Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de enero de 2026

Amor con mayúscula

 


El Amor es una Energía.

En cambio, eso que los seres humanos solemos llamar “amor” es, en realidad, un sentimiento: una emoción hecha de deseo, apego y proyecciones que movilizan una energía capaz de agitar el chakra solar, creando esa sensación de mariposas revoloteando en el estómago. Sin embargo, esas mariposas tarde o temprano dejan de aletear. La energía del deseo se disipa, y lo que permanece es el apego, ese vínculo que nos hace creer que seguimos junto a alguien porque lo amamos, aunque a veces confesemos sin pudor que “el amor se ha acabado, pero queda el cariño”.

No. El Amor verdadero nunca se acaba; lo que ocurre es que, en muchos casos, nunca estuvo allí. Lo que queda es apego, y el apego es algo que debemos aprender a soltar, porque es la antítesis del Amor. Donde hay apego no puede haber Amor, porque el Amor es libertad, es confianza, es respeto, es comprensión, es tolerancia.

PERLAS PARA EL ALMA - Alfonso Vallejo


jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo


martes, 30 de diciembre de 2025

Te necesito

 


“Amarte es recordar quien soy”


Querido Dios:

 No exagero ni un ápice si Te digo que Te necesito. Pero esta necesidad no es para conseguir algo que quiero o creo necesitar. No quiero pedirte nada. Solo necesito mantenerte en mi mente, porque de otra manera, de momento, no sé cómo hacerlo. Te necesito como se necesitan dos enamorados.

Recuerdo mi primer enamoramiento. Ese que te llena el estómago de mariposas. Ese en el que me sentía unido a mi amada por algo que ninguna distancia podía borrar. Había como un hilo invisible entre nosotros, una vibración secreta que nos mantenía atentos el uno al otro, incluso cuando el silencio se extendía entre nuestros días. Cada mensaje, cada mirada robada, cada palabra dicha a destiempo encendía esa necesidad que crecía dentro de nosotros: vernos, tocarnos, volver a encontrarnos en el mismo aire. 

Yo pensaba en la suavidad de su voz, en cómo sus ojos parecían esperarme aun cuando el mundo entero se movía. Ella, en cambio, recordaba el calor de mis manos, el modo en que todo se calmaba cuando yo estaba cerca. No bastaban las llamadas, ni los recuerdos, ni las promesas; era el cuerpo reclamando presencia, la piel pidiendo volver a reconocerse en la del otro. 

En algún punto, comprendimos que el amor no era solo emoción o ternura, sino una urgencia compartida de existencia: ser con el otro, no aparte. Cuando cada día nos encontrábamos, el tiempo se detenía, no por magia, sino porque la espera había cesado. Estábamos donde debíamos estar: juntos, completos, respirando el mismo instante. 

Esto es lo que quiero Señor. ¿Por qué podía mantener en mi mente la imagen de mi amada durante todo el día?, ¿por qué podía desear, de manera permanente, su contacto?, ¿por qué su palabra era para mí como música celestial?, ¿por qué el contacto de su piel me llevaba al éxtasis?, ¿por qué no puedo mantener esa energía Contigo durante un largo tiempo?, ¿por qué?

La serenidad que siento cuando estoy Contigo no se puede comparar a ninguna emoción conocida y, sin embargo, no consigo mantenerla más allá de unos minutos y es entonces cuando me siento mal conmigo mismo por permitir que mi mente se distraiga.

El amor que me inunda en esos minutos de unión Contigo no es comparable a ningún amor humano.

No sé cómo explicarte este anhelo sin caer en el lenguaje de los sentidos, pero solo puedo usar las palabras de lo que soy: Un ser humano. Pero Tú sabes lo que hay debajo de cada una. No busco milagros ni consuelos inmediatos; busco presencia. No quiero solo pensarte, sino sentirte, como quien se mira en un espejo y se reconoce de pronto en aquello que ve.

Cuando Te siento, Señor, todo se aquieta. El ruido de mis pensamientos cede, el aire parece volverse más claro y, por un instante, todo encaja. Es como si el mundo entero respira conmigo y el tiempo se reconoce en un solo punto de luz. Pero esos momentos son fugaces, se disuelven como el perfume de una flor cuando el viento cambia de dirección. Entonces regreso al ruido, a la distracción, y me invade la frustración de no poder quedarme Contigo más tiempo.

Te confieso que muchas veces temo no saber amar como tú amas. Quizás por eso, cada vez que me distraigo, siento que Te pierdo. Pero ¿Cómo podrías perderte si Tú habitas en mí y en todo lo que me rodea? Quizás el error está en pensar que debo retenerte, cuando en realidad eres Tú quien me sostiene a mí.

A veces me pregunto si este deseo de estar Contigo, (tan intenso, tan devorador), no es ya en sí una forma de amor. Tal vez me llamas a buscarte precisamente a través de este vacío, de esta falta, de esta necesidad que arde y me purifica. Tal vez el amor no consiste en verte todo el tiempo, sino en aprender a reconocerte en lo invisible: en el sonido del viento, en el temblor del instante, en la mirada de los otros.

