Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
sábado, 16 de mayo de 2026
miércoles, 22 de febrero de 2023
Familia
Capítulo XVII. Parte 5. Novela "Ocurrió en Lima"
La
llegada a casa, en la noche, fue, como el día anterior, cuando llegué de viaje,
una fiesta. El beso y el abrazo de mi esposa, con los niños revoloteando a
nuestro alrededor, mientras se quitaban la palabra entre ellos para contarme
los acontecimientos del día. Jugar los cuatro sentados en el piso de su sala de
juegos. Dar de cenar a los niños, acostarles y leerles un cuento. Esto debía de
ser lo más parecido a estar en el cielo. Todo era amor, felicidad y alegría.
Con los
niños durmiendo, volvía otro momento mágico en el que Indhira y yo podíamos
hablar de cómo había sido nuestro día.
-
¿Cómo ha ido la visita de mi papá?, -se
interesó Indhira.
-
Ha ido muy bien. Además, me ha venido
de perlas porque ha querido pasar por todos los departamentos para saludar al
personal. Le hemos acompañado Pablo y yo, y mientras él iba saludando Pablo me
iba diciendo el nombre de todos y lo que hacían.
-
Y el almuerzo con Diana, ¿qué tal?,
supongo que habrás aprovechado para hablar con ella.
-
Si. Hemos hablado y de la conversación
ha salido una idea en la que tu intervienes.
>>
A Diana le gustaría trabajar media jornada en algún lugar que no sea tan
estresante como estar de asistente conmigo, y a mí se me ha ocurrido que podría
ser tu asistente para liberarte un poco y puedas seguir teniendo tiempo para mí
y los niños. ¿Qué te parece?
-
Es una idea magnífica, -Indhira parecía
encantada con la idea- yo iba a proponerte algo parecido. Pues puede comenzar
cuando quiera porque empezamos a funcionar ya.
-
Esperemos a ver cómo les va a ellos en
la conversación que mantengan. En cuanto estén de acuerdo en que quieren hacer,
una semana más para que forme a la persona que la sustituya y empieza contigo.
-
¿Has pensado en quien la puede
sustituir?
-
¿Tú crees que mi memoria da para eso?
Ella misma ha propuesto a una persona que entró hace un mes, se llama Roxana.
-
La conozco. Es amiga de mi hermana. De
hecho, postuló a la empresa porque Nahiara le habló de la vacante. -y siguió
Indhira poniéndome al corriente de lo que conocía de la vida de Roxana- Al
contrario que a Diana, a Roxana le irá bien estar ocupada y si el trabajo la
absorbe, mejor, porque hace casi seis meses que perdió a su esposo, de la noche
a la mañana, de un infarto fulminante y necesita distraer la mente.
Seguimos
nuestra conversación mientras preparábamos la cena. Como mi memoria anterior se
mantenía intacta seguía siendo el excelente cocinero que era, por lo que yo
llevaba la iniciativa en la cena.
Hablamos
de los niños, contándome ella anécdotas desde su nacimiento hasta ahora. No me
importaba no recordar las historias que Indhira me contaba porque escuchar su
relato, con el amor que lo hacía, me parecía tan apasionante como haberlas
vivido en primera persona. Cuando recupere mi memoria será una doble
satisfacción. Una por recordar la anécdota y otra por saber cómo la había
vivido Indhira.
Organizamos
los primeros pasos a dar para el inicio de la Fundación, y siguió con
anécdotas, ahora de su familia, teniendo en cuenta que en dos días me iba a
encontrar con todos ellos en la comida familiar de los domingos.
Tener
de lazarillo a Indhira me hacía sentir seguro y no me causaba ansiedad el
encuentro con la familia que, de hecho, era la única experiencia que me faltaba
en mi nueva vida sin memoria.
Y
después de todo eso, el placer de acostarme con Indhira, amarnos en la
distancia corta, sentir sus besos, disfrutar las caricias, gozar su cuerpo,
percibir la mutua protección en los abrazos, mientras nos decimos quedamente al
oído, “te amo”.
sábado, 4 de febrero de 2023
La hoja en blanco 2
Jueves 2 de febrero 2023
La
primera pasión, a la que le dedico una gran parte de mi día, es mi familia. Me
gusta decir a mi esposa: “Yo solo estoy aquí para serviros a ti y al niño”.
Pero yo sé que no es cierto. En realidad, yo soy el que se está sirviendo de
ellos, porque es gracias a ellos que estoy consiguiendo, (creo yo),
avanzar, un poco más rápido, por este camino que siempre ha tenido más espinas
que pétalos de flores, y que llevo toda una vida transitando, a trompicones,
para acercarme, como todos, a Dios.
Tengo
que dejar esto, me está llamando mi hijo, y ya saben, “lo mío es el servicio”.
Hasta mañana.
Viernes 3 de febrero 2023
Pero
no siempre ha sido así. Ha sido un largo camino, una evolución, un aprendizaje,
tropezar, caer y volver a levantarme o, lo que es lo mismo, criticar, enfadarme,
arrepentirme y pedir perdón. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas, y me he
dejado muchos jirones de piel, hasta llegar a entender que estoy aquí, en la
vida, para servirles. siempre, en toda hora y ante cualquier circunstancia.
Y
sigo trabajando. Todavía no lo he logrado al 100%, porque alguna vez se desliza
algún pensamiento de crítica que he aprendido a mantener a raya sin que salga
por la boca. Pero aún se escapa alguno, sin control por mi parte.
Soy
consciente de que cada vez que eso ocurre y me comporto como un troglodita
dejando que se deslice cualquier tipo de crítica o alguna palabra más alta de
lo normal, el amor que tengo que entregarles se diluye como un azucarillo en
agua caliente.
Tengo
claro que cada vez que no les llega mi amor y por mi culpa se sienten molestos
o heridos, estoy fallando en la misión que me comprometí a cumplir antes de llegar
a la vida.
Me
estoy acercando, pero todavía me falta.
Por
cierto, vosotros que me leéis, ¿cómo lo lleváis?, o ¿soy el único en no conseguir
que sean felices “siempre” por mis actuaciones cavernícolas?
sábado, 28 de enero de 2023
Enamorados
Capítulo XVI. Parte 3. Novela "Ocurrió en Lima"
Sentí
curiosidad por conocer nuestra historia, aunque no tuviera necesidad de
recordarla.
- Cariño,
¿cómo comenzamos a salir?, ¿qué pasó después de la cena que hicimos el domingo
donde yo me disculpé por haber salido corriendo como una gallina la semana
anterior?
- No
volviste a cacarear. -dijo Indhira sonriendo- ¿Recuerdas que al despedirnos el
domingo quedamos para llamarnos el sábado?
- Si que
lo recuerdo. Es lo último que recuerdo. Nuestra despedida, llegar a casa y
acostarme. Hasta ahí llega mi memoria.
>> Te encontré diferente,
más serio, más seguro de tu mismo, más calmado, sabiendo que es lo que querías
y cómo hacer para conseguirlo y, sobre todo, sin un ápice de miedo. Esto no te
lo dije entonces. Te lo estoy diciendo ahora por primera vez. ¡Es curioso!,
ahora que pienso en ese día, me pareciste como eres ahora.
>> Recuerdo que te dije,
como si estuviera pasando en este instante, “¿Qué pasó para que me llamaras?” y
contestaste: “Con un día ha sido suficiente para saber lo que quiero. No
necesito una semana para pensarlo y tampoco quiero perder tiempo en
pensamientos inútiles. Quiero estar contigo. Pienso en ti de manera
permanente”.
>> A mí, que me pasaba lo
mismo, se me caía la baba. Comimos nuestra pizza y cuando llegamos a mi casa te
invité a subir con la disculpa de tomar un té. Aceptaste y nada más cerrar la
puerta del departamento, no sé si fuiste tú, si fui yo, o fuimos los dos al
unísono, el caso es que nos besamos. Una vez, dos, tres, cientos de veces.
Salías de mi departamento a las 7 de la mañana para ir a trabajar.
>>
Desde entonces nos vimos cada día. Cenábamos en tu casa o en la mía, incluso,
los días en que no viajabas y no salías de la oficina, pasaba a buscarte para
ir a almorzar. Y mi papá encantado cada vez que nos veía juntos.
>>
El primer día que pasé a buscarte mi papá ya supo que salíamos y le pareció muy
bien. Eso me lo decía los domingos en el almuerzo familiar y, además, tenía a
toda la familia ya un poco cansada de ti, porque solo hacía que hablar de tus
cualidades humanas y laborales.
>>
A mediados de octubre, cuando llevábamos saliendo un mes, comenzamos a pasar
los fines de semana juntos. Pero era muy duro, para los dos, no estar más
tiempo juntos de lunes a viernes y, un mes después, decidimos ir a vivir
juntos. Nos fuimos a mi departamento que era más grande que el tuyo.
>>
El primer domingo de vivir juntos viniste al almuerzo familiar a casa de mis
padres y te presenté oficialmente a toda la familia. Todos quedaron encantados.
>>
Y en mayo del siguiente año, decidimos casarnos. Esta casa es el regalo de boda
de mis padres, y nos venimos a vivir en ella después de un viaje de novios,
maravilloso, por media Europa. Llegaron los niños que nos unieron aún más y
hasta hoy, que estoy más enamorada de ti que el primer día.
- A pasar
de no acordarme de nada, te puedo asegurar que, también, estoy loco por ti.
>> ¿Por qué tu hermano o
tu cuñado no se han hecho cargo de la empresa?
- Bueno,
Hernán, ya sabes que…, ¡ay! no, que no sabes nada. Hernán es como un sabio
despistado. Es químico y trabaja en un laboratorio farmacéutico. Y si le
sientas detrás de una mesa a manejar personas y le sacas de sus pócimas, se
muere. Y Giuliano es economista y le encantan los números. El es feliz con su trabajo en el banco.
>>
Así que solo quedabas tú. Y te lo has ganado a pulso porque has entrado en el
negocio de la inmobiliaria como si hubieras nacido en ella y, en materia
laboral mi papá se enamoró de ti desde el primer día.
- Háblame
de la Fundación.
- Ya está
todo en regla. Podemos comenzar cuando queramos.
- Pues no
esperemos, ¿qué necesitamos?
- Contratar
al personal. El edificio está listo.
- Además
del trasvase de fondos que hagamos desde la inmobiliaria ya estamos contactando
con empresas y particulares para recaudar más fondos. Los contactos de mi papá
están siendo determinantes. Creo que ya tenemos el presupuesto cubierto para el
primer año.
viernes, 20 de enero de 2023
Hogar dulce hogar
Capítulo XVI. Parte 1. Novela "Ocurrió en Lima"
Después
de dejar a Pablo en su domicilio seguí, hasta casa, en el mismo taxi que
tomamos en el aeropuerto. Eran casi las 8 de la noche cuando llegué a casa.
Aproveché que estaba solo para, antes de entrar, echar un vistazo a mi desconocida
vivienda.
Era una
casa de dos plantas, ubicada a dos cuadras de las oficinas de la empresa. Un
enrejado protegía el frontis de la casa y se completaba la protección con
cámaras de vigilancia estratégicamente instaladas. La casa, pintada de un color
crema, estaba separada unos 10 metros de las rejas y todo ese espacio estaba
cubierto de un cuidado césped, excepto un pasillo que comunicaba con la entrada
de la vivienda y otro que daba acceso a lo que debía ser la cochera. Todas las
ventanas, también, se encontraban protegidas con rejas, dos en la primera
planta y tres en la segunda. El lado izquierdo estaba adosado a otra casa, de
similares características, (después me enteré que era el domicilio de mis
suegros), y en el lado derecho había un espacio de 3 metros hasta el edificio
contiguo que era un edificio de apartamentos de 5 plantas. Ese espacio,
también, parecía sembrado de pasto, aunque había una especie de pasillo adosado
a la casa que aparecía enlosado.
No era
consciente de tener ninguna llave, por lo que no tuve más remedio de tocar el
timbre de la puerta.
- Ya te
abro cariño, -escuché la voz de Indhira- siempre haces lo mismo con las llaves.
Escuché
el zumbido de la apertura y no había terminado de empujar la reja, cuando de la
puerta de la casa salieron dos niños corriendo mientras gritaban: “papi, papi,
llegaste”. Indhira observaba, sonriente, la escena, apoyada en el quicio de la
puerta.
No me
dio tiempo a pensar cómo hacer con los niños para que, tanto ellos como
Indhira, no encontraran mi actuar de manera extraña, porque en un instante les
tenía, a los dos, agarrados a mis piernas. Solté la maleta y la cartera y me
agaché para abrazarles a ellos. Ellos me llenaban de besos y mi reacción
instintiva fue la misma, besarles mientras les apretaba contra mí.
- Niños,
soltar a papá que estará cansado. Dejarle que, al menos, entre en la casa, -la
voz de Indhira sonaba divertida.
Entré
en la casa con los niños, bailando a mi alrededor, y nada más cerrar la puerta
de la casa besé a mi esposa, lo que para mí era el segundo beso, mientras la
apretaba contra mí. Los niños abrazados a nuestras piernas reían mientras
preguntaban, de manera insistente, si les había traído un regalo.
- Separando
su boca de la mía Indhira dijo bajito en mi oído- cada vez besas mejor, eres un
maestro. Si no fuera por lo que te extraño te dejaría que te fueras de viaje
dos días a la semana solo para recibirte como ahora.
- Te amo,
cariño, te amo, -en toda mi vida, de la que tengo memoria, no recuerdo haber
sentido esta sensación de amor tan infinita.
- Y yo a
ti -contestó Indhira- cada día más. Estoy loca por ti.
Al final, deshicimos, los cuatro, nuestro
abrazo. Me senté cargando a cada uno de los niños en mis rodillas,
preguntándoles que habían hecho en los 3 días que no nos habíamos visto, para
ver si se merecían el regalito que les había traído de mi viaje.
El
momento que estaba viviendo era algo mágico, algo con lo que había estado
soñando, dormido y despierto, durante toda la vida. No me importaba no recordar
cómo había llegado hasta este instante. Estaba ahí, estaba gozando el momento y
era suficiente. Y cuando este pensamiento de gozo pasó por mi mente, entendí
que no era necesario darles nombre a las situaciones, ni darles vueltas a los
acontecimientos, hasta retorcerlos, para exprimir cada instante analizando las
palabras o los hechos. Entendí que existía ese momento mágico, ese momento
único, ese momento de vida, ¿para qué más?, y cualquier distracción me habría
alejado del infinito gozo del momento. Por fin había entendido que la felicidad
es vivir el momento. Porque lo había escuchado por boca de Ángel o de Dios, si
es que era Él quien hablaba en mis meditaciones, o por las palabras de mi
pensamiento superior. Pero es mucha la diferencia que existe entre escucharlo y
vivirlo en carne propia.
¿Qué
habría pasado si me hubiera puesto a investigar, rebuscando en los cajones de
mi perdida memoria, para tratar de recordar cómo se habrían dado los pasos
hasta llegar al momento presente? Es fácil conocer la respuesta: No estaría
disfrutando el momento, porque estaría ocupado en otros menesteres inútiles,
como serian el tratar de descifrar el cómo, el porqué, el cuándo. En eso es en
lo que he estado ocupado toda la vida, al menos, la vida que recuerdo.
Me
decía Ángel, tomando el desayuno en Miami, que necesitaba la pérdida de memoria
para poder comparar entre la vida de miedo, que malviví durante 20 años, y la
vida de amor que estoy viviendo ahora, aunque no la recuerde. Por primera vez
no estoy de acuerdo con él. Y no estoy de acuerdo porque el objetivo inicial de
la pérdida de memoria puede haber sido ese, pero mi aprendizaje es otro. Mi
aprendizaje no es comparar la vida de miedo y la vida de amor. Mi aprendizaje
ha sido ir más allá del miedo. ¿Por qué mi miedo?, ¿porque viajaba al pasado o
al futuro, sin quedarme anclado en el momento presente? Si hubiera vivido el
instante no podía haber miedo, porque nada ocurría en cada uno de esos
instantes para que el miedo tuviera razón de ser. No me habían abandonado ni
había fracasado en el trabajo, vivía y comía cada día, tenía donde vivir. Por
lo tanto, si hubiera vivido con atención y hubiera disfrutado de cada instante,
no habría surgido el miedo y ya no sería necesario compararlo con estos
momentos de amor.
Esta
es, sin ningún género de duda, la verdadera enseñanza
de la vida. Vivir con atención el presente, el ahora, que es lo único real
dentro del sueño que es la vida.
¡Gracias
memoria perdida que me has servido para disfrutar de este primer encuentro con
mi esposa y mis hijos y poder ser consciente, en mi totalidad, con cada una de
las células de mi cuerpo, del magnífico momento!
Fue un
momento familiar perfecto en el que, en ningún instante, fui consciente de que,
para mí, era el primer encuentro con los que eran mi esposa y mis hijos.
Parecía que era algo que hacíamos de manera habitual.
Los
niños se volvieron locos de alegría con sus regalos. Los coches de Alexis
completaban su colección de coches antiguos y María saltaba con su cuaderno de
mandalas en una mano y los lápices de colores en la otra.
Después
de una maravillosa hora de risas y alegría acostamos a los niños.
domingo, 4 de septiembre de 2022
La familia, una hermosa canción
Indhira
fue la última de los hermanos en llegar a la casa de sus padres para la comida
familiar del domingo. En realidad, no le apetecía ir, pero tenía que hacerlo y
aparentar que se encontraba fantástica porque alegar que no se encontraba bien
hubiera sido el prólogo de infinitas preguntas y presiones para que contara la
causa de su desastroso estado emocional.
Lo que
menos se espera de ella, la psicóloga y terapeuta, que siempre está en su
centro y sirve de paño de lágrimas al resto de la familia, es un bajón
emocional.
Y,
además, no existía una razón lógica para encontrarse en tan lamentable estado.
Ella misma era consciente de la falta de argumentos. Todo lo que le había
pasado era que un hombre, que parecía encantador, se había despedido casi sin
decir “adiós”, después de haber estado juntos durante doce maravillosas horas.
Se fue sin intentar concertar un segundo encuentro ni darle tiempo a Indhira a
que lo intentara ella. No pudo ser, no hubo posibilidad.
Antes
de llegar a casa de sus padres dio un paseo para recuperarse y compró unos
dulces para el postre.
Su
refugio fueron sus sobrinos, Fiorella de doce años y Gabriel de ocho. Estuvo
correteando con ellos en el jardín mientras su padre, su hermano y su cuñado se
tomaban una cerveza hablando de futbol o política, que eran sus temas
favoritos, y su madre y Fiorella, su cuñada, terminaban de preparar la comida.
Naihara
su hermana, embarazada de seis meses, sentada en una tumbona la observaba
jugando con los niños y, en un momento que Indhira se sentó a descansar a su
lado le preguntó a bocajarro:
-
Estás rara, ¿qué te pasa?
-
Nada, estoy como siempre.
La
conexión entre las hermanas siempre había sido muy especial, como si fueran
gemelas. Sentían cada una el estado emocional de la otra solo con tenerla
cerca.
-
Podrás engañar a los otros o disimular
delante de ellos, pero ya sabes que a mí no puedes ocultarme nada. Lo veo en
tus ojos. Mientras sonríes tus ojos tienen una tristeza que no había vuelto a
ver desde que rompiste con Alberto. ¿Qué te pasa? –insistió Naihara.
-
Está bien, pero no cuentes nada a
nadie, porque no hay una razón lógica, y ni yo misma entiendo cómo puedo estar
así por una nimiedad.
>>
Es algo extraño. El miércoles por la mañana vino un señor mayor para que le
hiciera un masaje. Masaje que, por cierto, no necesitaba porque estaba mejor
que tú y que yo. Al finalizar el masaje fui a buscar algunas recomendaciones
sobre alimentación que tengo en la computadora y la computadora no funcionaba.
Él me dio el número de celular de un técnico informático que conocía.
>>
Llamé al técnico, en cuanto se fue el señor, y esa misma tarde, a las tres,
Antay llegó a mi casa.
>> Antay es de la edad de Giuliano, tu esposo. Es
guapo, amable, respetuoso, inteligente, delicado, y lleno de miedo.
- ¡Vaya!,
parece que estamos llegando al meollo. Ya veo que te impresionó el técnico.
- Sí.
Mucho. Pero espera. Cuando llegó yo creí que era mudo y loco, porque se me
quedó mirando fijamente, sin apartar la mirada y sin decir nada. Yo con la mano
extendida diciendo “Soy Indhira, encantada de conocerte”, y él mudo como un
muerto sin apartar la mirada. Al final pudo decir “Hola”.
>>
Si no llega a ser porque era recomendado por Ángel, el señor al que le hice el
masaje, que era un dechado de cortesía, hubiera cerrado la puerta y le hubiera
dado con ella en las narices.
>>
Le dije que me siguiera a la sala de terapias y allí, delante de la computadora,
parece que se recuperó de la impresión de verme y comenzó a hablar y a
comportarse como lo que es, un caballero.
>>
Pero, ¡oh, sorpresa!, la computadora funcionaba a la perfección. Estuvimos
tomando un té durante casi una hora, porque a las cuatro yo tenía una terapia,
esperando a ver si la computadora volvía a fallar. Nunca más falló.
>>
Diez minutos antes de las cuatro me llama el paciente para cambiar la hora, con
lo que Antay y yo seguimos conversando hasta las seis. Se me pasó el tiempo
volando. No había estado tan cómoda y relajada desde hace mucho tiempo. Es un
buen conversador y, sobre todo, un gran escuchador.
