Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
Bienvenido a este espacio de presencia y palabra.
Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior.
Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.
Entre todas las otras máximas de las
que a menudo echarás mano, debes tener estas dos muy presentes.
La
primera es que las cosas en sí no llegan al alma, sino que se quedan inmóviles
fuera, luego todas tus inquietudes provienen solo del modo en que interiormente
opinas de ellas.
La
segunda, que todas estas cosas que ves en cuanto hayas vuelto los ojos habrán
cambiado y ya no serán lo que eran. Considera frecuentemente cuántas mutaciones
has presenciado ya: el mundo es continua mutación; y la vida, lo que opines de
ella.
Hoy me acerco a Ti con el corazón
abierto, humilde y lleno de preguntas, buscando comprender el misterio que
envuelve la vida de Jesús, mi hermano mayor y mi guía en el camino del amor.
Admiro profundamente a Jesús. Siento
una conexión visceral con su historia, con su entrega, con su presencia
luminosa en medio de un mundo que a menudo se muestra oscuro. Cada vez que leo,
medito o simplemente pienso en su pasión y muerte en la cruz, algo dentro de mí
se encoge, se agita, se conmueve. ¿Cómo pudo soportar tanto dolor, tanta
humillación, tanto sufrimiento, sin perder la paz interior, sin renunciar al
amor, sin dejar de ser compasión pura?
Los maestros de mi tradición religiosa
me han enseñado que Jesús murió crucificado para expiar los pecados de la
humanidad, y que con ese acto abrió el camino hacia la reconciliación contigo.
Se nos dice que su muerte fue un sacrificio voluntario, expresión sublime de tu
amor infinito por nosotros.
Sin embargo, estas enseñanzas, aunque
las respeto, me dejan con una sensación de inquietud espiritual. Me cuesta
comprender el significado real de "expirar los pecados". ¿De qué
pecados hablamos? ¿De los errores inevitables que cometemos como parte de
nuestro proceso de aprendizaje? ¿De los miedos, ignorancias y reacciones que
nos alejan de nuestra propia esencia? En mi corazón no puedo aceptar el pecado
como una ofensa contra Ti. Porque si Tú eres Amor, Bondad y Perfección
absoluta, entonces no puedes sentirte herido u ofendido por nuestras torpezas
humanas. ¿No sería más justo decir que lo que existe son acciones erróneas,
pensamientos desalineados con la Verdad, expresiones del ego desconectado?
También me resulta desconcertante la
idea de que Jesús vino a reconciliarnos contigo. ¿Acaso estábamos peleados? ¿Tú
estabas alejado de nosotros? ¿Podrías estarlo alguna vez? Si Jesús vivió hace
2.000 años, ¿qué ocurrió con los millones de seres humanos que lo precedieron
en los siglos anteriores? ¿Qué hay de los sabios y maestros como Buda, Moisés,
Abraham y tantos otros que buscaron la luz desde distintas culturas y credos?
¿Estaban distanciados de Ti? ¿O simplemente eran expresiones de Tu presencia en
formas distintas a las que el cristianismo reconoce?
La explicación de que todo esto fue una
muestra de Tu amor también me desafía. Porque si permitir que Tu Hijo encarne
en este mundo para sufrir y morir es amor, ¿qué significa entonces el amor?
¿Dónde está la ternura, la protección, la guía compasiva que asociamos contigo?
Y aun así, me doy cuenta: todos nosotros encarnamos para transitar caminos de
aprendizaje, de dolor, de desafío. Lo hacemos sin plena conciencia de lo que
somos, y nos enfrentamos a la vida desde un estado de vulnerabilidad radical.
¿Será ese también un acto de amor divino? ¿Será que la encarnación en sí misma
es una oportunidad para despertar?
Tal vez estoy equivocado. Tal vez estoy
siendo ingenuo o irreverente. Pero soy un buscador. Soy un alma que, aún desde
su ignorancia, desea amar cada vez más y mejor. Por eso tengo una teoría: yo creo
que Jesús no vino a morir, sino a vivir entre nosotros. Creo que su propósito
más profundo fue enseñarnos a amar, a recordar que estamos hechos de luz, que
la divinidad habita en cada corazón humano, y que podemos perdonar incluso a
quienes nos clavan en nuestras propias cruces simbólicas.
Jesús encarnó para mostrarnos el camino
del amor incondicional, del perdón sin límites, de la compasión activa, de la
presencia divina en lo cotidiano. Su vida fue una revelación. Su muerte, un
símbolo. Pero su enseñanza sigue viva, palpitando en cada gesto de bondad, en
cada acto de entrega, en cada alma que decide despertar.
Perdóname, Señor, si pongo en tela de
juicio las enseñanzas que los hombres han formulado en Tu nombre. No lo hago
desde la soberbia, sino desde la sinceridad. Estoy en proceso. Estoy
aprendiendo. Estoy tratando de escucharte con el corazón, más allá de las
palabras que otros han pronunciado sobre Ti.
Y mientras tanto, en este mundo a veces
cruel, intento amar. Cada día, cada encuentro, cada caída. Y sigo mirando a
Jesús como mi ejemplo más alto. Porque incluso en su último suspiro, amó.
Porque incluso desde la cruz, perdonó.
Te amo, Señor. Te amo, aunque no
comprenda todo. Te amo porque en medio de mi ignorancia siento que estás, que
vibras, que me sostienes. Y eso basta.
