada persona elige como quiere vivir, vivir el sufrimiento o vivir la felicidad. Por lo tanto, lo que sufran otros, es su problema, es su elección, es su vida, no era su responsabilidad.

Así, pensó, que para solucionar “su” problema y “su” vida, mejor seguir centrado en él mismo. No podía permitirse volver a pasar tantos años desperdiciando su vida en gritos, en silencios, en críticas o en rencores. Y para eso, tenía que sacar provecho de la lección magistral que le presentaba la vida.

Pensó en Elena, pensó que estaba enamorado de ella, y se quedó meditando en que era lo que esperaba de esa relación. ¿Esperaba conseguir la felicidad con ella?, ¿esperaba que ella le amara de por vida?, ¿esperaba no tener más peleas, ni más gritos, ni más desencuentros?

La respuesta a las tres preguntas fue “si”. Sin embargo, cuando comenzó su relación con Amelie, si se hubiera hecho las mismas preguntas se hubiera dado las mismas respuestas, así que…, el final podría ser el mismo, con los matices de los distintos caracteres de las personas.

Algo estaba haciendo mal, o razonando mal. Faltaba algo, pensaba Fran.

Estaba mirando por la ventana de su departamento, enfrascado en esos pensamientos, cuando le llamó la atención los gritos que un padre le estaba dedicando a su hijo, de no más de cuatro años, por la simpleza de que el niño se había metido a dar saltitos y chapotear en un charco. Y observó, que un instante después de los gritos, el niño, ignorando los exabruptos del padre, le decía:

-      “Papa vamos a jugar a que yo soy un bebé de tigre y tú el papá tigre”.

En ese momento, Fran sintió que una oleada de frío intenso invadía su cuerpo y, de repente, lo comprendió todo, fue como si la Sabiduría Divina le embargara:

-      “Tenemos que ser como los niños, tener su inocencia, vivir como ellos el momento presente, ignorar completamente los malos modos que nos rodean, como este niño con su papá, amar por encima de todo, y entregarse completamente sin tener en cuenta lo que esté sucediendo”.

Ya está, pensó Fran:

-      No tengo que esperar que nadie me ame, no tengo que esperar que nadie me haga feliz. Tengo que cambiar el pensamiento: En lugar de esperar que nadie me haga feliz, yo tengo que hacer felices a los que me rodeen y, por supuesto, en lugar de esperar que mi pareja me ame, yo tengo que amarla. En vez de enojarme y entrar al trapo de cualquiera de sus enfados, he de colocarme en su lugar para entender ese momento malo por el que está pasando, responder con comprensión a los gritos, responder con paciencia a las impertinencias, responder con humildad al orgullo, Tengo que ser feliz por mí mismo, y esa felicidad solo me la puedo conceder yo, aceptando la vida tal como se presenta, agradeciendo lo que tengo, no condicionando mi felicidad a la consumación de mis deseos, o mejor, de mis caprichos. A partir de este momento, “elijo ser feliz”, “yo sé que puedo conseguirlo”, de la misma manera que Amelie eligió sufrir, y yo mismo elegí el sufrimiento, se acabó. Hoy me declaro feliz, porque ahora, en este mismo instante, no existe razón alguna para que no lo sea.  
Vivir sin miedo:


-      Sin miedo a la gente, porque todos están embarcados en el mismo barco, viviendo las mismas miserias que yo he vivido hasta ahora; deseando imposibles como yo mismo he deseado; tratando de aparentar lo que no son.

-      Sin miedo a la vida, porque es hermosa, porque el timonel de la vida es uno mismo, porque el miedo merma la propia confianza, y hace embarrancar a la vida, en los lodos de la crítica, de la ira, del resentimiento.

-      Sin miedo a la libertad, porque el miedo aprisiona con grilletes invisibles sin permitir el movimiento.

-     Sin miedo a decir “no”, con cariño, cuando la circunstancia lo requiera, porque cuando se retienen varios “noes” el siguiente “no” ya está exento de cariño, y es más un exabrupto que lleva implícita la tormenta.

-      Sin miedo, porque con miedo no se ama.

-      Con amor, porque quien ama no teme.

-      Yo soy lo más importante.


Fran seguía como en estado de trance, procesando los pensamientos que iban paseándose por su mente.

-      Y sobre todas las cosas yo soy lo más importante, porque si la manera perfecta de vivir es tratando de hacer felices a los que me rodean, cuanto mejor me encuentre, podré dar más y mejor de mí mismo a los demás. Ahora, por ejemplo, con el maremágnum de ansiedad y tristeza que hay en mí, difícilmente podría dar nada bueno.

-      Tal como son las personas, seguro que más de uno dirá que eso es egoísta en extremo. Pero no lo es porque egoísmo es tener aprecio solo por uno mismo, sin preocuparse de los demás, y esto es justamente lo contrario, dar a los demás lo mejor de mí.

La oleada de frío que le invadía cesó, de la misma manera que había comenzado. Era consciente de que “algo grande” le había sucedido, pero no sabía ni entendía nada, excepto el conocimiento que le había llegado.




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