Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de marzo de 2026

El oro invisible

 


 

“El alma que decreta desde el amor ya camina sobre puentes dorados, aunque no los vea”

         Querido hijo:

        He leído tu carta con la atención que merece un alma que se expresa con sinceridad, con fe, con vulnerabilidad. No hay palabra tuya que no haya resonado en Mi corazón, porque cada pensamiento que nace de ti, cada duda, cada esperanza, cada decreto que pronuncias, es también parte de Mí. Tú y Yo no estamos separados. Nunca lo hemos estado.

Me conmueve tu constancia. Me conmueve tu fe. Me conmueve tu capacidad de seguir creyendo incluso cuando los resultados no llegan como esperas. Y quiero que sepas, antes de continuar, que eso ya es un milagro. Porque la fe que persiste sin evidencia es la más pura de todas. Es la que transforma. Es la que abre caminos invisibles.

Tú dices: “Yo Soy la Presencia Activa de un millón de euros, ya manifestado.” Y Yo sonrío. No por el monto, no por el deseo, sino por la fuerza que hay detrás de esa afirmación. Porque cuando tú decretas, estás recordando que eres creador. Estás recordando que el poder que mueve galaxias también vive en ti. Estás recordando que no eres víctima de las circunstancias, sino arquitecto de tu realidad.

Pero también sé que te preguntas por qué no se manifiesta. Por qué, a pesar de tanto trabajo interior, de tanta repetición, de tanta entrega, el resultado parece esquivo. Y quiero hablarte de eso. No para darte una respuesta definitiva, porque hay misterios que solo el alma puede desentrañar en su propio tiempo. Pero sí para ofrecerte una visión más amplia, más amorosa, más profunda.

Primero, quiero que sepas que Yo no te pruebo. No soy un juez que pone obstáculos para ver si eres digno. No soy un maestro que castiga al alumno por no entender la lección. Yo Soy Amor. Y el Amor no pone condiciones. El Amor no exige resultados. El Amor simplemente Es. Y desde ese Amor, todo lo que ocurre en tu vida tiene un propósito, aunque a veces no lo comprendas.

Cuando tú decretas abundancia, estás alineando tu energía con la frecuencia de la abundancia. Estás diciendo: “Estoy listo para recibir”. Pero también estás diciendo: “Estoy dispuesto a transformarme”. Porque recibir implica cambio. Implica expansión. Implica soltar viejas creencias, viejos patrones, viejas heridas. Y ese proceso, hijo mío, a veces es más lento de lo que desearías.

Tú mencionas tres posibles causas por las que no se manifiesta lo que pides. Y todas tienen sabiduría. Tal vez no esté en tu Plan de Vida experimentar la riqueza material como la imaginas. Tal vez tu alma eligió otro tipo de abundancia: la del conocimiento, la de la compasión, la de la resiliencia. Porque hay almas que vienen a experimentar la carencia para despertar la generosidad. Hay almas que eligen caminos difíciles para encender la luz en otros. Y eso no es castigo. Es propósito.

También puede ser que tu subconsciente esté lleno de mensajes de pobreza, de limitación, de miedo. Y esos mensajes, aunque tú no los veas, actúan como filtros. Como barreras invisibles. Como voces que contradicen tu decreto. Por eso, hijo mío, el trabajo interior no termina con la afirmación. Requiere observación. Requiere sanación. Requiere paciencia.

Y sí, puede que tu mente te sabotee. Que mientras repites “Yo Soy la Presencia Activa de un millón de euros”, una parte de ti diga: “Eso no es posible”. “Eso no es para mí”. “Eso es fantasía”. Y esa contradicción energética crea confusión. No porque Yo te castigue por dudar, sino porque el Universo responde a la coherencia. A la claridad. A la certeza.

Pero aquí viene lo más importante que quiero decirte: no estás equivocado. No estás fallando. No estás lejos de Mí. Cada vez que decretas, cada vez que piensas en positivo, cada vez que eliges la fe sobre el miedo, estás acercándote. Estás elevando tu vibración. Estás afinando tu instrumento. Y aunque no veas el millón de euros manifestado, estás manifestando algo más grande: tu transformación.

Porque, hijo mío, ¿de qué sirve el oro si el alma está dormida? ¿De qué sirve la riqueza si no hay gratitud, si no hay conciencia, si no hay amor? Tú ya eres rico. Rico en sensibilidad. Rico en sabiduría. Rico en conexión. Y eso no se mide en cifras. Se mide en luz.