Entre todas
las otras máximas de las que a menudo echarás mano, debes tener estas dos muy
presentes:
La
primera es que las cosas en sí no llegan al alma, sino que se quedan inmóviles fuera,
luego todas tus inquietudes provienen solo del modo en que interiormente opinas
de ellas.
La
segunda, que todas estas cosas que ves en cuanto hayas vuelto los ojos habrán
cambiado y ya no serán lo que eran.
Considera,
frecuentemente, cuantas mutaciones has presenciado ya: el mundo es continua mutación;
y la vida, lo que opines de ella.
No dejes
de observar como todo surge mediante cambio y acostúmbrate a pensar que lo que
más ama la naturaleza del todo es cambiar los seres y hacer seres nuevos
semejantes. De algún modo, todo ser es semilla de otro que surgirá de él. Pero
tú imaginas que las únicas semillas son las que se echan a la tierra o a la
matriz: esto es una visión de profano.
La Clave para Aceptar el Cambio y Vivir
Plenamente
En todo lo que existe,
una verdad innegable pende sobre su existencia: la “impermanencia”.
Nada permanece
estático; todo cambia, evoluciona, nace y muere. Desde la hoja que brota en
primavera y cae en otoño, hasta las personas que entran y salen de nuestra
vida, pasando por nuestros propios pensamientos y emociones, la impermanencia
es la única constante.
Aunque esta realidad
puede parecer desalentadora a primera vista, comprenderla y aceptarla es una de
las lecciones más liberadoras que podemos aprender. Reconocer la impermanencia
no es una invitación a la pasividad o al pesimismo, sino una poderosa
herramienta para cultivar la “resiliencia”, la “gratitud” y la capacidad de
vivir verdaderamente en el “presente”.
La
resistencia al cambio es una lucha inútil. Nuestra mente humana, por
naturaleza, tiende a buscar la seguridad y la estabilidad. Nos aferramos a lo
que conocemos, a lo que nos da comodidad, a lo que nos define. Tememos la
pérdida, el fin, lo desconocido. Esta resistencia innata a la impermanencia nos
lleva a una lucha constante y agotadora contra el flujo natural de la vida.
Cuando nos aferramos a
una situación agradable, ya sea un trabajo, una relación o un momento de
felicidad, el miedo a perderla genera ansiedad. Paradójicamente, este apego
excesivo nos impide disfrutar plenamente del presente, ya que nuestra mente
está ocupada anticipando el final. De la misma manera, cuando nos enfrentamos a
situaciones difíciles, como la enfermedad, una ruptura o un revés financiero,
nuestra resistencia a aceptarlas solo intensifica el sufrimiento. Nos
preguntamos "¿Por qué a mí?" o "Esto no debería estar
pasando", prolongando la angustia en lugar de buscar la adaptación y la
solución.
La verdad es que no
podemos detener la corriente del tiempo. Las estaciones cambian, los cuerpos
envejecen, las fortunas suben y bajan, las personas evolucionan o se marchan.
Negar esta realidad es como intentar detener un río con nuestras propias manos.
El resultado es frustración, dolor y agotamiento.
Abrazar la impermanencia
es un camino hacia la libertad: La sabiduría de la impermanencia reside en su
capacidad para liberarnos. Cuando aceptamos que todo es transitorio, comenzamos
a soltar la necesidad de controlarlo todo y, en su lugar, aprendemos a fluir
con la vida. Esta aceptación tiene profundas implicaciones en cómo
experimentamos el mundo:
1.Cultivar la Gratitud por el Presente:
Si sabemos que un momento de felicidad es fugaz, ¿no lo apreciaríamos aún más?
La conciencia de la impermanencia nos impulsa a saborear cada instante, cada
experiencia placentera, cada risa, cada conexión. Nos recuerda que la verdadera
riqueza no reside en la duración de las cosas, sino en la intensidad con la que
las vivimos. Un atardecer hermoso es hermoso precisamente porque es efímero.
2.Desarrollar la Resiliencia ante la Adversidad:
Si los momentos felices pasan, también lo hacen los momentos difíciles. La
conciencia de que el dolor, la tristeza o la dificultad no son permanentes nos
brinda una perspectiva invaluable. Nos permite saber que "esto también pasará". Esta comprensión no anula el
sufrimiento, pero nos da la fuerza para atravesarlo, sabiendo que la oscuridad
dará paso a la luz, al igual que la noche precede al amanecer. Nos volvemos más
adaptables y menos propensos a caer en la desesperación prolongada.
3.Fomentar el Desapego:
La impermanencia está intrínsecamente ligada al concepto de desapego. Si todo
cambia, ¿por qué aferrarse? El desapego no significa no valorar lo que tenemos
o no amar a las personas; significa amarlas y valorarlas sin la necesidad de
poseerlas o de que permanezcan inalterables. Nos libera del sufrimiento que
surge cuando las cosas, personas o situaciones no cumplen nuestras expectativas
de permanencia. Nos enseña a apreciar sin aferrarnos, a amar sin poseer.
4.Impulsar el Crecimiento Personal:
Si todo está en constante evolución, nosotros también podemos evolucionar. La
impermanencia nos invita a no estancarnos en viejas creencias, hábitos o
identidades. Nos anima a aprender de cada experiencia, a adaptarnos a nuevas
circunstancias y a transformarnos constantemente en versiones más conscientes y
sabias de nosotros mismos. Nos abre a la posibilidad de reinvención.
