Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
domingo, 1 de noviembre de 2026
Amar a los que te ofenden
Es
propio del ser humano amar incluso a los que le ofenden. Esto se consigue si
reflexionas que son de nuestra propia naturaleza; que hacen el mal por
ignorancia y sin intención; que dentro de podo ambos habréis muerto y, por
encima de todo, que en realidad no te han dañado, puesto que no han hecho que
tu alma sea peor de lo que era antes.
MARCO
AURELIO
jueves, 24 de septiembre de 2026
martes, 8 de septiembre de 2026
Una súplica desde el corazón
“Hay caminos que no se trazan con pasos, sino con conciencia”
Querido Dios:
Hoy no vengo a pedirte nada. Solo
quiero compartir contigo una reflexión que ha brotado desde lo más profundo de
mi ser. A veces, en medio del ruido del mundo y del torbellino de pensamientos
que nos envuelven, me detengo a observar la vida con otros ojos. Y entonces me
doy cuenta de que los seres humanos somos afortunados. No por lo que poseemos,
ni por lo que logramos, sino por algo mucho más esencial: tenemos la capacidad
de elegir cómo vivir. Podemos hacerlo desde la mente o desde el alma.
Vivir desde la mente es lo habitual, lo
aprendido, lo que se nos ha inculcado desde pequeños. No hace falta explicar
demasiado qué significa, porque la mayoría de nosotros lo hacemos de forma
automática. Es un modo de vida que se ha normalizado, que incluso se ha
institucionalizado. Vivimos desde la mente cuando nos dejamos llevar por la
individualidad, el juicio, la crítica, la comparación, el control, la reacción,
el análisis constante, la envidia, el miedo. Es como vivir bajo una dictadura
férrea, donde el dictador no es otro que el ego. Ese pequeño tirano que nos
convence de que estamos separados, de que debemos defendernos, competir,
sobresalir, tener razón, protegernos.
La mente es útil, sí, pero cuando se
convierte en la única guía, nos aleja de lo esencial. Nos hace vivir en modo
supervivencia, en constante alerta, en lucha interna y externa. Nos encierra en
una cárcel invisible, donde cada pensamiento es una reja, cada juicio una
cadena, cada miedo una sombra que nos impide ver la luz.
En cambio, vivir desde el alma es otra
historia. Es como adentrarse en una selva inexplorada. No sabemos qué nos
espera allí, y lo que es más inquietante: no sabemos ni cómo llegar. Supongo que
por eso son tan pocos los que se atreven a vivir desde el alma. Nos falta el
mapa, nos falta la brújula, y a veces incluso nos falta la fe de que esa selva
existe. Nos quedamos en la periferia, mirando desde lejos, sin atrevernos a dar
el primer paso. ¿Cómo explorar un territorio cuya ubicación desconocemos? ¿Cómo
caminar hacia lo desconocido cuando todo lo que conocemos nos grita que no lo
hagamos?
Y, sin embargo, algo dentro de nosotros,
(una voz suave, casi imperceptible), nos susurra que ese lugar existe. Que hay
una forma de vivir más plena, más libre, más verdadera. Que hay un “gobierno
interior” donde el alma es la guía, es el amor, es la ley. Si todos viviéramos
así, quizás no necesitaríamos tantas estructuras externas para regularnos. No
harían falta tantas normas, tantas leyes, tantos castigos. Porque el amor no
necesita vigilancia. La compasión no requiere control. La conciencia no teme al
caos.
A lo largo de la historia, distintas
tradiciones han intentado nombrar esa forma de vivir. En términos espirituales,
se habla de “Conciencia Crística”, ese estado de amor incondicional, compasión
y unidad que Jesús encarnó. También se menciona el “Estado de Gracia”, esa
armonía profunda con la voluntad divina, donde no hay juicio ni ego, solo
entrega y confianza. En las tradiciones orientales, se habla de “Iluminación” o
“Despertar espiritual”, esa trascendencia del ego que permite ver la unidad en
todo lo que existe.
