El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




lunes, 12 de marzo de 2018

Como mariposa...: 25) La vida espiritual de Fran


La vida espiritual de Fran



            Elena y Fran vivían felices en Sevilla. Así llegó el cincuenta cumpleaños de Fran.

Además de su trabajo, Fran era un asiduo del centro de yoga. Después de realizado el curso de instructor de Hatha Yoga, cada vez era más frecuente verle impartiendo clases, en sustitución de algún otro instructor, o guiando las meditaciones que se realizaban un día por semana.

Se sentía cómodo, y lo mejor era que para los alumnos asistir a sus clases era una especie de premio, lo celebraban y no se escondían para expresar la satisfacción que sentían cuando era Fran quien impartía la clase.

Como los caminos del Señor son inescrutables, de un día para otro, el matrimonio que regentaba el centro decidió traspasar el centro, ya que ellos volvían a su ciudad de origen, y a la primera persona que le ofrecieron la posibilidad de quedarse con el centro fue a Fran.

Pidió dos días para pensarlo y dar la respuesta definitiva. Lo hablaron en casa, Elena y él. Le apetecía mucho, y el único problema era que vivían al día y no tenían dinero para hacer frente al traspaso.

Pero eran tantas las ganas que Fran tenía, que dieron un repaso a todo lo que podían vender, y de donde cabía la posibilidad de conseguir el dinero restante.

No les resultó muy difícil dejarlo todo atado. Parecía claro que era el camino que debía de seguir, aunque estaba un poco asustado, y se preguntaba:

¿Seré capaz de llevar el centro?, me siento como una especie de intruso en este mundo, ¿podré dar a las personas que vengan aquello que vienen buscando?

Al final, venciendo todos sus miedos, decidieron quedarse con el centro. Solicitó la excedencia en la empresa, y en un mes estaba dirigiendo un centro de yoga, algo que jamás se le había pasado por la cabeza. Los primeros días tenía una especie de ataques de pánico ante lo que él consideraba una gran responsabilidad, como era el acompañar a las personas en su despertar, y sobre todo enfocarlas en la dirección de Dios, que él seguía pensando que era el final del ser humano. En esos momentos de debilidad, o de exceso de responsabilidad utilizaba su mantra: “Yo sé que puedo”.

En el centro, además de las clases de yoga y de las jornadas de meditación, se realizaban terapias y masajes, en tres salas habilitadas al efecto. La forma de funcionamiento era mediante el alquiler de las salas, con lo que había una gran variedad de terapias y terapeutas.

Un día, Pilar, una masajista y terapeuta de Reiki le dijo a Fran que iba a hacer una canalización, si le apetecía hacer una, para dar su nombre y concertar cita para él.

-      ¿Qué es una canalización? -preguntó Fran.

-      No me digas que no sabes lo que es -le dijo Pilar. Una canalización es una forma de comunicación con seres del otro lado de la vida. Pero me han dicho que lo hace una chica, parece ser que bastante joven, y no es que a ella la hablen, sino que un ser, que dicen que es un Maestro, entra en el cuerpo de Eva, llevándola a ella, a no se sabe dónde, y el Maestro, utilizando el cuerpo de Eva, da a la persona la información que esta necesita saber.

-      Y ¿es individual o en grupo? -quiso saber Fran.

-      Es individual -le contestó Pilar- aunque en la sala hay tres personas, Eva, y otras dos personas, una para sujetar a Eva, ya que el Maestro, al no tener mucha práctica en la utilización de un cuerpo, puede hacer que con el movimiento se caiga de la camilla, y la otra persona va anotando lo que te dicen.

-      ¿Hay que llevar las preguntas escritas, pensadas, o cómo? -preguntó Fran.

-      De ninguna manera -respondió Pilar- tú no preguntas. Te pones delante y el Maestro por boca de Eva habla y dice lo que necesitas oír.

-      No le costó mucho tiempo decidirse a Fran: Me apunto. ¿Cuánto cuesta?