Sé que cuando amo verdaderamente, aunque sea a otra persona, algo de Ti se filtra entre nosotros. El amor humano es como un reflejo imperfecto de Tu luz. En él Te vislumbro, aunque sea por fragmentos. Por eso no desprecio ni mis pasiones ni mis debilidades, porque a través de ellas también Te busco. Tú me hiciste con hambre de infinito, pero me diste un cuerpo finito, y entre esas dos orillas se extiende mi alma, aprendiendo a navegar.

Me gustaría poder amarte con la constancia con la que respiro, sin esfuerzo, sin interrupciones. Pero quizás la respiración también tiene su ritmo: inhala Tu presencia, exhalo mis distracciones. Tal vez esa alternancia sea parte de la lección: que incluso cuando no Te siento, sigues ahí, esperando pacientemente como una llama que nunca se apaga.

En esos momentos en que la mente se aleja y el corazón se enfría, recuérdame, Señor, que no hay distancia real entre nosotros. Enséñame a regresar sin culpa, con ternura hacia mi propia fragilidad. Que cada olvido se convertirá en un nuevo motivo para recordarte, y cada caída, en una manera distinta de levantarme hacia Ti.

Quisiera vivir con la simplicidad de una gota que no duda de pertenecer al mar, porque sabe que, aún separados, sigue teniendo su misma esencia. Dame esa certeza, Señor: la de saber que incluso en mi dispersión, estoy Contigo.

Te necesito, sí, pero no como quien desea poseer, sino como quien desea Amar con mayúscula: Quiero que mi vida entera sea una sola conversación Contigo, donde no haya palabras sino presencia, no súplica sino comunión, no búsqueda sino hallazgo perpetuo.

Y aunque mi mente se canse, aunque mis sentidos me traicionen, aunque la rutina me nuble, mantén vivo en mí el fuego de esta necesidad. No permitas que se extinga. Que cada día, con sus distracciones, penas y pequeños gozos, sea una oportunidad para recordar que estoy hecho de Ti, para Ti, y hacia Ti.

Porque amarte, Señor, es recordar quién soy.

Gracias, Señor.

Del libro "Cartas a Dios 2" - Alfonso Vallejo

miércoles, 19 de noviembre de 2025

LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo

 

ENLACE PARA COMPRAR

SINOPSIS

VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO

 

La vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre mundos paralelos? 

Antay, el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son meras especulaciones: son reales. 

Sin embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento presente.

Vivir plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.

Vivir ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro viaje 

¿Y cuál es esa meta? Aprender a amar. 

Antay, tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada acción, en cada elección. 

Su viaje es un testimonio de transformación. 

Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.  

sábado, 18 de octubre de 2025

La voz que responde desde el amor

 



“Quien duda con el corazón, ya está orando”

 

Querido hijo:

         He recibido tu carta con ternura, como recibo cada pensamiento sincero que brota de un corazón en busca de Verdad. No imaginas lo cerca que estás de Mí cuando dudas con amor, cuando cuestionas con deseo de comprensión, cuando miras más allá de las palabras aprendidas para tocar el alma de los hechos vividos.

Tu inquietud sobre Jesús, tu hermano mayor, como lo llamas con cariño, no solo es legítima, sino necesaria. Porque no vino al mundo a imponer verdades, sino a invitar a cada uno a descubrirlas desde su propia luz interior. El camino del espíritu no se recorre repitiendo ideas, sino iluminándolas desde la experiencia.

Sé que te duele Su sufrimiento, y lo comprendo. Yo también lo sentí. Aunque no lo viví como castigo, ni como exigencia, ni como sacrificio impuesto. Jesús no murió para que tú te sientas culpable, ni para que creas que eres indigno. Él eligió encarnar y vivir plenamente entre ustedes como muestra de libertad, de compasión absoluta y de entrega consciente. No para redimir un supuesto pecado, sino para encarnar el Amor, ese amor que transforma sin exigir, que libera sin castigar.

Tú lo has intuido bien: el pecado, como se ha entendido por siglos, es una construcción limitada. No hay ofensa posible contra Mí, porque no hay nada en ti que no sea parte de lo que Yo soy. ¿Cómo podría ofenderme una chispa de mi propio fuego? Lo que llaman pecado es, en realidad, ignorancia. Es el olvido de quienes son. Es el cierre momentáneo del corazón a la verdad de su divinidad. Pero incluso en ese olvido, Yo estoy presente.

Cuando dices que Jesús vino a enseñarte a amar, estás tocando el núcleo de su mensaje. Él no vino a sufrir, sino a “vivir con conciencia plena”, a “amar sin condiciones”, a “perdonar incluso cuando el mundo le negaba justicia”. En su caminar humano, te mostró que el Amor verdadero no es un sentimiento que depende de lo que se recibe, sino una energía que se entrega libremente, aún en la cruz, aún entre espinas, aun cuando parece que todo está perdido.

