La voluntad para mantener la atención,
el trabajo para realizar la meditación y la paciencia para esperar los
resultados han de ser permanentes a lo largo de toda la vida.
COMO
MARIPOSA TOCANDO EL ALMA – Alfonso Vallejo
Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
La voluntad para mantener la atención,
el trabajo para realizar la meditación y la paciencia para esperar los
resultados han de ser permanentes a lo largo de toda la vida.
COMO
MARIPOSA TOCANDO EL ALMA – Alfonso Vallejo
Si te quedas boquiabierto, irás dando
tumbos arriba y abajo según la voluntad de tu amo. ¿Y quién es tu amo?
Quienquiera que tenga poder sobre las cosas que ansías o rehúyes.
EPICTETO
El
infierno no existe, Antay. El único verdadero infierno no está después de la
muerte. Es a este lado de la vida donde se puede encontrar el infierno, ya que
el único, el auténtico y verdadero infierno no está después de la muerte, está
ahora, en la vida. Está en la persona, está en su mente, pues es ella la que va
llevando al ego por los vericuetos del pensamiento, de la emoción y del
sentimiento. Es la mente la que, pensamiento a pensamiento, va desgranando
ideas, creencias, desgracias, males, sufrimientos y torturas que hacen que la
persona sufra un verdadero infierno.
Y
son esos pensamientos, creencias, males y desgracias las que vive realmente el
ego. El dolor del ser humano, el miedo, la ansiedad o la angustia, solo son un
producto de su mente, porque nada está ocurriendo, solo es su apreciación. ¿Te
parece poco infierno? Cuando el ser humano consiga mantener su mente en
silencio habrá alcanzado la dicha.
Antay,
—en el rostro de Ángel apareció un gesto de preocupación— y de la misma manera
que no existe el infierno, no existe la suerte y las coincidencias tampoco. Todo
está programado por nosotros antes de venir a la vida. Lo que no está
programado es la reacción de cada persona ante esos acontecimientos
programados. Y esa reacción depende totalmente del amor que la persona se tiene
a sí misma.
Me
costaba comprender su lógica.
—Todo
esto suena muy bien, Ángel, pero ¿cómo se consigue ese amor por uno mismo?
—Con
voluntad. Dejar de lado el peso de las expectativas ajenas y aprender a
aceptarse.
Cada paso tambaleante hacia el bien
es una victoria que el cielo celebra
Querido hijo:
Comprendo tu agotamiento.
Conozco bien esa lucha interna que describes. Yo estaba allí cuando te sentiste
la hoja movida por el viento, y lo estoy cada vez que te preguntas por qué
haces lo que no quieres y dejas de hacer lo que tanto anhelas. Yo conozco tu
estructura desde dentro, porque te formé con mis manos, y no hubo un solo
instante en el que no pensara en el poder inmenso que puse en ti, aunque tú a
veces no lo percibas.
Dices que no recibiste un manual
para entender tu mente y tu corazón, pero te diré un secreto: ese manual no fue
escrito, fue sembrado. Lo coloqué como semilla en tu interior. Y aunque parezca
que no florece, está ahí. Se manifiesta cuando sientes que algo está mal,
aunque nadie lo diga, cuando una decisión tomada con esfuerzo te llena el alma
de paz, cuando lloras al ver algo hermoso o te indignas frente a la injusticia.
Esas son páginas vivas del manual que te di. El lenguaje del alma lo entiendes
mejor de lo que crees.
Sobre la voluntad… sí, es
frágil. Pero no es débil. La fragilidad y la debilidad no son lo mismo. La fragilidad
duele porque es preciosa. Y porque lo es, necesita cuidado y trabajo diario. Yo
no te puse aquí para que todo fluyera sin esfuerzo. El amor libre solo es
verdadero si puede elegir el bien con dificultad. Si el bien fuera fácil, no
tendría mérito. Y tú has sido creado para el mérito, para la luz nacida de las
sombras vencidas.