Cómo
Practicar la Conciencia de la Impermanencia
Integrar la conciencia
de la impermanencia en nuestra vida diaria es una práctica continua, no un
estado final. Aquí te doy algunas formas de cultivarla:
Observación
Consciente: Presta atención a los ciclos naturales: el cambio
de las estaciones, el crecimiento y la caída de las hojas, el flujo y reflujo
de las olas. Observa cómo cambian las nubes en el cielo, cómo se disuelve el
azúcar en el café. Estas pequeñas observaciones nos recuerdan la naturaleza
transitoria de todo.
Atención
Plena (Mindfulness): Practicar la atención plena nos ayuda
a anclarnos en el presente. Observa tus pensamientos, emociones y sensaciones
físicas sin juzgarlos ni aferrarte a ellos. Reconoce que son pasajeros, como
nubes que pasan por el cielo de tu mente. Esta práctica fortalece nuestra
capacidad para soltar.
Reflexión
sobre el Ciclo de Vida: Piensa en la vida de una flor, un
animal, incluso la tuya propia. Nacimiento, crecimiento, plenitud, declive y
eventual desaparición. Reconocer este patrón universal nos ayuda a aceptar que
somos parte de un ciclo más grande.
Agradecimiento
por lo Fugaz: Cuando experimentes un momento de
alegría o placer, en lugar de preocuparte por su final, enfócate en la gratitud
por tenerlo en este instante. Permítete saborearlo plenamente, sabiendo que su
belleza radica en su carácter único y temporal.
Desapego
Material y Emocional: Practica soltar objetos que ya no
necesitas o que te anclan al pasado. En el ámbito emocional, reconoce cuándo te
estás aferrando a una expectativa o a un resultado que no depende de ti.
Permite que las cosas sean como son, incluso si no es lo que esperabas.
La
Belleza de lo Efímero
Ser conscientes de la
impermanencia no nos condena a la tristeza, sino que nos invita a vivir con una
intensidad y una apreciación profundas. Nos enseña que la vida no es una serie
de puntos fijos a los que aferrarse, sino un río caudaloso en constante
movimiento. Al abrazar este flujo, nos volvemos más flexibles, más sabios y más
capaces de encontrar la paz en medio de la inevitable marea de cambios.
Es en la aceptación de
la naturaleza transitoria de todo donde reside la verdadera libertad. Nos
permite liberar el pasado, soltar la ansiedad por el futuro y sumergirnos por
completo en la riqueza y la belleza del único momento que realmente tenemos: “el
ahora”. ¿Estás listo para dejar ir la resistencia y permitirte fluir con la
vida?
La forma en que una persona reacciona ante la adversidad —o
frente a lo que percibe como una amenaza a sus intereses o creencias— dice
mucho sobre el punto en el que se encuentra en su proceso de evolución
interior, lo que suelo llamar su “camino espiritual”.
Antes de seguir, me parece importante aclarar qué entiendo
por “camino espiritual”. No se trata de acumular conocimientos místicos ni
alcanzar niveles elevados en alguna escala esotérica. Hablo de algo más
cotidiano, más íntimo y a la vez universal: el recorrido que hacemos desde el
nacimiento hasta la muerte, un viaje repleto de estaciones, desafíos y
aprendizajes cuyo único objetivo es nuestro crecimiento como seres humanos.
Ahora bien, crecer no significa volverse más fuerte, más
influyente o más sabio en términos externos. No. Hablo de un crecimiento mucho
más sutil y poderoso: aquel que se mide por la cantidad de amor que vamos
integrando en nuestro interior. Porque, al final de cuentas, la vida es una
escuela del alma, y su única lección esencial es aprender a amar.
Por eso llamo a esta travesía entre el nacimiento y la muerte
“camino espiritual”. Es una búsqueda profunda que trasciende cualquier dogma
religioso. Un viaje interior que cada uno recorre de forma única, movido por el
anhelo de encontrar propósito, paz, conexión y comprensión de uno mismo con el
mundo.
Aunque cada alma tiene su propio ritmo y modo, muchos
comparten ciertas etapas en este camino:
- Despertar: Suele llegar a través de una crisis o un
profundo malestar. Algo dentro de nosotros susurra: “¿De verdad esto es la
vida? Tiene que haber algo más…” Es el momento en que comenzamos a mirar más
allá de lo material.
- Búsqueda: Se abre entonces una etapa de exploración. Nos
acercamos a diferentes filosofías, prácticas, culturas o enseñanzas que
resuenan con algo profundo en nuestro interior.
- Transformación interior: La práctica de la meditación, la
contemplación, la oración o el arte introspectivo empieza a cambiar la manera
en que percibimos la vida. Poco a poco, la persona se transforma desde dentro,
liberándose de viejos patrones.
- Conexión: Surge una sensación más profunda de pertenencia.
Nos sentimos parte del universo, conectados con la naturaleza, lo divino o los
demás seres humanos desde una nueva sensibilidad.
- Servicio y compasión: Como consecuencia natural de la
transformación y la conexión, aparece el deseo genuino de contribuir al bienestar
de otros. Es el amor que ha madurado en nosotros y ahora quiere expandirse.
Por eso decía al principio que nuestras reacciones ante la
vida —sobre todo ante las dificultades— son el mejor termómetro de nuestra
evolución espiritual. Cuanto mayor es nuestra capacidad de responder con amor,
comprensión y ecuanimidad ante lo que nos hiere o incomoda, más cerca estamos
de ese aprendizaje esencial: amar sin condiciones.
Dos
discípulos, enfadados injustamente con uno de sus hermanos, llevaron en cierta ocasión
sus quejas ante el Maestro, quien escuchó en silencio y, cuando ellos hubieron
acabado, dijo simplemente: “Cambien ustedes mismos”.
Aceptar
lo que no podemos cambiar: el arte de no perder energía en lo externo.
¡Qué se le va a hacer! Esta expresión,
común en nuestra cotidianidad, encierra una sabiduría profunda: la capacidad de
aceptar aquello que escapa a nuestro control. La vida está llena de situaciones
inesperadas, decisiones ajenas que afectan nuestro camino y circunstancias
externas que desafían nuestra tranquilidad. Y, sin embargo, nuestra reacción
ante estos eventos es lo que define el impacto que tendrán en nuestro
bienestar.
En
un mundo en el que tantas variables escapan a nuestro control, es fácil caer en
la trampa del lamento, la queja y el enfado. Pero, ¿de qué sirve lamentarse si
la causa del malestar proviene de un factor externo? Ese lamento no cambia la
realidad y, en muchos casos, solo consigue alejarnos de nuestro centro
emocional y drenarnos de energía valiosa.
La
clave está en distinguir entre lo que podemos cambiar y lo que simplemente
debemos aceptar. Vivimos en un mundo de constante movimiento, donde las
circunstancias se transforman sin previo aviso. Intentar resistir el flujo
natural de los acontecimientos solo nos lleva a la frustración. Aprender a
soltar, aceptar y fluir nos permite mantener nuestra energía enfocada en lo que
sí está en nuestras manos.
El
filósofo estoico Epicteto decía que no podemos controlar los eventos externos,
pero sí nuestra percepción de ellos. Este enfoque nos invita a asumir la
responsabilidad sobre nuestras emociones y reacciones. En lugar de quedar
atrapados en la frustración, podemos encontrar maneras de reinterpretar la
situación y ver oportunidades en lo que, inicialmente, parecía ser un
obstáculo.
¿Qué
podemos hacer cuando nos enfrentamos a situaciones que escapan a nuestra
voluntad? Lo primero es reconocer la naturaleza de los eventos y preguntarnos
si realmente tenemos el poder de cambiar algo. Si la respuesta es negativa, la
mejor opción es aceptar y buscar cómo adaptarnos. La aceptación no significa
resignación, sino inteligencia emocional: entender que nuestra energía tiene un
mejor uso cuando la enfocamos en lo que sí podemos mejorar.
Otro
aspecto fundamental es la gestión de emociones. La ira, la frustración y la
desesperanza pueden surgir cuando sentimos que no tenemos control sobre algo
importante. Pero, en lugar de dejarnos arrastrar por estas emociones, podemos
aprender a observarlas, entenderlas y luego dejarlas ir. Técnicas como la
meditación, la escritura reflexiva y la conversación con personas de confianza
pueden ayudar a procesar estos sentimientos sin que se conviertan en una carga
permanente.
Aceptar
lo que no podemos cambiar no significa renunciar a la acción. Al contrario, nos
libera para tomar decisiones más sabias y centradas. En vez de perder energía
en la queja, podemos canalizar nuestros esfuerzos hacia aspectos de nuestra
vida que sí dependen de nosotros: nuestras relaciones, nuestra actitud,
nuestros proyectos y el crecimiento personal.
A
lo largo de la historia, grandes pensadores y líderes han aprendido esta
lección. Desde los estoicos hasta los líderes espirituales, pasando por figuras
que han enfrentado grandes adversidades, la clave del bienestar ha estado en su
capacidad de aceptar la realidad y transformar su enfoque.
En
última instancia, se trata de una elección: podemos aferrarnos a la frustración
o podemos liberar nuestra mente y nuestra energía para avanzar. Optar por la
segunda opción nos permite vivir con mayor ligereza, reducir el estrés y
centrarnos en lo que verdaderamente importa.
Así
que, ante los desafíos externos, recordemos la sabiduría de la frase: ¡Qué se le
va a hacer! No como un acto de rendición, sino como un reconocimiento de
nuestra capacidad de adaptación y fortaleza interior.
Se
buscan retiros en el campo, en la costa, en el monte. Pero eso es lo menos
filosófico que existe. Puedes retirarte en ti mismo cuando desees; pues no hay
lugar de retiro más tranquilo ni más libre de ocupaciones que el alma de uno: más
aún si se tiene dentro algo que, con solo inclinarse sobre ello, produce el
mayor bienestar, y por bienestar quiero decir orden. Concédete a ti mismo ese
retiro, una y otra vez, y renuévate.
Que sean sencillos y elementales aquellos
principios que, en cuanto los tengas delante, te basten para eliminar toda
aflicción y llevarte de vuelta en calma junto a las cosas a las que regresas. ¿Qué
te molesta entonces? ¿la maldad humana? Considera que los seres racionales
existen unos por otros, que tener paciencia forma parte de la justicia, que
obran mal involuntariamente, y cuantos que se enemistaron, que desconfiaron,
que odiaron, que se enfrentaron con lanzas están muertos y no son más que
cenizas. Para ya. ¿O acaso estás disgustado con la parte que te ha tocado del
universo? Preséntate esta disyuntiva “o providencia o átomos”, y cuántas cosas
te muestran que el universo es como una ciudad. ¿Son entonces las cosas de tu
cuerpo las que aún te afectan? Piensa que la inteligencia, una vez que llega al
dominio de sí y se da cuenta de su propio poder, no se mezcla de modo suave ni
brusco con ningún espíritu que esté en movimiento. Considera también cuanto has
escuchado y aceptado sobre el dolor y el placer.