-      Cincuenta euros -le informó Pilar- y es mañana a las cinco de la tarde.

-      Pues mañana nos vemos -sentenció Fran.

Era el día 3 de marzo del año 2002. El montaje era tal como le había explicado Pilar: Eva, una chica joven, de unos veinticinco años, estaba en la camilla. A su lado Dolores estaba pendiente de los movimientos de Eva, y Juan, esposo de Dolores iba anotando lo que Eva decía.

            Cuando Fran entró en la sala, un escalofrío recorrió su cuerpo y, de inmediato, sintió una especie de expansión en su pecho y como se humedecieron sus ojos. Le daba la sensación de estar en un lugar sagrado, pero no por el lugar, ya que este no era diferente a las salas de terapias que él tenía en el centro, sino por la energía que llenaba toda la sala.

            Se acercó a Eva. Esta le agarró las manos y comenzó a hablar, lentamente, como arrastrando las palabras y dejando espacios, a veces, demasiado largos, entre una y otra frase. Y esto es lo que escuchó Fran:

“Tienes un “don” que desconoces. Lo tienes que descubrir.
La tristeza distorsiona la forma de tu realidad.
Las dudas no te permiten disfrutar el amor.
Abre tu corazón. No temas si habla tu corazón.
Te acompaño en tu camino, acude a mi cuando lo necesites.
Recupera tu “don”. Lo necesitamos. Debes descubrirlo tú.
Abre tu corazón.
Sin miedo.
Te quiero”.

Fran salió de la sala llorando como un bebé y tuvo que sentarse en un rincón hasta tranquilizarse, algo que le llevó cerca de dos horas.

Se intercambiaron los escritos entre los conocidos, y todos llegaron a la conclusión de que Fran era el único que había recibido un mensaje claro, ya que a todos los demás les había hablado de manera vaga del amor, de la alegría, de la amistad o del miedo. Sin embargo, el mensaje de Fran era claro, tienes un “don” que tienes que descubrir, y además lo necesitaban Ellos, al otro lado de la vida.

-      Bueno, y ¿Cómo sé a qué “don” se refieren? -se preguntaba Fran.
-      Pues tendrás que ir probando -le contestó Pilar.
-      ¿Probar qué? -realmente Fran no sabía que tenía que hacer.
-      Se me ocurre una idea -dijo Pilar- haces yoga, guías meditaciones, en cada clase y en las meditaciones hablas, y lo haces con bastante tino, ya que dejas a las personas, muchas veces, con la boca abierta. Pero hay algo que nunca has hecho.
-      ¿Qué? -quiso saber Fran.
-     Sanación -sentenció Pilar. Me presto de conejillo de indias, para que hagas imposición de manos, o lo que se te ocurra.
-    ¡Venga ya!, eso es una tontería -dijo Fran- sintiendo como algo parecido al miedo empezaba a recorrer su cuerpo.
-      No se hable más, mañana a las diez, cuando termines tu clase, me pones las manos, a ver qué pasa -concluyó Pilar. No hay más que hablar.

Y llegó el día siguiente. Pilar se acostó en la camilla y Fran, de pie, al lado de la camilla, no sabía muy bien que hacer. Solo se le ocurrió cerrar los ojos, llevar la atención a la respiración y decir en su interior:

 “Señor, si este es el “don”, que lo que tenga que pasar sea claro, para que no me quede ninguna duda. Gracias”.

Fran colocó las manos suavemente en la cabeza de Pilar, con respeto, con mimo, casi con veneración, como si tuviera miedo de romper un objeto precioso, y desplazó su atención a la respiración y a sus sensaciones.

Lo que ocurrió a continuación es difícil de explicar en toda su magnitud, habría que sentirlo.

La sala se llenó de la misma energía que había en la sala donde el día anterior hicieron la canalización. El mismo escalofrío que sintió cuando entró para hacer la canalización recorrió de nuevo su cuerpo. Y sus ojos no solo se humedecieron, sino que empezó a llorar, no sabía por qué, era una especie de amor, de felicidad y alegría. Pero el llanto no era solo suyo, Pilar se encontraba en la misma situación, llorando sin parar, con un llanto sereno.

Permaneció veinte minutos con las manos en la cabeza de Pilar. Transcurrido ese tiempo, levantó las manos. Siguió aun un rato más con su llanto. Pilar se levantó y le abrazó, a la vez que le decía:

“Este es el “don”, esto es lo que tienes que hacer. He sentido la misma energía que sentí ayer en la canalización”.

A partir de ese día fue poniendo sus manos, a amigos, a alumnos, y a todo aquel que lo solicitara.

Afortunadamente las sensaciones se fueron aliviando, ya que hubiera sido muy difícil que en cada terapia se pusiera a llorar. Habría pacientes que no lo entenderían, aunque, a decir verdad, a Fran no le importaba, o al menos, no le importaba demasiado lo que pudieran pensar.

Durante dos meses siguió haciendo eso que no sabía cómo calificarlo. Solo sabía que él se encontraba bien, y los pacientes cuando levantaba las manos se sentían muy relajados y aliviados de sus problemas, sobre todo, los que manifestaban tener problemas emocionales.

En todo ese tiempo, en sus meditaciones y en sus monólogos con Dios preguntaba:
-      “¿Es esto lo que tengo que hacer?”.

Y así, dos meses después volvió a hacer otra canalización, con la misma pregunta en su mente: ¿Es esto lo que tengo que hacer? Y esto es lo que recibió.

“En un lugar del tiempo pediste trabajo y te di un cuerpo y un cerebro. Pediste fuerza y te di obstáculos.
No voy a responder a tu pregunta, porque no te doy aquello que me pides, pero si aquello que necesitas. Tu corazón lo siente.
Todo aquello que ofrezcas lo recibirás multiplicado. Tu intuición es buena. Sigue adelante.
Bien. Estás caminando bien. Recuerda que siempre te puedes apoyar en mi hombro.
Yo te escucho y te respondo, aun cuando tú crees no escucharme.
Sigue adelante”.

Fran supo entonces que sus monólogos eran escuchados, aunque él no pudiera escuchar las respuestas.

Se dedicó por entero a su “vida espiritual”, si es que se pueden establecerse diferencias entre la vida física y la vida espiritual. Porque seguía haciendo la misma vida, con tres excepciones:

Una: Su meditación diaria era un tiempo importante de su día, y si por cualquier circunstancia, no podía sentarse a meditar en la hora por él establecida, lo hacía a cualquier otra hora, aunque para ello tuviera que dejar de comer.
Dos: Dos fines de semana al mes, había pactado con Elena, que los iba a dedicar a la formación. Así, durante dos años, realizó cursos y talleres de todo tipo.

Tres: Empezó a abandonar la vida social. Le aburría sobremanera juntarse con otras personas a hablar de naderías, como podían ser el futbol o la política. Aprendió a decir no a los convencionalismos sociales, que solo eran un espacio de críticas a todo lo que se movía.

La formación realizada, de una u otra forma, la utilizó durante años, hasta el día de hoy, que sigue dedicándose a la sanación, compatibilizándolo con charlas, a quien quiere escucharle, sobre la espiritualidad del hombre.

Tres meses después, hizo una nueva canalización. Buscaba nuevas respuestas, o mejor, él creía que las necesitaba. Necesitaba confirmaciones:

“No he dejado de escucharte ni un solo día.
Esta es mi respuesta: (Y durante un buen rato estuvo trabajando en las palmas de mis manos. Parece ser que abriendo los canales para la sanación).
Dicen que para amar primero hay que amarse a uno mismo. Ayúdate también, porque aquello que te ofrecemos necesitamos que lo transmitas, y para ello debes estar bien.
Úsalo y disfrútalo.
Si yo que no soy tú confío en ti, como tú que eres tú puedes dudar.
¡Fuerza!
Ahora sal y túmbate con las palmas hacia arriba”.

