Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
miércoles, 27 de mayo de 2026
sábado, 12 de julio de 2025
Volcán interior
Querido Dios:
A lo largo de mi vida,
he tratado de mantenerme en equilibrio, de ser alguien que construye, que ama,
que comprende. Pero hay momentos en los que algo se quiebra dentro de mí y, sin
darme cuenta, me dejo llevar por esa fuerza arrolladora que parece superar mi
voluntad. Es como si la ira, la frustración o el desánimo tomaran el control, y
mis acciones y palabras se convirtieran en algo que jamás quisiera ofrecer a
los demás. Cada vez que ocurre, me invade el remordimiento, la tristeza y una
sensación de fracaso. Es un dolor doble: por el daño que puedo causar y por el
hecho de sentirme incapaz de ser mejor.
He reflexionado mucho
sobre este problema, tratando de entenderlo. ¿Por qué ocurre? ¿Es mi
impaciencia, mis miedos, mis inseguridades? ¿Hay algo en mi pasado que pesa
demasiado en mi presente? Lo cierto es que, a veces, las respuestas parecen
esquivas, y eso me lleva a un lugar de desamparo. Me pregunto si esta batalla
interna es una prueba, algo que debo superar para crecer. Pero entonces surge
la duda: ¿tengo la fuerza para cambiar? Por eso recurro a Ti, porque sé que tu
sabiduría y tu amor son infinitos, y que en Ti puedo encontrar lo que yo mismo
no logro hallar.
Quiero pedirte, Padre,
que me ayudes a encontrar paz dentro de mí. Esa paz que calma tormentas, que
aquieta volcanes, que sana heridas. Ayúdame a ser más consciente de mis
emociones, a reconocerlas antes de que se apoderen de mí. Dame la capacidad de
respirar, de detenerme, de escuchar esa voz interior que me recuerda quién soy
realmente. Enséñame a ser más paciente, a ver las situaciones con perspectiva,
y a elegir siempre el camino del amor y la comprensión. Sé que no será fácil,
pero creo que Contigo puedo encontrar esa fuerza que parece tan lejana.
Además, te pido que me
des humildad. La humildad para reconocer mis errores, para disculparme
sinceramente y para aprender de cada experiencia. Muchas veces, el orgullo
puede ser un obstáculo para el cambio, y no quiero que sea así en mi caso.
Quiero ser alguien que construye puentes, no muros; alguien que deja huellas
positivas en los demás, y no cicatrices. Y sé que para lograrlo debo empezar
por mirar dentro de mí, por aceptar mis propias imperfecciones y trabajar en
ellas con dedicación y amor.
También te pido que
ilumines mi relación con los demás. Cuando mi temperamento me lleva a
reaccionar de manera negativa, el daño no solo recae en mí, sino en quienes me
rodean. Ayúdame a ser más comprensivo, más abierto, más empático. Dame las
palabras correctas cuando las necesite y el silencio cuando sea mejor callar.
Dame la sabiduría para construir relaciones basadas en el respeto, el apoyo
mutuo y el amor genuino. Porque sé que, al final, lo que realmente importa son
las conexiones que creamos y el impacto que dejamos en la vida de los demás.
Finalmente, quiero
agradecerte. A pesar de mis luchas internas, sé que me has dado muchas
bendiciones. Tengo personas que me quieren, oportunidades para crecer y, sobre
todo, tu presencia constante en mi vida. Aunque a veces me siento perdido, sé
que nunca estoy realmente solo, porque tú siempre estás ahí, dispuesto a
escuchar, a guiar, a sostener. Gracias por tu paciencia infinita, por tu amor
sin condiciones y por creer en mí incluso cuando yo mismo dudo de mis
capacidades.
Prometo esforzarme
Señor. Prometo trabajar en mí mismo, en mis emociones, en mi forma de
relacionarme con los demás. Pero también sé que necesito tu ayuda, tu luz, tu
guía. Juntos, creo que podemos transformar ese volcán en un jardín, esa lava en
algo constructivo y esa lucha interna en una fuente de aprendizaje y
crecimiento. Porque, al final, lo que más deseo es ser alguien que honra la
vida y que refleja tu amor en cada acción y palabra.
