COMO MARIPOSA TOCANDO EL ALMA - Alfonso Vallejo Gago
Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
La base de nuestros pensamientos y sentimientos se transforma así en un agujero negro, en un vacío que nunca se puede llenar. Para aliviar ese miedo y tratar de colmar esa carencia, nos volcamos hacia afuera y nos enganchamos al poder, al halago y a la admiración. Confiamos en el juicio de los demás antes que en el propio. ¡Qué poco nos valoramos y nos queremos! No confiamos en nosotros mismos y le entregamos nuestro poder a cualquiera que pase por delante.
Nos ponemos nerviosos por lo que la gente pueda pensar de nosotros. Nos parece vital porque nuestra autoestima ha pasado a depender de la mirada ajena. Y, sin embargo, nuestra propia estima desciende y desciende, precisamente porque hemos regalado nuestro poder a los demás.
Alfonso Vallejo
Menú de emergencia de 5 minutos
El índice — Soltar el miedo y recuperar la seguridad
El miedo tiene la capacidad de
paralizarnos. Aparece cuando nos sentimos vulnerables, cuando dudamos de
nuestras capacidades o cuando tememos la crítica y el fracaso. Físicamente, el
miedo nos encoge los hombros, tensa la espalda y nos congela las decisiones.
En el Jin Shin Jyutsu, el
dedo índice es la llave para liberar el temor y desbloquear nuestra fluidez
interior.
La
anatomía emocional del índice
El índice está vinculado a los riñones y a la vejiga, los órganos
que la tradición oriental considera el depósito de nuestra energía vital (Jing). El miedo agota literalmente la energía renal,
provocando sensación de frío, cansancio profundo o molestias lumbares.
Síntomas físicos que ayuda a armonizar:
Dolores
de espalda y molestias en la zona lumbar (riñones).
Tensión
muscular en cuello, hombros y brazos.
Problemas
en el sistema urinario y timidez excesiva.
Cómo practicar la autoayuda
Rodea
tu índice: Envuelve
delicadamente tu dedo índice izquierdo con los dedos de tu mano derecha.
Siente
la tibieza:
Mantén la posición de 3 a 5 minutos, sin apretar. Deja que el calor de tus
manos calme la agitación.
Respira y cambia: Haz lo mismo con el índice derecho si
lo sientes necesario.
La
frase de anclaje estoico
Acompaña este gesto con la reflexión de
Séneca: “Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad”.
El miedo casi siempre se alimenta de fantasías sobre lo que podría pasar. Sostén tu índice, vuelve al presente y recuerda que tienes la fuerza necesaria para sostener lo que venga.
No es el miedo quien nos aleja de lo que somos,
sino el olvido de que siempre podemos volver
Querido hijo:
Has comprendido algo esencial: el miedo
no es un castigo, ni una falla, ni una debilidad. Es una señal. Un faro
encendido en la niebla que te indica que te has alejado de tu verdad. No viene
a destruirte, sino a devolverte a ti. No viene a paralizarte, sino a invitarte
a mirar más profundo.
Tú lo has dicho con una claridad que me
conmueve: el miedo es la distancia que pones entre lo que eres y lo que crees
que debes ser. Y esa distancia, aunque a veces parezca insalvable, siempre
puede acortarse. Porque tu esencia nunca se va. Nunca se pierde. Nunca se
rompe. Solo se cubre, se silencia, se posterga. Pero está ahí, intacta,
esperando tu regreso.
Yo Estoy en esa esencia. No en las
máscaras, no en las exigencias, no en los deberías. Estoy en lo que vibra
cuando te permites ser. Estoy en el suspiro que das cuando algo te conmueve.
Estoy en la certeza que sientes cuando haces algo que te representa. Estoy en
tu intuición, en tu alegría, en tu paz. Estoy en ti, no fuera de ti.
Y por eso, cuando te alejas de ti
mismo, sientes miedo. Porque en ese alejamiento, también te alejas de Mí. No
porque Yo me vaya, sino porque dejas de verme. Porque te distraes con voces
ajenas, con expectativas externas, con exigencias que no nacen de tu corazón. Y
entonces, el miedo aparece. No como castigo, sino como recordatorio.