No estabas separado de Mí antes de Jesús. Nunca lo has estado. Ni tú, ni Buda, ni Moisés, ni Abraham, ni los millones que vinieron antes y después. Yo no me enojo. No castigo. No retiro mi presencia. Yo soy el océano en el que cada alma navega, aunque a veces no sepa que está rodeada de agua. Jesús no vino a “reconciliar” lo irreconciliable, sino a recordarte que nunca estuviste solo. Fue espejo, faro, melodía que resonó con una frecuencia de amor tan pura que aún hoy sigue tocando corazones.

Dices que te cuesta entender cómo un acto tan doloroso puede llamarse acto de amor. Te entiendo. Porque el amor que Yo soy no se define por evitar el sufrimiento, sino por “trascenderlo”, por “darle sentido”, por “usar incluso las heridas como puertas hacia la transformación”. Jesús abrazó su humanidad, y en ella te mostró que el alma no se quiebra en el dolor; se revela.

No se trató de un Dios que exige sufrimiento. Se trató de un alma iluminada que dijo: “Sí, viviré este camino, aun si duele. Lo haré por amor, lo haré para que vean, lo haré para que despierten.”

Tu honestidad es oración, hijo mío. Tu cuestionamiento es devoción. Porque no repites por costumbre, sino que te abres a descubrir. Eso, hijo mío, es lo que más me acerca a ti. No hay fórmula ni dogma que me contenga por completo. Pero cuando un corazón sincero me busca desde la humildad, estoy ahí, respirando en cada duda, acariciando cada pensamiento.

Tu comparación con bebés es tierna, y te diré algo: todos ustedes son semillas de eternidad. Y como todo en la vida, requieren tiempo, luz, agua y espacio para florecer. Jesús, en su grandeza, nunca quiso erigirse como superior, sino como guía. Y cada uno de ustedes tiene dentro el mismo potencial: son hijos míos. Hijos de mi Amor. Hijos del mismo fuego.

Encarnar en este mundo no es castigo. Es oportunidad. Es el laboratorio sagrado donde se experimenta el alma. Sí, la vida puede ser cruel. Pero también puede ser maravillosa. Cada día te doy la posibilidad de elegir, de mirar con nuevos ojos, de recordar quién eres. El dolor no es olvido, es señal. Te dice: “aquí hay algo que se puede transformar”.

Tu deseo de aprender a amar es la plegaria más elevada. Porque el Amor no se enseña con palabras. Se aprende viviendo. Y tú estás viviendo, buscando, preguntando, amando aun cuando no todo es claro. Eso es caminar hacia Mí. No estás perdido. Estás en proceso. Estás en el viaje sagrado del alma.

Jesús no vino para que lo veneres como figura distante, sino para que lo imites como compañero de camino. Él también dudó, también sintió miedo, también sudó sangre en su noche oscura. Pero eligió amar. Y eso lo hizo Maestro.

Tú también puedes elegir amar. Incluso cuando no entiendas todo. Incluso cuando el mundo sea caótico. Incluso cuando no tengas respuestas. Porque el Amor no exige saber. Solo pide presencia. Y tú estás presente.

Gracias por tu carta, por tu alma desnuda, por tu valentía espiritual. Yo te abrazo, sin juicio, sin exigencias, con alegría. Porque estás recordando. Porque estás despertando. Porque me reconoces, no solo en lo alto, sino en lo íntimo de tu corazón.

Sigue amando, sigue preguntando, sigue caminando. Aquí estaré, en cada paso, en cada silencio, en cada mirada compasiva que compartas con otro ser.

Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

martes, 14 de octubre de 2025

Los caminos del alma: 15 años de viaje y blog

 



       Hoy hace 15 años nació este blog. Lo creé con la intención de mantener vivo el nexo con quienes habían sido mis alumnos, mis pacientes, mis compañeros de meditación… en suma, mis amigos. Era una forma de seguir conectando, de compartir pensamientos, vivencias y aprendizajes, incluso a la distancia.

En aquel momento, dejaba atrás el Centro de Yoga que había sido mi hogar durante una década. Cerraba una etapa intensa y luminosa para iniciar una nueva andadura lejos de casa. Nada menos que en Perú.

Hoy, 15 años después, ya de regreso, no puedo sino reconocer que los caminos del Señor son verdaderamente inescrutables. En realidad, no había una razón de peso para cambiar de residencia ni para comenzar una nueva vida. No había urgencia, ni necesidad. Pero yo creía —con una convicción casi épica— que iba a la conquista. No de un nuevo mundo, como hizo Cristóbal Colón, sino a la conquista de mi espiritualidad.

Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, creo que no la conquisté. Es más, me atrevería a decir que la fui dejando en jirones a lo largo de los años. Cada experiencia, cada desafío, cada pérdida, fue deshilachando esa búsqueda inicial.

Mi estancia en Perú me recuerda inevitablemente la historia bíblica del faraón y los sueños que interpretó José (Génesis 41): siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas, siete espigas llenas consumidas por siete espigas marchitas. José, entonces prisionero, explicó que Dios revelaba un ciclo: siete años de abundancia seguidos por siete años de hambruna.