Las clases de yoga, las charlas, las meditaciones y la sanación eran su vida.

Todo fluía, todo menos su relación. Amaba a Elena con locura, pero había algo en su interior que decía que la relación había finalizado.

Y con la misma facilidad que hablaban de cualquier tema, enfocaron el tema de su relación, sin críticas, sin reproches, sin gritos, sin culpas. Y en esa conversación acordaron dar por concluida su relación.

Elena manifestó su intención de volver a Barcelona, y allá que se fueron los dos, y allí permaneció Fran hasta que Elena estuvo completamente instalada en su piso, con las mismas comodidades con que contaban en Sevilla.

Y así, veinte días después, comenzaba una nueva rutina para Fran.

Pero algo estaba cambiando. Los primeros en darse cuenta eran las personas que le rodeaban y frecuentaban:

  “Cada día está más pasota” -decían- “Pero como puede ser que no te importe lo que ha hecho fulanito”, o “Tendrías que salir a divertirte, a lo mejor encuentras pareja. No puedes estar todo el día meditando”.

De tanto escucharlo comenzó a observar su propio comportamiento y a compararlo con lo que hacía años atrás. Observaba sus conversaciones y sus pensamientos. Y sí, algo había cambiado. Era consciente de que sus pensamientos permanecían como agazapados, sin atreverse a manifestarse. La crítica prácticamente había desaparecido, incluida la crítica mental. Casi siempre encontraba justificación a lo que años atrás, e incluso, meses atrás, habría calificado como injustificable. Era paciente hasta el máximo. Era tolerante en grado sumo.

Los que le rodeaban solían decir:
  “Es que das tanta paz”.

Tiempo atrás, su orgullo le habría hecho inflarse como un pavo, ahora todo lo que quería era pasar desapercibido.

  ¿Se estará eliminando también mi orgullo?, ¡Qué raro! -solía pensar.

Realmente, de todas las técnicas de sanación que aprendió, Fran era consciente de que no utilizaba ninguna, o no las utilizaba tal como se las enseñaron. Lo único que hacía, y hace, es sentarse al lado de la persona, tocarle y sentir. Y en ese sentir, además de recibir sensaciones físicas o emocionales, aparecían en su mente pensamientos relacionados con la persona a la que estaba tocando, o aparecían imágenes de otras vidas también de la persona, o incluso imágenes de futuro.

Fran las guardaba dentro de sí, sin atreverse al explicar al paciente la vorágine de pensamientos e imágenes, que como si de una película se tratara, habían desfilado por su mente.

Volvía a necesitar respuestas, y aunque en las canalizaciones no recibía de manera concreta la respuesta a ninguna de sus preguntas, sí que recibía, como había dicho el Maestro, lo que necesitaba oír en ese momento. Así que, después de transcurrido un año desde la última canalización, volvió para realizar una más.

“Tantas veces que nos llamas y nos hablas, sería bueno que nos escucharas y no creyeras que son solo fantasías tuyas.
Del mismo modo que utilizamos tus manos para sanar, vienen a tu mente palabras que debes decir, y aún, aunque no las entiendas, déjalas salir.
Enhorabuena por el valor del cambio. No ha sido fácil. Lo sé.
Pero solo cuando alguien lucha puede darse cuenta de que es lo que necesita. Solo así confirmarás día a día que es el primer paso de un largo camino en el que no vas a estar solo.
Cuando veas acercarse las dificultades a tu camino, toma aire y pide ayuda. Cierra los ojos y siente y escucha como te decimos: sigue adelante pequeño, no te rindas, todo va a salir bien. Confía.
No estás solo.
Cuando te des cuenta de que todo forma parte de un gran plan, aprenderás a rendirte y a no tener miedo.
Confía, confía. Te quiero.
Ten presente que crecerán las envidias y querrán poner en duda tus capacidades.
No permitas que te confundan”.

Ahora lo sabía Fran. Tenía que contar lo que llegaba a él, en sus meditaciones y en sus terapias. Y desde ese día así lo hizo.