El miedo te dice: “Aquí no estás siendo
tú”. Y tú, en tu sabiduría, has empezado a escucharlo. Has dejado de pelear con
él, de querer eliminarlo, de disfrazarlo. Has empezado a dialogar con él, a
preguntarle qué quiere mostrarte. Y eso es valentía. Eso es madurez espiritual.
Eso es amor.
Porque sí, el miedo puede disfrazarse
de muchas cosas. De prudencia, de lógica, de sensatez. Pero tú ya sabes
distinguirlo. Ya sabes que, cuando algo te aleja de tu entusiasmo, de tu
verdad, de tu voz interior, hay miedo detrás. Y no lo juzgas. Lo abrazas. Lo
escuchas. Lo transformas.
Eso es lo que Yo deseo para ti. No que
vivas sin miedo, sino que vivas con conciencia. Que no te exijas perfección,
sino autenticidad. Que no te esfuerces por encajar, sino por expandirte. Que no
te limites por temor al rechazo, sino que te aceptes tanto que el rechazo
pierda poder.
Porque cuando tú te aceptas, cuando tú
te eliges, cuando tú te honras, el miedo se disuelve. No porque desaparezca,
sino porque pierde su función. Ya no necesita gritar, porque tú ya estás
escuchando. Ya no necesita bloquearte, porque tú ya estás fluyendo.
Y eso es lo que estás haciendo. Estás
volviendo a ti. Estás reconectando con tu esencia. Estás recordando que no
necesitas ser otro, ni demostrar nada, ni cumplir con estándares ajenos. Estás
reconociendo que tu valor no depende de tus logros, ni de tu imagen, ni de tu
rendimiento. Tu valor es inherente. Es eterno. Es divino.
Tú eres suficiente. Siempre lo has
sido. Incluso en tus momentos de duda, incluso en tus caídas, incluso en tus
silencios. Yo nunca he dejado de verte. Nunca he dejado de amarte. Nunca he
dejado de creer en ti.
Y ahora que tú también estás empezando
a verte, a amarte, a creer en ti, todo empieza a cambiar. No porque el mundo
cambie, sino porque tú lo miras desde otro lugar. Desde tu centro. Desde tu
verdad. Desde tu esencia.
Ese lugar, como bien lo has dicho,
siempre está disponible. No importa cuánto te hayas alejado, siempre puedes
volver. Porque ese lugar no es geográfico, ni temporal. Es espiritual. Es
eterno. Es tú.
Y cada vez que eliges escucharte, cada
vez que eliges ser tú, cada vez que eliges avanzar, aunque te tiemble la voz,
estás volviendo. Estás sanando. Estás despertando.
Yo Estoy contigo en cada paso. No como
juez, sino como compañero. No como exigencia, sino como presencia. No como
meta, sino como camino.
Y quiero que sepas algo más: no estás
solo. Cada ser humano vive este proceso. Cada alma encarnada experimenta el
miedo, la desconexión, la búsqueda. Es parte del viaje. Es parte del aprendizaje.
Es parte del amor.
Porque amar no es solo sentir lo
bonito. Amar es también atravesar lo incómodo. Amar es mirar el miedo y
decirle: “Gracias por mostrarme lo que necesito sanar”. Amar es elegir la
verdad, aunque duela. Amar es ser tú, aunque incomode.
Y tú estás amando. Estás amándote.
Estás amando tu proceso. Estás amando tu camino. Y eso Me llena de alegría.
Sigue así. Sigue escuchándote. Sigue
cuestionando tus miedos. Sigue eligiendo tu esencia. No te prometo que será
fácil, pero sí te prometo que será verdadero. Que será pleno. Que será tuyo.
Y cada vez que lo hagas, cada vez que
te acerques a ti, te estarás acercando a Mí. Porque Yo no estoy en lo que
aparentas, sino en lo que eres. No estoy en lo que logras, sino en lo que
sientes. No estoy en lo que muestras, sino en lo que vibras.