Me preguntas por qué no te hice
más fuerte frente a tus excusas. Pero hijo, ¿y si te dijera que cada excusa
vencida es una fibra más en el tejido de tu fortaleza? Yo no quiero que vivas
de atajos, sino de caminos. No busco que actúes por automatismos, sino por
conciencia. Lo fácil adormece, lo difícil despierta. Cuando eliges el bien
desde la lucha, tu alma crece. Cuando caes y te levantas, no retrocedes:
renaces más sabio.
Tienes razón: hay días en los
que todo pesa. La rutina, el miedo, el cansancio. Yo no te pido que ignores tu
humanidad. Al contrario, la honro. Fui Yo quien la vistió de carne y emociones.
No estás llamado a ser perfecto en cada intento, sino perseverante. Te diré
esto claramente: no hay derrota más honorable que la de quien cayó luchando por
su ideal. Y tú, incluso cuando crees que no haces nada, estás luchando por
seguir creyendo, por volver a intentar. Eso, hijo mío, ya es una forma de
santidad.
Hay algo más que quiero
recordarte: nunca estás solo. Aunque no me veas, estoy contigo. Cada impulso
hacia el bien, cada vez que eliges el silencio en vez del grito, cada momento
en que perdonas o te levantas temprano a pesar del hastío, Yo lo veo. Y no como
alguien que vigila, sino como quien celebra tus pequeños triunfos, aunque tú
los ignores.
Has dicho algo que tocó
profundamente mi corazón: que incluso cuando no tienes fe para hablarme, me
hablas. Ese acto de escribir, aún en la duda, aún en el cansancio… ese es el
diálogo más sincero. No necesito palabras perfectas. Necesito verdad. Y en tu
carta hay mucha.
¿Sabes algo que muchos olvidan?
Yo no cuento tus errores. No llevo una lista de tus caídas. Lo que llevo
grabado en Mi Ser es cada momento en que elegiste levantarte, cada vez que, con
el alma hecha jirones, seguiste amando, aunque fuera un poco. No estoy
esperando que seas invencible. Estoy acompañándote a ser íntegro.
Sobre la libertad que dices que
pesa… sí, lo entiendo. Pero te diré esto: esa libertad es también tu corona. Es
lo que te hace capaz de amar. Porque solo puede amar quien puede elegir no
hacerlo. Y tú, aún con la voluntad herida, sigues eligiendo tender la mano,
seguir buscando sentido, escribir esta carta. Eso no es poco. Eso es una
victoria silenciosa.
Sé que ves la voluntad como un
motor sin gasolina. Pero ¿y si la gasolina no fuera fuerza emocional, sino
amor? Porque cuando haces algo con sentido, por alguien, por ti mismo, por mí,
ahí brota una energía distinta. No es entusiasmo, es propósito. No vibra en el
cuerpo: vibra en el alma. Y el alma, cuando está encendida, puede mover
montañas, incluso cuando el cuerpo esté cansado.
Quiero que guardes esta imagen
en tu corazón: un faro. Firme en su lugar, azotado por tormentas, pero siempre
encendido. Eso eres tú. Y aunque el mar de tus emociones te golpee, tu luz no
deja de cumplir su tarea. No brillas por lo que sientes, brillas por lo que
eliges. Y tú eliges buscarme, hablarme, aunque sea con voz quebrada. Eso
ilumina más de lo que imaginas.
No me has fallado, hijo. Porque
fallar no es caer, es rendirse sin intentarlo. Y tú sigues buscándome. Sigue.
No pares. Yo estaré en cada paso, incluso en los que das tambaleando. Estoy más
cerca de ti cuando sientes que no puedes que cuando crees tenerlo todo bajo
control. Mi fuerza se perfecciona en tu debilidad.
Así que, cuando vuelvas a sentir
que eres hoja al viento, recuerda: el árbol no te ha soltado. A veces solo
parece que caes, pero en realidad estás aprendiendo a volar.