Gracias Señor.
CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo
miércoles, 11 de junio de 2025
La muerte es un alivio
Querido Dios:
Hay días en los que,
sinceramente, pienso en la muerte como un bálsamo para el alma cansada. La idea
de que, al cerrar los ojos para siempre, desaparecen las preocupaciones, el
sufrimiento, las injusticias e incluso el tiempo, me resulta tentador.
Contemplo la muerte como una liberación, un descanso eterno donde las luchas
cesan y el alma encuentra una paz absoluta. Es como si imaginar ese estado me
ofreciera un alivio momentáneo en medio del caos.
Sin embargo, en mi
corazón sé que mirar la vida desde esta perspectiva puede llevarme por un
camino peligroso. La vida, aunque complicada y a veces dolorosa, es un regalo
invaluable, un lienzo donde se dibujan momentos de felicidad, de amor, de
belleza y de aprendizaje. Reconozco que es fácil perderse en el ruido y la
confusión del día a día, olvidándose de las pequeñas maravillas que nos rodean:
una sonrisa que ilumina el día, el aroma único de una flor en primavera, la
caricia cálida del sol sobre la piel, o incluso una conversación profunda que
toca el alma y renueva la esperanza.
Me pregunto
constantemente si estoy viviendo de manera adecuada. ¿Estoy aprovechando
realmente cada día como la oportunidad que es para buscar la paz, la plenitud y
la conexión con quienes amo? ¿Estoy permitiéndome ver el mundo con ojos llenos
de gratitud y no solo con un filtro de preocupaciones? ¿Estoy haciendo lo
suficiente por valorar este don precioso que me has dado? Me cuestiono si estoy
encontrando un equilibrio auténtico entre aceptar que la mortalidad es parte
intrínseca de mi existencia y disfrutar profundamente cada instante que tengo
el privilegio de vivir, por fugaz que sea.
Te escribo con
humildad y esperanza, buscando claridad y fortaleza en medio de mis dudas. Sé
que no soy el único que se enfrenta a estos pensamientos, y a veces eso mismo
me reconforta: el saber que, en nuestra vulnerabilidad, todos los seres humanos
compartimos una conexión común. Pero incluso así, hay momentos en los que la
incertidumbre pesa demasiado y necesito algo más que palabras de consuelo.
Necesito sentir tu presencia, tu guía, tu sabiduría para entender cómo afrontar
los altibajos de este mundo sin perder la perspectiva y la fe.
¿Cómo puedo vivir
plenamente mientras soy consciente de lo efímera que es esta existencia? ¿Cómo
puedo aceptar la inevitabilidad de la muerte sin que me robe el entusiasmo por
vivir? ¿Cómo hallo la serenidad para enfrentar los desafíos y, a la vez, la
valentía para soñar, para amar, para entregarme al momento presente sin
reservas?
Por favor, ilumina mi
corazón y mi mente. Ayúdame a encontrar propósito y significado en cada pequeño
detalle, en cada amanecer que despierta nuevas posibilidades, en cada sonrisa
que refleja la bondad de tu creación. Ayúdame a ver la luz incluso en los días
más oscuros, a sentir esperanza cuando todo parece perdido, y a encontrar paz
incluso en medio de las tormentas. Porque sé que, aunque a veces parece llena
de sombras, esta vida también está llena de luz, de amor y de oportunidades
para crecer y florecer.
Gracias por
escucharme, por estar siempre presente, incluso cuando yo me olvido de ello.
Gracias por el regalo de la vida, con todas sus dificultades y todas sus
maravillas. Gracias por los momentos de silencio en los que puedo sentirte más
cerca, por los instantes de belleza que me recuerdan que tu amor está en todas
partes.
Tu hijo que te busca,
que te necesita, que confía en ti.
CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo
martes, 29 de abril de 2025
El poder de la oración
Mi muy amado hijo:
Sí, hijo mío, siempre
estoy. Siempre te escucho. Nunca estoy lejos, aunque mi forma de actuar sea
diferente a la que podrías esperar. No suelo intervenir directamente, porque ni
siquiera yo mismo voy a interferir en la programación de tu alma. Cada paso en
tu camino, cada decisión que tomas, forma parte de ese plan divino y perfecto
que tú mismo trazaste antes de llegar a la vida.
Por eso te digo: la
oración, el pedir y el agradecer son esenciales. Puede que te parezcan gestos
insignificantes, incluso una pérdida de tiempo, sabiendo que las situaciones
que llegan a tu vida están dictadas por ese plan superior. Pero hay una razón
más profunda detrás de estos actos.
Todo es energía, hijo
mío. Yo soy energía, y tú también lo eres. Sin embargo, hay grados: desde la
energía más sutil y pura que soy Yo, hasta las formas más densas, como las
cosas materiales, entre ellas tu cuerpo físico. La energía se rige por leyes
inquebrantables que han sido tejidas en el tejido del universo:
- La energía siempre
sigue al pensamiento. Allí donde coloques tu atención, hacia allí fluye tu
energía.
- Energías semejantes se atraen.
Aquello que emanas, inevitablemente regresa a ti.
Y ahora, reflexiona
conmigo: ¿qué ocurre cuando rezas, cuando suplicas, cuando agradeces? En ese
instante, diriges tu pensamiento hacia Mí, y con ello, tu energía se eleva y se
conecta conmigo. Durante esos preciosos momentos de oración, estamos en
comunión, unidos. Y dime, ¿qué podría ser más hermoso que sentirte uno con tu
Padre?
Además, esta conexión
te brinda algo invaluable: paz y serenidad. Esa calma que difícilmente logras
en el ajetreo cotidiano. Es en esa quietud donde encuentras claridad, donde te
abres a comprender tu Plan de Vida y el propósito detrás de cada situación que
atraviesas. Porque todo tiene un sentido, incluso lo que parece más
incomprensible.
Y como las energías
semejantes se atraen, al orar y agradecer, te colocas en una posición para
recibir más de lo mismo. Si generas paz, atraerás más paz; si irradias
gratitud, vendrá a ti más alegría, serenidad y comprensión. En este flujo,
empiezas a experimentar la abundancia del amor y la sabiduría divina.
Por eso, hijo mío, no
subestimes la fuerza de la oración ni del agradecimiento. Son herramientas que
no solo te unen a Mí, sino que también iluminan tu sendero, te fortalecen y te
recuerdan que nunca estás solo.
CARTAS A DIOS-Alfonso
Vallejo
martes, 20 de febrero de 2024
Vivir la vida (3 de 3)
Sin
embargo, mientras se espera que lleguen los resultados esperados, la persona
puede pasar a la siguiente y definitiva fase, que es “aceptar”.
La
aceptación hace que se asuma la realidad de lo que está ocurriendo.
Aceptar
es ver las cosas como son, no como a la persona le gustaría que fueran. Es
observar las situaciones y los sucesos, sin juzgar, sin esperar nada, ya que
cuando no se acepta, y se espera algo, es una prueba clara de que se quieren
controlar las situaciones, controlar a las personas, controlar el mundo. Y no
funciona así.
La aceptación es como un puente que lleva
de la decepción a la paz, del dolor a la alegría, del sufrimiento a la
felicidad.
Aceptación es vivir el presente, es
vivir la realidad, tal cual es, es vivir a los demás como lo que son, seres
divinos. La aceptación, al mantener a la persona en la realidad, lejos de vivir
una vida de pensamientos, le permite ser consciente de todas las oportunidades
que le rodean, para poder fijar y seguir el rumbo de su vida hacia la
felicidad.
Aceptar significa no
juzgar nada, ni nuestro, ni de los otros, ni del interior, ni del exterior, las
cosas son como son y no hemos de tener ningún interés en como deberían ser, en
como tendrían que ser, en como pensamos nosotros que han de ser.
Aceptar, evitando el
sufrimiento se abre un abanico de posibilidades ante otras posibles opciones. Se
puede plantear como: “voy a aprender de lo que me ha ocurrido y voy a seguir mi
camino”. ¿Cómo? Redirigiendo mi vida hacia otra dirección que me convenga y me
haga feliz.
Algunos aspectos a tener en cuenta para
que sea más fácil la aceptación:
- Comienza con una pregunta, ¿para qué a
mí?, en lugar de preguntarse ¿por qué a mí?