>>
A la hora de irse, me dice que no me cobra nada porque no había hecho nada. Por
un momento me sentí mal, y se me ocurrió hacer un trueque. Le haría una terapia
a cambio. Así podría volverle a ver. Me apetecía infinito. Yo había quedado tan
impresionada con él como él conmigo, pero creo que de eso no se dio cuenta.
Aunque es especial, no deja de ser hombre y estas cosas no las captan como
nosotras. Al final quedamos para el sábado, ayer, a las nueve para hacer una
regresión.
>>
Hicimos una regresión preciosa y al terminar me invitó a almorzar. Le dije que
sí. Se volvió a impactar cuando aparecí arreglada. Y estuvimos juntos hasta las
nueve de la noche. Paseando por el malecón, viendo la puesta de sol. Fue un día
increíble. Conectamos desde el primer minuto y seguimos conectados, con una
sensación de familiaridad como si nos conociéramos de toda la vida. En los
silencios nos perdíamos uno en la mirada del otro.
- Muy
bien, ¿no?, ¿dónde está el problema?
- En la
despedida.
- ¿Qué
paso?, ¿le dio la locura y tuviste que llamar al serenazgo?
- No. Le
dio miedo. ¿Qué digo miedo?, le dio terror.
>>
Al llegar a casa, abajo, por supuesto, después de decirle yo que había sido un
dia encantador, me dice que para él, también, fue un día increíble, que nunca
había estado tan cómodo y tan bien, me da las gracias, y me dice que si conozco
a alguien que necesite un informático le dé su número que él dará el mío a
quien necesite un masaje, me da un beso de despedida, en la mejilla, se da la
vuelta y se va.
>> Y allí me quedé yo, con cara de tonta, sin
entender nada, absolutamente nada.
>>
No le puedo sacar de la cabeza, ni a él ni a la situación. He dormido fatal y
sigo fatal. No iba a venir, pero no tenía justificación.
- Ese
comportamiento ¿tú crees que fue por miedo?
- Más que
miedo, es terror. Solo ha tenido una relación en su vida, hace quince años, que
duró tres meses. Le plantó yéndose con otro de la noche a la mañana. Su teoría
es que si no tiene una relación no le van a dejar y no va a sufrir, supongo que
por eso no quiere involucrarse.
- Pues no
sabe lo que se pierde.
- Ya. No
sé qué tengo que hacer.
- Chiki,
parece mentira que digas eso, precisamente tú.
>>
¿Qué le dirías a una persona que llegara a tu consulta con esa historia?
- Que no
pensara. Que no le diera vueltas inútiles en la cabeza y que se dejara guiar
por lo que siente y actuara en consecuencia.
- Y eso
¿quiere decir?
- Que si
le apetece llamarle que lo haga, porque si no hace nada ya tiene el “no”, por
lo tanto que busque el “si”. Que no se quede con la duda. Si él no hace caso ya
tiene la respuesta, pero yo creo que sí la haría caso.
- Pues ya
sabes que hacer. ¿Cuándo le llamarás? –quiso saber su hermana.
- Esperaré
unos días. Quiero ver como evoluciona esta fiebre, porque si es pasajera, se
habrá acabado el mal casi antes de empezar.
- Tú eres
la dueña de tus tiempos. Ahora cambia la cara y vamos a la mesa que nos están
esperando.
La
reunión familiar resultó tan agradable como de costumbre. La comida estaba
exquisita, al piqueo que preparó su cuñada le siguió el cebiche que su mamá
hacia como nadie, cerrando con los dulces que trajo Indhira.
Después
de la comida la familia se fue poniendo al tanto de las noticias de cada uno de
sus miembros. Por supuesto, Indhira no contó nada de su maravilloso sábado.
Desearon
un feliz viaje a su papá que el lunes viajaba a Bogotá, en su viaje trimestral,
para visitar las oficinas que la inmobiliaria, de la que es el dueño, tiene en
Colombia.
Una
semana cada tres meses viajaba para visitar la delegación que estaba operando
en Colombia desde hacía tres años. Al padre de Indhira le gustaría ampliar el
negocio abriendo más oficinas en otros departamentos de Colombia, pero su edad,
sesenta y ocho años, hacía que se lo pensara, teniendo en cuenta que cuando él
se jubilara nadie de la familia iba a seguir al frente de la empresa, por lo
que el trabajo de toda su vida tendría que cedérselo a una persona desconocida, fuera de la familia.





