El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




miércoles, 28 de marzo de 2018

Como mariposa...: 29) El Amor Incondicional y Fran


El Amor incondicional y Fran



El Amor incondicional es esa energía que se expande como el aroma de la flor, sin necesitar de unos padres, de unos hijos, o de una pareja para ser activado.

Quiero relatar en primera persona, -dice Fran-, cómo siento lo que podría calificar como la puerta de acceso al Amor incondicional.

Tenía claro, como supongo que tienen ustedes, que amaba a los miembros de mi familia. Incluso, les amaba en las separaciones, ya que a pesar de todo lo que pasó con Amelie, también sentía algo por ella. Como casi todos los componentes de las parejas que se separan, califiqué, entonces, ese sentimiento como cariño.

Sin embargo, cuando me adentré, un poco, en una vida más espiritual, fui consciente de la baja calidad de mi amor. ¿Por qué era baja? Porque subía y bajaba como una montaña rusa. Era baja porque podía perder la paciencia con facilidad, o porque anteponía mis, llamémosle obligaciones, ante los deseos de las personas a las que amo. Alguien podría pensar que primero es la obligación y después los deseos o los caprichos de los otros, incluso aunque esos otros fueran la pareja y los hijos. Yo pensaba así entonces.

Y seguí pensando así hasta que me planteé como es el Amor de Dios por nosotros: Dios nos Ama siempre, y nos Ama a todos. Y siempre quiere decir, en todo momento.

Así que cuando descubrí que yo no amaba a todos y, además, a los que amaba no les amaba siempre, y el amor que les daba no era de mucha calidad, yo que me tenía por ser un hombre amoroso, sensible y respetuoso, sentí un vacío tan inmenso en mi interior, que confieso que me sentí pequeño, mezquino, interesado y egoísta, y pensé que no lo iba a conseguir nunca, porque, a lo peor, no lo merecía.

Me veía incapaz de Amar, porque tuve claro que lo que sentía no era Amor, solo era un sentimiento que se diluía como un azucarillo en leche caliente. El momento en que mi mente decidía que determinada cosa era más importante que seguir amando, tratando de satisfacer las expectativas que los míos me estaban demandando. Y lo más grave es que no sabía cómo hacerlo.

No fue consuelo para mí constatar que no existe nadie capaz de amar a todo el mundo, y si los hay, son seres excepcionales, que se pueden contar con los dedos de una mano.

Pero si había uno, (pensé en la Madre Teresa de Calcuta, en el Padre Pío, en Vicente Ferrer), para mí fue suficiente. Me dije: “Si uno puede hacerlo, yo también puedo”.

El problema era ¿cómo conseguirlo?

Con las lecturas que hablaban del Amor y en mis meditaciones, supe que era posible. Tenía claro que era difícil, poro al menos, sabía cómo intentarlo:

Tener conciencia de lo que se quiere conseguir: Es prioritario, es imprescindible saber lo que realmente se quiere para comenzar la lucha, y yo lo tenía claro: quería primero amar a mi familia, cada minuto del día y de la noche. Sin peleas, sin levantar la voz, sin realizar ninguna crítica y tratando siempre de satisfacerles, o haciéndoles entender, con amor, la razón por la que sus deseos no pueden ser satisfechos, y después ya vería como exportar ese amor a los demás.

Quería que fueran felices, y que no dejaran de serlo, ni un solo minuto, por mi causa.

Tenía claro que un solo segundo en que tuvieran algún tipo de disgusto, procedente de mí, era un segundo en el que dejaba de amarles, porque durante ese segundo, ellos no eran felices.

Tenía que permanecer alerta, para que eso no pasara.

Ser consciente las veinticuatro horas del día de mis reacciones, para ver cuál se apartaba del amor y por qué había sucedido, para ponerle coto, para que no se volviera a repetir.

Para esto me ayudó, y me sigue ayudando, porque sigo en la tarea, colocarme en el lugar del otro. Sirva como ejemplo mi esposa. Antes de decir ¡no!, de criticar, de culpabilizar o de entrar en una discusión inútil, trataba de entender su momento: Cómo se encontraba de salud, cómo se encontraba emocionalmente, cuáles habían sido las frustraciones de su día, en fin, colocarme en sus zapatos, y repetirme: Si yo fuera ella, ahora me gustaría tal o cual cosa, y trataba de satisfacerla.