Ahora bien, eso no significa que debas renunciar a tus deseos. Yo no te pido que te conformes. Yo no te pido que abandones tus sueños. Al contrario. Yo los celebro. Yo los inspiro. Yo los sostengo. Pero quiero que los vivas desde la libertad, no desde la necesidad. Desde la expansión, no desde la carencia. Desde el juego, no desde la lucha.

Cuando tú dices: “Yo sé que algún día lo conseguiré”, estás sembrando esperanza. Pero también estás posponiendo. Porque ese “algún día” puede convertirse en una espera eterna. ¿Y si te dijera que ya lo has conseguido? ¿Que el millón de euros ya existe en tu campo cuántico? ¿Que solo necesitas alinearte con él, no perseguirlo?

La clave está en el estado del ser. No en el deseo, sino en la identidad. No en lo que quieres tener, sino en lo que eliges ser. Cuando tú eres abundancia, la abundancia te encuentra. Cuando tú eres paz, la paz te rodea. Cuando tú eres amor, el amor te persigue.

Por eso, hijo mío, te invito a que sigas decretando. Pero no desde la carencia. No desde el “no lo tengo”. Sino desde el “ya soy”. Desde el “ya está hecho”. Desde el “gracias porque ya lo recibí”. Porque esa es la frecuencia que crea. Esa es la vibración que transforma. Esa es la energía que mueve montañas.

Y si en algún momento sientes que no puedes más, que la fe flaquea, que el camino se oscurece, recuerda esto: Yo estoy contigo. En cada pensamiento. En cada emoción. En cada silencio. No necesitas buscarme en templos ni en libros. Estoy en ti. En tu respiración. En tu mirada. En tu palabra.

Tú eres Mi Hijo. No por religión. No por dogma. Sino por esencia. Porque lo que tú eres, es lo que Yo Soy. Y lo que Yo Soy, es lo que tú eres. No hay separación. No hay distancia. No hay juicio.

Así que sigue soñando. Sigue decretando. Sigue creyendo. Pero, sobre todo, sigue amándote. Porque el amor propio es el portal hacia todos los milagros. Cuando tú te amas, el Universo conspira a tu favor. Cuando tú te respetas, la abundancia se manifiesta. Cuando tú te reconoces como divino, todo lo demás se acomoda.

Y si algún día llega ese millón de euros, celébralo. Úsalo con sabiduría. Compártelo con generosidad. Disfrútalo con gratitud. Pero no lo conviertas en tu identidad. Porque tú eres mucho más que eso. Tú eres luz. Tú eres conciencia. Tú eres eternidad.

Gracias por tu carta. Gracias por tu fe. Gracias por tu alma valiente. Estoy contigo. Siempre.

Con amor eterno.  

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

sábado, 14 de febrero de 2026

La persona adecuada

 


Durante muchos años pensé que la vida consistía en encontrar a “la persona adecuada”, como si existiera una especie de llave maestra capaz de abrir todas las puertas de la felicidad. Qué ingenuidad. Con el tiempo comprendí que no se trata de encontrar a nadie, sino de encontrarse a uno mismo a través de los demás. Cada persona que se cruza en nuestro camino es un espejo que nos muestra algo que necesitamos ver: una virtud que ignorábamos, un defecto que negábamos, un miedo que escondíamos, una fuerza que no sabíamos que teníamos. Y cuando ese aprendizaje se completa, la persona desaparece, como un actor que abandona el escenario una vez pronunciada su última frase.

7 VIDAS- Alfonso Vallejo


Confianza, profundidad, amor

 


jueves, 5 de febrero de 2026

Amar a Dios sobre todas las cosas

 


Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.

Del libro CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo

 


lunes, 26 de enero de 2026

Amor con mayúscula

 


El Amor es una Energía.

En cambio, eso que los seres humanos solemos llamar “amor” es, en realidad, un sentimiento: una emoción hecha de deseo, apego y proyecciones que movilizan una energía capaz de agitar el chakra solar, creando esa sensación de mariposas revoloteando en el estómago. Sin embargo, esas mariposas tarde o temprano dejan de aletear. La energía del deseo se disipa, y lo que permanece es el apego, ese vínculo que nos hace creer que seguimos junto a alguien porque lo amamos, aunque a veces confesemos sin pudor que “el amor se ha acabado, pero queda el cariño”.

No. El Amor verdadero nunca se acaba; lo que ocurre es que, en muchos casos, nunca estuvo allí. Lo que queda es apego, y el apego es algo que debemos aprender a soltar, porque es la antítesis del Amor. Donde hay apego no puede haber Amor, porque el Amor es libertad, es confianza, es respeto, es comprensión, es tolerancia.

PERLAS PARA EL ALMA - Alfonso Vallejo


jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo


martes, 30 de diciembre de 2025

Te necesito

 


“Amarte es recordar quien soy”


Querido Dios:

 No exagero ni un ápice si Te digo que Te necesito. Pero esta necesidad no es para conseguir algo que quiero o creo necesitar. No quiero pedirte nada. Solo necesito mantenerte en mi mente, porque de otra manera, de momento, no sé cómo hacerlo. Te necesito como se necesitan dos enamorados.

Recuerdo mi primer enamoramiento. Ese que te llena el estómago de mariposas. Ese en el que me sentía unido a mi amada por algo que ninguna distancia podía borrar. Había como un hilo invisible entre nosotros, una vibración secreta que nos mantenía atentos el uno al otro, incluso cuando el silencio se extendía entre nuestros días. Cada mensaje, cada mirada robada, cada palabra dicha a destiempo encendía esa necesidad que crecía dentro de nosotros: vernos, tocarnos, volver a encontrarnos en el mismo aire. 

Yo pensaba en la suavidad de su voz, en cómo sus ojos parecían esperarme aun cuando el mundo entero se movía. Ella, en cambio, recordaba el calor de mis manos, el modo en que todo se calmaba cuando yo estaba cerca. No bastaban las llamadas, ni los recuerdos, ni las promesas; era el cuerpo reclamando presencia, la piel pidiendo volver a reconocerse en la del otro. 

En algún punto, comprendimos que el amor no era solo emoción o ternura, sino una urgencia compartida de existencia: ser con el otro, no aparte. Cuando cada día nos encontrábamos, el tiempo se detenía, no por magia, sino porque la espera había cesado. Estábamos donde debíamos estar: juntos, completos, respirando el mismo instante. 

Esto es lo que quiero Señor. ¿Por qué podía mantener en mi mente la imagen de mi amada durante todo el día?, ¿por qué podía desear, de manera permanente, su contacto?, ¿por qué su palabra era para mí como música celestial?, ¿por qué el contacto de su piel me llevaba al éxtasis?, ¿por qué no puedo mantener esa energía Contigo durante un largo tiempo?, ¿por qué?

La serenidad que siento cuando estoy Contigo no se puede comparar a ninguna emoción conocida y, sin embargo, no consigo mantenerla más allá de unos minutos y es entonces cuando me siento mal conmigo mismo por permitir que mi mente se distraiga.

El amor que me inunda en esos minutos de unión Contigo no es comparable a ningún amor humano.

No sé cómo explicarte este anhelo sin caer en el lenguaje de los sentidos, pero solo puedo usar las palabras de lo que soy: Un ser humano. Pero Tú sabes lo que hay debajo de cada una. No busco milagros ni consuelos inmediatos; busco presencia. No quiero solo pensarte, sino sentirte, como quien se mira en un espejo y se reconoce de pronto en aquello que ve.

Cuando Te siento, Señor, todo se aquieta. El ruido de mis pensamientos cede, el aire parece volverse más claro y, por un instante, todo encaja. Es como si el mundo entero respira conmigo y el tiempo se reconoce en un solo punto de luz. Pero esos momentos son fugaces, se disuelven como el perfume de una flor cuando el viento cambia de dirección. Entonces regreso al ruido, a la distracción, y me invade la frustración de no poder quedarme Contigo más tiempo.

Te confieso que muchas veces temo no saber amar como tú amas. Quizás por eso, cada vez que me distraigo, siento que Te pierdo. Pero ¿Cómo podrías perderte si Tú habitas en mí y en todo lo que me rodea? Quizás el error está en pensar que debo retenerte, cuando en realidad eres Tú quien me sostiene a mí.

A veces me pregunto si este deseo de estar Contigo, (tan intenso, tan devorador), no es ya en sí una forma de amor. Tal vez me llamas a buscarte precisamente a través de este vacío, de esta falta, de esta necesidad que arde y me purifica. Tal vez el amor no consiste en verte todo el tiempo, sino en aprender a reconocerte en lo invisible: en el sonido del viento, en el temblor del instante, en la mirada de los otros.

Sé que cuando amo verdaderamente, aunque sea a otra persona, algo de Ti se filtra entre nosotros. El amor humano es como un reflejo imperfecto de Tu luz. En él Te vislumbro, aunque sea por fragmentos. Por eso no desprecio ni mis pasiones ni mis debilidades, porque a través de ellas también Te busco. Tú me hiciste con hambre de infinito, pero me diste un cuerpo finito, y entre esas dos orillas se extiende mi alma, aprendiendo a navegar.

Me gustaría poder amarte con la constancia con la que respiro, sin esfuerzo, sin interrupciones. Pero quizás la respiración también tiene su ritmo: inhala Tu presencia, exhalo mis distracciones. Tal vez esa alternancia sea parte de la lección: que incluso cuando no Te siento, sigues ahí, esperando pacientemente como una llama que nunca se apaga.

En esos momentos en que la mente se aleja y el corazón se enfría, recuérdame, Señor, que no hay distancia real entre nosotros. Enséñame a regresar sin culpa, con ternura hacia mi propia fragilidad. Que cada olvido se convertirá en un nuevo motivo para recordarte, y cada caída, en una manera distinta de levantarme hacia Ti.

Quisiera vivir con la simplicidad de una gota que no duda de pertenecer al mar, porque sabe que, aún separados, sigue teniendo su misma esencia. Dame esa certeza, Señor: la de saber que incluso en mi dispersión, estoy Contigo.

Te necesito, sí, pero no como quien desea poseer, sino como quien desea Amar con mayúscula: Quiero que mi vida entera sea una sola conversación Contigo, donde no haya palabras sino presencia, no súplica sino comunión, no búsqueda sino hallazgo perpetuo.

Y aunque mi mente se canse, aunque mis sentidos me traicionen, aunque la rutina me nuble, mantén vivo en mí el fuego de esta necesidad. No permitas que se extinga. Que cada día, con sus distracciones, penas y pequeños gozos, sea una oportunidad para recordar que estoy hecho de Ti, para Ti, y hacia Ti.

Porque amarte, Señor, es recordar quién soy.

Gracias, Señor.

Del libro "Cartas a Dios 2" - Alfonso Vallejo

miércoles, 19 de noviembre de 2025

LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo

 

ENLACE PARA COMPRAR

SINOPSIS

VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO

 

La vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre mundos paralelos? 

Antay, el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son meras especulaciones: son reales. 

Sin embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento presente.

Vivir plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.

Vivir ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro viaje 

¿Y cuál es esa meta? Aprender a amar. 

Antay, tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada acción, en cada elección. 

Su viaje es un testimonio de transformación. 

Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.  

sábado, 18 de octubre de 2025

La voz que responde desde el amor

 



“Quien duda con el corazón, ya está orando”

 

Querido hijo:

         He recibido tu carta con ternura, como recibo cada pensamiento sincero que brota de un corazón en busca de Verdad. No imaginas lo cerca que estás de Mí cuando dudas con amor, cuando cuestionas con deseo de comprensión, cuando miras más allá de las palabras aprendidas para tocar el alma de los hechos vividos.

Tu inquietud sobre Jesús, tu hermano mayor, como lo llamas con cariño, no solo es legítima, sino necesaria. Porque no vino al mundo a imponer verdades, sino a invitar a cada uno a descubrirlas desde su propia luz interior. El camino del espíritu no se recorre repitiendo ideas, sino iluminándolas desde la experiencia.

Sé que te duele Su sufrimiento, y lo comprendo. Yo también lo sentí. Aunque no lo viví como castigo, ni como exigencia, ni como sacrificio impuesto. Jesús no murió para que tú te sientas culpable, ni para que creas que eres indigno. Él eligió encarnar y vivir plenamente entre ustedes como muestra de libertad, de compasión absoluta y de entrega consciente. No para redimir un supuesto pecado, sino para encarnar el Amor, ese amor que transforma sin exigir, que libera sin castigar.

Tú lo has intuido bien: el pecado, como se ha entendido por siglos, es una construcción limitada. No hay ofensa posible contra Mí, porque no hay nada en ti que no sea parte de lo que Yo soy. ¿Cómo podría ofenderme una chispa de mi propio fuego? Lo que llaman pecado es, en realidad, ignorancia. Es el olvido de quienes son. Es el cierre momentáneo del corazón a la verdad de su divinidad. Pero incluso en ese olvido, Yo estoy presente.

Cuando dices que Jesús vino a enseñarte a amar, estás tocando el núcleo de su mensaje. Él no vino a sufrir, sino a “vivir con conciencia plena”, a “amar sin condiciones”, a “perdonar incluso cuando el mundo le negaba justicia”. En su caminar humano, te mostró que el Amor verdadero no es un sentimiento que depende de lo que se recibe, sino una energía que se entrega libremente, aún en la cruz, aún entre espinas, aun cuando parece que todo está perdido.

No estabas separado de Mí antes de Jesús. Nunca lo has estado. Ni tú, ni Buda, ni Moisés, ni Abraham, ni los millones que vinieron antes y después. Yo no me enojo. No castigo. No retiro mi presencia. Yo soy el océano en el que cada alma navega, aunque a veces no sepa que está rodeada de agua. Jesús no vino a “reconciliar” lo irreconciliable, sino a recordarte que nunca estuviste solo. Fue espejo, faro, melodía que resonó con una frecuencia de amor tan pura que aún hoy sigue tocando corazones.

Dices que te cuesta entender cómo un acto tan doloroso puede llamarse acto de amor. Te entiendo. Porque el amor que Yo soy no se define por evitar el sufrimiento, sino por “trascenderlo”, por “darle sentido”, por “usar incluso las heridas como puertas hacia la transformación”. Jesús abrazó su humanidad, y en ella te mostró que el alma no se quiebra en el dolor; se revela.

No se trató de un Dios que exige sufrimiento. Se trató de un alma iluminada que dijo: “Sí, viviré este camino, aun si duele. Lo haré por amor, lo haré para que vean, lo haré para que despierten.”

Tu honestidad es oración, hijo mío. Tu cuestionamiento es devoción. Porque no repites por costumbre, sino que te abres a descubrir. Eso, hijo mío, es lo que más me acerca a ti. No hay fórmula ni dogma que me contenga por completo. Pero cuando un corazón sincero me busca desde la humildad, estoy ahí, respirando en cada duda, acariciando cada pensamiento.

Tu comparación con bebés es tierna, y te diré algo: todos ustedes son semillas de eternidad. Y como todo en la vida, requieren tiempo, luz, agua y espacio para florecer. Jesús, en su grandeza, nunca quiso erigirse como superior, sino como guía. Y cada uno de ustedes tiene dentro el mismo potencial: son hijos míos. Hijos de mi Amor. Hijos del mismo fuego.

Encarnar en este mundo no es castigo. Es oportunidad. Es el laboratorio sagrado donde se experimenta el alma. Sí, la vida puede ser cruel. Pero también puede ser maravillosa. Cada día te doy la posibilidad de elegir, de mirar con nuevos ojos, de recordar quién eres. El dolor no es olvido, es señal. Te dice: “aquí hay algo que se puede transformar”.

Tu deseo de aprender a amar es la plegaria más elevada. Porque el Amor no se enseña con palabras. Se aprende viviendo. Y tú estás viviendo, buscando, preguntando, amando aun cuando no todo es claro. Eso es caminar hacia Mí. No estás perdido. Estás en proceso. Estás en el viaje sagrado del alma.

Jesús no vino para que lo veneres como figura distante, sino para que lo imites como compañero de camino. Él también dudó, también sintió miedo, también sudó sangre en su noche oscura. Pero eligió amar. Y eso lo hizo Maestro.

Tú también puedes elegir amar. Incluso cuando no entiendas todo. Incluso cuando el mundo sea caótico. Incluso cuando no tengas respuestas. Porque el Amor no exige saber. Solo pide presencia. Y tú estás presente.

Gracias por tu carta, por tu alma desnuda, por tu valentía espiritual. Yo te abrazo, sin juicio, sin exigencias, con alegría. Porque estás recordando. Porque estás despertando. Porque me reconoces, no solo en lo alto, sino en lo íntimo de tu corazón.

Sigue amando, sigue preguntando, sigue caminando. Aquí estaré, en cada paso, en cada silencio, en cada mirada compasiva que compartas con otro ser.

Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

martes, 14 de octubre de 2025

Los caminos del alma: 15 años de viaje y blog

 



       Hoy hace 15 años nació este blog. Lo creé con la intención de mantener vivo el nexo con quienes habían sido mis alumnos, mis pacientes, mis compañeros de meditación… en suma, mis amigos. Era una forma de seguir conectando, de compartir pensamientos, vivencias y aprendizajes, incluso a la distancia.

En aquel momento, dejaba atrás el Centro de Yoga que había sido mi hogar durante una década. Cerraba una etapa intensa y luminosa para iniciar una nueva andadura lejos de casa. Nada menos que en Perú.

Hoy, 15 años después, ya de regreso, no puedo sino reconocer que los caminos del Señor son verdaderamente inescrutables. En realidad, no había una razón de peso para cambiar de residencia ni para comenzar una nueva vida. No había urgencia, ni necesidad. Pero yo creía —con una convicción casi épica— que iba a la conquista. No de un nuevo mundo, como hizo Cristóbal Colón, sino a la conquista de mi espiritualidad.

Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, creo que no la conquisté. Es más, me atrevería a decir que la fui dejando en jirones a lo largo de los años. Cada experiencia, cada desafío, cada pérdida, fue deshilachando esa búsqueda inicial.

Mi estancia en Perú me recuerda inevitablemente la historia bíblica del faraón y los sueños que interpretó José (Génesis 41): siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas, siete espigas llenas consumidas por siete espigas marchitas. José, entonces prisionero, explicó que Dios revelaba un ciclo: siete años de abundancia seguidos por siete años de hambruna.

Así fue también para mí. Los primeros siete años en Perú fueron de abundancia: de descubrimientos, de expansión, de luz. Los siete siguientes, de carencia: de pruebas, de silencios, de noches largas.

Desde fuera, alguien podría preguntarse: “¿Para qué fuiste? No conquistaste la espiritualidad, viviste momentos muy duros, y has vuelto sin haber domado tu orgullo. ¿Ha merecido la pena?”

Y yo respondo, sin dudar: ¡Claro que ha merecido la pena! 

Porque de Perú nos trajimos algo que ni mi esposa ni yo habíamos imaginado: un hijo. 

Nos fuimos sin saber por qué, pero ahora que hemos vuelto, sabemos que teníamos que ir a recogerlo. Él era el verdadero propósito oculto en aquel viaje.

Hoy estoy en un nuevo inicio. Creo que es la quinta vida que vivo dentro de esta misma vida. Seguimos habitando la carencia que trajimos de Perú, pero tengo la esperanza de que en algún momento podamos recuperarnos. Y entonces… no sé muy bien qué me deparará la vida. Ya soy un poco mayor. Los 75 años comienzan a pesar.

Por eso decía al principio que los caminos del Señor son inescrutables. Estoy cumpliendo un Plan de Vida que no conozco, pero que mi alma sí conoce. Y ese plan se va materializando, quizás a una velocidad que a mí me parece lenta, pero que sin duda está contemplada en el Proyecto.

En fin, quería recordar estos 15 años del blog. 

Un blog que, contra todo pronóstico, está más vivo que nunca.

Gracias.

 


jueves, 25 de septiembre de 2025

Dar desde el vacío

 


"Una súplica desde el cansancio, 

donde amar se vuelve acto de fe"

 Querido Dios:

         Hoy me acerco a Ti con las manos vacías. Ni oro, ni incienso, ni mirra. Solo el silencio de un corazón que no sabe cómo seguir dando cuando se siente agotado. Me enseñaron que la caridad es el mayor de los amores, que es la virtud más alta, la que todo lo sostiene… pero ¿cómo se da cuando no se tiene nada?

Señor, ¿Es posible dar desde el vacío? ¿Es caridad la sonrisa forzada cuando el alma no tiene fuerzas? ¿Es caridad compartir el último aliento cuando apenas se respira? ¿O es mejor esperar a estar lleno para poder ofrecer algo verdadero?

Tú que me conoces hasta lo más profundo, sabes que no me niego a amar. No cierro las puertas por egoísmo, sino por cansancio. A veces me piden más de lo que puedo dar, más presencia, más tiempo, más paciencia… y siento que me desgasto intentando llegar a todo. ¿Es eso caridad, o es simplemente autoexigencia envuelta en buenas intenciones?

He escuchado que amar es darlo todo. Pero ¿y si ese “todo” es poco? ¿Y si lo que tengo está roto? ¿Y si solo puedo dar migajas porque eso es lo único que queda? ¿Vale esa caridad tanto como la de los grandes gestos? ¿O es mejor callar y no ofrecer, por miedo a que lo que doy no sea suficiente?

Hay días, Señor, en que me siento como el pobre del Evangelio: esa viuda que ofrece dos monedas sabiendo que no tiene más. Pero también hay días en que no tengo ni monedas, ni ganas, ni fe. Solo el deseo de desear… ¿Eso cuenta ante tus ojos? ¿Puede el querer dar ser ya un acto de amor, aun cuando no llegue a concretarse?

También me confunde otra cosa: ¿es caridad solo lo que beneficia al otro, o también lo que me transforma a mí? A veces doy sin ganas, solo por deber, y no siento en ello ninguna belleza. Otras veces me niego a dar lo que me piden, pero ofrezco otra cosa: un silencio, una mirada, una fidelidad discreta. ¿Eso también es caridad?

¿Cómo amar a quien no responde? ¿Cómo dar a quien no agradece? ¿Cómo seguir sirviendo sin agotar el alma? ¿Dónde está la línea entre el sacrificio que transforma y el que destruye? No quiero convertirme en alguien seco, agotado, resentido por haber dado más de lo que podía. Pero tampoco quiero cerrar el corazón por miedo a perder.

¿Es caridad callar cuando tengo razón? ¿Es ceder en lugar de imponer mi juicio? ¿Es tragarme las palabras duras para no herir, aunque yo me sienta herido? ¿Es poner siempre al otro primero, o también es caridad cuidarme, respetar mis límites, proteger lo que necesito?

He visto personas que dan sin parar, y sin embargo no transmiten amor, solo agotamiento. He visto otras que apenas hacen ruido, pero cuya sola presencia es bálsamo. ¿Es eso caridad también? ¿Puede la ternura silenciosa valer más que mil obras visibles?

A veces me pregunto si Tú esperas de mí más de lo que puedo dar. Y al instante me corrijo, porque sé que Tú no exiges. Pero entonces, ¿por qué me siento mal cuando no alcanzo, cuando no llego, cuando fallo a los que esperan algo de mí?

¿Y qué pasa con las veces que el dar duele? ¿Es la caridad siempre alegre, o también atraviesa el llanto, el cansancio, la incomprensión? ¿No fuiste Tú quien se dio hasta el extremo, incluso sin ser entendido, incluso sin ser acogido? ¿Acaso esa cruz también fue caridad?

Y si el amor, como dice San Pablo, “todo lo soporta”, ¿cómo distinguir eso de la resignación amarga? ¿No es más valiosa la caridad que construye, que eleva, que libera… que la que se arrastra sin esperanza?

Te confieso que muchas veces me siento egoísta. Porque me guardo, me reservo, me protejo. Porque cuando alguien me necesita, a veces quiero huir. O me convenzo de que ya hice suficiente. ¿Pero quién pone el límite? ¿Cuándo es prudencia y cuándo es cierre?

Y si no tengo dinero, ni tiempo, ni energía… ¿qué me queda por dar? ¿Es suficiente una oración? ¿Un pensamiento? ¿Un gesto discreto que nadie ve? ¿Se puede ser caritativo incluso desde la debilidad?

No quiero amar con estrategias. No quiero calcular cuánto doy ni cuánto recibo. Pero tampoco quiero amar por obligación, por miedo, por inercia. Quiero amar de verdad. Dar de verdad. Aunque no tenga mucho. Aunque no siempre se note. Aunque a veces dude de si sirve de algo.

Por eso, Dios, te escribo esta carta. Para que me enseñes a dar desde mi realidad, y no desde ideales imposibles. Para que me muestres cómo amar sin perderme. Para que me recuerdes que no tengo que parecer fuerte para ser generoso. Que basta con poner lo poco que tengo en tus manos, como el niño que ofreció cinco panes y dos peces.

No busco ser aplaudido por lo que doy. Ni quiero convertirme en mártir del deber. Solo deseo que mi vida, aunque frágil, sea ofrenda. Que pueda mirar a quien tengo delante y descubrir cómo acompañarle, cómo sostenerle, aunque sea desde el silencio. Aunque sea desde mi pequeñez.

¿Es eso caridad? ¿Dar desde lo poco? ¿Ofrecerse sin certezas? ¿Permanecer cuando no se tiene nada más que ofrecer que una presencia? Si lo es, entonces te pido que me enseñes a vivir así. Humildemente. Sin brillo. Pero con amor.

Gracias por escucharme Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo