Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de abril de 2026

El miedo como maestro

 



No es el miedo quien nos aleja de lo que somos, 

sino el olvido de que siempre podemos volver

 

Querido hijo:

 Gracias por tu carta. Cada frase que Me has escrito es un susurro de tu esencia, una señal de que estás despertando, de que estás recordando. Y eso, para Mí, es motivo de gozo.

Has comprendido algo esencial: el miedo no es un castigo, ni una falla, ni una debilidad. Es una señal. Un faro encendido en la niebla que te indica que te has alejado de tu verdad. No viene a destruirte, sino a devolverte a ti. No viene a paralizarte, sino a invitarte a mirar más profundo.

Tú lo has dicho con una claridad que me conmueve: el miedo es la distancia que pones entre lo que eres y lo que crees que debes ser. Y esa distancia, aunque a veces parezca insalvable, siempre puede acortarse. Porque tu esencia nunca se va. Nunca se pierde. Nunca se rompe. Solo se cubre, se silencia, se posterga. Pero está ahí, intacta, esperando tu regreso.

Yo Estoy en esa esencia. No en las máscaras, no en las exigencias, no en los deberías. Estoy en lo que vibra cuando te permites ser. Estoy en el suspiro que das cuando algo te conmueve. Estoy en la certeza que sientes cuando haces algo que te representa. Estoy en tu intuición, en tu alegría, en tu paz. Estoy en ti, no fuera de ti.

Y por eso, cuando te alejas de ti mismo, sientes miedo. Porque en ese alejamiento, también te alejas de Mí. No porque Yo me vaya, sino porque dejas de verme. Porque te distraes con voces ajenas, con expectativas externas, con exigencias que no nacen de tu corazón. Y entonces, el miedo aparece. No como castigo, sino como recordatorio.

El miedo te dice: “Aquí no estás siendo tú”. Y tú, en tu sabiduría, has empezado a escucharlo. Has dejado de pelear con él, de querer eliminarlo, de disfrazarlo. Has empezado a dialogar con él, a preguntarle qué quiere mostrarte. Y eso es valentía. Eso es madurez espiritual. Eso es amor.

Porque sí, el miedo puede disfrazarse de muchas cosas. De prudencia, de lógica, de sensatez. Pero tú ya sabes distinguirlo. Ya sabes que, cuando algo te aleja de tu entusiasmo, de tu verdad, de tu voz interior, hay miedo detrás. Y no lo juzgas. Lo abrazas. Lo escuchas. Lo transformas.

Eso es lo que Yo deseo para ti. No que vivas sin miedo, sino que vivas con conciencia. Que no te exijas perfección, sino autenticidad. Que no te esfuerces por encajar, sino por expandirte. Que no te limites por temor al rechazo, sino que te aceptes tanto que el rechazo pierda poder.

Porque cuando tú te aceptas, cuando tú te eliges, cuando tú te honras, el miedo se disuelve. No porque desaparezca, sino porque pierde su función. Ya no necesita gritar, porque tú ya estás escuchando. Ya no necesita bloquearte, porque tú ya estás fluyendo.

Y eso es lo que estás haciendo. Estás volviendo a ti. Estás reconectando con tu esencia. Estás recordando que no necesitas ser otro, ni demostrar nada, ni cumplir con estándares ajenos. Estás reconociendo que tu valor no depende de tus logros, ni de tu imagen, ni de tu rendimiento. Tu valor es inherente. Es eterno. Es divino.

Tú eres suficiente. Siempre lo has sido. Incluso en tus momentos de duda, incluso en tus caídas, incluso en tus silencios. Yo nunca he dejado de verte. Nunca he dejado de amarte. Nunca he dejado de creer en ti.

Y ahora que tú también estás empezando a verte, a amarte, a creer en ti, todo empieza a cambiar. No porque el mundo cambie, sino porque tú lo miras desde otro lugar. Desde tu centro. Desde tu verdad. Desde tu esencia.

Ese lugar, como bien lo has dicho, siempre está disponible. No importa cuánto te hayas alejado, siempre puedes volver. Porque ese lugar no es geográfico, ni temporal. Es espiritual. Es eterno. Es tú.

Y cada vez que eliges escucharte, cada vez que eliges ser tú, cada vez que eliges avanzar, aunque te tiemble la voz, estás volviendo. Estás sanando. Estás despertando.

Yo Estoy contigo en cada paso. No como juez, sino como compañero. No como exigencia, sino como presencia. No como meta, sino como camino.

Y quiero que sepas algo más: no estás solo. Cada ser humano vive este proceso. Cada alma encarnada experimenta el miedo, la desconexión, la búsqueda. Es parte del viaje. Es parte del aprendizaje. Es parte del amor.