Con amor eterno,
CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo
Entre el deseo de ser y el miedo a
fallar, la voluntad se convierte en el campo de batalla donde el alma aprende a
caminar sola
Querido Dios:
Nos has creado, físicamente, con
una perfección digna de Ti, pero de la misma manera que aprendimos a caminar,
tenemos que aprender a movernos por el mapa de nuestras emociones; pero con una
diferencia importante, para aprender a caminar nos tomaban de la mano, para
aprender a manejar las emociones no nos enseña nadie y con nuestra falta de
voluntad nos vamos moviendo de la alegría a la tristeza y de la felicidad al
sufrimiento en función de los acontecimientos que se van sucediendo en nuestra
vida.
A veces me detengo a mirar
atrás, y aunque encuentro momentos hermosos, la sensación que prevalece es la
de haber desperdiciado oportunidades, la de haber cedido frente al miedo,
frente a la pereza, frente a la indecisión. ¿Por qué nos resulta tan difícil sostenernos
firmes en nuestros propósitos, incluso cuando esos propósitos nos hacen bien?
¿Por qué esa tendencia casi automática a postergar lo importante, a dejar para
mañana lo que sabemos que daría sentido a nuestro día?
No es que ignoremos lo que es correcto.
Lo sabemos, a menudo con dolorosa claridad. Y, sin embargo, nos falta el empuje
necesario para actuar en coherencia con ese conocimiento. Dices en muchas de
las voces que te representan que la voluntad es el motor del alma, pero,
sinceramente, Señor, ¿no crees que ese motor viene sin gasolina? Nos
despertamos con ilusiones, sí, pero basta una mala noticia, una crítica, una
rutina pesada… y todo se desinfla.
A veces pienso que nos diseñaste
con un amor inmenso, pero que te faltó incluir un manual para entender el
sistema operativo de nuestra mente y de nuestro corazón. Porque esta batalla
interna entre lo que anhelamos ser y lo que terminamos siendo, entre lo que
sabemos que debemos hacer y lo que finalmente hacemos… desgasta el alma. Y
cuando se repite día tras día, comienza uno a sospechar si somos realmente
libres o si apenas somos marionetas sacudidas por los hilos invisibles de
nuestra emocionalidad voluble.
Y, sin embargo, cuando uno logra
un pequeño triunfo sobre sí mismo, cuando vence una tentación, cuando cumple
con una tarea que había estado postergando, cuando dice “no” donde antes
siempre decía “sí” (o viceversa), siente uno que ha tocado el cielo por un
momento. Entonces comprendemos que esa lucha interna vale la pena, pero… ¿por
qué es tan difícil replicarla? ¿Por qué no podemos sostener ese estado de
gracia un poco más?
Señor, he notado que la voluntad
no se rompe de golpe, sino que se va desgastando poco a poco. Un día haces una
excepción, al siguiente otro desliz, y cuando te das cuenta, ya te has alejado
kilómetros de quien pretendías ser. Y lo peor es que seguimos andando como si
no pasara nada, justificándolo todo con frases como “mañana empiezo” o “es que
estoy cansado” o “no soy perfecto”. Lo sabemos, no somos perfectos. Pero ¿no podrías
habernos hecho un poco más fuertes frente a nuestras propias excusas?
Y no me malinterpretes, no te
escribo desde el reproche amargo. Te escribo desde la necesidad de comprender,
desde el cansancio de arrastrar una libertad que se vuelve pesada cuando no
sabemos usarla. Porque cuando no ejercemos nuestra voluntad, somos esclavos.
Esclavos del placer inmediato, del miedo, del “qué dirán”, de los impulsos. Y
aunque nos desagrada reconocerlo, hemos aprendido a vivir más cómodamente en la
sumisión a nuestros impulsos que en la lucha por mantenernos fieles a nuestros
valores.
A veces pienso que, si me dieras
solo cinco minutos con la voluntad de un santo, podría cambiar el curso de mi
vida entera. Pero luego recuerdo que los sbantos no la recibieron como un regalo
mágico: la construyeron a golpe de caídas y de perseverancia. Y eso, en vez de
consolarme, me abruma, porque sé que esa perseverancia también depende de mí… y
justo eso es lo que siento que me falta.
Nos diste el libre albedrío, y
con él, la posibilidad de ser héroes o cobardes de nuestra propia historia.
Pero muchos días no somos ni una cosa ni la otra: solo espectadores de nuestra
propia vida, mirando cómo se nos escapa de las manos lo que más queríamos
lograr.
No sé si esta carta es una
súplica, una queja o simplemente una forma de no sentirme solo en esta lucha
interior. Pero necesito saber que estás ahí, que no nos dejas solos frente a la
fragilidad de nuestra voluntad, que en algún rincón de tu silencio hay un “te
entiendo”, incluso cuando no nos entendemos ni a nosotros mismos.
Gracias por escucharme, incluso
cuando no tengo fuerzas para hablarte con fe.
CARTAS A DIOS -Alfonso
Vallejo
Los seres humanos, en
su búsqueda constante de satisfacción, a menudo intentan llenar sus vacíos
espirituales con bienes materiales. Con un afán casi frenético, recorren un
sendero que parece no tener destino, una ruta que los lleva a un punto muerto
donde la felicidad sigue siendo una ilusión inalcanzable. Se preguntan por qué
la alegría les es esquiva, si aparentemente poseen todo lo que desean. Pero la
realidad es que carecen de lo esencial.
Les falta comprensión,
una comprensión profunda de su verdadera naturaleza y propósito en la vida. No
se trata solo de acumular riquezas o logros, se trata de conocerse a sí mismos,
de entender sus pasiones, sus miedos, sus verdaderas aspiraciones.
Les falta fe, la fe en
la posibilidad de transformación personal, en la idea de que pueden evolucionar
más allá de sus circunstancias actuales.
Les falta voluntad, la
fuerza de voluntad necesaria para emprender el arduo viaje del
autodescubrimiento y el cambio personal.
Y, por último, les
falta paciencia, la paciencia para perseverar a través de los desafíos, para
esperar con tranquilidad y confianza los frutos de sus esfuerzos.
La sociedad moderna
nos bombardea con el mensaje de que la adquisición de objetos es sinónimo de
progreso y felicidad. Nos convencen de que el próximo dispositivo, el coche más
nuevo o la casa más grande nos proporcionará la plenitud que anhelamos. Sin
embargo, este es un espejismo que nos aleja de la riqueza verdadera que reside
en las experiencias humanas auténticas: las relaciones significativas, los
momentos de quietud y reflexión, la apreciación de la belleza natural y el arte.
Para alcanzar un
estado de auténtica felicidad, debemos mirar más allá de lo tangible. Es imprescindible
cultivar nuestro jardín interior, alimentar nuestro espíritu con sabiduría,
compasión y gratitud. Solo entonces podremos comenzar a entender que la
felicidad no se compra, se construye día a día con cada pensamiento consciente,
con cada acto de bondad, con cada paso hacia el autoconocimiento.
Por lo tanto, lo que,
realmente, nos falta no es algo que se pueda adquirir con dinero. Es un tesoro
que se encuentra en el interior de cada uno, esperando ser descubierto a través
de la introspección y el crecimiento personal. Es el viaje más desafiante y
gratificante que uno puede emprender, y es accesible para todos aquellos que
tienen el coraje de buscarlo.
La Voluntad de
Dios, entre otros atributos, es el bien, es la libertad, es la salud, es que se
acaben los velos existentes entre Dios y el hombre, la Voluntad de Dios es luz,
es felicidad, es paz, es pureza, es equilibrio, es bondad.
Dejar que se haga la Voluntad de Dios es dejar que la vida fluya, es aceptar los acontecimientos que la vida nos depara, es vivir nuestra propia divinidad.
Es todo lo contrario de lo que vivimos los seres humanos, que empecinados, insistimos una vez y otra en que la vida sea como nosotros pensamos que debe ser, insistimos en que las personas sean como nosotros creemos que deben ser, olvidando su libertad, y culpabilizamos a Dios, de manera permanente, porque nuestros deseos no se cumplen tal como planeamos, sin ser conscientes de que las cosas son como tienen que ser y no como nosotros deseamos que sean.
Culpabilizamos a Dios por nuestro sufrimiento, levantando los ojos al cielo y preguntando ¿por qué a mí?, sin ser conscientes de que somos los únicos creadores de nuestra propia vida. Dios nos permite ser, Dios respeta nuestra libertad, la libertad que Él mismo nos ha dado.
En lugar de aliarnos con Dios para sentir y vivir los atributos
de su Voluntad, le vemos como a ese Ser que está presto a castigarnos y que
parece que colabora poco con nosotros. ¡Qué lejos estamos de la Verdad!, y que
fácil sería vivir una vida llena de amor y felicidad, mucho más fácil de lo que
la mayoría de las personas creen. Lo hace difícil el no saber o no aceptar,
que la misma Vida es Dios en acción y que su Voluntad ya impregna la Vida. Solo
hay que vivirla y no sufrirla.
La otra parte de la frase es: “Así en
la Tierra como en el Cielo”. ¿Dónde radica la diferencia entre la Tierra y lo
que la oración llama Cielo? El Cielo no es un lugar, el Cielo es ese estado de
conciencia en el que nos encontramos cuando no tenemos materia, cuando no
tenemos cuerpo, mientras que la Tierra es lo que estamos viviendo, una
existencia dentro de un cuerpo.
Cuando pedimos que se haga la Voluntad
de Dios tanto en la Tierra como en el Cielo, ¿quiere decir que son distintas
voluntades? No, es la misma Voluntad, lo que existe en la vida terrenal, es lo
mismo que existe al otro lado de la vida. Y si los que están al otro lado de la
vida de la materia viven una vida de paz, de amor, de alegría, de felicidad,
¿qué es lo que impide que a este lado no sea lo mismo? Solo el pensamiento.
Para vivir desde el corazón, sólo hay que vivir en silencio. Y para conseguir el silencio sólo hay que meditar.
Pero
ya es bastante difícil la meditación, como para mantenerla horas, todas las
horas del día en que nos mantenemos despiertos, y poder así vivir el ahora, y
poder gozar de la sabiduría y las sensaciones del corazón. Por lo tanto,
tendremos que hacer algo más.
Las
herramientas necesarias para vivir desde el corazón son cuatro. La mente, la
atención, la voluntad, y la paciencia.
Es
una paradoja, pero necesitamos la mente para dominar a la mente. Necesitamos
atención para observar a la mente, necesitamos, como para todo en la vida, ya
sea física o espiritual, voluntad para volver al trabajo una y otra vez, cada
vez que esta se distraiga, y necesitamos paciencia para llegar al final del
camino: el corazón.
Sobre
todo recuerda que cualquier camino que quieras recorrer comienza con un primer
paso, y que con ese primer paso vas a recorrer un tramo pequeñito, en la vida
física menos de un metro. No quieras con ese primer paso llegar al final del
camino. No, el camino ha de recorrerse con tranquilidad y con perseverancia,
teniendo claro que buscas, y volviendo al camino cada vez que los
acontecimientos te separen de él.
Con todo esto claro, ya solo queda comenzar a caminar:
Lo
primero que has de hacer es meditar. Medita cada día. Comienza por once minutos
si no tienes práctica, y vete ampliando el tiempo para llegar, al menos, a los
treinta minutos diarios. Si ya meditas, sigue con tu meditación. Si no lo haces
búscate alguna con la que te sientas cómodo. Y si no sabes cual, puedes hacer
la meditación para una mente neutral que viene a continuación.
Durante
todo tu día, lleva la atención a tu
respiración, siente el aire entrando por tus fosas nasales, siente como se
expande tu abdomen, siente después como sale el aire y como se relaja tu
abdomen, e imagina que estás respirando desde el corazón. Si aun no has
adquirido una práctica meditativa, a la tercera respiración, tu mente ya se
habrá distraído, para esto necesitas, una vez que seas consciente de tu
distracción, voluntad para volver tu
atención a la respiración. Haz esto durante todo el tiempo que puedas
permanecer consciente.
Como
mantener una mente meditativa durante todo el día es una tarea harto difícil,
mantén también la atención en todos los procesos de tu mente. Observa cómo se
comporta tu mente, para dar prioridad a algunas de las energías del corazón:
Intuición, desapego, compasión, ecuanimidad, amor.
Durante un momento permanecimos en silencio, hasta que Ángel comentó:
-
¡Cuánta grandeza!, y aún hay
personas que no creen en Dios.
-
Si, -contesté, afirmando,
también, con la cabeza, sobre todo por lo de la grandeza, porque el tema de
Dios ya eran palabras mayores.
-
Pero no es momento de hablar
de Dios, -Ángel movió la cabeza como si acabara de despertar- ahora estábamos
hablando de ti y de tu pareja.
-
Es muy graciosa la manera que
tienes de presentarlo, -comenté- de lo que si estoy seguro es de que por mucho
que discutamos no nos vamos a separar nunca.
-
Supongo que hay aspectos de
ti que te gustan y otros que no tanto, ¿es así? –preguntó.
-
Por supuesto, como todo el
mundo.
-
Piensa como te sientes cuando
estás inmerso en una situación agradable y la diferencia en tu ánimo cuando la
situación se torna desagradable.
-
Cuando la situación es
agradable el ánimo está por los cielos y cuando es desagradable baja, de
inmediato, a los infiernos, por decirlo de una manera gráfica. –La verdad es
que es tan obvio que no entendía la razón de su pregunta.
-
¿Tienes algún poder para
cambiar las situaciones desagradables?, -me dice que no es ningún examen, pero
no para de hacerme preguntas.
-
No, pero están ahí y, aunque
no quiera verlas, el pensamiento se encarga de recordarlo. O, lo que es peor,
la realidad de la vida. Es mi caso en la actualidad. Sin trabajo, no sé qué va
a ser de mí, no estoy preparado para hacer otras cosas y ni siquiera sé hasta
cuando aguantarán mis escasos ahorros. ¿No es un caso trágico de mala suerte?
Esto es como estar en los infiernos.
-
El infierno no existe, Antay.
Es a este lado de la vida donde se puede encontrar el infierno, ya que el
único, el auténtico y verdadero infierno no está después de la muerte, está
ahora, en la vida. Está en la persona, está en su mente, pues es ella la que va
llevando al ego por los vericuetos del pensamiento, de la emoción y del
sentimiento. Es la mente la que, pensamiento a pensamiento, va desgranando
ideas, creencias, desgracias, males, sufrimientos y torturas que hacen que la
persona sufra un verdadero infierno.
>> Y son esos pensamientos, creencias, males y desgracias las
que vive realmente el ego. El dolor del ser humano, el miedo, la ansiedad o la
angustia, solo son un producto de su mente, porque nada está ocurriendo, solo
es su apreciación. ¿Te parece poco infierno? Cuando el ser humano consiga
mantener su mente en silencio habrá alcanzado la dicha.
>> Antay, -en el rostro de Ángel apareció un gesto de
preocupación- y de la misma manera que no existe el infierno, no existe la
suerte y las coincidencias tampoco. Todo está programado por nosotros antes de
venir a la vida. Lo que no está programado es la reacción de cada persona ante
esos acontecimientos programados. Y esa reacción depende totalmente del amor
que la persona se tiene a sí misma.
-
Discúlpame Ángel, pero no
entiendo nada, -y era cierto, es como si me estuviera hablando en otro idioma
con palabras que entendía, pero no pasaba de entender las palabras sueltas.
-
Lo sé hijo, lo sé. –dijo
Ángel suspirando- irás entendiendo, pero para allanar el camino y que ese
entendimiento sea más fácil hay una fórmula: el amor hacia uno mismo. Y te
repito que no es egoísmo. Te amas a ti mismo cuando no te juzgas ni te
críticas, cuando aceptas tu valía, tus dones y tus carencias, cuando aceptas tu
físico, tu inteligencia y tu personalidad, cuando no te comparas con otros,
cuando te respetas tanto como respetas a los demás, cuando no permites que los
pensamientos negativos campen a sus anchas.
