Les aseguro que no existe un mundo “sobrenatural”. En cuanto pisamos una esfera superior a ésta, aquella se hace tan real y verdadera como esta.
Es, simplemente,
otro estado de conciencia.
SAINT GERMAIN
Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Les aseguro que no existe un mundo “sobrenatural”. En cuanto pisamos una esfera superior a ésta, aquella se hace tan real y verdadera como esta.
Es, simplemente,
otro estado de conciencia.
SAINT GERMAIN
Explicando por qué muy pocos hombres
comprenden al Dios Infinito, el Maestro dijo:
“Tal como una pequeña copa no puede
servir de receptáculo para contener las vastas aguas del océano, así también la
limitada mente humana no puede contener la Conciencia Crística universal. Pero
cuando a través de la meditación, procedemos a expandir nuestra mente en forma
continua, alcanzamos finalmente la omnisciencia, llegando a unirnos a la Divina
Inteligencia que inunda cada átomo de la Creación”.
“Dijo San Juan: “Pero a todos los que
la recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su
nombre”. San Juan se refería con “a todos los que la recibieron”, a aquellos
seres humanos que han perfeccionado su capacidad receptiva para abrazar el
Infinito: solo ellos reconquistan su estado de “hijos de Dios”.
Es a través de su unidad con la
Conciencia Crística que ellos “creen en su nombre”.
PARAMAHANSA
YOGANANDA
El ego es a la persona como el mapa al
territorio: útil para orientarse, pero no es la realidad.
El ego es una construcción mental, una representación de quién creemos ser. Como un mapa, nos ayuda a navegar el mundo: nos da coordenadas, nos sitúa, nos permite tomar decisiones. Nos dice “esto soy yo”, “esto me gusta”, “esto me duele”. Sin él, sería difícil movernos con coherencia, establecer límites, construir una identidad. Pero al igual que un mapa, el ego es una simplificación. No es el terreno que pisamos, ni las emociones que sentimos, ni la profundidad de nuestra conciencia.
Confundir el ego con la realidad es como creer que el dibujo de una montaña es la montaña misma. El mapa puede guiarnos, pero no nos muestra los matices: el olor del bosque, el sonido del río, la textura del suelo. El ego nos da una imagen, pero no revela la totalidad de lo que somos. Nos limita a etiquetas, a roles, a narrativas que muchas veces repetimos sin cuestionar.
La persona auténtica se atreve a mirar más allá del mapa. Se adentra en el territorio, con sus curvas inesperadas, sus paisajes ocultos, sus sorpresas. Reconoce que el ego puede ser útil, pero no definitivo. Que hay una dimensión más profunda, más libre, más viva.
Vivir desde el ego es recorrer la vida con los ojos en el papel. Vivir desde la conciencia es levantar la mirada y caminar el terreno, sintiendo cada paso. El mapa puede acompañarnos, pero no debe gobernarnos. Porque lo real no está en lo que creemos ser, sino en lo que somos cuando dejamos de pensar en quién deberíamos ser.
Y ahí, en ese territorio sin trazos ni fronteras, empieza la verdadera exploración.
Querido hijo,
Esa fuerza que sientes
dentro de ti, esa energía que a veces parece desbordar como un torrente
incontrolable, no es algo que debas temer ni rechazar. Es una parte intrínseca
de tu humanidad, de la riqueza y complejidad de tu ser. Cada uno de ustedes,
mis hijos, lleva dentro una mezcla de emociones, pasiones y fuerzas que les da
la capacidad de sentir profundamente y de actuar con decisión. Esa energía que
sientes no es tu enemiga; es un regalo que, cuando se comprende y se canaliza
correctamente, puede convertirse en una fuerza poderosa para el bien.
Quiero que sepas que
no estás solo en esta lucha. Muchos de mis hijos enfrentan batallas similares,
y eso no los hace débiles ni menos dignos de amor. Al contrario, esos desafíos
son oportunidades para aprender, para crecer y para descubrir la fortaleza que
yace dentro de ti. No estás definido por esos momentos de descontrol, sino por
cómo eliges enfrentarlos y superarlos. Y estoy aquí para guiarte y fortalecerte
en cada paso que des.
Permíteme ofrecerte
algunas herramientas para ayudarte en este proceso. La primera es la “conciencia”.
La conciencia es el faro que ilumina las sombras dentro de nosotros. Cada vez
que sientas esa energía brotar, tómate un momento para respirar profundamente y
preguntarte: ¿Qué está despertando esto en mí? ¿De dónde viene esta emoción?
¿Es miedo, dolor, frustración o algo más profundo? Al hacerlo, comienzas a
desentrañar las raíces de tus reacciones y a comprenderlas mejor. No huyas de
ellas, pero tampoco permitas que te dominen. Obsérvalas con compasión y busca
el mensaje que pueden estar tratando de transmitirte.
La segunda herramienta
que quiero darte es la “paciencia”. Sé amable contigo mismo. Los cambios
profundos no ocurren de la noche a la mañana, y es normal que haya altibajos en
el camino. Cada paso, por pequeño que sea, es un avance. Celebra esos momentos
de progreso y permítete aprender de los tropiezos sin juzgarte severamente. Recuerda
que estoy aquí para apoyarte, para levantarte cuando caigas y para recordarte
que no estás solo en este proceso.
La tercera herramienta
es el “amor”. El amor es la fuerza más poderosa que existe, y está dentro de
ti. Cuando te encuentres en situaciones difíciles, conecta con ese amor. Piensa
en las personas que te importan, en los valores que guían tu vida y en la luz
que deseas compartir con el mundo. Esa conexión te ayudará a reaccionar desde
un lugar de bondad, empatía y comprensión, en lugar de desde la ira o el miedo.
El amor es tu brújula, tu guía y tu refugio.
Además, quiero
recordarte algo muy importante: no tienes que cargar esta lucha solo. Estoy
contigo, pero también he puesto a personas en tu vida que pueden apoyarte.
Habla con ellas, comparte tus pensamientos y sentimientos, y no temas mostrarte
vulnerable. Las conexiones humanas son una fuente de fortaleza y consuelo, y
pueden ser un pilar fundamental en tu camino hacia la paz interior.
Confía en que tienes
dentro de ti todo lo necesario para superar estos desafíos. Yo te hice a mi
imagen, y en ti hay una chispa divina que nunca se apaga. Esa chispa es tu luz
interior, tu guía en los momentos oscuros, y tu recordatorio constante de que
eres capaz de grandes cosas. Cree en esa chispa, aliméntala con fe, amor y
esperanza, y deja que te inspire en cada paso que des.
Quiero que sepas que
estoy inmensamente orgulloso de ti. Orgulloso de tu valentía, de tu esfuerzo y
de tu corazón lleno de amor y bondad. Cada vez que eliges el camino del
crecimiento, cada vez que buscas la luz en medio de la oscuridad, estás
honrando el propósito para el cual fuiste creado. Nunca olvides que te amo
incondicionalmente, sin importar tus errores o tus tropiezos. Mi amor por ti es
eterno e inmutable, y siempre estaré aquí para ti, guiándote, sosteniéndote y
amándote.
Permíteme terminar
diciéndote esto: no temas a tus emociones ni a tus luchas internas. Son parte
de tu viaje, parte de tu historia, y tienen el potencial de transformarte en
alguien aún más fuerte, más sabio y más pleno. Confía en el proceso, confía en
ti mismo y confía en mí. Juntos, podemos convertir esa energía que hoy te
desconcierta en una fuente de aprendizaje, de creatividad y de amor.
Con amor eterno y fe
inquebrantable en ti.
CARTAS A DIOS -
Alfonso Vallejo
Reflexionar
sobre la frase de Buda "somos lo que pensamos" me lleva a una
profunda toma de conciencia: soy el arquitecto de mi propia prisión. ¡Qué
paradoja! Soy yo quien forja las cadenas que me atan, yo me exilio
voluntariamente y me condeno al sufrimiento.
Continuando
con esta línea de pensamiento, podría parecer sencillo abrir la puerta de la
celda que me mantiene cautivo y abrazar la libertad. Sin embargo, surge la
duda: ¿alguna vez he sido verdaderamente libre? La respuesta parece ser
negativa, ya que me encerré en mi propio laberinto mental desde el momento en
que empecé a pensar.
Entonces,
¿debería dejar de pensar para ser libre o, simplemente, aprender a dirigir mis
pensamientos? La tarea es ardua. Los pensamientos surgen espontáneamente,
cargados de una energía abrumadora que puede manifestarse en alegría, tristeza
o soledad.
¿Puede
ser que el problema sea que no tengo conciencia de mí mismo?, ¿es posible que
si tuviera conciencia de mí se abrirían, de par en par, las puertas de mi
propia cárcel? Debo de reconocer que hay aspectos de mí que desconozco, lo que
podría explicar por qué hay días en que amanezco radiante de felicidad y, sin
previo aviso, me sumerjo en la desolación y la desesperanza antes del mediodía.
La clave debe ser ir más allá de mi propia realidad. De eso que yo creo que es real y que, sin embargo, solo es una creación de mi conciencia. Las barreras que siento, o creo sentir, son sin duda autoimpuestas. La libertad, entonces, podría encontrarse no en la ausencia de pensamiento, sino en la habilidad de navegar y orquestar la sinfonía de mi mente.
Miércoles 16 de noviembre 2022
Esta mañana he disfrutado de otra ducha tonta. Una ducha de esas en las
que más parece que me ducho con ideas que con agua.
Hoy iba sobre la conciencia. Y podría resumir la ducha en tres palabras
“todo es conciencia”
Todo es conciencia. Todo es para cada persona, tal como lo piensa y lo
siente. Todo está en su conciencia.
La conciencia es el factor común de todas las experiencias. Puedo sentir
que yo solo “estoy”, que sólo “estoy, simplemente, presente”, que no está
pasando realmente nada, que todo es producto de mi conciencia.
Puedo observar que todo empieza y acaba en mi conciencia que ahora mismo
está presente. Los coches que pasan, la Tierra girando alrededor del Sol, una
guerra al otro lado del mundo, mis pensamientos. Todo se desarrolla en mi
conciencia, en este instante, ahora.
Pero mi conciencia no siempre
está presente. Si yo me desmayo o me duermo, para mi no existen ni los coches
pasando, ni la tierra girando, ni las guerras, ni el pensamiento. Es como si me
hubiera muerto. Para mí no existe nada de eso, mejor dicho, para mí no existe
nada. Y si no existe para mí, ¿seguirán pasando los coches? ¿seguirá girando la
Tierra? ¿seguirán las guerras?
Lo sé, son preguntas de babau y la respuesta es clara. Si, todo sigue
pasando. Pero, quiero ir un poco más allá. Aunque siga pasando todo eso, a mí
¿qué más me da si no me entero?
Pero…, ¿cómo se yo, realmente, que todo eso sigue pasando?, ¿por lo que me
cuentan? Y ¿cómo sé que lo que me cuentan es lo que está pasando realmente?,
¿cómo sé que mi conciencia y mi percepción son similares a las de otra persona?
Si fuera así, todos seriamos prácticamente iguales, tendríamos los mismos
coches, votaríamos al mismo partido, etc., etc., y no pasa. Y si eso no pasa,
¿por qué ha de pasar que dos personas, con distintos estados de conciencia,
sean conscientes, al cien por cien, de la misma percepción?
Pero mi conciencia tampoco está presente en otros momentos, en los que
no me he desmayado, y ni tan siquiera duermo. Mi conciencia no está presente
cuando me dejo llevar por la ira, por la indignación, por la rabia, por el
odio, por el miedo, por el rencor, por el enojo, por la irritación, por el
resentimiento, por la envidia, por un deseo incumplido, etc., etc., etc. En
esos momentos, no soy más que un animal siguiendo mis instintos, en esos
momentos dejo de ser persona, en esos momentos dejo de ser consciente,
sencillamente, dejo de vivir como ser humano consciente. Se me ha escapado un
espacio de vida y, lo malo de esto es que, tendré que repetir ese espacio en
otra vida o en otro momento en el que tendré que pagar esa inconsciencia. Lo
digo por el karma que puedo generar con la otra persona que ha sido el blanco
de mi ira.
Pero mi conciencia, es más. Es mi aspecto físico, es mi sufrimiento, son
mis penas y mis alegrías, son todas mis emociones, todo eso también es
conciencia, también lo son mis pensamientos. ¿Qué pasaría si apartara la
conciencia de todo eso?, ¿qué pasaría si mi conciencia estuviera siempre
centrada en mi respiración, por ejemplo? Yo creo que lo que pasaría en que no
tendría conciencia de mi aspecto físico, pasaría que no tendría sufrimiento, ni
penas, ni alegrías, ni emociones, porque sólo habría respiración, que es donde
tengo centrada mi conciencia.
Y si no tengo, por ejemplo, conciencia de mi cuerpo físico, ¿qué
pasaría? Pues pasaría que no le daría poder a ninguna sensación de mi cuerpo:
No habría cansancio, no habría dolor.
En los aspectos emocionales, ya está claro que todo depende solamente de
nuestro pensamiento, de nuestra conciencia, pero ¿cómo afecta la conciencia
físicamente? ¿Podríamos llegar más allá, como, por ejemplo, influir en el aspecto
de nuestro propio cuerpo? Las células del cuerpo están muriendo y naciendo de
manera permanente, y las que van naciendo, lo van haciendo con la información
de la célula madre: aspecto, enfermedad, etc. Pero la información de la célula
madre no es más que nuestra propia conciencia, ¿qué pasaría si apartamos la
conciencia de nuestro propio aspecto?, ¿nacerían las nuevas células con la
misma información que cuando fueron creadas, es decir, sanas, con la
información de la Conciencia Divina, o con la información actual de la
conciencia social?
¿Solo seré
un babau o me estaré volviendo loco?