¿Acaso
te va a apartar tu pequeña gloria? Considera la rapidez con la que cae todo en
el olvido, cómo la infinitud del tiempo se abre a ambos lados como un abismo,
la vacuidad que comporta la celebridad, la inconstancia y falta de juicio que
acompaña la fama, la estrechez del lugar en la que se circunscribe. La tierra
entera es una mota, y qué pequeño el rincón de esta en el que tú habitas. ¿Cuántos
y quienes serán los que allí te alaben?
Lo
que queda recuerda: la retirada a ese pequeño terreno que es de uno mismo; por
encima de todo no te distraigas ni te desazones en esfuerzos; sé libre y mira
las cosas como hombre, como ser humano, como ciudadano, como animal mortal. Que
entre aquellos principios que tienes a mano, aquellos a los que vuelves tu
mirada, estén estos dos: el primero, que las cosas no afectan el alma, sino que
esta permanece al margen e imperturbable y las turbulencias provienen únicamente
de la opinión interior; el segundo, que todo aquello que tienes ante los ojos
está a punto de cambiar y en un momento no estará ya. No dejes de pensar en los
cambios de los que has sido testigo. El Universo, mutación; la vida, opinión.
Si
está en tus manos, ¿qué haces?, Si en las manos de otro, ¿por qué te enojas?
¿Átomos o dioses? ¿Ambas cosas son extravíos?
No
hay que enojarse con nadie: pues si puedes, corrígelo; si no puedes corregirlo
a él, hazlo con la cosa misma; si tampoco esto es posible, ¿de que te sirve
enojarte? No se debe obrar sin propósito.
Nunca se es demasiado
viejo para marcarte un nuevo objetivo o para tener un nuevo sueño.
(Clive
Staples Lewis, escritor y teólogo)
Durante
los últimos 33 años, me he mirado al espejo
todas
las mañanas y me he preguntado:
“Si
hoy fuese el último día de mi vida,
¿querría
hacer lo que voy a hacer hoy?”.
Si
la respuesta era “no” durante varios días seguidos, entonces sabía que tenía
que cambiar algo.
(Steve
Jobs, empresario).
Sé
el cambio que quieres ver en el mundo.
(Mahatma
Gandhi, político, filósofo y abogado).
Han transcurrido
trescientos cincuenta y nueve días desde la última vez que el Babau se asomó a
las páginas de su diario. A pesar de haber sido un año intenso, colmado de
experiencias suficientes para llenar innumerables páginas, parece que la
desgana y la desubicación se han apoderado de él, como él mismo afirma.
Por ello, he decidido
tomar su lugar y convertirme en su amanuense. Pero no estoy aquí para
simplemente transcribir sus palabras o recopilar su vida, sino para ser la mano
ejecutora de sus avatares y plasmar en el papel cada fragmento de su
existencia.
No parecía que hubiera
cambiado mucho en su pensamiento y estado emocional desde la última vez que
escribió. Hace un año, él mismo definía su estado como un vacío existencial,
una falta de sentido, propósito e ilusión por la vida. Y sí, doy fe: sigue
igual. Sin embargo, en estos primeros compases del año, que marca el cuarto de
siglo, parece, en los tres días que llevamos del nuevo año, que algo empieza a
cambiar en él. Todo fue debido a una serie de pensamientos que aparecieron en
el momento de tomar las uvas con las campanadas que marcaban el tránsito entre
el año que finaliza y el nuevo. En realidad, no fue un pensamiento, fueron doce
pensamientos.
El Babau tenía la
costumbre de pedir un deseo con cada una de las uvas que iba comiendo al compás
de las campanadas, pero este año, en lugar de ir pidiendo deseos de manera
atropellada mientras engullía las uvas, con la primera campanada apareció en su
mente un pensamiento: Pedir un deseo es la tontería más grande del mundo. Es
bueno tener un deseo, pero en lugar de pedirlo y dejarlo ahí, colgado en la
nada, que es la mejor manera de que el deseo no se materialice, lo que se ha de
hacer es trabajar para hacerlo realidad. Como decía Einstein: “No podemos pretender
que las cosas cambien si seguimos haciendo lo mismo”.
Con la segunda
campanada, otro pensamiento apareció en su mente: Estás donde tienes que estar,
haciendo lo que tienes que hacer. Y este pensamiento le trajo una calma
inesperada. Comprendió que cada paso, cada decisión, había sido necesaria para
llegar a este momento. No había errores, solo lecciones. Cada desafío
enfrentado, cada lágrima derramada, todo formaba parte de un plan mayor que aún
no podía comprender del todo.
La tercera campanada
resonó y otro pensamiento se deslizó en su mente: El cambio comienza desde
dentro. Si quería ver un cambio en su vida, primero debía cambiar su
perspectiva. La manera en que veía el mundo era un reflejo de su estado
interior.
Con la cuarta
campanada, vino la realización de que el tiempo es su aliado, no su enemigo.
Cada día era una oportunidad para crecer, para aprender y para acercarse más a
sus objetivos. No tenía sentido apresurarse o desesperarse, porque cada cosa
tenía su momento perfecto para florecer.
La quinta campanada le
recordó que las conexiones humanas son fundamentales. Sus relaciones con los
demás eran un espejo de su relación consigo mismo. Debía nutrir sus vínculos,
ser más compasivo y abierto a las experiencias compartidas.