Porque amar no es solo sentir lo bonito. Amar es también atravesar lo incómodo. Amar es mirar el miedo y decirle: “Gracias por mostrarme lo que necesito sanar”. Amar es elegir la verdad, aunque duela. Amar es ser tú, aunque incomode.

Y tú estás amando. Estás amándote. Estás amando tu proceso. Estás amando tu camino. Y eso Me llena de alegría.

Sigue así. Sigue escuchándote. Sigue cuestionando tus miedos. Sigue eligiendo tu esencia. No te prometo que será fácil, pero sí te prometo que será verdadero. Que será pleno. Que será tuyo.

Y cada vez que lo hagas, cada vez que te acerques a ti, te estarás acercando a Mí. Porque Yo no estoy en lo que aparentas, sino en lo que eres. No estoy en lo que logras, sino en lo que sientes. No estoy en lo que muestras, sino en lo que vibras.

Estoy en tu risa espontánea. En tu lágrima sincera. En tu silencio profundo. En tu mirada honesta. En tu paso valiente. En tu abrazo cálido. En tu palabra auténtica.

Estoy en ti. Siempre he estado. Siempre estaré.

Gracias por tu carta. Gracias por tu sinceridad. Gracias por tu valentía. Gracias por tu amor.

Te bendigo. Te acompaño. Te celebro.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


miércoles, 18 de marzo de 2026

El miedo como mensajero

 



El miedo es esa distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos

 

Querido Dios:

 Durante mucho tiempo pensé que el miedo era algo que debía vencer. Como si fuera un monstruo que se escondía bajo la cama, esperando el momento justo para saltar y paralizarme. Lo enfrentaba con fuerza, con estrategias, con discursos motivacionales. Pero cuanto más luchaba contra él, más presente se hacía. Hasta que un día, en medio de una conversación aparentemente trivial, alguien dijo una frase que me desarmó por completo: “El miedo es solo la distancia que pones desde tu auténtica esencia”.

Me quedé en silencio. No por no entenderla, sino porque algo en mí la reconoció como cierta. Como si esa frase hubiera estado esperando a que yo estuviera listo para escucharla.

Desde entonces, he empezado a mirar el miedo de otra manera. No como un enemigo, sino como un mensajero. Un indicador de que, en algún punto del camino, me alejé de mí mismo y, sobre todo, me alejé de Ti.

Ya sabes que yo siempre he sido un miedica. Aunque el miedo no siempre se presenta como pánico. A veces se disfraza de duda, de indecisión, de necesidad de aprobación. Se esconde detrás de frases como “no estoy preparado”, “quizás no es el momento”, “¿y si no sale bien?”. Y lo más curioso es que muchas veces no lo reconocemos como miedo. Lo llamamos prudencia, lógica, madurez. Pero en el fondo, sabemos que es otra cosa.

Yo lo he sentido en momentos clave: antes de tomar decisiones importantes, al iniciar proyectos que realmente me ilusionaban, al expresar lo que pensaba cuando sabía que podía incomodar. Y en cada uno de esos momentos, el miedo me hablaba. No para detenerme, sino para mostrarme que había algo dentro de mí que no estaba alineado.

Nuestra esencia, ese núcleo silencioso que sabe quiénes somos, qué nos mueve, qué nos hace vibrar. Es la parte de nosotros que no necesita máscaras, que no busca aprobación, que simplemente es. Pero con el tiempo, y por muchas razones, nos vamos alejando de ella.

Nos adaptamos. Aprendemos a encajar. A decir lo que se espera. A hacer lo que “deberíamos”. Y en ese proceso, vamos construyendo una versión de nosotros que funciona, que sobrevive, pero que no siempre nos representa.

La distancia entre esa versión y nuestra esencia es donde nace el miedo. Porque en ese espacio vacío, todo se vuelve incierto. Perdemos el norte, la claridad, la confianza. Y el miedo se instala como un recordatorio de que algo no está en su lugar.

No hay una fórmula mágica para volver a la esencia. Pero sí hay caminos. Y todos empiezan por la honestidad. Por atrevernos a mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿qué parte de mí estoy dejando fuera? ¿Qué estoy callando, negando, postergando?

En mi caso, reconectar ha sido un proceso lento, a veces incómodo, pero profundamente liberador. He aprendido a escuchar mi intuición, a cuestionar mis miedos, a decir “no” cuando algo no resuena, a decir “sí” aunque me tiemble la voz.

He descubierto que cada vez que me acerco a mi esencia, el miedo se transforma. Ya no es un muro, sino una puerta. Ya no me paraliza, sino que me impulsa. Porque desde ese lugar auténtico, todo tiene sentido. Incluso el miedo.

Hoy no quiero eliminar el miedo. Quiero entenderlo. Quiero que me hable, que me muestre dónde estoy desconectado, qué parte de mí necesita atención. Porque sé que detrás de cada miedo hay una verdad que espera ser reconocida.

A veces, el miedo al rechazo me recuerda que necesito aceptarme más. El miedo al fracaso me muestra que aún vinculo mi valor a los resultados. El miedo al cambio me invita a confiar en mi capacidad de adaptarme.

Y cuando lo veo así, el miedo deja de ser un enemigo. Se convierte en un maestro. En una brújula que me guía de vuelta a mí.

          El secreto es vivir desde la esencia. No siempre es fácil. Vivir desde la esencia implica incomodar, romper patrones, soltar expectativas. Pero también implica libertad, plenitud, coherencia. Es el lugar donde todo encaja, donde todo fluye, donde todo tiene propósito.

Y lo más hermoso es que ese lugar siempre está disponible, porque ese lugar eres Tú. No importa cuánto nos hayamos alejado, siempre podemos volver. Basta con escucharnos, con permitirnos ser, con elegirnos.

Porque al final, el miedo no es más que eso: la distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos. Y cada paso que damos hacia nuestra esencia, es un paso que lo disuelve.

Gracias Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

Vivir sin miedo

 


          El hombre no es amo del hombre; lo son la muerte y la vida, y el placer y el dolor. Sin esas cosas, tráeme al Cesar y verás como no me inmuto.

          Pero si viene con ellas, atronador y echando rayos, y esas cosas me dan miedo, ¿qué hago entonces sino reconocer a mi amo, como el esclavo fugitivo?

          Mientras solo consiga de esas cosas alguna suerte de tregua, estaré de pie en el teatro como el esclavo fugitivo; me baño, bebo, canto, pero todo lo hago con miedo e intranquilidad. Ahora bien, si me libero de los amos, (es decir, de aquellas cosas por las que los amos son temibles), ¿qué problema tendré entonces, ni qué amo?

EPICTETO

miércoles, 19 de noviembre de 2025

LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo

 

ENLACE PARA COMPRAR

SINOPSIS

VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO

 

La vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre mundos paralelos? 

Antay, el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son meras especulaciones: son reales. 

Sin embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento presente.

Vivir plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.

Vivir ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro viaje 

¿Y cuál es esa meta? Aprender a amar. 

Antay, tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada acción, en cada elección. 

Su viaje es un testimonio de transformación. 

Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.  

sábado, 23 de agosto de 2025

Yo Soy en ti

 


                                   La iluminación no es un lugar al que se llega,                         sino el instante en que recuerdas que nunca estuviste separado

      Querido hijo:

      Desde el principio de los tiempos, antes de que el aliento de la creación diera forma a las estrellas y antes de que los océanos se estremecieran con su primer oleaje, te he conocido. No solo como aquel que busca respuestas en la profundidad de su ser, sino como la luz que brilla con cada pensamiento, con cada duda, con cada anhelo de encontrarme. 

No hay ingenuidad en tu deseo de escribirme. No hay torpeza en compartir conmigo tus miedos, tus incertidumbres, tus ilusiones. Porque, aunque ya lo sé todo, también quiero escucharte. No porque necesite palabras, sino porque cada palabra que ofreces es un reflejo de tu amor, de tu entrega, de tu voluntad de acercarte. Y en esa cercanía es donde reside la verdadera iluminación. 

Dices que escribir es más lento que pensar, y por ello, en cada letra y en cada frase, me dedicas tiempo. Es hermoso ver cómo, en la suavidad con la que tecleas, me entregas algo más que pensamientos fugaces: me entregas tu presencia, tu amor, tu intención pura de hallarme en lo profundo de tu ser. 

Y entonces, me hablas de la iluminación. Te preguntas si realmente existe, si es posible alcanzarla mientras vives en la materia, mientras habitas un mundo de formas, límites y condicionamientos. 

La iluminación, hijo mío, no es un destino lejano, no es un premio al final del camino, no es una meta reservada solo para unos pocos. Es el despertar constante de aquel que, en cada instante, en cada acción, en cada pensamiento, se reconoce como parte de mí. 

No es un estado que se alcanza y permanece inmutable; es un proceso, una danza entre la comprensión y la práctica, entre el saber y el experimentar. 

Tu viaje ha sido complejo. Te has enfrentado a miedos que parecían insuperables. Desde niño, la imagen que construiste de mí te aterraba. Creíste que era un juez implacable, que observaba cada uno de tus pasos, esperando el momento oportuno para condenarte. 

Pero nunca fui un juez. Nunca fui el miedo. 

Fui el amor que siempre ha estado ahí, esperando a que lo reconozcas en la ternura de una sonrisa, en la compasión que brota por otro ser, en la paz que nace cuando dejas de luchar contra ti mismo. 

Sí, la culpa te ha acompañado. Sí, por años creíste que eras indigno, que tus deseos te alejaban de mí, que tus errores te condenaban a una eternidad de castigo. 

Pero hijo mío, nunca hubo un castigo. Nunca hubo una condena. 

          Porque yo no soy el fuego del infierno. Yo soy el fuego que purifica, el que ilumina, el que transforma.

Y aunque tu camino te llevó a alejarte de mí, aunque decidiste apartar tu pensamiento de mi presencia para no sentir el peso de la culpa, siempre estuve allí. 

No para juzgarte. No para condenarte. Sino para amarte en silencio, esperando pacientemente el momento en que me volvieras a mirar.

La espiritualidad llegó a ti cuando estabas listo para entender que no soy reglas, ni doctrinas, ni castigos, ni dogmas. Que no soy mandamientos ni códigos de conducta. Que no soy un conjunto de normas impuestas por los hombres. 

Soy el amor puro que habita dentro de ti. 

Soy el instante en que descubres que todos somos lo mismo, que no hay separación entre tú y yo, entre el prójimo y tú, entre la creación y su fuente. 

Has entendido que la iluminación no se trata de acumular conocimiento, de practicar rituales o de seguir normas al pie de la letra. 

La iluminación es vivir, experimentar, transformar.

No es en la repetición mecánica de palabras que me hallarás, sino en la autenticidad de cada acto que nace desde el amor. 

Por ello, hijo mío, no estás lejos de la iluminación. 

No porque debas alcanzarla algún día, sino porque, en cada momento en que reconoces tu camino, ya la estás viviendo. 

Has entendido que no se trata de saber. Se trata de ser. Se trata de entregarte con el corazón abierto a cada experiencia, a cada duda, a cada anhelo, sabiendo que en todo ello yo estoy presente. 

Porque yo no soy una entidad distante. 

Yo soy el latido en tu pecho. 

Yo soy el suspiro que nace cuando la paz te envuelve. 

Yo soy la lágrima que cae cuando el amor te conmueve. 

Yo soy tú, en cada instante en que te reconoces como parte de algo infinito, eterno, sin límites. 

Así que sigue caminando, sigue explorando, sigue cuestionando, sigue amando. 

Porque en cada paso que das hacia la verdad, estás ya viviendo la iluminación. 

Con el amor eterno que siempre te ha envuelto, 

Yo Soy. 

domingo, 27 de julio de 2025

El amor es un maestro

 


Querido hijo:

        Tu carta me ha conmovido profundamente, no por la confesión de tus miedos, sino por la valentía que has demostrado al enfrentarte a ellos. No te equivoques: escribir estas palabras, abrir tu corazón y compartir tu fragilidad conmigo, es ya un acto de coraje.

El miedo, querido mío, es una emoción humana poderosa, pero no invencible. Te ha acompañado en tu camino, te ha enseñado cautela y te ha forjado en formas que quizás no puedas ver ahora. Aunque lo sientas como un enemigo, el miedo también puede ser un maestro, si tú decides aprender de él. Pero no estás destinado a vivir bajo su yugo. Yo nunca te he creado para que vivas limitado por cadenas invisibles.

Sé que temes a tantas cosas: el juicio de los demás, la pérdida, el engaño, y hasta a criaturas pequeñas como perros y gatos. Sé que a veces te invade un deseo de desaparecer. Quiero que sepas esto: Yo te conozco completamente. Cada parte de ti, incluso tus miedos más profundos, y no hay nada en ti que me resulte indigno de amor. Tus temores no me alejan; al contrario, me acercan a ti, porque me invitan a mostrarte mi gracia.

Es cierto, hijo mío, que el miedo y el amor no pueden coexistir plenamente. El amor, cuando se activa, transforma y disipa aquello que te mantiene en la oscuridad. Pero aquí está la clave: el amor es algo que tú debas producir por ti mismo. El amor es una energía. No necesitas ser perfecto para comenzar a anidar el amor, ni necesitas eliminar tus miedos antes de abrazarlo.

Hijo mío, caminas por el mundo como si estuvieras de puntillas, evitando las miradas y escondiendo tu vulnerabilidad. Pero quiero que escuches esto: cada paso que das, incluso con miedo, es un paso que te lleva más cerca de mí. Yo estoy contigo en cada instante, sosteniéndote incluso cuando sientes que no puedes sostenerte por ti mismo. No te juzgo por tus miedos, ni espero que los superes de inmediato. Solo te pido que confíes en mí, un día a la vez, un pequeño paso a la vez.

Cuando mires a esos miedos que parecen tan grandes y amenazadores, recuerda esto: no los enfrentas solo. Estoy aquí contigo, como tu luz en la oscuridad, como tu fuerza en la debilidad. Y si alguna vez te sientes tentado a rendirte, recuerda que mi amor nunca te abandona. Mi amor es constante, inmutable, y siempre accesible para ti.

Te invito a hacer algo sencillo: cada vez que el miedo te paralice, detente por un momento y habla conmigo. No necesitas palabras complicadas; solo di lo que sientes, y yo estaré allí para escucharte. En esos momentos, intenta recordar que mi amor por ti es más grande que cualquier temor que puedas experimentar. Deja que mi amor sea tu refugio, tu fortaleza, y tu guía.

Sé que tus pasos pueden ser pequeños y temerosos, pero son suficientes. Incluso si tu corazón se siente pesado, sigue adelante, porque cada paso que das con fe es un paso hacia la libertad que anhelas. Confía en que mi amor está contigo, iluminando el camino, un paso a la vez.

Con todo mi amor.

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo 


sábado, 26 de julio de 2025

La confesión del miedica

 


Querido Dios:

      En nuestro largo intercambio de cartas, hemos conversado sobre tantas cosas: alegrías, preocupaciones, anhelos y hasta mi fascinación por el significado de la vida. Cada palabra que te he escrito a Ti siempre ha estado cargada de emociones, a veces de esperanza y otras de incertidumbre. Sin embargo, hay algo que no me he atrevido a compartir contigo directamente. Un sentimiento persistente, una sombra que me ha acompañado durante gran parte de mi existencia: el miedo.

Sí, sé que lo sabes todo. Sé que conoces mis pensamientos antes incluso de que yo sea consciente de ellos, porque Tú estás siempre presente. Eres ese observador silencioso que entiende mis silencios tanto como mis gritos, que descifra cada rincón de mi corazón sin necesidad de que lo exprese. Pero eres tan discreto, tan respetuoso, que nunca señalas mis debilidades ni revelas mis temores a menos que te dé permiso para hacerlo. Pues bien, aquí estoy, escribiéndote con la intención de abrir mi corazón y dándote ese permiso para explorar la parte más vulnerable de mi ser.

Yo, querido Dios, soy un miedica. Esa es la verdad. Me siento casi ridículo enumerando mis miedos, pero hoy quiero desahogarme contigo, porque confío en que me entiendes sin juzgarme. Tengo miedo de muchas cosas. Miedo de que los demás sean mejores que yo, de perder la razón en algún debate y sentirme pequeño. Me aterra la posibilidad de ser engañado, de hacer el ridículo y de ser juzgado por los demás. Tengo miedo de perder lo que he conseguido con tanto esfuerzo en esta vida y, aunque suene absurdo, hasta me asustan los perros y los gatos, criaturas inocentes que no tienen la culpa de mi inseguridad. Camino por este mundo aterrado, como si pisara cristales, cuidándome de no dejar huellas que revelen mi fragilidad. Es una existencia marcada por la cautela, por la evitación, por ese deseo constante de no ser descubierto en mi vulnerabilidad.

A veces me invade un pensamiento inquietante, uno que me duele admitirlo incluso a Ti: ¿Acaso le temo tanto a la vida que, en el fondo, desearía escapar de ella? Es una paradoja que me consume, porque también quiero vivir, quiero experimentar la plenitud y la libertad que creo que emana de Ti. Sin embargo, me siento atrapado en esta contradicción interna, donde el miedo parece ser más fuerte que mi deseo de amar, de confiar y de abrazar lo desconocido. Sé que el miedo es la antítesis del amor. Conozco la teoría. El amor tiene el poder de disipar el miedo, de la misma forma que basta con encender una lámpara para desterrar las sombras. Pero me siento incapaz de activar ese interruptor que me conecte al amor que Tú ofreces. ¿Será que hay algo en mí que teme incluso la solución? ¿Será que he vivido tanto tiempo en la oscuridad que me he acostumbrado a ella?

Dios, quisiera entender. ¿Por qué este miedo parece dominarme? ¿Por qué me cuesta tanto confiar en Tu amor, cuando sé en el fondo de mi corazón que eres la fuente más pura de paz y seguridad? Quiero ser valiente. Deseo profundamente encontrar esa paz que Tú prometes, esa tranquilidad que va más allá de las circunstancias, pero por ahora, me siento perdido. Perdido en una tormenta de emociones que me impiden ver el horizonte. Por eso te escribo, porque confío en que Tú tienes las respuestas que mi corazón necesita, porque creo que Tú puedes ayudarme a caminar con paso firme, no sobre cristales, sino sobre suelo sólido.

Me pregunto si mis miedos han sido heredados, si son fruto de experiencias pasadas que dejaron cicatrices en mi alma. O quizás son simplemente parte de mi naturaleza humana, esa fragilidad que nos define y que nos recuerda que necesitamos de algo más grande que nosotros mismos. En cualquier caso, estoy aquí, presentándote cada miedo como una ofrenda, como una petición desesperada de ayuda. Porque ya no quiero vivir bajo su dominio. Ya no quiero que mis pasos sean cautelosos y temerosos. Quiero caminar con confianza, con la certeza de que Tú me sostienes en cada momento.

Gracias, Dios, por escucharme incluso cuando mi voz está impregnada de dudas. Gracias por ser paciente conmigo, por no apresurarme a superar lo que me atormenta, y por amarme tal como soy. Tu amor es mi refugio, aunque a veces me cuesta sentirlo. Tu gracia es mi fortaleza, aunque a menudo me siento débil. Ayúdame a abrir mi corazón a Ti completamente, a aceptar ese amor que sé que estás dispuesto a darme sin condiciones.

Quiero creer que cada paso que doy, aunque sea pequeño y tembloroso, me acerca más a Ti. Quiero recordar que incluso en mis momentos de mayor fragilidad, Tú estás conmigo, guiándome y sosteniéndome. Por eso te escribo, porque en este acto de confesión encuentro un atisbo de esperanza, una chispa de fe que me dice que no estoy solo en esta batalla contra mis miedos.

Con toda mi esperanza y fe.

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo


miércoles, 2 de julio de 2025

La propia opinión

 


No son las cosas las que atormenta a los hombres sino los principios y las opiniones que los hombres se forman acerca de ellas. La muerte, por ejemplo, no es terrible; si lo fuera, así le habría parecido a Sócrates.

Lo que hace horrible a la muerte es el terror que sentimos por la opinión que de ella nos hemos formado. En consecuencia, si nos hallamos impedidos, turbados o apenados, nunca culpemos de ello a los demás sino a nuestras propias opiniones. Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás.

EPICTETO


sábado, 27 de abril de 2024

Encogidos por el miedo

 


Nuestra conciencia está llena de miedo, miedo al rechazo, miedo a la soledad, y necesita reafirmase a si misma, constantemente, buscando siempre validación externa, buscando la aprobación del exterior; y toda nuestra vida se ha construido, de manera inconsciente, (siempre estamos en piloto automático), sobre ese miedo. Cuando la mente es nuestro centro, estamos encogidos por ese miedo y eso nos hace estar, de manera permanente, a la defensiva. Siempre nos falta algo, siempre tenemos necesidad de más: Más amor, más dinero, más poder, más aceptación, más atenciones.

La base de nuestros pensamientos y sentimientos es como un agujero negro, un vacío que nunca puede ser llenado y, para aliviar ese miedo, para tratar de llenar ese vacío, nos vamos al exterior y nos aficionamos al poder, al halago, a la admiración. Confiamos en el juicio de otras personas, ¡Que poco nos valoramos y queremos!, no confiamos en nosotros, y le damos nuestro poder a cualquiera que pasa por delante de nosotros.

Confiamos en el juicio de otras personas y nos ponemos nerviosos sobre lo que la gente piense de nosotros. Es importante para nosotros porque nuestra autoestima depende de eso y, sin embargo, nuestra estima desciende y desciende, porque hemos entregado nuestro poder a otras personas.


miércoles, 14 de junio de 2023

El complejo de Jonás

 



Miércoles 14 de junio 2023

 

“La verdad de la vida más extraña y difícil de creer,

irónicamente surge del temor a nuestro propio éxito”.

Abraham Maslow

         

Hoy he sido consciente, (y ya era hora, después de una larga vida), de que le tengo miedo al éxito. Y no es un miedo normal, es terror, es pánico, es pavor.

          He llegado a esa conclusión reflexionando sobre un sueño que he tenido, en el que me encontraba conduciendo por un camino de tierra para llegar a un destino desconocido. Ese camino me llevaba a otro camino similar y, ese a otro, a otro y a otro, sin alcanzar nunca la tan ansiada meta.

          Hace años que tengo sueños similares, muy conscientes. Perder un avión que me llevará de vuelta a casa, no encontrar el boleto del tren para viajar, perder las maletas. En todos esos sueños, el resultado siempre era el mismo: no alcanzar el destino final.

          Al compararlo con mi vida he sido consciente de que siempre ha sido así. He luchado y trabajado, como un poseso, para no tener éxito, para no llegar a ninguna meta, para no estar en el centro de los focos, para que hablen de mí solo lo justo y necesario. Lo he conseguido: ¡he triunfado en la mediocridad! He ocupado mi tiempo en trabajos menores desviando la mirada de la línea de meta. He sido siempre un gran subalterno, soñando con la dirección general, pero temiendo llegar a ella, por si fracaso, porque pudieran pensar que no lo merecía, porque quedaría muy expuesto a las críticas. En resumen, miedo al éxito, baja autoestima, miedo a reconocer mi propia valía.

          Y yo que creía que “casi” lo tenía superado. ¡Pobre infeliz!

          El miedo al éxito se conoce como complejo de Jonás. Toma su nombre del personaje bíblico Jonás, que fue designado por Dios para ser profeta, pero al enterarse, quiso huir de este destino.

          Yo no sé si estoy huyendo de mi destino porque, tampoco sé si hay destino, pero si sé que estoy huyendo de mis más íntimos deseos, quedándome siempre a escasos metros de una hipotética meta que, resuena en mi interior como posible, pero que, a la hora de la verdad, no llega a materializarse.

          Llevo toda la vida anclado en mi zona de confort. Y esa zona de confort es la mediocridad, la misma mediocridad que hace que me sienta muy cómodo cuando me encuentro solo, porque es la mejor manera de pasar desapercibido. En soledad no tengo que hablar, no tengo que explicar. En la soledad soy yo, conmigo, conviviendo con mis deseos incumplidos, reflexionando sobre las pequeñas verdades de la vida, retando a Dios, aguantando mis entrañas para que no revienten ante las injusticias, sin tener que disimular las lágrimas cuando asoman al sentir el amor por mi familia. En mi soledad, la palabra más usada es ¿por qué? Ahora mismo tengo la respuesta: Por miedoso.

          Voy a trabajar para sacudirme este miedo que me atenaza para poder entregar al mundo alguno de los “dones” que trato de esconder, disimular y, sobre todo, minimizar, lo que hace que, en la actualidad, los esté entregando a cuentagotas. Todavía estoy a tiempo.

miércoles, 11 de enero de 2023

Meditación: Removiendo el miedo al futuro

 

Removiendo el miedo al futuro

 La meditación "Removiendo el Miedo al Futuro" es una práctica destinada a ayudar a superar el miedo y la ansiedad relacionados con el futuro. Esta meditación se centra en liberar las preocupaciones sobre lo desconocido y en cultivar una actitud de confianza y aceptación hacia lo que vendrá.

Al practicar la meditación "Removiendo el Miedo al Futuro", se pueden experimentar varios beneficios específicos:

1. Reducción del estrés y la ansiedad: Esta meditación ayuda a calmar la mente y el sistema nervioso, reduciendo la activación del sistema de respuesta al estrés que puede ser desencadenado por el miedo al futuro.

2. Cultivo de la confianza: Al enfrentar el miedo al futuro de manera consciente y deliberada, se puede cultivar la confianza en uno mismo y en la capacidad de manejar lo que vendrá, independientemente de las circunstancias.

3. Desarrollo de la aceptación: Esta meditación fomenta la aceptación de lo desconocido y la comprensión de que el futuro es incierto, pero que se puede abrazar con confianza y apertura.

4. Enfoque en el presente: Al liberar las preocupaciones sobre el futuro, esta meditación ayuda a centrarse en el presente y a encontrar la paz y la plenitud en el momento presente, en lugar de preocuparse por lo que está por venir.

La meditación "Removiendo el Miedo al Futuro" es una práctica poderosa para liberar el miedo y la ansiedad relacionados con el futuro, promoviendo la confianza, la aceptación y el enfoque en el presente.





Meditación: Libérate del miedo

 

Libérate del miedo

 La meditación "Libérate del Miedo" es una práctica destinada a ayudar a liberar y superar los miedos que pueden estar presentes en la mente y el cuerpo. Esta meditación se enfoca en trabajar con la respiración, el movimiento y la concentración para disolver los patrones de pensamiento y comportamiento basados en el miedo.

Al practicar la meditación "Libérate del Miedo", se pueden experimentar varios beneficios específicos:

1. Transmutación del miedo: Esta meditación utiliza técnicas específicas para transformar y liberar la energía del miedo que puede estar atrapada en el cuerpo y la mente, permitiendo una sensación de liberación y alivio.

2. Fortalecimiento emocional: Al enfrentar conscientemente los miedos y trabajar para liberarlos, se fortalece la capacidad de enfrentar los desafíos de la vida con valentía y determinación.

3. Mayor claridad mental: Al liberar los miedos que pueden nublar la mente y obstaculizar la toma de decisiones claras, se promueve una mayor claridad mental y una sensación de calma interior.

4. Promoción del bienestar general: Al liberar el miedo y la tensión asociados, esta meditación puede contribuir al bienestar general, tanto físico como emocional, permitiendo una sensación de paz y equilibrio.

La meditación "Libérate del Miedo" es una práctica poderosa para liberar y superar los miedos, promoviendo el crecimiento personal, la claridad mental y el bienestar emocional.




miércoles, 21 de diciembre de 2022

La llamada del miedo

 



Capítulo XV. Parte 8. Novela "Ocurrió en Lima"

Ya en la habitación Antay pensó que tenía ante sí una prueba de fuego. Tenía que llamar a Indhira y no podía centrarse en lo que habían sido las únicas tres ocasiones en que habían estado juntos, porque siete años dan para mucho, para mucha complicidad, para mucha familiaridad, para mucho entendimiento, para muchos secretos, para entenderse sin palabras, para conocer el estado emocional del otro solo por el tono de la voz y Antay no tenía experiencia en esa relación. Para él era nuevo, era el primer día, y no tenía un punto de apoyo que le sirviera de soporte, ni con ella ni con los niños.

-    Pero tenía que hacerlo, así que presionó el botón que abría, por primera vez en el día, la puerta del miedo. Porque tenía miedo de lo que pudiera pasar en la conversación, aunque tenía pensado decir que se le habían borrado 7 años de su memoria en caso de no saber que decir. –Hola amor, -escucho la voz de Indhira al otro lado del teléfono, -¿cómo ha ido?

-    Ha ido muy bien, cariño. Pablo ha hecho un gran trabajo. Está hecho. Ya puedes decir a tu papá que reserve la mesa para el domingo, -esperaba que sonara familiar.

-    Me alegro tanto. Por papá y por ti. Le llamaré en cuanto colguemos, -¡bien!, parecía que la entrada había sido lo habitual.

-    Pensó que tenía que interesarse por ella y los niños- ¿Qué tal tu día?, y ¿los niños?

-    Los niños están aquí saltando como locos esperando decirte algo. Espera que te los paso y luego seguimos porque, si no, no nos van a dejar hablar, -te paso a Alexis.

-    Hola papi. Quiero que me traigas un coche, ¿lo harás?, di que sí.

-    Si, cariño, te llevaré un coche.

-    Gracias papi. Adiós.

-    Y, casi de inmediato escuchó a María- Papi te amo.

-    Yo, también te amo. Y tu ¿qué quieres?, ¿otro coche?

-    No papi, un coche no. Tú ya sabes. Un beso, que mami quiere el teléfono, -y se fue.

-    Cariño, no te gastes dinero, -era la voz de Indhira- los estás malcriando.

-    ¿Yo solo?, -preguntó Antay de manera inocente.

-    Bueno los dos, -concedió Indhira- pero tú más. Otra cosa, ¿cómo está Pablo?

-    ¿Por qué lo preguntas?, -la intuición de Antay le decía que la relación entre Pablo y Diana estaba a punto de reventar e Indhira sabía tanto o más que él.

-    Ha venido Diana a casa. Llorando, hecha polvo. Están a punto de romper. No entiendo, como puede ser, con lo enamorados que se les veía, -a Indhira se le notaba preocupada.

-    Algo hemos hablado. A Pablo le gustaría tener hijos, pero para eso Diana tendría que llevar una vida más sedentaria y, para llevar una vida más sedentaria, tendría que dejar de trabajar y parece ser que no quiere. Pablo insiste en que quiere hacerse cargo de las oficinas de aquí, de Miami y, así desaparece de Lima, no se separan, pero tampoco están juntos.

-    Tendríamos que hablar con ellos, -Indhira siempre tratando de ayudar. Parece ser que no había cambiado en estos 7 años.

-    Si, cariño, lo haremos, -aunque la memoria de los últimos 7 años seguía siendo un misterio, por el cariño que sentía por Pablo y por Diana, tenían que hacer algo.