Fran estaba convencido que, en el desarrollo de la historia del paciente, en algunos casos, había una parte de su propio pensamiento, pero…, tenía que hacerlo. Se lo habían dicho Ellos.

El orgullo de Fran, que era una de sus “cualidades” anteriores seguía disminuyendo, por lo que el no acertar al cien por cien, sobre todo en cuestiones de futuro, no le importaba mucho. O mejor, no le importaba nada. Él ya avisa a los pacientes de que eso puede pasar.

Fran llevaba cinco años separado de Elena cuando conoció a Clara.

La conexión entre Fran y Clara fue total, desde el primer encuentro, en el que ella entró al centro solicitando información sobre las clases de yoga.

Clara es peruana, e iba a permanecer durante cuatro meses en Sevilla para la realización de un curso, y como tenía todas las tardes libres quería hacer yoga cuatro días por semana.

Fran y Clara hicieron más que clases de yoga. Fran fue el cicerone de Clara, no solo en la ciudad de Sevilla, sino también por otros lugares de España.

Al mes comenzaban una relación, que hoy mantienen, tan enamorados como el primer día.

Cuando Clara finalizo su curso de cuatro meses, permaneció en Sevilla un año más. Se convirtieron en pareja de hecho, y decidieron viajar al Perú, no solo a casarse, sino a permanecer, al menos durante una temporada en Perú. Para ello traspasaron el centro, sin muchas dificultades, a pesar de que España estaba inmersa en una gran crisis económica.

Clara tenía grandes cualidades para la sanación y al llegar al Perú decidieron dedicarse ambos a la sanación.

En el local en el que hacían las terapias, establecieron dos días a la semana para realizar meditaciones, y Fran seguía dando charlas sobre la espiritualidad del hombre.

El Plan de Vida de Fran se seguía cumpliendo, porque al poco tiempo nació su hijo Alejandro, casi a la vez que uno de sus nietos.

Fran siempre dice que con Elena aprendió a amar, porque hoy, muchos años después de su separación, sigue sintiendo por ella un amor infinito, el mismo que siente por su esposa y por Alejandro.

Es posible que, en el Plan de Vida de Fran, el aprendizaje del amor haya sufrido un retraso, y que ese aprendizaje tendría que haberse producido con su hija Sandra, pero Amelie consideró que no debía de ser así y que tenía que separar a Fran de su hija, lo que motivó que no llegara a convertirse en amor infinito, el amor entre el padre y la hija, tal como parecía que podía haber sucedido, por la relación tan estrecha que ambos mantuvieron en los primeros años de vida de Sandra.

Fran, gran observador, no solo de las emociones de los demás, sino de sus propias emociones, ante la gran paradoja de sus sentimientos, sentado en meditación, le dedica a Dios uno de sus típicos monólogos:

“Señor, no sé si he avanzado algo, y cuanto me falta todavía para llegar, no se…, Tú, mejor que yo lo sabes. Pero para llegar a ese no sé dónde, yo creo que aún me falta un buen trecho.
Casi sé de dónde vengo. Es seguro que vengo del miedo, de la tristeza, de la impaciencia, de la intolerancia, de la vanidad y del orgullo. Es posible que haya dejado atrás alguna otra estación, no soy muy consciente, pero sí sé de dos estaciones que aún tengo muy lejos para alcanzar: El Amor y a Ti.
Sé que eres la última estación, y la ansío, porque cuando llegue a Ti, se habrá acabado el sufrimiento, en cualquiera de sus formas. También sé que el vehículo para llegar a Ti sólo es el Amor. ¡Y me falta tanto!
Vivo con toda la atención posible, para en los casos en que no llegue con el amor, llegar al menos con el respeto, pero supongo que sabes, que a veces, pierdo la atención, y entonces, ni respeto ni amor. Es cierto, que cada vez soy más consciente, pero me pregunto: ¿Por qué no siento lo mismo por todas las personas?
Amo a mi madre, amo a mi esposa, amo a mis hijos, amo a mis nietos. Por todos daría la vida, pero creo que, mientras por unos la daría por obligación, por otros la daría por puro placer.
¿Sabes cómo lo sé? Bueno ya sé que lo sabes, pero me apetece contártelo. Con frecuencia, pienso en el amor tan inmenso que siento por mi esposa o por mi hijo, y siento como mi pecho se expande, es como si se desbordara un mar de energía por todo mi cuerpo, a la vez que mis ojos se llenan de lágrimas. Es amor, es puro amor.
Entonces pienso que eso es lo mismo que debería de sentir por todos los seres, y me entristece pensar que no lo siento.
Por eso, sé que me falta mucho Señor. Y aun siento que me falta mucho más cuando pienso en Ti. Porque tendría que amarte sobre todas las cosas y siento, y pienso que no es así. ¡Me falta mucho todavía Señor!
Cada vez siento con más intensidad que tengo que utilizar mi experiencia de vida para enseñar a otros el camino para llegar a Ti. Pero si yo no he llegado, ¿cómo puedo enseñar a otros?, ¿no seré un farsante?, ¿no confundiré mis sensaciones con mis pensamientos o con mis deseos?, ¿estaré en el camino correcto?
Ya sé que siempre dices que me hablas, pero yo no te oigo Señor. Me gustaría tanto sentir Tu Palabra, o sentir a los Maestros. Aunque solo fuera una vez.
Me cansa la vida, me aburren las personas. No tienen voluntad. No saben que tienen que llegar a Ti, pero si lo supieran querrían hacerlo con una gragea antes de cada comida. Son incapaces de buscarte, y yo no sé cómo explicárselo, sé que no se lo creen.
Quieren saber cómo atraer dinero y poder, quieren tener la certeza de que son eternos, pero en la forma que tienen. Quieren saber si en otra reencarnación su mamá va a volver a ser su mamá, y si su hija va a volver a ser su hija.
No tienen tiempo de entrar en sí mismos, pero si lo tienen para salir afuera. Miran al diferente con miedo o por encima del hombro. Envidian el éxito y como no lo consiguen lo critican sin piedad.
Estoy cansado Señor. No voy a llegar, no sé muy bien adonde, pero no voy a llegar. Me siento como el corredor de la maratón al que le fallan completamente las fuerzas a veinte metros de la llegada.
Necesito ayuda Señor. Te necesito.
No te canso más. Gracias por estar ahí”.  

Después de su monologo permaneció en silencio, respirando, centrado en las sensaciones de su cuerpo, buceando en el silencio, viviendo la nada. Como siempre, iba a seguir con su meditación un poco más, cuando ocurrió algo sorprendente. Como un suspiro le pareció escuchar:

“Fran, Fran”
“¿Qué pasa? -se preguntó- creyendo que soñaba, si no me he dormido”.
La habitación se había impregnado de un suave aroma de rosas. Era un aroma conocido. Era el aroma de los Maestros, que en alguna ocasión había sentido.
“No Fran, no te has dormido. Llevas tantos años esperando este momento, que te cuesta creer. Soy yo, María. No te asustes.
Si tú quieres puedes, sí que puedes llegar, y tú lo sabes. Estás en el camino correcto. Tu intuición es buena. Estás haciendo lo que has venido a hacer.
Sabes perfectamente cómo se siente el Amor, y ya has sentido lo que es el Amor incondicional. Sólo te falta mantenerlo.
Sigue manteniendo tu atención. No permitas que los asuntos de los hombres desvíen tu atención.
También sabes cuál es el final de tu camino, y sabrás que has llegado cuando estés ahí.
Te acompaño en tu camino. No me separo de ti ni un instante. Sé de tu lucha. Te felicito por el camino recorrido.
Ya sé que lo sabes, pero te recuerdo que todo el camino lo has de realizar sin ayudas.
Te quiero”.
“Gracias María. Gracias Señor”, fue la respuesta de Fran.



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