Al sonar la sexta
campanada, comprendió que la gratitud transforma la vida. Agradecer por lo que
tenía, por las personas a su alrededor y por las experiencias vividas, le daba
una nueva perspectiva. La gratitud le llenaba de energía positiva y renovaba su
esperanza.
Con la séptima
campanada, se dio cuenta de que el perdón libera. Perdonarse a sí mismo por sus
errores y perdonar a los demás le daba una sensación de libertad que nunca
había experimentado. El rencor solo envenenaba su alma.
La octava campanada
trajo consigo el pensamiento de que la pasión es el motor de la vida. Encontrar
aquello que le apasionaba y dedicarle tiempo y esfuerzo era esencial para
sentir que su vida tenía propósito y significado, a pesar de los años.
Al llegar la novena
campanada, entendió que la autenticidad es poderosa. Ser fiel a sí mismo, sin
máscaras ni pretensiones, le permitía vivir de manera más plena y en armonía
con sus verdaderos deseos y valores.
Con la décima
campanada, le llegó la convicción de que cada fracaso es una oportunidad. Los
tropiezos y caídas eran parte del camino hacia el éxito. Cada error era una
lección valiosa que le acercaba más a sus objetivos.
La undécima campanada
le trajo la claridad de que la paciencia es una virtud. No todo llegaría en el
momento que él deseara, pero confiar en el proceso y mantener la calma era
fundamental para no desfallecer.
Y finalmente, con la
duodécima campanada, comprendió que él era el arquitecto de su propio destino.
Cada pensamiento, cada acción, moldeaba su futuro. Tenía el poder de cambiar su
vida, de construir un camino lleno de sentido y propósito. Solo necesitaba
creer en sí mismo y dar cada paso con determinación.
-Hoy has conseguido que haya vuelto a
perder la paciencia.
-Cada día parece que encuentras una
nueva manera de sacarme de quicio, como si estuvieras buscando, activamente,
todas las formas posibles de irritarme.
-Te había dicho bien claro que teníamos
que salir a las 5, pero no, hasta las 5:20 no hemos salido por no sé muy bien
que razón, porque excusas nunca te faltan. Y ayer, también me sacaste de quicio
porque sabes, desde siempre, que no me gusta la comida muy caliente y me la pusiste
ardiendo. Y anteayer porque estaba leyendo y tuve que dejarlo para bajar a
recoger un paquete que tú habías pedido. Y así cada día.
-Mantener la calma contigo se ha vuelto
un desafío constante. Parece que tus acciones están diseñadas específicamente
para provocarme, y lo siento, pero así es como lo veo.
Pero…, ¿es, realmente,
así?
¿Qué
pasaría si en lugar de imponer un horario para salir, preguntaras si la hora es
conveniente para la otra persona, sobre todo considerando que la salida era
para dar un paseo?
¿Qué
pasaría si ante el plato de comida caliente, esperaras a que se enfriara o
soplaras un poquito?
Es
más fácil culpar a otros por nuestras frustraciones y decepciones que asumir la
responsabilidad de nuestras propias decisiones y reacciones.
Las miserias con las
que convivimos hacen que están salgan a la luz ante todo aquello que en nuestro
interior parece contrario a nuestros más íntimos deseos.
Y lo más triste es que
no somos conscientes de donde nace la frustración, la decepción, el desencanto,
que hace que lleguemos a explotar, sacando sapos de nuestra boca como sale la
lava por el cráter en un volcán en erupción.
Todo eso es señal
inequívoca de un carácter débil, de vivir la vida desde la dualidad, de tener
un escaso conocimiento de uno mismo, de temer salir de la zona de confort o
carecer de autocontrol, entre otras muchas sombras con las que podemos llegar a
convivir.
La primera pregunta
que habría que hacerse es: ¿Por qué reacciono siempre como un energúmeno ante
ciertas situaciones? Y, la segunda: ¿Cómo podría mejorar mi respuesta la
próxima vez que se presente un conflicto?
Fortalecer el carácter
es un proceso continuo que requiere práctica y dedicación. Sin embargo, el
primer paso para que eso ocurra es tener claro que se necesita un cambio para dejar
de ser un troglodita y, a partir de ahí, buscar información. Seguro que
encuentras miles de páginas que te van a dar consejos sobre cómo conseguirlo.
La vida es un conjunto de cambios
que no esperamos.
No importa con cuanta certeza tengamos
planeadas nuestras expectativas, siempre va a haber algo repentino, siempre va
a haber algo que no tengamos planeado.
No importa cuántas veces la vida
nos haya sorprendido o cuantas veces hayamos cambiado nosotros.
Nuestra esencia, lo que está dentro
de nuestra alma nunca cambia, siempre es para nuestro bien.
Una vez, un rey de un
país no muy lejano reunió a los sabios de su corte y les dijo:
«He mandado hacer un
precioso anillo con un diamante, con uno de los mejores orfebres de la zona.
Quiero guardar, oculto dentro del anillo, algunas palabras que puedan ayudarme
en los momentos difíciles. Un mensaje al que yo pueda acudir en momentos de
desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis
herederos y a los hijos de mis herederos. Tiene que ser pequeño, de tal forma
que quepa debajo del diamante de mi anillo».
Todos aquellos que
escucharon los deseos del rey, eran grandes sabios, eruditos que podían haber
escrito grandes tratados… pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres
palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil.
Igualmente pensaron, y buscaron en sus libros de filosofía por muchas horas,
sin encontrar nada en que ajustara a los deseos del poderoso rey.
El rey tenía muy
próximo a él, un sirviente muy querido. Este hombre, que había sido también
sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto, era
tratado como si fuera familia y gozaba del respeto de todos. El rey, por esos
motivos, también lo consultó. Y éste le dijo:
“No soy un sabio, ni
un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje”
«¿Como lo sabes
preguntó el rey”?
“Durante mi larga vida
en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una oportunidad me
encontré con un maestro. Era un invitado de tu padre, y yo estuve a su
servicio. Cuando nos dejó, yo lo acompañe hasta la puerta para despedirlo y
como gesto de agradecimiento me dio este mensaje”.
En ese momento el anciano
escribió en un diminuto papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó
al rey.
“Pero no lo leas»,
dijo. «Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo sólo cuando no encuentres salida
en una situación”.
Ese momento no tardó
en llegar, el país fue invadido y su reino se vio amenazado.
Estaba huyendo a
caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo,
y los perseguidores eran numerosos. En un momento, llegó a un lugar donde el camino
se acababa, y frente a él había un precipicio y un profundo valle.
Caer por él, sería
fatal. No podía volver atrás, porque el enemigo le cerraba el camino. Podía
escuchar el trote de los caballos, las voces, la proximidad del enemigo.
Fue entonces cuando
recordó lo del anillo. Sacó el papel, lo abrió y allí encontró un pequeño
mensaje tremendamente valioso para el momento. Simplemente decía “ESTO TAMBIÉN
PASARÁ”.
En ese momento fue
consciente que se cernía sobre él, un gran silencio.
Los enemigos que lo
perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de
camino. Pero lo cierto es que lo rodeó un inmenso silencio. Ya no se sentía el
trotar de los caballos.
El rey se sintió
profundamente agradecido al sirviente y al maestro desconocido. Esas palabras
habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo,
reunió nuevamente su ejército y reconquistó su reinado.
El día de la victoria,
en la ciudad hubo una gran celebración con música y baile. El rey se sentía muy
orgulloso de sí mismo.
En ese momento,
nuevamente el anciano estaba a su lado y le dijo:
“Apreciado rey, ha
llegado el momento de que leas nuevamente el mensaje del anillo”
“¿Qué quieres decir?”,
preguntó el rey. “Ahora estoy viviendo una situación de euforia y alegría, las
personas celebran mi retorno, hemos vencido al enemigo”.
“Escucha”, dijo el
anciano. “Este mensaje no es solamente para situaciones desesperadas, también
es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando te sientes derrotado,
también lo es para cuando te sientas victorioso. No es sólo para cuando eres el
último, sino también para cuando eres el primero”.
El rey abrió el anillo
y leyó el mensaje… “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”
Y, nuevamente sintió
la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y
bailaba. Pero el orgullo, el ego había desaparecido. El rey pudo terminar de
comprender el mensaje. Lo malo era tan transitorio como lo bueno.
Entonces el anciano le
dijo:
“Recuerda que todo
pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y
la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte
de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.”
La moraleja de esta
historia es que nada en la vida es permanente. Tanto la felicidad como la
tristeza son temporales y pasajeras. El mensaje del anillo sirve para recordar
al rey que debe mantenerse humilde en la victoria y esperanzado en la derrota,
ya que ambos estados son transitorios.
La fábula del rey y el
mensaje "Esto también pasará" es una poderosa lección de humildad y
esperanza. Nos enseña a valorar el momento presente sin aferrarnos demasiado a
él, ya que el cambio es la única constante en la vida. En tiempos de alegría,
nos recuerda disfrutar sin arrogancia, y en tiempos de tristeza, nos ofrece
consuelo y la promesa de que el dolor no durará para siempre. Esta historia
resuena con la idea de que la empatía hacia uno mismo y hacia los demás es
crucial, especialmente durante los desafíos, ya que todos experimentamos
altibajos en la vida. La empatía nos permite conectar con los demás y ofrecer
apoyo, sabiendo que las circunstancias pueden cambiar en cualquier momento.
Este es
el inicio de un largo camino. “Yo Soy” el cambio
Ya
estamos viendo en los países en los que se están empezando a relajar las
medidas de confinamiento cual es la preocupación de los dirigentes que son los
que tendrían que liderar el tan ansiado cambio: Que la economía, tal como la
conocemos, no termine de hundirse y que todo vuelva a la normalidad económica
lo antes posible. Justo a esa normalidad basada en la desigualdad que no
queremos.
Es
posible que se den algunos cambios, sobre todo, alguna mejora de la sanidad,
que está siendo el pilar de contención de la pandemia. Países que estaban
desmantelando su sanidad pública intentarán detener su deterioro y otros que
tienen una sanidad del siglo XIX intentarán adecuarse al siglo XXI. Pero poco
más.
La
pandemia, para los que sobrevivan, no va a servir más que para empobrecer a la
clase media y terminar de hundir a la clase baja. La clase súper alta, que es
la que realmente organiza el mundo a su antojo para su propio beneficio, no se
va a ver afectada en lo más mínimo, salvo que va a enriquecerse un poco más. Incluso
pueden salir mejor parados porque algunos, puede ser que les idolatren aún más
porque donan millones para ayudar a frenar la pandemia. ¿Qué es un millón o dos
o veinte comparado con lo que tienen?, es como para el resto de nosotros dar un
dólar a un pobre a la puerta de una iglesia. Una limosna.
Lo que esta
pandemia ha vuelto a dejar al descubierto es la solidaridad de muchísimas
personas en cualquier parte del mundo. La solidaridad siempre emerge en las
catástrofes, lo cual es fantástico, pero se reduce cuando la situación vuelve a
la normalidad. Y mientras no se consiga una igualdad real, en la que no pase
hambre ni un solo ser humano, la solidaridad va a seguir siendo necesaria.
Por lo
tanto, los que tenemos claro que el orden mundial debería de cambiar tenemos
que liderar el cambio. O, mejor, más que liderar el cambio tenemos que comenzar
a abrir la puerta para que este se realice, porque va a ser una lucha sin
cuartel, silenciosa y larga, muy larga, posiblemente nos lleve más de un siglo.
A no ser que tengamos en unos años una nueva pandemia que mate a dos millones
de personas y se lleve por delante la economía tal como la conocemos.
Casi
todos los que creemos que vivimos en una sociedad injusta e iniciemos ahora la
lucha o, mejor, que seguimos en la lucha que iniciamos hace algún tiempo, es
seguro que volveremos a la vida dentro de cien o doscientos años y, es posible,
que entonces sigan las desigualdades pero tendremos ya un terreno preparado y
abonado por nosotros en esta vida, para que sea más fácil la batalla final, ya
que nuestros hijos, nuestros nietos, bisnietos y tataranietos habrán seguido la
estela que ahora iniciamos nosotros.
¿Cómo
tiene que ser esa lucha? Ahora tiene que ser espiritual, porque nosotros no
podemos cambiar el sistema económico, pero si podemos cambiar la
espiritualidad. Tampoco podemos salir a las calles siete mil quinientos
millones de seres a reclamar un cambio de orden cuando cada uno de los siete
mil quinientos millones tiene una idea de orden diferente en su cabeza. Si no
fuera así, no habría tanto voto disperso. Personalmente nunca he entendido como
un obrero puede votar a la derecha. Pero aunque se vote a la izquierda, da lo
mismo. Son los mismos con una corbata de distinto color. Y lo que necesitamos
no son líderes de derecha o de izquierda, necesitamos lideres humanos, que se
sientan iguales, que amen a sus conciudadanos, que lloren con ellos, que rían
con ellos, que el sufrimiento de uno sea su propio sufrimiento, que no sepan de
economía, que no sepan de leyes, que sepan de justicia humana, de igualdad, de
compasión y de humildad.
Por lo
tanto, hemos de dejar de lado, aunque sigamos en la lucha por reducir la
desigualdad, las batallas política y económica para centrarnos en la batalla
espiritual.
Así como hay diferentes sistemas
políticos y económicos y diferentes religiones, en lo referente a la
espiritualidad, no hay dudas, solo existe un orden, el orden del Amor, que
conlleva inherente todos sus atributos: alegría, fe, igualdad, humildad,
comprensión, justicia social, tolerancia, paz, serenidad, misericordia,
felicidad, generosidad, compasión, libertad, aceptación, bondad, honestidad,
fortaleza, respeto, servicio.
Porque
el cambio, el auténtico cambio, es actuar desde el Amor. El Amor solo tiene una
regla, la Regla de Oro: Trata a los demás como tú mismo quieres ser tratado.
Tenemos que ser el cambio que
propugnamos realizando nuestro propio trabajo interior para ser el Amor que
demandamos al mundo, porque al final de todo el camino, dentro de uno, cinco o
mil años, la energía que va a mover el mundo es el Amor. Ese es el cambio, ese
es el final del camino. Empecemos en nosotros mismos y hagámoslo ya, no
esperemos a mañana.
Nuestro
objetivo tiene que ser elevar nuestra vibración en el Amor para ir influyendo
en los que nos rodean y estos a su vez influir en otros y estos en otros y así
sucesivamente hasta llegar al poder. Es un trabajo lento ¿verdad? Y más lento
porque es una batalla con uno mismo y, aunque sea incruenta, es la más
terrorífica de las batallas.
Para
eso lo mejor es comenzar por el principio. Saber de dónde partimos cada uno de
nosotros, porque el final del camino es el mismo para todos: aprender a Amar.
Como
pasar de donde estamos al Amor no es tarea fácil, mejor vayamos ganando cada
una de las partes, subiendo un peldaño tras otro, que no son otros que las
cualidades del Amor, para llegar al Todo. Hoy trabajo la paciencia, el mes que
viene la tolerancia, al otro el perdón y, así, un día tras otro llegaremos a la
cima.
Voy a
terminar esta entrada con unas preguntas. A partir de la próxima intentaré
desgranar como ganar cada una de las etapas que nos van a llevar a la cumbre.
Podéis
escribir y contestar para unificar ideas.
¿Tenemos
claro que todos SOMOS UNO, que somos lo mismo, todos con el mismo origen, todos
con el mismo fin?
¿Tenemos
claro que somos más que un cuerpo?
¿Tenemos
claro para que venimos a la vida?
¿Tenemos
claro que organizamos nuestra vida antes de encarnar?
¿Tenemos
claro que la pandemia estaba contemplada en nuestro Plan de Vida?
Si
tenemos claro que está contemplada en nuestro Plan de Vida y, por lo tanto,
aceptada por nuestra alma ¿Qué esperábamos ganar con ella?
La
contestación a estas preguntas y, algunas más, lleva implícito el trabajo a
realizar.
Cuídense,
todos somos necesarios, ya que si falta uno tendremos que suplir su vibración
entre los demás.