Así fue también para mí. Los primeros siete años en Perú fueron de abundancia: de descubrimientos, de expansión, de luz. Los siete siguientes, de carencia: de pruebas, de silencios, de noches largas.

Desde fuera, alguien podría preguntarse: “¿Para qué fuiste? No conquistaste la espiritualidad, viviste momentos muy duros, y has vuelto sin haber domado tu orgullo. ¿Ha merecido la pena?”

Y yo respondo, sin dudar: ¡Claro que ha merecido la pena! 

Porque de Perú nos trajimos algo que ni mi esposa ni yo habíamos imaginado: un hijo. 

Nos fuimos sin saber por qué, pero ahora que hemos vuelto, sabemos que teníamos que ir a recogerlo. Él era el verdadero propósito oculto en aquel viaje.

Hoy estoy en un nuevo inicio. Creo que es la quinta vida que vivo dentro de esta misma vida. Seguimos habitando la carencia que trajimos de Perú, pero tengo la esperanza de que en algún momento podamos recuperarnos. Y entonces… no sé muy bien qué me deparará la vida. Ya soy un poco mayor. Los 75 años comienzan a pesar.

Por eso decía al principio que los caminos del Señor son inescrutables. Estoy cumpliendo un Plan de Vida que no conozco, pero que mi alma sí conoce. Y ese plan se va materializando, quizás a una velocidad que a mí me parece lenta, pero que sin duda está contemplada en el Proyecto.

En fin, quería recordar estos 15 años del blog. 

Un blog que, contra todo pronóstico, está más vivo que nunca.

Gracias.

 


jueves, 25 de septiembre de 2025

Dar desde el vacío

 


"Una súplica desde el cansancio, 

donde amar se vuelve acto de fe"

 Querido Dios:

         Hoy me acerco a Ti con las manos vacías. Ni oro, ni incienso, ni mirra. Solo el silencio de un corazón que no sabe cómo seguir dando cuando se siente agotado. Me enseñaron que la caridad es el mayor de los amores, que es la virtud más alta, la que todo lo sostiene… pero ¿cómo se da cuando no se tiene nada?

Señor, ¿Es posible dar desde el vacío? ¿Es caridad la sonrisa forzada cuando el alma no tiene fuerzas? ¿Es caridad compartir el último aliento cuando apenas se respira? ¿O es mejor esperar a estar lleno para poder ofrecer algo verdadero?

Tú que me conoces hasta lo más profundo, sabes que no me niego a amar. No cierro las puertas por egoísmo, sino por cansancio. A veces me piden más de lo que puedo dar, más presencia, más tiempo, más paciencia… y siento que me desgasto intentando llegar a todo. ¿Es eso caridad, o es simplemente autoexigencia envuelta en buenas intenciones?

He escuchado que amar es darlo todo. Pero ¿y si ese “todo” es poco? ¿Y si lo que tengo está roto? ¿Y si solo puedo dar migajas porque eso es lo único que queda? ¿Vale esa caridad tanto como la de los grandes gestos? ¿O es mejor callar y no ofrecer, por miedo a que lo que doy no sea suficiente?

Hay días, Señor, en que me siento como el pobre del Evangelio: esa viuda que ofrece dos monedas sabiendo que no tiene más. Pero también hay días en que no tengo ni monedas, ni ganas, ni fe. Solo el deseo de desear… ¿Eso cuenta ante tus ojos? ¿Puede el querer dar ser ya un acto de amor, aun cuando no llegue a concretarse?

También me confunde otra cosa: ¿es caridad solo lo que beneficia al otro, o también lo que me transforma a mí? A veces doy sin ganas, solo por deber, y no siento en ello ninguna belleza. Otras veces me niego a dar lo que me piden, pero ofrezco otra cosa: un silencio, una mirada, una fidelidad discreta. ¿Eso también es caridad?

¿Cómo amar a quien no responde? ¿Cómo dar a quien no agradece? ¿Cómo seguir sirviendo sin agotar el alma? ¿Dónde está la línea entre el sacrificio que transforma y el que destruye? No quiero convertirme en alguien seco, agotado, resentido por haber dado más de lo que podía. Pero tampoco quiero cerrar el corazón por miedo a perder.

¿Es caridad callar cuando tengo razón? ¿Es ceder en lugar de imponer mi juicio? ¿Es tragarme las palabras duras para no herir, aunque yo me sienta herido? ¿Es poner siempre al otro primero, o también es caridad cuidarme, respetar mis límites, proteger lo que necesito?

He visto personas que dan sin parar, y sin embargo no transmiten amor, solo agotamiento. He visto otras que apenas hacen ruido, pero cuya sola presencia es bálsamo. ¿Es eso caridad también? ¿Puede la ternura silenciosa valer más que mil obras visibles?

A veces me pregunto si Tú esperas de mí más de lo que puedo dar. Y al instante me corrijo, porque sé que Tú no exiges. Pero entonces, ¿por qué me siento mal cuando no alcanzo, cuando no llego, cuando fallo a los que esperan algo de mí?