Igual con el niño: Entender que su juego es su aprendizaje, que es su trabajo, fue vital para dejar lo que estuviera haciendo y me echara a jugar con él en el suelo.

Aceptar sin cuestionarme nada ante cualquier cosa que hicieran o dijeran los demás, no tenía que cuestionarlo. Sólo tenía que aceptarlo.

Tenía claro que nada de lo que hicieran era para fastidiar. A casi nadie le gusta entablar una discusión porque sí.

Las primeras veces, o para ser más exactos las primeras cien, o mil, veces, trataba de justificar mis pensamientos, mis palabras o mis acciones, ante determinado comportamiento de los demás, hasta que fui consciente de que ellos no estaban inmersos en el trabajo que yo había elegido hacer voluntariamente, por lo tanto, lo que ellos hicieran o dijeran, no debía de importarme, y mucho menos molestarme.

El trabajo era mío. Era yo el que había decidido aprender a Amar. O lo que es lo mismo, era yo quien había decidido hacerles felices.

La aceptación lleva al Amor. Todo lo que hacían los demás empezaba a estar bien para mí. Eso suponía que empezaron a reducirse mis críticas, mis enfados, mis justificaciones.

Y lo más sorprendente, era que toda la familia cambiaba conmigo. Y aquí entendí el dicho. ¡Cambia tú para cambiar el mundo!

Hoy puedo decir que está cambiando mi amor. Creo que me estoy separando del apego y me estoy acercando al Amor, por supuesto, no sé en qué medida, ya que no existe, que yo sepa, ningún artilugio que mida la capacidad de amar.

Empezó a sucederme, y me sigue sucediendo algo curioso. Cuando pensaba, sobre todo en mi esposa y en mi hijo, sentía cómo se expandía mi pecho, y se humedecían mis ojos. Empezó a pasarme, incluso estando con ellos. Observando cuando están realizando algún trabajo, o incluso mirando la tele, permaneciendo en silencio, mi chakra cardíaco comienza su trabajo, y tengo que buscar rápidamente los kleenex, porque lo que sigue ya es conocido: lágrimas.

Mi esposa, ahora que lo sabe, comenta: “¿Otro ataque de amor?”

Pero no era suficiente, porque ese amor quedaba en casa. Tenía que crecer más para poder exportarlo. Y pasó.

Era un día cualquiera, en el que iba solo por la calle, mirando sin ver, sin juzgar, sin crítica mental, cuando de pronto vi a una mamá que llevaba a su hijito en la espalda, amarrado con una manta. La mamá pedía limosna a los coches en los semáforos ofreciendo a cambio un caramelo, mientras el bebé dormía plácidamente. Había visto la misma escena cientos de veces en distintas poblaciones, en distintas calles, con distintas personas, y lo más que pensaba, mientras les daba una moneda, era: “Pobre gente”. Pero ese día fue diferente. Me paré para sacar la moneda, y en ese momento, sucedió. Sentí lo mismo que cuando acariciaba a mi hijo mientras miraba la tele, o mientras miraba a mi esposa en silencio en el momento del desayuno: Mi pecho parecía que iba a estallar, y mis ojos se llenaron de lágrimas.

No lo supe en un principio. Pensé sencillamente que era compasión y que, posiblemente, me encontraba más sensible que otros días. Pero no era compasión, lo que esa mamá y su bebé consiguieron que sintiera, era Amor.

Me volvió a pasar mirando a un guardia dirigiendo el tráfico, otro día viendo a un joven que repartía comida en bicicleta, y otro escuchando a unos niños reírse mientras chapoteaban en un charco.

Entonces lo supe. Estoy en el buen camino.

Aún me falta. Pero sigo trabajando, y cada día me resulta más fácil, porque ya sé lo que quiero, ya sé cómo se siente, ya sé cómo hacerlo.



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