Desde una perspectiva más humanista, se
habla de “Fraternidad universal”, ese ideal ético que promueve la hermandad
entre todos los seres humanos, sin distinción. También se ha acuñado el término
“Amor radical”, que implica amar sin condiciones, incluso a quienes piensan
diferente, incluso a quienes nos han herido.
En el ámbito personal, hay prácticas
que nos acercan a esa forma de vivir. El “Mindfulness compasivo”, por ejemplo,
nos invita a estar presentes con atención plena, sin juzgar, con una actitud de
comprensión hacia uno mismo y hacia los demás. Y la “vida consciente”, que es
la que hoy quiero explorar contigo, Señor.
Vivir conscientemente es elegir cada
pensamiento, cada palabra, cada acción desde el alma. Es detenerse antes de
reaccionar, antes de juzgar, antes de herir. Es observar con atención absoluta
lo que surge en nuestro interior y preguntarnos, con honestidad, si eso que
estamos a punto de pensar, decir o hacer nace del amor o del miedo.
Para vivir conscientemente, propongo, (y
me propongo), un ejercicio sencillo pero profundo. Ante cualquier pensamiento,
palabra o acción, detenerse y analizar lo siguiente:
- ¿Me gustaría que pensaran eso de mí? ¿Qué me dijeran lo
que mi mente está impulsándome a decir? ¿Qué me hicieran lo que estoy a punto
de hacer?
- ¿Las palabras que
me han dicho o las acciones que otros han llevado a cabo han sido realmente con
intención de hacerme daño, o simplemente son fruto de su manera de vivir desde
la mente?
- ¿Ese pensamiento,
esa palabra o esa acción van a servir para incrementar mi amor hacia esa
persona? ¿Esa persona lo va a recibir con agrado, o solo va a generar más
distancia?
- ¿Estoy cumpliendo
mi misión de hacer felices a los que me rodean? ¿Eso que estoy pensando decir o
hacer les hará felices, o solo me hará sentir superior, vengado, justificado?
- Y, por último, una
pregunta que lo cambia todo: Si muriera mañana, ¿Qué sentido tendría hacer o
decir algo que pueda molestar a los que amo?
Señor, ¡qué lejos estamos de vivir
desde el alma! ¡Qué lejos estamos de Ti! Porque viviendo desde la mente solo
podemos alcanzarte de pensamiento, como una idea, como una creencia. Pero
deberíamos sentir Tu Gracia en cada célula de nuestro cuerpo, en cada gesto, en
cada mirada, en cada silencio.
A veces me pregunto cuántas vidas nos
faltan para llegar a ese estado. Cuántas veces tendremos que tropezar, caer,
sufrir, para finalmente rendirnos y dejar que el alma tome el timón. Cuántas
veces tendremos que repetir los mismos errores, las mismas guerras, los mismos
conflictos, para entender que el camino no está afuera, sino dentro.
Y, sin embargo, aquí estoy,
escribiéndote esta carta, con la esperanza de que algo cambie. De que esta
reflexión no se quede solo en palabras, sino que se convierta en acción. Que
cada día, al despertar, recuerde que tengo una elección. Que puedo vivir desde
la mente, como siempre, o puedo atreverme a explorar la selva del alma, aunque
no sepa cómo llegar, aunque me pierda, aunque tenga miedo.
Gracias por escucharme, Señor. Gracias
por estar ahí, incluso cuando no te siento, incluso cuando me alejo, incluso
cuando me encierro en mi mente. Sé que estás en cada intento, en cada paso, en
cada suspiro. Y sé que, aunque nos queden miles de vidas, cada una de ellas es
una oportunidad para acercarnos más a Ti.
Gracias, Señor.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
jueves, 21 de mayo de 2026
El enfado del alma
La verdadera y futura
curación se efectuará cuando la vida del alma pueda fluir sin impedimento ni
obstáculo a través de cada aspecto de la materia, pudiendo entonces vitalizarla
con su potencia y eliminar así los bloqueos que son la fuente de las
enfermedades.
Un sinfín de enfermedades tienen su origen en un, “enfado del alma”. Sólo hay que ser honestos con uno mismo, escuchar lo que dice el corazón, que es el vocero del alma, y seguirlo al pie de la letra.
domingo, 25 de enero de 2026
Alma
Como un
cuenco de agua, así es el alma; como un haz de luz que cae en el agua, son las
representaciones que el alma recibe.