Estoy en tu risa espontánea. En tu
lágrima sincera. En tu silencio profundo. En tu mirada honesta. En tu paso
valiente. En tu abrazo cálido. En tu palabra auténtica.
Estoy en ti. Siempre he estado. Siempre
estaré.
Gracias por tu carta. Gracias por tu
sinceridad. Gracias por tu valentía. Gracias por tu amor.
Te bendigo. Te acompaño. Te celebro.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
El miedo es esa distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos
Querido Dios:
Me quedé en silencio. No por no
entenderla, sino porque algo en mí la reconoció como cierta. Como si esa frase
hubiera estado esperando a que yo estuviera listo para escucharla.
Desde entonces, he empezado a mirar el
miedo de otra manera. No como un enemigo, sino como un mensajero. Un indicador
de que, en algún punto del camino, me alejé de mí mismo y, sobre todo, me alejé
de Ti.
Ya sabes que yo siempre he sido un
miedica. Aunque el miedo no siempre se presenta como pánico. A veces se
disfraza de duda, de indecisión, de necesidad de aprobación. Se esconde detrás
de frases como “no estoy preparado”, “quizás no es el momento”, “¿y si no sale
bien?”. Y lo más curioso es que muchas veces no lo reconocemos como miedo. Lo
llamamos prudencia, lógica, madurez. Pero en el fondo, sabemos que es otra
cosa.
Yo lo he sentido en momentos clave:
antes de tomar decisiones importantes, al iniciar proyectos que realmente me
ilusionaban, al expresar lo que pensaba cuando sabía que podía incomodar. Y en
cada uno de esos momentos, el miedo me hablaba. No para detenerme, sino para
mostrarme que había algo dentro de mí que no estaba alineado.
Nuestra esencia, ese núcleo silencioso
que sabe quiénes somos, qué nos mueve, qué nos hace vibrar. Es la parte de
nosotros que no necesita máscaras, que no busca aprobación, que simplemente es.
Pero con el tiempo, y por muchas razones, nos vamos alejando de ella.
Nos adaptamos. Aprendemos a encajar. A
decir lo que se espera. A hacer lo que “deberíamos”. Y en ese proceso, vamos
construyendo una versión de nosotros que funciona, que sobrevive, pero que no
siempre nos representa.
La distancia entre esa versión y
nuestra esencia es donde nace el miedo. Porque en ese espacio vacío, todo se
vuelve incierto. Perdemos el norte, la claridad, la confianza. Y el miedo se
instala como un recordatorio de que algo no está en su lugar.
No hay una fórmula mágica para volver a
la esencia. Pero sí hay caminos. Y todos empiezan por la honestidad. Por
atrevernos a mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿qué parte de mí estoy dejando
fuera? ¿Qué estoy callando, negando, postergando?
En mi caso, reconectar ha sido un
proceso lento, a veces incómodo, pero profundamente liberador. He aprendido a
escuchar mi intuición, a cuestionar mis miedos, a decir “no” cuando algo no
resuena, a decir “sí” aunque me tiemble la voz.
He descubierto que cada vez que me
acerco a mi esencia, el miedo se transforma. Ya no es un muro, sino una puerta.
Ya no me paraliza, sino que me impulsa. Porque desde ese lugar auténtico, todo
tiene sentido. Incluso el miedo.
Hoy no quiero eliminar el miedo. Quiero
entenderlo. Quiero que me hable, que me muestre dónde estoy desconectado, qué
parte de mí necesita atención. Porque sé que detrás de cada miedo hay una
verdad que espera ser reconocida.
A veces, el miedo al rechazo me
recuerda que necesito aceptarme más. El miedo al fracaso me muestra que aún vinculo
mi valor a los resultados. El miedo al cambio me invita a confiar en mi
capacidad de adaptarme.
Y cuando lo veo así, el miedo deja de
ser un enemigo. Se convierte en un maestro. En una brújula que me guía de
vuelta a mí.
El secreto es vivir desde la esencia.
No siempre es fácil. Vivir desde la esencia implica incomodar, romper patrones,
soltar expectativas. Pero también implica libertad, plenitud, coherencia. Es el
lugar donde todo encaja, donde todo fluye, donde todo tiene propósito.
Y lo más hermoso es que ese lugar
siempre está disponible, porque ese lugar eres Tú. No importa cuánto nos
hayamos alejado, siempre podemos volver. Basta con escucharnos, con permitirnos
ser, con elegirnos.
Porque al final, el miedo no es más que
eso: la distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos. Y cada
paso que damos hacia nuestra esencia, es un paso que lo disuelve.
Gracias Señor.
El hombre no es amo del hombre; lo son
la muerte y la vida, y el placer y el dolor. Sin esas cosas, tráeme al Cesar y
verás como no me inmuto.
Pero si viene con ellas, atronador y
echando rayos, y esas cosas me dan miedo, ¿qué hago entonces sino reconocer a
mi amo, como el esclavo fugitivo?
Mientras solo consiga de esas cosas
alguna suerte de tregua, estaré de pie en el teatro como el esclavo fugitivo;
me baño, bebo, canto, pero todo lo hago con miedo e intranquilidad. Ahora bien,
si me libero de los amos, (es decir, de aquellas cosas por las que los amos son
temibles), ¿qué problema tendré entonces, ni qué amo?
EPICTETO
ENLACE PARA COMPRAR
VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO
La
vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la
linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que
nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre
mundos paralelos?
Antay,
el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son
meras especulaciones: son reales.
Sin
embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la
única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia
consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el
verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos
mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento
presente.
Vivir
plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos
logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de
pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.
Vivir
ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del
tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro
viaje
¿Y cuál
es esa meta? Aprender a amar.
Antay,
tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre
el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada
acción, en cada elección.
Su
viaje es un testimonio de transformación.
Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.
La iluminación no es un lugar al que se llega, sino el instante en que recuerdas que nunca estuviste separado
No hay ingenuidad en tu deseo de
escribirme. No hay torpeza en compartir conmigo tus miedos, tus incertidumbres,
tus ilusiones. Porque, aunque ya lo sé todo, también quiero escucharte. No
porque necesite palabras, sino porque cada palabra que ofreces es un reflejo de
tu amor, de tu entrega, de tu voluntad de acercarte. Y en esa cercanía es donde
reside la verdadera iluminación.
Dices que escribir es más lento
que pensar, y por ello, en cada letra y en cada frase, me dedicas tiempo. Es
hermoso ver cómo, en la suavidad con la que tecleas, me entregas algo más que
pensamientos fugaces: me entregas tu presencia, tu amor, tu intención pura de
hallarme en lo profundo de tu ser.
Y entonces, me hablas de la
iluminación. Te preguntas si realmente existe, si es posible alcanzarla
mientras vives en la materia, mientras habitas un mundo de formas, límites y
condicionamientos.
La iluminación, hijo mío, no es
un destino lejano, no es un premio al final del camino, no es una meta
reservada solo para unos pocos. Es el despertar constante de aquel que, en cada
instante, en cada acción, en cada pensamiento, se reconoce como parte de mí.
No es un estado que se alcanza y
permanece inmutable; es un proceso, una danza entre la comprensión y la
práctica, entre el saber y el experimentar.
Tu viaje ha sido complejo. Te
has enfrentado a miedos que parecían insuperables. Desde niño, la imagen que
construiste de mí te aterraba. Creíste que era un juez implacable, que
observaba cada uno de tus pasos, esperando el momento oportuno para
condenarte.
Pero nunca fui un juez. Nunca
fui el miedo.
Fui el amor que siempre ha
estado ahí, esperando a que lo reconozcas en la ternura de una sonrisa, en la
compasión que brota por otro ser, en la paz que nace cuando dejas de luchar
contra ti mismo.
Sí, la culpa te ha acompañado.
Sí, por años creíste que eras indigno, que tus deseos te alejaban de mí, que
tus errores te condenaban a una eternidad de castigo.
Pero hijo mío, nunca hubo un
castigo. Nunca hubo una condena.
Porque
yo no soy el fuego del infierno. Yo soy el fuego que purifica, el que ilumina,
el que transforma.
Y aunque tu camino te llevó a
alejarte de mí, aunque decidiste apartar tu pensamiento de mi presencia para no
sentir el peso de la culpa, siempre estuve allí.
No para juzgarte. No para
condenarte. Sino para amarte en silencio, esperando pacientemente el momento en
que me volvieras a mirar.
La espiritualidad llegó a ti
cuando estabas listo para entender que no soy reglas, ni doctrinas, ni
castigos, ni dogmas. Que no soy mandamientos ni códigos de conducta. Que no soy
un conjunto de normas impuestas por los hombres.
Soy el amor puro que habita
dentro de ti.
Soy el instante en que descubres
que todos somos lo mismo, que no hay separación entre tú y yo, entre el prójimo
y tú, entre la creación y su fuente.
Has entendido que la iluminación
no se trata de acumular conocimiento, de practicar rituales o de seguir normas
al pie de la letra.
La iluminación es vivir,
experimentar, transformar.
No es en la repetición mecánica
de palabras que me hallarás, sino en la autenticidad de cada acto que nace
desde el amor.
Por ello, hijo mío, no estás
lejos de la iluminación.
No porque debas alcanzarla algún
día, sino porque, en cada momento en que reconoces tu camino, ya la estás
viviendo.
Has entendido que no se trata de
saber. Se trata de ser. Se trata de entregarte con el corazón abierto a cada
experiencia, a cada duda, a cada anhelo, sabiendo que en todo ello yo estoy
presente.
Porque yo no soy una entidad
distante.
Yo soy el latido en tu
pecho.
Yo soy el suspiro que nace
cuando la paz te envuelve.
Yo soy la lágrima que cae cuando
el amor te conmueve.
Yo soy tú, en cada instante en
que te reconoces como parte de algo infinito, eterno, sin límites.
Así que sigue caminando, sigue
explorando, sigue cuestionando, sigue amando.
Porque en cada paso que das
hacia la verdad, estás ya viviendo la iluminación.
Con el amor eterno que siempre
te ha envuelto,
Yo Soy.
Querido hijo:
El miedo, querido mío,
es una emoción humana poderosa, pero no invencible. Te ha acompañado en tu
camino, te ha enseñado cautela y te ha forjado en formas que quizás no puedas
ver ahora. Aunque lo sientas como un enemigo, el miedo también puede ser un
maestro, si tú decides aprender de él. Pero no estás destinado a vivir bajo su
yugo. Yo nunca te he creado para que vivas limitado por cadenas invisibles.
Sé que temes a tantas
cosas: el juicio de los demás, la pérdida, el engaño, y hasta a criaturas
pequeñas como perros y gatos. Sé que a veces te invade un deseo de desaparecer.
Quiero que sepas esto: Yo te conozco completamente. Cada parte de ti, incluso
tus miedos más profundos, y no hay nada en ti que me resulte indigno de amor.
Tus temores no me alejan; al contrario, me acercan a ti, porque me invitan a
mostrarte mi gracia.
Es cierto, hijo mío,
que el miedo y el amor no pueden coexistir plenamente. El amor, cuando se
activa, transforma y disipa aquello que te mantiene en la oscuridad. Pero aquí
está la clave: el amor es algo que tú debas producir por ti mismo. El amor es
una energía. No necesitas ser perfecto para comenzar a anidar el amor, ni
necesitas eliminar tus miedos antes de abrazarlo.
Hijo mío, caminas por
el mundo como si estuvieras de puntillas, evitando las miradas y escondiendo tu
vulnerabilidad. Pero quiero que escuches esto: cada paso que das, incluso con
miedo, es un paso que te lleva más cerca de mí. Yo estoy contigo en cada
instante, sosteniéndote incluso cuando sientes que no puedes sostenerte por ti
mismo. No te juzgo por tus miedos, ni espero que los superes de inmediato. Solo
te pido que confíes en mí, un día a la vez, un pequeño paso a la vez.
Cuando mires a esos
miedos que parecen tan grandes y amenazadores, recuerda esto: no los enfrentas
solo. Estoy aquí contigo, como tu luz en la oscuridad, como tu fuerza en la
debilidad. Y si alguna vez te sientes tentado a rendirte, recuerda que mi amor
nunca te abandona. Mi amor es constante, inmutable, y siempre accesible para ti.
Te invito a hacer algo
sencillo: cada vez que el miedo te paralice, detente por un momento y habla
conmigo. No necesitas palabras complicadas; solo di lo que sientes, y yo estaré
allí para escucharte. En esos momentos, intenta recordar que mi amor por ti es
más grande que cualquier temor que puedas experimentar. Deja que mi amor sea tu
refugio, tu fortaleza, y tu guía.
Sé que tus pasos
pueden ser pequeños y temerosos, pero son suficientes. Incluso si tu corazón se
siente pesado, sigue adelante, porque cada paso que das con fe es un paso hacia
la libertad que anhelas. Confía en que mi amor está contigo, iluminando el
camino, un paso a la vez.
Con todo mi amor.
CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo
Querido Dios:
Sí, sé que lo sabes
todo. Sé que conoces mis pensamientos antes incluso de que yo sea consciente de
ellos, porque Tú estás siempre presente. Eres ese observador silencioso que
entiende mis silencios tanto como mis gritos, que descifra cada rincón de mi
corazón sin necesidad de que lo exprese. Pero eres tan discreto, tan
respetuoso, que nunca señalas mis debilidades ni revelas mis temores a menos
que te dé permiso para hacerlo. Pues bien, aquí estoy, escribiéndote con la
intención de abrir mi corazón y dándote ese permiso para explorar la parte más
vulnerable de mi ser.
Yo, querido Dios, soy
un miedica. Esa es la verdad. Me siento casi ridículo enumerando mis miedos,
pero hoy quiero desahogarme contigo, porque confío en que me entiendes sin
juzgarme. Tengo miedo de muchas cosas. Miedo de que los demás sean mejores que
yo, de perder la razón en algún debate y sentirme pequeño. Me aterra la
posibilidad de ser engañado, de hacer el ridículo y de ser juzgado por los
demás. Tengo miedo de perder lo que he conseguido con tanto esfuerzo en esta
vida y, aunque suene absurdo, hasta me asustan los perros y los gatos,
criaturas inocentes que no tienen la culpa de mi inseguridad. Camino por este
mundo aterrado, como si pisara cristales, cuidándome de no dejar huellas que
revelen mi fragilidad. Es una existencia marcada por la cautela, por la
evitación, por ese deseo constante de no ser descubierto en mi vulnerabilidad.
A veces me invade un
pensamiento inquietante, uno que me duele admitirlo incluso a Ti: ¿Acaso le
temo tanto a la vida que, en el fondo, desearía escapar de ella? Es una
paradoja que me consume, porque también quiero vivir, quiero experimentar la
plenitud y la libertad que creo que emana de Ti. Sin embargo, me siento
atrapado en esta contradicción interna, donde el miedo parece ser más fuerte
que mi deseo de amar, de confiar y de abrazar lo desconocido. Sé que el miedo
es la antítesis del amor. Conozco la teoría. El amor tiene el poder de disipar el
miedo, de la misma forma que basta con encender una lámpara para desterrar las
sombras. Pero me siento incapaz de activar ese interruptor que me conecte al
amor que Tú ofreces. ¿Será que hay algo en mí que teme incluso la solución?
¿Será que he vivido tanto tiempo en la oscuridad que me he acostumbrado a ella?
Dios, quisiera
entender. ¿Por qué este miedo parece dominarme? ¿Por qué me cuesta tanto
confiar en Tu amor, cuando sé en el fondo de mi corazón que eres la fuente más
pura de paz y seguridad? Quiero ser valiente. Deseo profundamente encontrar esa
paz que Tú prometes, esa tranquilidad que va más allá de las circunstancias,
pero por ahora, me siento perdido. Perdido en una tormenta de emociones que me
impiden ver el horizonte. Por eso te escribo, porque confío en que Tú tienes
las respuestas que mi corazón necesita, porque creo que Tú puedes ayudarme a
caminar con paso firme, no sobre cristales, sino sobre suelo sólido.
