Somos el
alma vestida con un cuerpo, y es precisamente ese vestido el que sufre la
violencia de la vida material. Es bueno recordar que la auténtica vida es la
del alma, y que la existencia corporal no es más que un
sueño, una ilusión.
Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Somos el
alma vestida con un cuerpo, y es precisamente ese vestido el que sufre la
violencia de la vida material. Es bueno recordar que la auténtica vida es la
del alma, y que la existencia corporal no es más que un
sueño, una ilusión.
Si, ya sé que la vida es ilusión, que
es un sueño, que es una escuela para aprender o una especie de mercadillo para
pagar deudas. Si, ya sé que la auténtica y verdadera vida es la que está al
otro lado de la vida, donde todo es paz y amor, pero……
Cuando mi hijo se enferma yo sufro, a
sabiendas de que el sufrimiento no le va a sanar, pero sufro. Y cuando el
sueldo no me llega a final de mes y tengo que mendigar para dar de comer a mis
hijos, además de sufrir me muero de vergüenza, a sabiendas de que esa vergüenza
no va a convertirse en dinero, pero siento vergüenza, que le voy a hacer. Y cuando
cometen conmigo una injusticia, me indigno, sabedor de que la indignación no va
a reparar la mentira, pero me indigno a pesar de todo. Y cuando cierran la
empresa y me quedo sin trabajo me deprimo, a sabiendas de que la depresión no
va a devolverme el trabajo, pero la depresión me puede. Y cuando veo como
envejecen mis familiares queridos y no pueden valerse por sí mismos, me entra
una pena infinita, y si, ya sé que es la ley de la vida, pero me da pena. Puedo
contar mil historias más, pero ¿para qué?, coloca aquí la tuya.
Sé que la vida es ilusión, que es
sueño, que es fantasía, pero vivir esa ilusión, vivir ese sueño, vivir esa
fantasía me emociona y me hace llorar, y me alegra y me hace reír, y me apena,
y siento tristeza, y siento decepción, y siento euforia, y me deprimo, y sufro, sufro mucho.
Sigo las instrucciones de los maestros:
oro, medito, acepto y lo dejo todo en manos de Dios. Él sabe mejor que yo como
fue el contrato que firmé. Y sé que no sirve de nada, pero sigo sufriendo, sigo
riendo y llorando.
Señor. ¡Hágase tu voluntad!
La vida está llena de corazones enormes que aman, pero que permanecen dormidos bajo los efectos anestesiantes de la sociedad, mientras que la sociedad, si tuvo corazón alguna vez, ya no se acuerda. La sociedad empezó a perder su corazón cuando permitió el primer asesinato, cuando patrocinó la primera guerra, cuando distribuyó por el mundo drogas y alcohol, cuando se lucró con la explotación del hombre, de la mujer, del niño; cuando empezaron a proliferar los “ismos”, terrorismo, capitalismo, racismo, consumismo, nacionalismo, y una sociedad sin corazón, es una sociedad muerta.
Vivimos en una sociedad sin alma, sin corazón, sin
escrúpulos; ¡pero la sociedad, la forman las personas!, ¿cómo es posible que
personas con corazones enormes que aman, puedan formar una sociedad sin
corazón?: Por la anestesia de la propia sociedad. La sociedad anestesia creando
necesidades a sus componentes, y estos, dormidos, responden como autómatas.
La sociedad crea la necesidad de tener casa en propiedad,
casa de segunda residencia, vacaciones cuanto más lejos mejor, coche para cada
miembro de la familia, televisión en cada sala de la casa, días especiales: del
padre, de la madre, de reyes, consumo, consumo, consumo. Resultado: cincuenta
años de hipoteca, trabajar de sol a sol a sueldos de miseria, no tener relación
con la familia, ¡no vivir!. En lugar de vivir los componentes de la sociedad,
mueren para satisfacer las necesidades que la sociedad les ha creado.
La sociedad es muy lista, cuando se encuentra con miembros
que no caen en las redes del consumo, genera necesidades de discriminación:
necesidades religiosas y necesidades políticas. Lo importante para la sociedad
es que ningún miembro consiga despertar su corazón, y solo le den vueltas y
vueltas a su cabeza para ver la manera de consumir más, para ser uno de los
miembros más respetados de la sociedad.
¡Despierta!, ¡despierta! La sociedad eres tú. Si tú
despiertas y tú cambias vas a cambiar el mundo. Tú puedes sacar a la calle el
Amor, y la energía del Amor es mucho más poderosa que toda la anestesia de la
sociedad.
Imagina si en vez gastar el dinero en equipos de futbol se
gastara en investigación. Imagina si el dinero que se dedica a financiar los
ejércitos y las guerras lo enviaran a países africanos, asiáticos,
centroamericanos. ¿Dónde quedaría el hambre?, ¿dónde quedaría la
discriminación?, ¿dónde quedaría la enfermedad?
¡Despierta!, ¡despierta! Ayuda a despertar a los demás, y entre todos, poco a poco, construiremos un mundo distinto, un mundo mejor, para nuestros hijos, para los hijos de nuestros hijos, para sus nietos, para todos. A fin de cuentas, si existe la reencarnación, volveremos un día, y podremos así encontrarnos con el vergel que ahora estamos ayudando a destruir.
¡Despierta!, ¡despierta!
Desde la primera vez que me encontré con Ángel o, mejor, desde la primera vez que me separé de él, tenía la duda de si sería una persona normal o un ser con poderes extraordinarios y, ahora me confirma que, en efecto, es un ser espiritual, una especie de ángel sin alas, un ser sin cuerpo, un ser del otro lado de la materia, que ha sido enviado para ayudarme.
En
realidad, no estoy sorprendido, salvo por el hecho de que ha venido a ayudarme.
¿Ayudarme a mí?, ¿por qué?, ¿qué méritos o deméritos habré acumulado?
-
¿Puedo preguntarte algunas dudas que
tengo? –era el momento de despejar todas las dudas que rondaban por mi cabeza
desde la primera vez que nos encontramos.
-
Sí. Antay, puedes preguntar lo que
quieras –respondió, como siempre, con todo el amor y una paciencia infinita.
-
¿Puedes leer el pensamiento?, porque
siempre has estado respondiendo a las preguntas que me iba haciendo en mi
interior.
-
No es que lo lea, es que lo veo, porque
cada pensamiento es energía, igual que lo es cualquier emoción. Por eso sé de
tus dudas y de tus miedos.
-
¿Es posible que solo yo pueda verte?
-
Unas veces sí y otras no.
¡Qué
alivio!, en algún momento creí que me estaba volviendo loco. Aunque esto ya es
bastante locura. No parece muy habitual que se aparezca un ángel para ayudar a
un ser humano. Solo había visto algo parecido en alguna película.
-
¿Por qué has venido a ayudarme?
-
He venido a ayudarte porque lo has
pedido y lo has hecho desde el corazón.
>>
¿Recuerdas el sueño que tuviste el día que nos encontramos?
-
¿El sueño de mi fallida boda por culpa
del mendigo? –supuse que sería ese porque no recordaba otro sueño.
-
Exacto. Lloraste, pediste, rogaste,
suplicaste. Soy el resultado de tus suplicas.
-
Pero si eso fue un sueño –no entiendo
que tenían que ver mis lágrimas, en un sueño, con la vida real.
-
Toda la vida es un sueño, es una
ilusión. Tú diferencias tu vida consciente de la vida inconsciente dentro del
sueño. Pero para el alma todo es lo mismo. Tu sueño solo fue una manera de
hacer consciente algo que permanece escondido en tu inconsciente.
>>
¿Te has preguntado por qué recordaste este sueño entre los varios que tienes
cada noche? Necesitabas traer a la parte consciente algo que te mortifica
dentro de ti. Hiciste dos trabajos, hacerte consciente de tu deseo de formar
una familia y pedir ayuda, de manera desesperada, para conseguirlo. Y ¡heme
aquí! –es increíble lo poco que conocemos de la vida y de nosotros.
-
Aparte de todo lo que me has enseñado y
que creo está cambiando mi concepción de la vida, lo ocurrido esta tarde con la
progresión y la regresión me hace preguntarme a mí y preguntarte a ti, ya que
estás aquí, ¿mi felicidad depende de Indhira?, ¿solo podré formar una familia
si estoy con ella? –pensaba que algo tendría que ver ella en todo esto,
teniendo en cuenta que apareció en las tres regresiones y que la conocí a la
semana de haber encontrado a Ángel.