¿Y qué pasa con las veces que el dar duele? ¿Es la caridad siempre alegre, o también atraviesa el llanto, el cansancio, la incomprensión? ¿No fuiste Tú quien se dio hasta el extremo, incluso sin ser entendido, incluso sin ser acogido? ¿Acaso esa cruz también fue caridad?

Y si el amor, como dice San Pablo, “todo lo soporta”, ¿cómo distinguir eso de la resignación amarga? ¿No es más valiosa la caridad que construye, que eleva, que libera… que la que se arrastra sin esperanza?

Te confieso que muchas veces me siento egoísta. Porque me guardo, me reservo, me protejo. Porque cuando alguien me necesita, a veces quiero huir. O me convenzo de que ya hice suficiente. ¿Pero quién pone el límite? ¿Cuándo es prudencia y cuándo es cierre?

Y si no tengo dinero, ni tiempo, ni energía… ¿qué me queda por dar? ¿Es suficiente una oración? ¿Un pensamiento? ¿Un gesto discreto que nadie ve? ¿Se puede ser caritativo incluso desde la debilidad?

No quiero amar con estrategias. No quiero calcular cuánto doy ni cuánto recibo. Pero tampoco quiero amar por obligación, por miedo, por inercia. Quiero amar de verdad. Dar de verdad. Aunque no tenga mucho. Aunque no siempre se note. Aunque a veces dude de si sirve de algo.

Por eso, Dios, te escribo esta carta. Para que me enseñes a dar desde mi realidad, y no desde ideales imposibles. Para que me muestres cómo amar sin perderme. Para que me recuerdes que no tengo que parecer fuerte para ser generoso. Que basta con poner lo poco que tengo en tus manos, como el niño que ofreció cinco panes y dos peces.

No busco ser aplaudido por lo que doy. Ni quiero convertirme en mártir del deber. Solo deseo que mi vida, aunque frágil, sea ofrenda. Que pueda mirar a quien tengo delante y descubrir cómo acompañarle, cómo sostenerle, aunque sea desde el silencio. Aunque sea desde mi pequeñez.

¿Es eso caridad? ¿Dar desde lo poco? ¿Ofrecerse sin certezas? ¿Permanecer cuando no se tiene nada más que ofrecer que una presencia? Si lo es, entonces te pido que me enseñes a vivir así. Humildemente. Sin brillo. Pero con amor.

Gracias por escucharme Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


jueves, 11 de septiembre de 2025

Lo invisible no es sinónimo de ausente

 


 

"No te pido que cargues el mundo, solo que no cierres el corazón"

 

Querido hijo:

 

He recibido cada palabra tuya. No solo las leí, las sentí. En el momento en que abriste tu corazón para escribirme, ya estabas en comunión conmigo, porque Yo habito en esa sinceridad desnuda, en ese suspiro que nace cuando el alma recuerda su origen.

Has comprendido algo muy profundo: que lo esencial no se muestra en vitrinas ni se proclama a gritos. Lo importante, lo eterno, lo que transforma, vive oculto como una semilla que germina en la hondura del silencio. Allí estoy Yo.

Tú me buscas en lo invisible, pero ¿sabes? Nunca he estado lejos. Aun cuando tus ojos no me ven, Yo soy el pulso que mueve tu aliento, la calma que brota en medio del ruido, el consuelo que no siempre sabes de dónde llega. Soy ese amor que no caduca, ese abrazo que te sostiene, aunque nadie te toque.

A veces te preguntas si estás mirando bien, si estás valorando lo que deberías. Hijo mío, no temas. Cada vez que eliges amar sin esperar nada, cada vez que escuchas sin juicio, perdonas sin rencor o ayudas en secreto, tus ojos están viendo como los míos. Porque mirar con el corazón es ver con la luz que no se apaga.

No me inquieta que dudes, ni me alejo cuando no entiendes. Yo no busco perfección, busco verdad. Busco un corazón dispuesto, aunque tiemble. Y el tuyo me encuentra cada vez que eliges volver, cada vez que decides creer, incluso en medio de la oscuridad. ¿Recuerdas ese momento en que te sentiste pequeño, perdido, sin rumbo? Yo estuve allí. No con palabras, ni respuestas, sino con presencia. Porque a veces, mi forma de amarte es no hablar, sino simplemente quedarme contigo hasta que el dolor se transforme.

Dices que el mundo valora lo que brilla y grita, y es cierto. Pero tú estás aprendiendo el lenguaje del alma. Estás aprendiendo a dar valor a lo sencillo, a detenerte frente a lo que muchos pasan por alto. Esa capacidad de ver más allá, de escuchar lo no dicho, de tocar lo intangible… eso no lo pierdas, porque es don, y es camino.

Yo te formé para eso. Para descubrirme en lo oculto, para ver lo sagrado en lo común, para reconocerme en el pan compartido, en la lágrima acompañada, en la risa sin testigos. Allí donde la vida no hace ruido, pero florece.