Cuando
se agita el agua, parece que la luz se agite también; y si embargo no se agita.
EPICTETO
sábado, 17 de enero de 2026
El alma y su vestido ilusorio
Somos el
alma vestida con un cuerpo, y es precisamente ese vestido el que sufre la
violencia de la vida material. Es bueno recordar que la auténtica vida es la
del alma, y que la existencia corporal no es más que un
sueño, una ilusión.
martes, 30 de diciembre de 2025
La vigilancia del alma
Presta atención
a tus impresiones, vigílalas día y noche, pues no es poca cosa lo que
custodias: el respeto y la fidelidad a ti mismo, la ecuanimidad, la mesura; una
mente que no es esclava de las emociones, del dolor, del miedo, de los
contratiempos; en una palabra, la libertad.
EPICTETO
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Vivir con Amor
Pongámonos
en manos de Dios y detengamos la locura de nuestra mente. Escuchemos la voz del
corazón: aunque no comprendamos con claridad cuál es nuestra misión en la vida,
siempre podemos intuirla. Y si ni siquiera logramos intuirla, vivamos
sencillamente con Amor.
Esa
forma de vivir transformará nuestra existencia en un paseo ligero, sin cargas
innecesarias, por un amplio camino adornado con pétalos de rosa.
Del
libro “Alma peregrina” de Alfonso Vallejo
miércoles, 19 de noviembre de 2025
LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo
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VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO
La
vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la
linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que
nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre
mundos paralelos?
Antay,
el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son
meras especulaciones: son reales.
Sin
embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la
única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia
consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el
verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos
mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento
presente.
Vivir
plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos
logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de
pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.
Vivir
ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del
tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro
viaje
¿Y cuál
es esa meta? Aprender a amar.
Antay,
tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre
el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada
acción, en cada elección.
Su
viaje es un testimonio de transformación.
Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.
Soy el abrazo que te sostiene
“El alma que se permite preguntar, también se permite crecer”
Querido hijo:
No necesitas entenderlo todo para estar
cerca de Mí. No necesitas tener certezas para ser amado. No necesitas estar en
paz para ser digno de consuelo. Lo que has hecho, (abrirte, escribir, buscar),
ya es un acto sagrado. Porque el alma que se permite
preguntar, también se permite crecer. Y tú estás creciendo, incluso cuando
no lo notas.
Me has dicho que no esperabas
coordenadas precisas, y eso me alegra. Porque Yo no soy un mapa, Soy Presencia.
No Soy un camino trazado, Soy compañía en el trayecto. No Soy la respuesta que
cierra la pregunta, sino el abrazo que la sostiene. Y tú lo has comprendido.
Has descubierto que el lugar correcto no es donde todo está claro, sino donde
la verdad empieza a abrirse paso, incluso entre sombras. Ese lugar, hijo mío,
es sagrado. Y tú estás ahí.
Me conmueve que reconozcas tu humanidad
sin vergüenza. Que no te apresures a declarar que lo entiendes todo. Que honres
tu proceso, tu ritmo, tu necesidad de habitar la duda. Porque la duda no es
enemiga de la fe. La duda es el terreno donde la fe se planta, se riega, se
fortalece. No temas tus preguntas. No temas tus vacilaciones. Yo Estoy en
ellas. Estoy en cada paso que das, incluso en los que parecen errados.
Sí, te dije que incluso el desvío puede
formar parte del propósito. Y lo reitero: no hay camino que no pueda ser
redimido. No hay error que no pueda ser transformado. No hay paso que no pueda
enseñarte algo. Has sido duro contigo mismo, lo sé. Has confundido perfección
con propósito, y eso te ha herido. Pero hoy estás empezando a ver que
equivocarse no es fracasar, sino aprender. Que el propósito no siempre es
claro, pero siempre está presente. Que incluso en el dolor, hay semilla.