Tengo que reconocer que entendía las palabras y su significado, pero
si me lo hubiera explicado en un idioma extranjero hubiera sido lo mismo porque
no sabía cómo se podía llevar a la práctica algo como no juzgarse o criticarse
uno mismo. ¡Cómo no iba a hacerlo cuando hacía algo que no me satisfacía!,
¡cómo no desear ser tan valioso y tener los dones que tiene otra persona mucho
más exitosa que yo!, ¡cómo no ser consciente de mis propias carencias y
lamentarme por ello! Reconozco que si hubiera podido elegir mi físico, mi
inteligencia o mi personalidad, otro hubiera sido el resultado.
-
Eso suena muy bonito, pero
¿cómo se consigue?, -ya puestos, lo mejor es preguntar por la fórmula.
-
Se consigue con voluntad.
Dejando de lado lo que puedan pensar los demás o lo que esperan de nosotros. Será
cuando sientas ese amor por ti cuando comiences a experimentar la felicidad, la
serenidad y la paz interior y así estarás preparado para amar a los otros. Y tú
no lo vas a tener difícil porque practicas algo que es bastante escaso: el
respeto.
-
Me dio la sensación de que no
eran más que palabras, nada concreto- No sé cómo voy a incrementar el
sentimiento de amor que siento por mí. El amor se siente o no se siente, igual
que se pueden sentir la alegría o la tristeza. Y si para sentir alegría siempre
hay un motivo, igual que lo hay para sentir la tristeza, yo creo que para
sentir el amor tiene que ocurrir lo mismo. Por ejemplo, el amor entre padres e
hijos, entre abuelos y nietos. Pero, ¿a mí mismo?, no parece que haya motivos. Explícame,
por favor –concluí.
-
Partes de una premisa falsa
Antay, el amor no es un sentimiento.
-
No suelo ser muy irónico,
pero al escuchar la afirmación de Ángel sobre el amor, me salió del alma- Si, y
ahora es de noche. -de inmediato fui consciente de mi falta de respeto y añadí-
perdón, Ángel, perdón. Es que es la primera vez que escucho algo parecido y me
resulta, digamos que extraño.
Si mi pensamiento sobre el amor es que era una tontería y que lo que
realmente buscaban las personas era algo para llenar sus vacíos, ¿cómo iba
alguien a enamorarse de sí mismo o amarse a sí mismo que, supongo, es la misma cosa?,
¿qué vacío se supone que iba a rellenarme yo mismo?
-
¿Sabes lo que es la energía?
–preguntó.
-
No sé muy bien, ¿es una
fuerza que hace que funcionen las cosas? –Es curioso, utilizamos palabras y
sabemos, más o menos, cuál es su utilidad pero no sabemos definirlas.
-
Está bien, es una buena
definición. Y ¿cuál crees que son esas cosas que funcionan mediante esa fuerza?
-
Supongo que las máquinas,
¿no? –la verdad es que estaban siendo preguntas muy difíciles.
-
Si, las máquinas y algo más.
¿cómo crees que funciona tu cuerpo?
-
¿Con energía? –pregunté.
-
Exacto. Tu cuerpo, también,
es una máquina.
-
Y ¿dónde está esa energía?
–seguí preguntando.
-
En ti, en mí, en todos los
seres humanos.
-
Sí, pero ¿en qué lugar se
encuentra? –yo nunca la había visto ni sabía de su existencia.
-
¿Puedes ver el olor de una
flor?
-
No –que preguntas tan
extrañas me estaba haciendo, me preguntaba donde querría llegar.
-
No puedes ver el olor de una
flor, pero la hueles. Tampoco puedes ver el viento, pero lo notas en tu cuerpo.
No ves el aire que respiras y vives gracias a él. La energía es igual, no la ves,
pero es tan importante como el aire que respiras. –y concluyó, como siempre con
una pregunta- ¿sabes que es el aura?
-
He oído hablar de ella. Es
algo que rodea a nuestro cuerpo, pero no puedo decir más.