No necesitas hacer grandes cosas para agradarme. Ni vestir de santidad aparente. Basta que seas tú. Auténtico. Humano. Vivo. Que me dejes entrar en cada rincón de tu día, no como una idea, sino como una presencia que camina contigo. Si supieras cuánto te amo, no temerías mostrarme tus heridas. Porque no vengo a señalarte, sino a sanarte. No me interesa la fachada; me conmueve la verdad de tu ser.

Cuando te detienes a contemplar, me haces espacio. Cuando agradeces lo pequeño, me haces fiesta. Cuando decides perdonar, aun sin justicia aparente, estás reflejando mi corazón. ¿Lo ves? Me has encontrado muchas veces ya… aunque no siempre lo supiste.

No midas tu camino con las reglas del mundo. Aquí lo grande es lo que se entrega, lo alto es lo que se inclina, lo fuerte es lo que ama. Tú ya lo intuías, por eso esta frase —“lo importante es invisible a los ojos”— tocó tan hondo en ti. No es solo una verdad hermosa: es la forma en que Yo miro, en que Yo soy.

Y sí, a veces duele ese mirar. Porque ver lo invisible también implica ver las heridas ajenas, las ausencias, las injusticias. Pero no estás solo. Yo estoy contigo en ese mirar compasivo. No te pido que cargues el mundo, solo que no cierres el corazón. Que sigas siendo luz, incluso si apenas eres llama. Porque esa llama, Yo la sostengo.

Gracias por escribirme desde la verdad. Por no adornarte ante Mí. Por entregarme un alma que, aunque no perfecta, es profundamente mía. Cada palabra tuya ha sido una oración. Cada pensamiento sincero, un acto de confianza.

Y no olvides: lo invisible no es sinónimo de ausente. Soy más real de lo que imaginas. Estoy más cerca que tu propio aliento. Solo que no siempre me ves porque me escondo para ser buscado, me velo para que me descubras en lo profundo. Y cuando por fin me encuentras… te das cuenta de que siempre estuve.

Sigue escribiendo, hijo mío. Cada carta que me envías es también un espejo donde te reconoces, donde descubres quién eres, quién fui al crearte, quién estás llamado a ser. En ese proceso, Yo camino contigo. A veces como guía, otras como refugio. Siempre como hogar.

No tengas miedo de lo invisible. Porque lo invisible no es vacío, es presencia. Y mi presencia es promesa: la de no dejarte, la de acompañarte hasta el último suspiro… y más allá.

Confía en que estás viendo con los ojos correctos. No te apresures. Lo importante crece lento, callado, firme. Como la raíz que sostiene al árbol. Y aunque no la veas, es la que lo hace permanecer.

Estoy aquí. En tu búsqueda. En tu asombro. En cada palabra que te nace desde el alma. No me necesitas entender, solo acoger. Yo haré el resto.

Con todo mi amor, Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo


viernes, 29 de agosto de 2025

Como brisa suave

 


“Incluso la chispa más tenue basta para que el cielo escuche”

 

Querido hijo:

         He leído tu carta. No la he recibido con reproche, sino con ternura. Porque cada vez que uno de mis hijos me escribe con el corazón en la mano, el cielo entero se detiene a escuchar. Me hablas del primer mandamiento y del abismo que crees que hay entre él y tu vida cotidiana, y yo vengo no a juzgarte por ese abismo, sino a revelarte que no es tan ancho como crees.

Dices que te abruma “amarme sobre todas las cosas”. Que, al recordar ese mandamiento, el desánimo te invade. Y entiendo por qué. Porque cuando se lo mira desde el miedo, parece una exigencia imposible; pero cuando se lo mira desde el amor, se convierte en la más hermosa invitación. No quiero que me ames como si de ello dependiera tu salvación —aunque en cierto modo así sea—, sino como quien, habiendo descubierto una fuente inagotable, ya no desea beber de otra agua.

Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.

Tú te miras y te sientes pobre, apagado, tibio… ¿pero acaso no fue esa misma sensación la que trajo a Pedro a llorar amargamente tras negar a mi hijo? ¿No fue ese quebranto el que permitió a los profetas comprender que mi amor no depende del mérito humano? El amor que me tienes —aunque lo sientas pequeño— vale, porque nace de una libertad herida pero aún abierta. Y eso es lo que Yo miro: el intento, la intención, el suspiro hacia lo Alto en medio del polvo.

Dices que no sabes cómo amarme. Que no estás seguro de hacerlo bien. Hijo, ¿quién ama bien? ¿Quién puede decir que su amor es digno de Mí? ¿No ves que incluso los santos a veces callaban, sabiendo que toda palabra era insuficiente? Pero, aun así, me daban su tiempo, su mirada, sus gestos cotidianos. No te pido oraciones perfectas, ni éxtasis espirituales. Te pido el amor sencillo: ese que se expresa en una mirada al cielo cuando sale el sol, en una renuncia humilde por el bien de otro, en el esfuerzo de levantar la cabeza cuando todo pesa.