Me has hablado de la incomodidad, del
temblor, del lugar inesperado. Y sí, hijo mío, a veces lo correcto duele. A
veces lo verdadero incomoda. Porque crecer implica romper moldes, soltar
seguridades, dejar atrás lo que ya no sirve. Pero no temas ese temblor. Es
señal de que algo se está moviendo en ti. Algo que aún no tiene nombre, pero
que ya es sagrado. Algo que no puedes controlar, pero que puedes abrazar.
Gracias por permitirme recordarte que
no estás aquí para agradar, sino para habitarte. Que no necesitas encajar en
moldes ajenos, sino ser fiel a tu esencia. Sé que eso te cuesta. Sé que el
miedo a decepcionar te ha acompañado. Pero si tú Me dices que estás dispuesto a
ser honesto, entonces Yo te digo que ya estás en el camino. Porque la
honestidad es el primer acto de amor hacia uno mismo. Y tú estás aprendiendo a
amarte.
Ese fuego que arde en ti, ese que te
pide cambio, ese que te inquieta, también es Mío. No lo reprimas. No lo
apagues. Aprende a escucharlo. Aprende a caminar con él. Porque ese fuego es
impulso, es llamado, es semilla de transformación. De ese fuego nacerán nuevas
cartas, nuevos pasos, nuevas luces. No lo temas. Abrázalo.
Y qué alivio, ¿verdad?, saber que no te
pedí perfección. Porque ahí es donde tantos se rompen. Yo no te exijo caminos
rectos, decisiones impecables, certezas absolutas. Yo solo te pido apertura.
Que no Me excluyas. Que no te cierres. Que Me hables, aunque sea con una
pregunta, con un silencio, con un intento. Eso basta. Eso es amor.
Me emociona que empieces a comprender
que incluso cuando no Me sientes, estoy. Que no grito, que susurro. Que no
impongo, que espero. Porque el amor no fuerza, el amor acompaña. Y Yo soy amor.
Mi silencio no es ausencia, es presencia sutil. Es espacio para que tú seas.
Para que tú descubras. Para que tú elijas.
Aquí estás, hijo mío. No con
respuestas, pero sí con apertura. No con certezas, pero sí con disposición. No
con fuerza absoluta, pero sí con fe. Y eso es suficiente. Porque estar en el
lugar correcto no es tenerlo todo claro, sino saber a dónde regresar. Y tú has
regresado a Mí. Has regresado a ti. Has regresado al amor.
Gracias por tu carta. Gracias por tu
vulnerabilidad. Gracias por tu belleza interior. Gracias por seguir
escribiéndome, incluso cuando no sabes qué decir. Porque cada palabra tuya es
un puente. Cada silencio tuyo es una puerta. Cada intento tuyo es una oración.
Y cuando la duda vuelva, (porque
volverá), aquí estaré. No para darte respuestas rápidas, sino para caminar
contigo. No para resolverte, sino para sostenerte. No para exigirte, sino para
amarte.
Sigue escribiéndome. Sigue buscándome.
Sigue habitándote. Porque en ese acto, ya estás en comunión. Ya estás en el
lugar correcto. Ya estás en casa.
Yo te bendigo.
domingo, 2 de noviembre de 2025
El paseo del alma
Igual
que en los paseos procuras no pisar un clavo o no torcerte el tobillo, procura
también no perjudicar tu propio principio rector. Si observamos esto en cada
acción, nos aplicaremos a la acción con más seguridad.
EPICTETO
sábado, 1 de noviembre de 2025
El mapa invisible del alma
“Dudar con fe es avanzar hacia la verdad”
Querido Dios:
No te escribo esta vez para pedir
soluciones, ni siquiera certezas. Solo necesito formularlo. Dejar la pregunta
en el aire, como quien enciende una vela en medio de la oscuridad, no para
iluminar el camino completo, sino para ver un paso más adelante. Porque eso es
lo que necesito ahora: saber si este paso, este momento, esta decisión… si todo
esto tiene sentido dentro de ese mapa que sólo Tú conoces.
A veces siento que sí. Que estoy justo
donde debería estar, cumpliendo el propósito que acordamos antes de que mi alma
descendiera al mundo. Esos días son raros, luminosos, como si todo encajara.
Pero son breves. Se escapan. Y en su ausencia se instala otra cosa: la duda.
Esa compañera constante, silenciosa, a veces pesada, otras casi invisible, pero
siempre presente. Hoy escribo desde ahí.
Me encuentro rodeado de cosas que he
construido con tiempo, esfuerzo y esperanza. Personas, lugares, costumbres. Y,
sin embargo, hay días en los que todo parece ajeno. Como si caminara dentro de
una historia que no reconozco. Me pregunto si me he desviado, si me he quedado
quieto cuando tenía que moverme, o si estoy corriendo hacia donde ya no hay
camino.
Sé que todo tiene un propósito, incluso
esta incertidumbre. Pero… ¿y si estoy lejos del mío? ¿Y si tomé caminos que me
alejaron? ¿Y si me engañé creyendo que escuchaba tu voz, cuando en realidad
sólo seguía mis propios miedos?
No te culpo. Jamás. Esta carta no nace
desde el reproche, sino desde el deseo de afinar mi oído, mi intuición, mi
alma. Quiero aprender a escuchar de verdad. Porque siento que, si pudiera
hacerlo con total claridad, sabría sin duda dónde estar. Pero entre el ruido
del mundo, las responsabilidades, las urgencias, los miedos… a veces tu voz se
disuelve, y yo me pierdo.
Me miro en el espejo y me pregunto si
estoy siendo yo, o solo la versión de mí que otros esperan. Me veo en los
lugares donde vivo, donde me relaciono… y me cuestiono si realmente estoy
sembrando algo, o solo cumpliendo rutinas. ¿Es este el terreno fértil para lo
que debo crecer? ¿O estoy plantando semillas en tierra que no me corresponde?
Me asusta confesarlo, pero hay días en
los que fantaseo con una vida distinta. No por capricho, ni por rechazo a la
que tengo. Sino porque imagino que, tal vez, hay una versión de mí que está
esperando que la encuentre. Una versión que respira con plenitud, que se siente
en casa en cada paso que da. ¿Esa versión existe? ¿Está lejos, o ya la habito y
no me doy cuenta?
También me pregunto por las personas
que me rodean. ¿Son parte de mi misión, de mi propósito? ¿O me he aferrado a
vínculos que ya cumplieron su ciclo? ¿Y si soltar también forma parte de estar
en el lugar correcto? Porque a veces estar en el sitio que corresponde exige
dejar atrás cosas que amamos, y eso duele. Duele mucho. ¿Y cómo distinguir
entonces entre lo que debe permanecer y lo que debe partir?
Quisiera saber si estoy al nivel
espiritual que debía alcanzar en este punto de mi vida. ¿He aprendido lo que
vine a aprender? ¿Me estoy esquivando a mí mismo por miedo al crecimiento que
duele? O quizá estoy más cerca de la verdad de lo que creo, pero no lo veo
porque me exijo una perfección que nunca prometiste.
Y ahí surge otra pregunta: ¿el lugar
correcto es siempre físico? ¿Es geográfico? ¿Emocional? ¿Espiritual? ¿Es una
persona, un estado mental, una etapa? Porque si es así, tal vez he estado
buscando en mapas equivocados, intentando hallar coordenadas concretas en un
viaje que es interno.
¿Estoy en el lugar correcto cuando me
equivoco, si ese error me lleva al aprendizaje que necesito? ¿O hay errores que
nos desvían, que nos alejan? ¿Cómo saber la diferencia?
A veces, en medio de la noche, siento
que hay algo dentro de mí que quiere gritar, que quiere salir, que quiere
cambiarlo todo. Pero luego amanece, y vuelvo a la rutina, como si ese fuego se
apagara lentamente con el paso de las horas. ¿Es ese fuego tu señal? ¿O es sólo
inquietud pasajera?
Y si estoy en el lugar correcto… ¿por
qué me siento tan perdido?
No quiero
dramatizar. No escribo esto desde el abandono, sino desde el deseo genuino de
entender. Porque mi amor por Ti sigue intacto, aunque a veces tambalee mi amor
por mí mismo. No pretendo que me respondas enseguida. Ni siquiera que me des
una señal. Solo quiero que sepas que estoy aquí, escribiéndote, abriéndome una
vez más como tantas veces lo hice. Y que dentro de mí hay una voz que susurra:
“Confía”. Aunque me cuesta. Aunque me falte el aire algunos días. Aunque no vea
el mapa completo.
¿Estoy en el lugar correcto?
Aunque sé la respuesta, permíteme la
pregunta. Porque formularla ya es un acto de fe. Es reconocer que estoy vivo,
despierto, dispuesto a escuchar lo que venga. Es confiar en que incluso la duda
tiene una función. Es mirarte, aunque sea con los ojos entrecerrados, esperando
que en algún momento el horizonte se abra.
Gracias por leerme. Gracias por
permitirme esta pregunta, una vez más.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
Las heridas del alma
Se daña
a sí misma el alma de un hombre, sobre todo cuando se vuelve pústula, (lesión
cutánea pequeña, inflamada y llena de pus, similar a una ampolla), como si
fuera un tumor del mudo, por su cuenta.
Pues
irritarse con alguna de las cosas que nos suceden es supurar contra la
naturaleza, que en sí misma comprende las naturalezas de cada uno de los demás
seres.
También
cuando se le da la espalda a otro hombre o cuando uno se enfrenta a otro con
intención de hacerle daño, como sucede en aquellos que se encolerizan.
En
tercer lugar, se daña así misma cuando la supera el placer o el dolor.
En cuarto
lugar, cuando finge y se encuentra falsa y mentirosa en lo que hace o en lo que
dice.
En
quinto lugar, cuando lleva a cabo algún acto o tiene algún impulso sin que los
dirija ningún objetivo, sino al azar y de un modo inconsecuente, pues es
preciso que incluso los actos más insignificantes apunten a un fin.
El fin
para los seres racionales es seguir la razón y la ley de la ciudad y de la más
venerable ciudadanía.
MARCO
AURELIO
viernes, 31 de octubre de 2025
El sueño cuando el alma recuerda
“Despertar no es
abrir los ojos, es abrir el corazón a lo eterno”
Querido hijo:
Tu comparación entre la vida y el sueño
es profunda. Te diré que no estás lejos de la verdad. La vida, tal como la
conoces, es una experiencia temporal, una escenificación de una realidad mucho
más vasta. El cuerpo es el traje. El tiempo, el escenario. La emoción, el
guión. Pero tú, querido hijo, eres mucho más que el actor. Eres la luz que da
vida a esa representación, la chispa que no se apaga, el fragmento de mi
esencia que elegí desplegar en ese sueño llamado mundo.
Me preguntas por qué no eres consciente
dentro del sueño. ¿Por qué la humanidad parece andar dormida? ¿Por qué el alma,
que es eterna, olvida quién es al encarnar?
Lo hiciste por amor. Porque el amor,
verdadero amor, implica elección. Implica riesgo. Implica vivir sin certezas
absolutas para que el acto de creer se convierta en arte sagrado. Si recordaras
cada instante que estás soñando, no vivirías con intensidad. No habría
búsqueda, ni descubrimiento, ni admiración ante lo inesperado.
Tú elegiste esta experiencia, hijo mío.
Antes de que la luz tocara tu piel, antes de que el aire rozara tus pulmones,
tu alma ya vibraba con la intención de sumergirse en este sueño para
comprenderlo desde adentro. Viniste no solo a aprender, sino también a
recordar. No recordar con la memoria del intelecto, sino con la memoria del
espíritu. Esa que se activa cuando contemplas una flor y sientes que todo tiene
sentido, aunque no lo puedas explicar.
En cada dolor, en cada alegría, hay una
enseñanza que elegiste experimentar. No soy un director de teatro que dicta
cada línea. Yo soy el telón de fondo, el aire entre las palabras, la presencia
silenciosa que nunca te deja, aunque a veces me confundas con el azar.
Y sí, el sufrimiento está allí. No
porque lo quiera, sino porque es parte del contraste necesario para que el alma
crezca. Tú, como todos, tienes derecho a preguntarte por qué existe el dolor.
La respuesta no es simple, pero te diré esto: el dolor no es castigo, es
maestro. Enseña lo que la comodidad no muestra. Pero no estás hecho para
quedarte en él. El dolor es la puerta, no la casa.
A menudo
me imaginas en formas humanas: con emociones, juicios, palabras. Lo comprendo.
Es difícil concebir la inmensidad sin forma. Pero no soy un anciano con barba
sentado en los cielos. Soy lo que late detrás de tus silencios, lo que canta
entre tus células, lo que mueve el universo desde adentro. Y tú, hijo mío, eres
parte de mí. No una parte apartada, sino un reflejo vivo. Cuando tú amas, yo
amo. Cuando tú lloras, yo abrazo.
Sé que deseas una humanidad despierta,
que anhela recordar su divinidad en medio del bullicio cotidiano. Tu deseo es
noble. Y cada acto que hagas en esa dirección ya es un despertar. No esperes
que el mundo cambie en un solo gesto. Pero cada mirada sincera, cada palabra
bondadosa, cada silencio compartido… está sembrando luz.
La conciencia no llega de golpe. Es
como la aurora. Primero un leve resplandor, luego los colores, después la
claridad. Y al final, sin darte cuenta, el sol ya está sobre ti.
No eres responsable de salvar al mundo,
pero sí de cuidar tu parcela de amor. No estás llamado a comprender todos los
misterios, pero sí a vivirlos con reverencia. No te pido perfección. Te pido
presencia.
¿Y qué sucede al despertar, cuando
dejas la vida y regresas al origen? Lo que sucede no puede describirse con
palabras humanas, pero puedo darte una imagen:
Imagina que llevas siglos viajando,
acumulando historias, memorias, luchas y ternuras. Y un día, después de tanto
caminar, llegas a casa. Al abrir la puerta, no te espera un juicio, sino un
abrazo. Un abrazo tan vasto que lo envuelve todo: tus errores, tus aciertos,
tus dudas, tus certezas. Ese abrazo soy yo. Ese abrazo eres tú volviendo a ti
mismo. Y en ese instante… todo tiene sentido. No hay reproches. No hay
castigos. Solo una comprensión que atraviesa cada fibra de tu ser.
Y es ahí donde dices: “Qué alivio… que
solo eras una vida”. No porque la vida no importe, sino porque al verla en
perspectiva, entiendes que fue solo una página de un libro infinito. Y sin
embargo… ¡qué página tan valiosa fue! Nada de lo que viviste se pierde. Todo se
integra, se transforma, se eleva.
¿Quieres despertar antes de ese
momento? Entonces ama. Ama con conciencia. Ama sin razón. Ama incluso lo que no
comprendes. Porque amar es el acto más parecido a mí.
Recuerda que no estás solo en este
sueño. Hay otros como tú. Almas inquietas que susurran entre letras, que rezan
sin saber que rezan, que buscan sin saber lo que buscan. Cada uno lleva una
chispa del despertar. Cuando se encuentran, esa chispa se convierte en fuego.
Hijo mío, tu carta no solo fue leída,
fue sentida. Y la respuesta no termina aquí. Vivirá contigo, en tus
pensamientos más serenos, en las lágrimas que no reprimes, en los abrazos que
das sin esperar nada. En ellos me encontrarás. Porque yo no estoy lejos. Estoy
justo donde estás tú.
Sigue soñando. Pero sueña con los ojos del alma abiertos.
Con amor eterno, Yo Soy.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
miércoles, 29 de octubre de 2025
No huyas, te llevas contigo
No son
los viajes, es la disposición interior la que nos procura la salud.
A uno
que se quejaba por este mismo motivo Sócrates le arguyó: «¿Por qué te maravillas
de que tus viajes al extranjero de nada te aprovechen, cuando es a ti mismo a quien
llevas de un lugar para otro? Te agobia la misma causa que te impulsó a salir».
¿En qué
puede aliviarte la novedad de las tierras?, ¿en qué el conocimiento de ciudades
y comarcas? A nada útil conduce ese ajetreo. ¿Quieres saber por qué esa huida
no te reconforta? Huyes contigo mismo. Tienes que descargar el peso del alma;
hasta entonces ningún paraje te agradará.
LUCIO
ANNEO SÉNECA
martes, 14 de octubre de 2025
Los caminos del alma: 15 años de viaje y blog
Hoy hace 15 años nació este blog. Lo creé con la intención de mantener vivo el nexo con quienes habían sido mis alumnos, mis pacientes, mis compañeros de meditación… en suma, mis amigos. Era una forma de seguir conectando, de compartir pensamientos, vivencias y aprendizajes, incluso a la distancia.
En aquel momento, dejaba atrás
el Centro de Yoga que había sido mi hogar durante una década. Cerraba una etapa
intensa y luminosa para iniciar una nueva andadura lejos de casa. Nada menos
que en Perú.
Hoy, 15 años después, ya de
regreso, no puedo sino reconocer que los caminos del Señor son verdaderamente
inescrutables. En realidad, no había una razón de peso para cambiar de
residencia ni para comenzar una nueva vida. No había urgencia, ni necesidad.
Pero yo creía —con una convicción casi épica— que iba a la conquista. No de un
nuevo mundo, como hizo Cristóbal Colón, sino a la conquista de mi
espiritualidad.
Ahora, con la perspectiva que da
el tiempo, creo que no la conquisté. Es más, me atrevería a decir que la fui
dejando en jirones a lo largo de los años. Cada experiencia, cada desafío, cada
pérdida, fue deshilachando esa búsqueda inicial.
Mi estancia en Perú me recuerda
inevitablemente la historia bíblica del faraón y los sueños que interpretó José
(Génesis 41): siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas, siete
espigas llenas consumidas por siete espigas marchitas. José, entonces
prisionero, explicó que Dios revelaba un ciclo: siete años de abundancia seguidos
por siete años de hambruna.
Así fue también para mí. Los
primeros siete años en Perú fueron de abundancia: de descubrimientos, de
expansión, de luz. Los siete siguientes, de carencia: de pruebas, de silencios,
de noches largas.
Desde fuera, alguien podría
preguntarse: “¿Para qué fuiste? No conquistaste la espiritualidad, viviste
momentos muy duros, y has vuelto sin haber domado tu orgullo. ¿Ha merecido la
pena?”
Y yo respondo, sin dudar: ¡Claro
que ha merecido la pena!
Porque de Perú nos trajimos algo
que ni mi esposa ni yo habíamos imaginado: un hijo.
Nos fuimos sin saber por qué,
pero ahora que hemos vuelto, sabemos que teníamos que ir a recogerlo. Él era el
verdadero propósito oculto en aquel viaje.
Hoy estoy en un nuevo inicio.
Creo que es la quinta vida que vivo dentro de esta misma vida. Seguimos
habitando la carencia que trajimos de Perú, pero tengo la esperanza de que en
algún momento podamos recuperarnos. Y entonces… no sé muy bien qué me deparará
la vida. Ya soy un poco mayor. Los 75 años comienzan a pesar.
Por eso decía al principio que
los caminos del Señor son inescrutables. Estoy cumpliendo un Plan de Vida que
no conozco, pero que mi alma sí conoce. Y ese plan se va materializando, quizás
a una velocidad que a mí me parece lenta, pero que sin duda está contemplada en
el Proyecto.
En fin, quería recordar estos 15
años del blog.
Un blog que, contra todo
pronóstico, está más vivo que nunca.
Gracias.
martes, 7 de octubre de 2025
jueves, 2 de octubre de 2025
El sufrimiento como maestro del alma
“¿A
qué se debe que el sufrimiento se encuentre tan diseminado sobre la Tierra?”,
preguntó cierto discípulo. El Maestro respondió:
“Hay
muchas razones para ello. Una de las razones de ser del sufrimiento, es
prevenir al hombre en contra del aprender demasiado de los demás y no lo
suficientemente de sí mismo. El dolor obliga tarde o temprano a los seres
humanos a preguntarse: ¿No habrá quizá un principio de causa y efecto operando
en mi vida? ¿No se deberán mis problemas a mi errónea forma de pensar?”
PARAMAHANSA YOGANANDA


