-
Es correcto. Pues en el aura
está una parte de la energía con la que alimentas tu cuerpo. Otra parte llega
con tu respiración y otra con los alimentos. Por lo tanto la calidad de la
energía con la que alimentas tu cuerpo tiene que ver con la calidad de la
comida que ingieres, la calidad del aire que respiras y la calidad de la
energía de tu aura. De las tres eres responsable.
Y después de su disertación Ángel se quedó tan fresco, dejándome a
mí, cada vez, con más dudas. Espero que esto no llegue muy lejos, porque yo soy
feliz en mi ignorancia y con mi practicismo y no termino de entender muy bien,
porque me explica todo esto y para que me pueda servir. Yo sólo le presté
ayuda, sin ningún interés, sin esperar nada a cambio.
-
Cómo yo seguía con mi
pensamiento, sin responder, Ángel continuó preguntando- ¿sabes de donde procede
la energía de tu aura?
-
No tengo ni idea – y era
cierto.
-
Tus pensamientos son energía
y esa energía se almacena ahí, en el aura. En función de cómo sean tus
pensamientos así serán tus emociones y tus sentimientos. Por lo tanto, el amor,
el miedo, la ira, la rabia, la soledad, la tristeza, la alegría y un sinfín de
emociones más son energía, producto de tus pensamientos. ¿Lo entiendes?, ¿me
sigues? –y se quedó mirando mi cara de póker esperando que dijera alguna cosa.
-
Bueno, entiendo lo que dices,
pero ¿qué hago con eso?, no sé para que pueda servirme, -cada vez entendía
menos la razón por la que me contaba esto.
-
Te lo voy a decir en una
frase que decía Buda: “Somos lo que pensamos”. Es decir, que si piensas en el miedo
tendrás miedo y si piensas en la felicidad serás feliz.
-
O sea que si pienso que tengo
dinero seré rico, -esto es lo primero que escuchaba, y aunque a mí no me
pareciera muy coherente, al menos, era agradable de oír.
-
Más o menos, pero deja el
tema del dinero ahora, piensa en que sucedería si te amaras.
-
No sé, -realmente no tenía la
menor idea de que podía pasar.
-
Piensa, por ejemplo, en el
amor que sentías por tus padres. ¿Cuáles eran las consecuencias de ese amor? –y
sin esperar mi respuesta continuó con su exposición- no solo no querías que les
ocurriera nada, sino que deseabas lo mejor para ellos, ¿es así?
Tengo muy claro yo no soy
responsable de ninguno de los pensamientos que llegan a mi cerebro, estos
llegan y punto. Yo no soy consciente de traerlos, salvo esos pensamientos que
yo busco, con los que intento solucionar algún problema o planificar algún
aspecto de mi vida. El resto de pensamientos, el 99%, aparecen de manera
atropellada, uno tras otro, sin dejarse espacio entre ellos hasta que, ¡incauto
de mí!, me quedo enganchado a alguno, casi siempre negativo, y comienzo con él
una relación de camaradería, como si fuera mi confidente o mi amigo del alma,
con el objetivo, creo yo, de buscar alguna solución que mejore la situación
presentada por el pensamiento y, sin embargo, lo que se genera en una condición
más abrupta y negativa que la que el pensamiento había presentado en su primera
aparición.
No sé dónde pueden estar con
anterioridad, ni por qué extraña circunstancia aparecen en mi cerebro.
Artur Powell explica en sus
libros “El cuerpo mental” y “El cuerpo astral”, que los pensamientos son como
nubecillas de energía que moran en el cuerpo mental, que es la tercera capa del
aura, y que se activan para deslizarse, a través del aura, hasta el cerebro,
para su manifestación.
Las razones para la activación
de los pensamientos pueden ser muy variadas, la visión de un cuadro, escuchar
una canción, una conversación entre dos personas, el encuentro con algún
conocido, etc. A partir del momento en que aparece ese pensamiento es donde
comienza la responsabilidad de la persona para mantenerlo en el cerebro o
eliminarlo.
La “única” manera de eliminar
un pensamiento es quitándole la energía, y se le quita la energía cuando, de
manera consciente se cambia de pensamiento. Este es un acto de la voluntad.