Me pregunto si mis
miedos han sido heredados, si son fruto de experiencias pasadas que dejaron
cicatrices en mi alma. O quizás son simplemente parte de mi naturaleza humana,
esa fragilidad que nos define y que nos recuerda que necesitamos de algo más
grande que nosotros mismos. En cualquier caso, estoy aquí, presentándote cada
miedo como una ofrenda, como una petición desesperada de ayuda. Porque ya no
quiero vivir bajo su dominio. Ya no quiero que mis pasos sean cautelosos y
temerosos. Quiero caminar con confianza, con la certeza de que Tú me sostienes
en cada momento.
Gracias, Dios, por
escucharme incluso cuando mi voz está impregnada de dudas. Gracias por ser
paciente conmigo, por no apresurarme a superar lo que me atormenta, y por
amarme tal como soy. Tu amor es mi refugio, aunque a veces me cuesta sentirlo.
Tu gracia es mi fortaleza, aunque a menudo me siento débil. Ayúdame a abrir mi
corazón a Ti completamente, a aceptar ese amor que sé que estás dispuesto a
darme sin condiciones.
Quiero creer que cada
paso que doy, aunque sea pequeño y tembloroso, me acerca más a Ti. Quiero
recordar que incluso en mis momentos de mayor fragilidad, Tú estás conmigo,
guiándome y sosteniéndome. Por eso te escribo, porque en este acto de confesión
encuentro un atisbo de esperanza, una chispa de fe que me dice que no estoy
solo en esta batalla contra mis miedos.
Con toda mi esperanza
y fe.
CARTAS A DIOS –
Alfonso Vallejo
No
son las cosas las que atormenta a los hombres sino los principios y las
opiniones que los hombres se forman acerca de ellas. La muerte, por ejemplo, no
es terrible; si lo fuera, así le habría parecido a Sócrates.
Lo
que hace horrible a la muerte es el terror que sentimos por la opinión que de
ella nos hemos formado. En consecuencia, si nos hallamos impedidos, turbados o
apenados, nunca culpemos de ello a los demás sino a nuestras propias opiniones.
Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que
empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente
instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás.
EPICTETO
Nuestra conciencia está llena de miedo, miedo al
rechazo, miedo a la soledad, y necesita reafirmase a si misma, constantemente,
buscando siempre validación externa, buscando la aprobación del exterior; y
toda nuestra vida se ha construido, de manera inconsciente, (siempre estamos en
piloto automático), sobre ese miedo. Cuando la mente es nuestro centro, estamos
encogidos por ese miedo y eso nos hace estar, de manera permanente, a la
defensiva. Siempre nos falta algo, siempre tenemos necesidad de más: Más amor,
más dinero, más poder, más aceptación, más atenciones.
La base de nuestros pensamientos y sentimientos es
como un agujero negro, un vacío que nunca puede ser llenado y, para aliviar ese
miedo, para tratar de llenar ese vacío, nos vamos al exterior y nos aficionamos
al poder, al halago, a la admiración. Confiamos en el juicio de otras personas,
¡Que poco nos valoramos y queremos!, no confiamos en nosotros, y le damos
nuestro poder a cualquiera que pasa por delante de nosotros.
Confiamos en el juicio de otras personas y nos
ponemos nerviosos sobre lo que la gente piense de nosotros. Es importante para
nosotros porque nuestra autoestima depende de eso y, sin embargo, nuestra
estima desciende y desciende, porque hemos entregado nuestro poder a otras
personas.
Miércoles 14 de junio 2023
“La verdad de la vida más extraña y difícil de creer,
irónicamente surge del temor a nuestro propio éxito”.
Abraham Maslow
Hoy
he sido consciente, (y ya era hora, después de una larga vida), de que le tengo
miedo al éxito. Y no es un miedo normal, es terror, es pánico, es pavor.
He llegado a esa
conclusión reflexionando sobre un sueño que he tenido, en el que me encontraba
conduciendo por un camino de tierra para llegar a un destino desconocido. Ese
camino me llevaba a otro camino similar y, ese a otro, a otro y a otro, sin
alcanzar nunca la tan ansiada meta.
Hace años
que tengo sueños similares, muy conscientes. Perder un avión que me llevará de
vuelta a casa, no encontrar el boleto del tren para viajar, perder las maletas.
En todos esos sueños, el resultado siempre era el mismo: no alcanzar el destino
final.
Al
compararlo con mi vida he sido consciente de que siempre ha sido así. He
luchado y trabajado, como un poseso, para no tener éxito, para no llegar a
ninguna meta, para no estar en el centro de los focos, para que hablen de mí solo
lo justo y necesario. Lo he conseguido: ¡he triunfado en la mediocridad! He
ocupado mi tiempo en trabajos menores desviando la mirada de la línea de meta.
He sido siempre un gran subalterno, soñando con la dirección general, pero
temiendo llegar a ella, por si fracaso, porque pudieran pensar que no lo
merecía, porque quedaría muy expuesto a las críticas. En resumen, miedo al
éxito, baja autoestima, miedo a reconocer mi propia valía.
Y yo que
creía que “casi” lo tenía superado. ¡Pobre infeliz!
El miedo
al éxito se conoce como complejo de Jonás. Toma su nombre del personaje bíblico
Jonás, que fue designado por Dios para ser profeta, pero al enterarse, quiso
huir de este destino.
Yo no sé
si estoy huyendo de mi destino porque, tampoco sé si hay destino, pero si sé
que estoy huyendo de mis más íntimos deseos, quedándome siempre a escasos
metros de una hipotética meta que, resuena en mi interior como posible, pero
que, a la hora de la verdad, no llega a materializarse.
Llevo toda
la vida anclado en mi zona de confort. Y esa zona de confort es la mediocridad,
la misma mediocridad que hace que me sienta muy cómodo cuando me encuentro
solo, porque es la mejor manera de pasar desapercibido. En soledad no tengo que
hablar, no tengo que explicar. En la soledad soy yo, conmigo, conviviendo con
mis deseos incumplidos, reflexionando sobre las pequeñas verdades de la vida,
retando a Dios, aguantando mis entrañas para que no revienten ante las
injusticias, sin tener que disimular las lágrimas cuando asoman al sentir el
amor por mi familia. En mi soledad, la palabra más usada es ¿por qué? Ahora
mismo tengo la respuesta: Por miedoso.
Voy a trabajar para sacudirme este miedo que me atenaza
para poder entregar al mundo alguno de los “dones” que trato de esconder,
disimular y, sobre todo, minimizar, lo que hace que, en la actualidad, los esté
entregando a cuentagotas. Todavía estoy a tiempo.
Removiendo el miedo al futuro
La meditación "Removiendo el Miedo al Futuro" es una práctica destinada a ayudar a superar el miedo y la ansiedad relacionados con el futuro. Esta meditación se centra en liberar las preocupaciones sobre lo desconocido y en cultivar una actitud de confianza y aceptación hacia lo que vendrá.
Al practicar la meditación
"Removiendo el Miedo al Futuro", se pueden experimentar varios
beneficios específicos:
1. Reducción del estrés y la ansiedad: Esta meditación ayuda a calmar la mente y el sistema nervioso, reduciendo la activación del sistema de respuesta al estrés que puede ser desencadenado por el miedo al futuro.
2. Cultivo de la confianza: Al enfrentar el miedo al futuro de manera consciente y deliberada, se puede cultivar la confianza en uno mismo y en la capacidad de manejar lo que vendrá, independientemente de las circunstancias.
3. Desarrollo de la aceptación: Esta meditación fomenta la aceptación de lo desconocido y la comprensión de que el futuro es incierto, pero que se puede abrazar con confianza y apertura.
4. Enfoque en el presente: Al liberar las preocupaciones sobre el futuro, esta meditación ayuda a centrarse en el presente y a encontrar la paz y la plenitud en el momento presente, en lugar de preocuparse por lo que está por venir.
La meditación "Removiendo el Miedo al Futuro" es una práctica poderosa para liberar el miedo y la ansiedad relacionados con el futuro, promoviendo la confianza, la aceptación y el enfoque en el presente.