El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




sábado, 10 de marzo de 2018

Como mariposa...: 24) Un nuevo amanecer


Un nuevo amanecer



            Y así, trabajando en sus pensamientos, sintió Fran que comenzaba a dominar sus emociones. Era como cuando niño su madre le llamaba “descastado”. Había recuperado su autoestima.

Pensó que tenía un problema, y ese era como poner en práctica eso que ahora tenía tan claro. No podía leerlo permanentemente, y seguro que a las primeras de cambio se iban a empezar a emborronar los renglones:

-      “¿Cómo hago para materializar el cambio, de esto que ahora tengo tan claro?”.

-      Y también, como una especie de inspiración se hizo una pregunta: “¿Y si hago yoga?”. 

         Fran no sabía lo que era el yoga, pero había oído que era una buena herramienta para desconectar de los problemas.

Se dio la respuesta de manera inmediata, y al día siguiente se estaba matriculando en un centro de yoga próximo a su domicilio.

Comenzó a realizar dos clases por semana, que era lo que parecía que hacía todo el mundo. Y la realidad era, que durante la hora y cuarto que duraba la clase, conseguía desconectar de casi todo, pero…, le faltaba algo, le sabía a poco. Le habría gustado hacer más y entonces, decidió hacer tres días por semana. A eso se sumó un cuarto día que asistía a meditación, que descubrió que se hacía en el centro y, además, era gratis para los alumnos. Así que, sin saber hace tres semanas que era el yoga, se encontraba, en tan escaso tiempo, integrado en el centro.

Las clases de yoga no le parecieron duras, pero si se lo pareció la meditación, y mucho.

De su primera meditación siempre dice:

-      Creí que me tenían que sacar de allí en parihuelas, porque se me había dormido medio cuerpo. Y todo por no moverme. Pero eso empezó a cambiar, porque aprendí a variar la posición de las piernas, sin perder la concentración, hasta que poco a poco me fui acostumbrando, y llegar a conseguir, en poco tiempo, mantenerme horas con las piernas cruzadas.

Otra cosa era la mente. Esa sí que no se acostumbró tan rápido como el cuerpo, podía perderme en mis pensamientos, a veces, más de tres cuartas partes del tiempo de duración de la meditación.

Pero ser terco tiene sus ventajas, y una de esas ventajas fue con la meditación. Me decía a mí mismo “Yo sé que puedo”, e insistía, no solo en el centro, sino también, cada día en casa. Meditaba en la mañana y en la tarde, y los pensamientos empezaron a permanecer en silencio, respetando la hora de la meditación.

Así incorporé a mi rutina la meditación. Meditaba cada día, y en algunas meditaciones volvía a sentir ese frío intenso, que empecé a llamar “la energía de mis guías”. Cuando recibía esa energía era consciente de “algo”, que en muchas ocasiones olvidaba al terminar la meditación. Así fue como empecé a meditar con un papel y un lápiz a mi lado, para poder anotar las enseñanzas que recibía en esas meditaciones especiales.

Faltaban pocos días para terminar el mes de permiso y su vida había dado un cambio radical. Sólo había un problema: Llevaba casi un mes sin ver a su hija. Amelie no se había ablandado, y Fran comenzó a entender que no solo se había separado de su esposa, si no que Amelie se encargó de separarle de su hija, y por fin, entendió que la dureza de Amelie iba a seguir para siempre, y que nunca más vería a su hija.

Llegado a este punto Fran recordó uno de los apartados de su “noche oscura”: Cada persona elige lo que quiere vivir, y pensó que tenía ante sí cuatro alternativas.

La primera, era esperar que el tiempo cerrara heridas y que Amelie comprendiera que la niña no era un arma arrojadiza con la que ella pudiera “castigar” a su esposo por haber decidido la separación. Por lo tanto, solo le cabía esperar que fuera transcurriendo el tiempo, aunque en su interior sabía que iba a ser una espera inútil, porque Amelie nunca iba a razonar algo que, para ella, estaba fuera de toda lógica.

La segunda, era acudir a las leyes, para iniciar una batalla legal y hacer cumplir los compromisos que, poco tiempo después, se recogieron en la sentencia de separación: Estar con su hija dos días por semana, fines de semana alternos, un mes en vacaciones y las fiestas, un año en Navidad y al siguiente en Año Nuevo. Pero también la descartó porque no le apetecía iniciar otra guerra, que podría ser interminable, y cuanto más se remueven los excrementos, más huelen. Sería como estar separándose eternamente.

“Estaba muy cansado, muy cansado y me no apetecía entrar en otra batalla”.

La tercera era sufrir. Comenzar a darse golpes de pecho por lo dramático de su situación, por lo que podía haber hecho y no hizo, por la terquedad de su esposa, y por millones de cosas más que se le podían haber ocurrido dando vueltas y vueltas a la situación. Y decidió no sufrir, porque sabía que con el sufrimiento no iba a conseguir nada más que ofuscarse, y las reacciones de una mente ofuscada son difíciles de predecir, pero seguro que ninguna de esas reacciones le iban a llevar a conseguir nada bueno.

Y la cuarta, ser feliz. Si había descartado esperar que cambiara su esposa, si había descartado acudir a las leyes para no echar más leña al fuego y, había descartado no sufrir, ¿qué le quedaba? Pues sencillamente, le quedaba intentar ser feliz, a pesar de toda la pesadumbre que le podía acarrear la situación. Le quedaba aceptar, perdonar y tomarse la vida con alegría.

Se dijo a sí mismo:

“Elijo ser feliz, elijo perdonar, elijo la alegría, elijo la serenidad. Yo sé que puedo conseguirlo, porque sólo depende de mí”.

Y así, iba transcurriendo su nueva vida, trabajando, haciendo yoga, meditando, haciendo las labores de la casa, comprando y cocinando.

Ya habían pasado seis meses desde su separación, y no solo había conseguido estabilidad física, había conseguido, también, estabilidad emocional. Seis meses sin gritos y sin peleas, habían conseguido que Fran se fuera reencontrando con un talante que tenía casi olvidado: “Todo está bien”. Como dice el refrán: “Todo es según el color del cristal con que se mire”, y el color con el que había decidido mirar Fran era el rosa.

En una meditación le pareció recibir alguna información, se puso a escribir y al final leyó:


Cuando los pensamientos que le dedicaba a Elena comenzaron a ser más intensos, se puso en contacto con ella y, de manera inmediata, comenzaron su relación. Decidieron cambiar de ciudad, y en pocos meses estaban iniciando su vida en común en Sevilla.

Nada más llegar a su nueva residencia, busco Fran un centro de yoga para seguir con sus prácticas y, al poco tiempo, anunciaron en el centro un curso de instructores de yoga, en el que Fran se inscribió.

Los libros “raros”, como los definía su madre en su juventud, seguían ocupando el eje central de sus lecturas, con ligeras variaciones. La diferencia de aquellas lecturas de juventud con las actuales, era que en la actualidad cuando se dedicaba a un tema intentaba exprimirlo al máximo, buscando diversos autores que escribieran sobre el mismo tema, porque en temas “raros”, no demostrados científicamente, se podía utilizar mucha palabrería, y a Fran le interesaba conocer, cuanto más mejor, a pesar de la falta de confirmación científica.

Sus preferencias estaban centradas en temas de energía y, sobre todo, en la muerte, que era su tema preferente, en la reencarnación, en los Maestros Ascendidos, en las experiencias de personas que habían estado clínicamente muertas y habían vuelto a la vida, leía sobre el poder del Amor y del perdón y, también, lo que se iba publicando bajo el epígrafe de “new age”, muy de moda en el último tercio del siglo pasado, aunque sin tanta pasión.

            Su conocimiento teórico empezaba a ser importante, pero no estaba satisfecho, porque no conseguía pasar de la teoría, aunque tampoco sabía muy bien si tenía que llegar a algún sitio. Pero si se tenía que llegar a “algo”, él lo iba a conseguir. Era fiel a su lema “Yo sé que puedo”, y si lo ha conseguido otro ser humano, él también, porque voluntad no le faltaba, paciencia tenia a rebosar y ser trabajador era una de sus cualidades.

A través de las lecturas empezó a tener clara la razón de la vida. Y a partir de esa luz que se iba abriendo ante él, entró en una especie de depresión espiritual.

Fran se hacia el siguiente planteamiento:

Bien, ya sé que nuestro objetivo es Dios, que la razón más importante de la vida es aprender a amar, y que el objetivo final es amar a todos los seres por igual, de la misma manera que Dios nos ama, incluyendo en ese amor al propio Dios.

Pero esto parece imposible.

Porque si bien es cierto que en el tiempo que llevo meditando y, siendo un poco más consciente de mi vida y de mis chakras, que es como decir de “mi mismo”, he conseguido que estos hayan crecido, que estén más limpios, y eso hace que viva la vida con más atención, que sea consciente de cuando hay algo que me enoja, algo que me irrita, algo que me excita, y que pueda reprimir al primer impulso, aunque bien es cierto, que todo eso se va reduciendo y estoy más cerca de no alterarme por nada. Siento más compasión, más misericordia, más empatía hacia las emociones de la gente, (a veces me emociono hasta con los dibujos animados). Pero de eso a sentir amor por todo lo creado, creo que falta mucho.

Y ya no digamos de amar a Dios. No siento que ame a Dios. Quiero hacerlo, pero no me emociono con Él, como lo pueda hacer con un dibujo animado.

“Yo sé que puedo”, pero me falta algo. Tengo que ser más consciente, mantener más la atención. Conseguir que la crítica mental, que aun siento pasearse por mi mente, desaparezca por completo.

Posiblemente me ayude el curso de instructores de yoga, ¡algo aprenderé!

Se equivocaba.

Fran relata su curso de capacitación como instructor de yoga:

No puedo decir que fuera un mal curso, porque no lo fue. Fueron quince fines de semana agradables en los que aprendimos muchísimas cosas del cuerpo. El profesor era un osteópata reconocido y todo el curso estaba dirigido, en un ochenta por ciento para cuidar el cuerpo, y un veinte por ciento para trabajar la mente. Pero en ningún momento se habló de Dios. En ningún momento se habló del yoga como la unión del hombre con Dios.

En ese curso, no solo me descubrí como un gran instructor de yoga, sino que también, descubrí que no era un yogui, a pesar de ser muy flexible. Desde las primeras clases que impartí, primero de prácticas, como alumno, y después, ya como instructor titular, trataba de llevar a los alumnos más allá del cuerpo y, más allá de la mente. Tenía claro que el objetivo no era eliminar el estrés, cuidar el cuerpo para evitar contracturas, o aprender a relajarse, si no que el objetivo era acercar el hombre a Dios. Y a eso me dediqué los veinticinco años en los que estuve impartiendo clases de yoga desde entonces.

Diez años después de práctica de Hatha Yoga, descubrí otra escuela de yoga: Kundalini Yoga, y también me inscribí para realizar el curso de capacitación.

En el curso de Kundalini Yoga, si se habló de Dios, pero desde una perspectiva interesada. 

El Kundalini Yoga se publicita como la forma más poderosa y accesible de yoga, y se publicitaba, también, un de estilo de vida yóguico que incluye yoga Kundalini, meditación, dieta, vida limpia, y filosofía yóguica. Suena bien, pero le sobraban obligaciones y le faltaba libertad.

Descubrí entonces que soy un rebelde y me sobran los maestros.

Tampoco fue, por lo tanto, lo que yo creía que debía ser el yoga: El acercamiento del hombre a Dios, pero sin filosofías, ni dirigentes, que hagan de intermediarios.

Las experiencias espirituales que he llegado a vivir, en estos últimos años, no se han producido practicando ningún tipo de yoga, han sido vividas practicando la meditación en total y absoluto silencio. Han sido vividas buscando el silencio, el vacío, la nada.

Aunque entiendo perfectamente, que no todas las personas necesitan las mismas herramientas para conseguir los mismos objetivos.

Yo solo necesito cinco minutos de silencio, inmóvil, buscando la nada, buscando el vacío, y me cansa, y hasta me aburre, el permanecer media hora con los brazos en alto cantando mantras.



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