La
nueva vecina debía ser de la puerta izquierda. El departamento estaba vacío
desde hacía más de un año. Ahora entiendo el movimiento y los ruidos de la
semana pasada.
Abrí la
puerta y me encontré con la nueva vecina. Una mujer joven, rondando la
treintena, un poco más baja que yo, media melena rubia, con unos ojos grandes,
claros, húmedos y enrojecidos, como si hubiera estado llorando, y parecía que
con algunos kilos de más.
Nada
más abrir, amplió la información que me había dado con la puerta cerrada.
-
Hola, mi nombre es Diana. Disculpa. Me
he mudado hace un par de horas y ahora iba a calentar un poco de comida en el
microondas. Supongo que debe de tener algún problema, porque nada más
enchufarlo se ha ido la luz en toda la casa y no sé dónde está el interruptor
general –todo eso lo dijo casi sin tomar aire, aunque mejor que fuera así,
porque por su aspecto daba impresión de que podría romper a llorar en cualquier
momento.
-
Hola Diana. Mi nombre es Antay.
Bienvenida al edificio. Sí, sé dónde se encuentra el cuadro general, pasa y te
enseño donde está –mientras le hablaba me aparté a un lado para que pudiera
pasar.
-
¿Te importaría acompañarme? –preguntó
con un hilillo de voz.
-
No, al contrario, será un placer.
Espera que recojo las llaves y una linterna para poder iluminar el camino.
Diana
abrió la puerta cediéndome el paso y poder llegar así a la lavandería que es
donde se encontraba el cuadro general.
Había
cajas, sin abrir, repartidas por toda la casa, excepto un par de ellas, en la
cocina, que ya estaban abiertas. En la lavandería, justo delante del cuadro de
los interruptores de la luz, habían colocado una pila de cajas. Era normal que
no lo hubiera encontrado. Moví las cajas, que no tenían un excesivo peso, y
apareció el cuadro ante nosotros con dos interruptores desconectados. Una vez
repuestos no volvieron a saltar por lo que la luz volvió a iluminar casi todo
el departamento. Tenía todas las lámparas encendidas.
-
Gracias –dijo Diana, quedándose
encogida en la lavandería, intentando retener las lágrimas que amenazaban con
salir.
-
La pobre chica lo estaba pasando mal.
Supongo que no sería porque se había ido la luz, y le pregunté –Perdona, ¿estás
bien?
Esa fue
la espoleta. Rompió a llorar de manera desconsolada. No podía ni hablar. Pasé a
la cocina donde había visto una caja de pañuelos que, seguro que ya estaba
utilizando ella, para acercársela.
Allí,
apoyada en una pared de la lavandería, no paraba de llorar. Me atreví a
agarrarla de un brazo para llevarla hasta la cocina. Le acerqué una silla para
que se sentara y, al menos, llorara con más comodidad.
-
Intentaba decir algo, pero era casi
imposible. Después de varios intentos dijo, de manera entrecortada- Perdona,
¿qué pensarás?
-
Además del disgusto que parecía tener,
aún estaba preocupada por lo que yo pudiera pensar- No pienso nada. Tranquila.
No sufras por mí.
Como
parecía que iba para rato me senté yo también, mientras la acompañaba, de
manera silenciosa, en su llanto.
Después
de casi media hora, comenzó a serenarse.
-
¿Puedo hacer algo por ti?, aunque sea
compañía.
-
Gracias –contestó. Y yo permanecí en
silencio esperando que dijera algo más, y continuó- es que me he separado y hoy
es el primer día que estoy sola.
-
Lo único que puedo decirte es que, si
tienes más necesidad de llorar, lo hagas. Alivia mucho. Si quieres hablar,
puedes hacerlo, también alivia y más conmigo que soy un desconocido. Y, si lo
necesitas, puedo hacerte compañía el tiempo que quieras. Vivo solo y, de
momento, estoy sin trabajo, así que tengo todo el tiempo del mundo.
-
Gracias –parecía que se le había
abierto el cielo, hasta esbozó una ligera sonrisa- no me vendría mal un poco de
compañía, si no te importa.
-
No me importa en absoluto. Pero ¿Qué te
parece pasar a mi casa?, aquí sería un poco incómodo. Te invito a cenar y a
tomar un té.
Cuantos
prejuicios tenemos los seres humanos. Diana necesitaba compañía, quería
tenerla, tenía abierta la posibilidad y seguía insistiendo.
-
Es que no quiero molestar.
-
Anda, vamos Diana. No me molestas. Apaga
las luces y vamos –tenía que ser categórico para que no añadiera más victimismo
a lo que parecía una triste historia.
Apagamos
las luces y pasamos a mi casa. En ese momento Diana era como un bebé que
necesita compañía, cariño y una mano que guie sus pasos. Parecía perdida en la
soledad de la vida.