Capítulo IV, parte 2. NOVELA "Ocurrió en Lima"
Podía
dividir mi vida en tres etapas, como si fueran tres vidas diferentes dentro de
la misma vida:
Una
infancia feliz con mis padres, en Cusco, en la que correteaba con mis amigos
cada día a la salida del colegio. Recuerdo las misas de los domingos en la
catedral. La devoción de mi mamá y la aceptación de mi papá, porque no lo podía
llamar transigencia, era una aceptación total, porque respetaba, al ciento por
ciento, las opiniones y las actitudes de su esposa y lo hacía por amor, no para
evitar encontronazos o discusiones. Recuerdo los paseos después de la misa y el
pollo con papas que comíamos en algún restaurante. Las navidades llenas de
magia, de ilusión y misterio, igual que las fiestas de Halloween, disfrazado de
algún personaje de moda, con mi calabaza llena de dulces. Fue una etapa mágica,
en la que no tenía que preocuparme por lo que tenía que hacer al día siguiente
ni, tan siquiera, al segundo siguiente. Todo era presente. Podría incluir la
adolescencia en la misma etapa de felicidad, etapa que finalizó, de manera
abrupta, cuando en el penúltimo año de la secundaria nos trasladamos a Lima. La
razón que dieron mis padres era que en Lima habría más oportunidades de trabajo
y yo tendría más universidades para elegir. Ahí se acabó el presente. Tenía que
pensar en el día de mañana. Algo que ha permanecido hasta este momento.
En esa
época no me cuestionaba la existencia de Dios. Estaba claro que tenía que estar
con nosotros y Le veía en las lágrimas que, a veces, se le escapaban a mi madre
cuando se encontraba frente al Taytacha de los Temblores.
La
segunda parte de mi vida no fue ni tan ilusionante ni tan mágica. Finalicé la
secundaria y la universidad. Y fue en la universidad, en el último semestre de
carrera, cuando conocí a la persona que yo pensé, en un principio, que podía
ser mi media naranja. La mujer con la que podía compartir mi vida. Con ella
aprendí a besar y fue con ella con la que tuve las dos únicas relaciones
íntimas que mi pensamiento me arroja encima, como si de un jarro de agua fría
se tratara, en cuanto tiene ocasión. Pero no llevábamos ni tres meses de amor,
cuando, de la noche a la mañana, desapareció de mi vida, apareciendo en la vida
de un cantante que ya comenzaba a tener una cierta fama. Fue cuando aprendí que
no existen las medias naranjas y que solo existen naranjas enteras que tienen
que aprender a amarse, a través del respeto, de la comprensión, de la paciencia
y de la renuncia a ciertos caprichos.
Lo pasé
muy mal durante una larga temporada y, en esas largas noches en las que
permanecí en vela, me prometí a mí mismo que nunca más iba a sufrir por culpa
de una relación, que se suponía que era justo para lo contrario, para ser
feliz. Hay que tener en cuenta que el modelo de familia, (la nuestra), y de
matrimonio, (mis padres), que yo tenía, era, no solo difícil de superar, sino
difícil de igualar. A partir de entonces, nunca más tuve una relación, y hace
de eso algo más de quince años. Sin embargo, ahora estoy esperando a Indhira,
en lo que parece ser mi primera cita, desde entonces. Y, además, espero con una
mezcla de nerviosismo e ilusión.
La
tercera parte de mi vida ha sido de lo más insulso. Solo trabajar y realizar
las labores de la casa. Mi única diversión ver alguna película de la tele. Ni
una sola cita. Con la soledad como única compañera desde la muerte de mis
padres, que se fueron jóvenes, con cincuenta y dos y cincuenta y cinco años, en
un intervalo de seis meses. De eso hace cinco años y, así hasta ahora. ¿Estaré
comenzando una cuarta etapa en mi vida? Desde luego, no parece la continuación
de nada, sino un cambio de rumbo total. Sin trabajo fijo y tratando de llevar a
la práctica una nueva manera de ganarme la vida. Recibiendo información sobre
la vida, muy diferente de la que conocía, desde varias fuentes y, sin
cuestionarme casi nada, a pesar de ser una información difícil de probar.
Volviendo a confiar en Dios e, incluso, conversando con Él. Y, para colmo,
esperando a una mujer para ir a almorzar, dejando a un lado mi idea de que eso
del amor es una tontería.