- El pasado no existe, no se puede volver
atrás. No se puede cambiar lo que pasó. Se puede aprender para no repetirlo.
- No aceptar la realidad es como querer
borrar el presente, la rutina, todo lo conseguido hasta el momento.
-
Admitir los errores y perdonarse por
ellos.
-
Buscar soluciones a los problemas
actuales.
- Agradecer todo lo que se tiene.
viernes, 16 de febrero de 2024
martes, 11 de octubre de 2022
Agradecer
La señora Claudia cerró la puerta y me encontré de nuevo en el despacho en el que había estado trabajando la semana anterior. El señor Moretti se veía como un hombre agradable y bonachón. Cabello entrecano, barba blanca arreglada, ojos idénticos a los de su hija, una sonrisa, que daba la impresión de ser permanente, iluminando su cara, y una prominente barriga.
-
Antay, es un placer saludarle –dijo
adelantándose hacia mí, extendiendo la mano para estrechar la mía- y quiero
darle las gracias por su magnífico trabajo.
-
El placer es mío señor Moretti
–respondí mientras nos estrechábamos las manos- No tiene que darme las gracias,
solo hice mi trabajo.
El
mundo pareció detenerse en ese mismo instante y volví a escuchar la voz de
Ángel:
-
Antay, cuando alguna persona te dé las
gracias por alguna razón, como ahora, no debes contestar “de nada” porque
cierras la puerta a la energía de la gratitud, que es una energía tan poderosa
como la energía del perdón, de la bendición y del amor.
>>
Al agradecer atraes más de lo mismo por lo que estás agradeciendo. Y, además,
estás generando una energía que te ayuda a disfrutar de los placeres que rodean
tu vida, ya sean grandes o pequeños.
>>
Por lo tanto, agradece por todo. La casa donde vives, la cama donde duermes, la
comida, el agua de la ducha, agradece hasta por el reloj que te despierta cada
mañana. Y cuando digo todo, es todo, hasta lo más nimio.
>>
Ser agradecidos tiene el poder de cambiar el estado de ánimo y hace que las
personas se sientan especiales.
>>
Una buena contestación sería, “ha sido un placer”, “gracias a ti”, “disfruté
con el trabajo”, “encantado”, “cuando quieras”, “con mucho gusto”. Tenlo
siempre presente, porque respondiendo así se produce un efecto multiplicador.
Es como si se pusiera un espejo frente a ti y la imagen se hiciera infinita.
-
El señor Moretti seguía hablando-
Siéntese, por favor, -y continuó- la primera intención, cuando hablé con usted,
era para concretar como lo podíamos hacer, para contar siempre con sus
servicios, ahora que Ramón, el informático que se encargaba de solucionar los
problemas, se jubila. Pero cuando llegué de Bogotá hablé con Ramón, para
interesarme por su salud y de sus intenciones, y cuando le comenté el problema,
con el que usted tuvo que enfrentarse, me dijo que usted debía de ser muy bueno
en su trabajo, sobre todo teniendo en cuenta que no sabía nada de nuestra
aplicación y por el poco tiempo en que solucionó el problema. Me confesó que a
él le hubiera costado toda la mañana encontrar la falla y, es posible, que
hubiera tenido que pedir ayuda.
>>
Eso me llevó a replantearme mi primera idea que no era otra que ofrecerle ser
el informático principal de la empresa, desde el exterior, es decir, trabajar
como lo hacía Ramón. Llamarle cuando teníamos algún problema.
>>
Pero, permítame, antes, una pregunta: ¿A qué se dedicaba la empresa en la que
trabajaba y cuál era su trabajo?
-
Era una empresa de venta, instalación y
reparación de equipos y aplicaciones informáticas y, también confeccionábamos
páginas web. Y yo era el encargado. El dueño no aparecía nunca.
-
¿Por qué cerró? –seguía preguntando el
señor Moretti.
-
El dueño llevaba una vida muy por
encima de sus posibilidades y todo el dinero que entraba era para costear esa
vida, hasta que reventó la empresa.
-
¿Cuánto tiempo llevaba usted en la
empresa?
-
Diez años.