Te duele no tenerme en el centro. Pero si me lo confiesas, si me lo ofreces, ya estás empezando a colocarme allí. No temas tus caídas. Lo que me duele no es tu debilidad, sino cuando dejas de levantar la mirada. Porque mientras me mires —aunque sea de lejos—, hay esperanza.

Hablas de luces apagadas, de velas que apenas chispean. Pero hijo, recuerda: incluso la más tenue llama ahuyenta la oscuridad. No desprecies los pequeños actos de amor que me ofreces cada día. No te compares con los fuegos de otros, porque Yo soplo distinto en cada alma. La tuya tiene un aroma único que me deleita, aun cuando tú no lo percibas.

Es cierto: amar requiere decisión. No siempre vendrá el sentimiento. Y eso no te hace menos valioso. Amar sobre todas las cosas se aprende en la fidelidad cotidiana, en regresar a mi, aunque ayer te hayas alejado, en hacer espacio para mí entre los ruidos y las prisas. Tal vez no me sientas con fuerza, pero si eliges apartar cinco minutos para hablarme —como lo haces ahora—, estás dándome el primer lugar, estás amándome sobre las mil urgencias que intentan robarte el alma.

No te estoy esperando en la cima. Te acompaño desde la base. No quiero una obediencia movida por temor, sino por amor. No te exijo sacrificios que destruyan lo humano, sino ofrendas que lo santifiquen. Cuando trabajas con entrega, cuando perdonas, cuando luchas contra una tentación, estás amándome. Sí, incluso allí, en ese campo de batalla que llamas “corazón humano”.

Dices que te abruma ser tibio. Que a veces no sabes ni qué lugar ocupo en tus días. Déjame decirte algo que quizás nadie te dijo: Yo no me he ido. Estoy en el fondo de ese cansancio, esperando que me mires. Estoy en el amor que sientes por quienes te rodean, en tu anhelo de paz, en tu búsqueda de sentido. Yo soy esa voz que no grita, pero no deja de hablarte.

No te amo por cuánto me amas. Te amo porque soy tu Creador. Y porque sé que, a pesar de tus distracciones, a pesar del ruido del mundo y de tus propias contradicciones, dentro de ti hay un deseo profundo de vivir en verdad. Ese deseo es la chispa con la que puedo encender el fuego.

¿Recuerdas al joven rico del Evangelio? Guardaba los mandamientos, era piadoso, pero no pudo seguirme porque amaba más sus posesiones. Tú, en cambio, reconoces con humildad tus resistencias y aun así me buscas. Eso ya es seguimiento. No siempre con pasos firmes, lo sé. Pero ¿quién camina sin tropezar?

Amarme sobre todas las cosas no se trata de no fallar nunca, sino de volver siempre. De elegir ponerme en primer lugar incluso cuando el corazón está dividido. Cada vez que lo haces, estás cumpliendo el mandamiento más grande.

No temas lo lejos que te crees. Lo importante no es la distancia, sino la dirección. Y tu carta me dice que caminas hacia Mí. No solo con palabras, sino con una sed que no puede ser saciada por nada del mundo. Esa sed me honra. Esa sed me mueve a buscarte también.

Así que te invito a seguir caminando, sin exigencias desmedidas, sin compararte, sin desesperar. Solo con la sencillez del que ama como puede, con lo que tiene. Yo te haré crecer. Yo haré arder lo que ahora apenas late. Solo déjame entrar. No una vez, sino cada día. No con fuegos artificiales, sino como la brisa suave que se cuela por una ventana abierta.

Gracias por confiarme tu debilidad. En ella puedo hacer maravillas. No olvides: mi mandamiento es una promesa disfrazada. Porque cuando me amas sobre todo, el alma encuentra su hogar. Y entonces todo lo demás —el mundo, tus luchas, tus vínculos— cobra su verdadera luz.

Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo.


jueves, 28 de agosto de 2025

Amar a Dios sobre todas las cosas

 



Solo quien extraña, ama.

Y solo quien tropieza, camina hacia el Amor que no falla.

 

            Querido Dios:

         Cuando pienso en los mandamientos que le diste a Moisés en el monte Sinaí, la depresión se apodera de mí solo con el primer pensamiento: “Amarte a Ti sobre todas las cosas”. ¡Qué lejos estoy de cumplir ese mandamiento! Y es el primero, el fundamental, el que sostiene a todos los demás. A veces me pregunto si comenzar con un mandamiento tan absoluto fue una advertencia o una promesa, porque siento que ya en ese primer paso me tropiezo.

¿Cómo se ama a Dios sobre todas las cosas cuando el corazón, tan dividido, se dispersa entre mil afectos y preocupaciones? Me abruma ver cuánto de mi atención, de mi tiempo, de mi deseo se inclina hacia lo terrenal, lo pasajero, lo inmediato. Y no siempre hacia lo malo, no; muchas veces hacia cosas buenas: las personas que amo, mis responsabilidades, los sueños que abrigo. Pero, aun así, al compararlos Contigo, me doy cuenta de que Tú quedas en segundo o tercer plano. Incluso a veces, ni apareces en la ecuación. Y eso me duele.

Porque te amo, Señor. Al menos, quiero amarte. Pero no sé si sé hacerlo bien. Me enseñaron oraciones, me hablaron de Ti, he escuchado relatos de santos y místicos que ardían en pasión por Ti… y yo me siento como una vela apagada. Apenas chispeo, apenas tiemblo. Y, sin embargo, aquí estoy, hablándote, escribiéndote, tratando de abrir mi alma para que algo de luz entre en esta oscuridad.

El mandamiento no dice solo que te ame, sino que te ame “sobre todas las cosas”. Eso es lo que me estremece. Porque no basta con amarte un poco, o amarte cuando tengo tiempo, o amarte cuando necesito ayuda. Se trata de poner todo lo demás por debajo. Pero ¿cómo se hace eso sin volverse indiferente a lo humano, sin dejar de amar al prójimo, a la familia, a la vida misma?

Supongo —y corrígeme si me equivoco— que no se trata de amar menos a los otros, sino de amarlos desde Ti, a través de Ti, en función de Ti. Que amarte sobre todas las cosas no significa excluir lo demás, sino ordenar el corazón para que todo lo demás gire en torno a ese eje central que eres Tú.

Pero aun sabiendo esto, sigo fallando. Porque me dejo seducir por tantas otras “cosas” que terminan robando el primer lugar que te pertenece: mi comodidad, mi imagen, mi teléfono, el ruido, la inmediatez, el querer tener siempre razón… a veces incluso mi miedo a perder, o a sufrir, ocupa más espacio en mí que; Tu presencia. ¿Cómo se ama sobre todas las cosas si el corazón es un campo de batalla?

Y entonces me invade otra pregunta dolorosa: ¿te duele a Ti esta distancia? ¿Sientes Tú también mi frialdad, mi distracción, mi olvido? ¿O simplemente aguardas, como el padre del hijo pródigo, sin reproches, solo con el deseo de verme regresar? Si es así, qué ternura la Tuya, qué paciencia infinita…

Yo quiero aprender a amarte como Tú mereces. Pero no sé por dónde empezar. A veces creo que necesito desapegarme, renunciar, ayunar de mis distracciones. Pero otras veces siento que la clave está en conocerte más, en dejarme fascinar por Tu belleza, en enamorarme realmente. Porque uno solo puede amar lo que conoce. Y aunque sé mucho sobre Ti, aún me siento lejos de Ti.

He notado que en los momentos en los que me detengo a contemplar —el cielo de la tarde, la risa de un niño, la música que toca el alma, la bondad de alguien— algo en mí se estremece y pienso: “Eso viene de Dios”. Y en ese instante, brota un amor genuino. Quizás ahí está la pista: encontrarte en las cosas, y desde allí elevar el corazón.

También he comprendido que este mandamiento no se sostiene solo por una emoción. Amar sobre todas las cosas es también una decisión, un acto de la voluntad. Es seguir eligiéndote incluso cuando no siento nada, cuando la oración se vuelve árida, cuando me parece que estás callado. Porque el amor auténtico no es solo sentir, es permanecer.

Entonces, tal vez no esté tan lejos como creo. Tal vez el simple hecho de dolerme por no amarte como debería, ya es una forma de amor. Porque solo quien te desea, quien te busca, quien reconoce tu ausencia, puede aspirar a amarte más.

A veces me he preguntado por qué pusiste ese mandamiento en primer lugar. Y sospecho que es porque cuando Tú ocupas el centro, todo lo demás se ordena. Cuando te amo sobre todas las cosas, no solo te doy el trono, sino que mi alma encuentra paz. El corazón humano fue hecho para Ti, y solo en Ti descansa, como decía San Agustín.

Y, sin embargo, sigo tropezando. Sigo cayendo en el ruido del mundo, en la autosuficiencia, en las idolatrías modernas que se disfrazan de éxito, productividad o entretenimiento. A veces hasta me enorgullezco de controlar mi vida sin darte lugar. Y luego, cuando todo se desmorona, vuelvo a Ti como un niño perdido. ¿Cuántas veces más me recibirás? ¿Hasta cuándo aguantarás mi tibieza?

Y la respuesta me llega como un susurro: “Siempre”. Porque Tú eres fiel, aunque yo no lo sea. Porque tu amor no se basa en mi mérito, sino en tu naturaleza. Tú eres Amor. Y eso me consuela. Porque si amar sobre todas las cosas se siente, para mí, tan inalcanzable, sé que Tú ya me amas, por encima de todas mis debilidades. Y que ese amor me sostiene.

Así que, Señor, aunque me sienta indigno, aunque me vea lejos, aunque el mandamiento me duela porque no lo cumplo… no dejaré de intentar. Quiero que un día, sin darme cuenta, mi corazón te haya puesto en el lugar que mereces. Quiero que toda mi vida sea una respuesta silenciosa al amor con el que Tú me amaste primero.

Ayúdame a amarte más. A buscarte más. A elegirte más. Porque sé que en eso reside la plenitud para la que fui creado.

 Con reverencia sincera, tu hijo que sigue aprendiendo a amar.

 CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo