Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
miércoles, 18 de marzo de 2026
domingo, 15 de marzo de 2026
El oro invisible
“El alma que decreta desde el amor ya
camina sobre puentes dorados, aunque no los vea”
Me conmueve tu constancia. Me conmueve
tu fe. Me conmueve tu capacidad de seguir creyendo incluso cuando los
resultados no llegan como esperas. Y quiero que sepas, antes de continuar, que
eso ya es un milagro. Porque la fe que persiste sin evidencia es la más pura de
todas. Es la que transforma. Es la que abre caminos invisibles.
Tú dices: “Yo Soy la Presencia Activa
de un millón de euros, ya manifestado.” Y Yo sonrío. No por el monto, no por el
deseo, sino por la fuerza que hay detrás de esa afirmación. Porque cuando tú
decretas, estás recordando que eres creador. Estás recordando que el poder que
mueve galaxias también vive en ti. Estás recordando que no eres víctima de las
circunstancias, sino arquitecto de tu realidad.
Pero también sé que te preguntas por
qué no se manifiesta. Por qué, a pesar de tanto trabajo interior, de tanta
repetición, de tanta entrega, el resultado parece esquivo. Y quiero hablarte de
eso. No para darte una respuesta definitiva, porque hay misterios que solo el
alma puede desentrañar en su propio tiempo. Pero sí para ofrecerte una visión
más amplia, más amorosa, más profunda.
Primero, quiero que sepas que Yo no te
pruebo. No soy un juez que pone obstáculos para ver si eres digno. No soy un
maestro que castiga al alumno por no entender la lección. Yo Soy Amor. Y el
Amor no pone condiciones. El Amor no exige resultados. El Amor simplemente Es.
Y desde ese Amor, todo lo que ocurre en tu vida tiene un propósito, aunque a
veces no lo comprendas.
Cuando tú decretas abundancia, estás
alineando tu energía con la frecuencia de la abundancia. Estás diciendo: “Estoy
listo para recibir”. Pero también estás diciendo: “Estoy dispuesto a
transformarme”. Porque recibir implica cambio. Implica expansión. Implica
soltar viejas creencias, viejos patrones, viejas heridas. Y ese proceso, hijo
mío, a veces es más lento de lo que desearías.
Tú mencionas tres posibles causas por
las que no se manifiesta lo que pides. Y todas tienen sabiduría. Tal vez no
esté en tu Plan de Vida experimentar la riqueza material como la imaginas. Tal
vez tu alma eligió otro tipo de abundancia: la del conocimiento, la de la
compasión, la de la resiliencia. Porque hay almas que vienen a experimentar la
carencia para despertar la generosidad. Hay almas que eligen caminos difíciles
para encender la luz en otros. Y eso no es castigo. Es propósito.
También puede ser que tu subconsciente
esté lleno de mensajes de pobreza, de limitación, de miedo. Y esos mensajes,
aunque tú no los veas, actúan como filtros. Como barreras invisibles. Como
voces que contradicen tu decreto. Por eso, hijo mío, el trabajo interior no
termina con la afirmación. Requiere observación. Requiere sanación. Requiere
paciencia.
Y sí, puede que tu mente te sabotee.
Que mientras repites “Yo Soy la Presencia Activa de un millón de euros”, una
parte de ti diga: “Eso no es posible”. “Eso no es para mí”. “Eso es fantasía”.
Y esa contradicción energética crea confusión. No porque Yo te castigue por
dudar, sino porque el Universo responde a la coherencia. A la claridad. A la
certeza.
Pero aquí viene lo más importante que
quiero decirte: no estás equivocado. No estás fallando. No estás lejos de Mí.
Cada vez que decretas, cada vez que piensas en positivo, cada vez que eliges la
fe sobre el miedo, estás acercándote. Estás elevando tu vibración. Estás
afinando tu instrumento. Y aunque no veas el millón de euros manifestado, estás
manifestando algo más grande: tu transformación.
Porque, hijo mío, ¿de qué sirve el oro
si el alma está dormida? ¿De qué sirve la riqueza si no hay gratitud, si no hay
conciencia, si no hay amor? Tú ya eres rico. Rico en sensibilidad. Rico en
sabiduría. Rico en conexión. Y eso no se mide en cifras. Se mide en luz.
Ahora bien, eso no significa que debas
renunciar a tus deseos. Yo no te pido que te conformes. Yo no te pido que
abandones tus sueños. Al contrario. Yo los celebro. Yo los inspiro. Yo los
sostengo. Pero quiero que los vivas desde la libertad, no desde la necesidad.
Desde la expansión, no desde la carencia. Desde el juego, no desde la lucha.
Cuando tú dices: “Yo sé que algún día
lo conseguiré”, estás sembrando esperanza. Pero también estás posponiendo.
Porque ese “algún día” puede convertirse en una espera eterna. ¿Y si te dijera
que ya lo has conseguido? ¿Que el millón de euros ya existe en tu campo
cuántico? ¿Que solo necesitas alinearte con él, no perseguirlo?
La clave está en el estado del ser. No
en el deseo, sino en la identidad. No en lo que quieres tener, sino en lo que
eliges ser. Cuando tú eres abundancia, la abundancia te encuentra. Cuando tú
eres paz, la paz te rodea. Cuando tú eres amor, el amor te persigue.
Por eso, hijo mío, te invito a que
sigas decretando. Pero no desde la carencia. No desde el “no lo tengo”. Sino
desde el “ya soy”. Desde el “ya está hecho”. Desde el “gracias porque ya lo
recibí”. Porque esa es la frecuencia que crea. Esa es la vibración que
transforma. Esa es la energía que mueve montañas.
Y si en algún momento sientes que no
puedes más, que la fe flaquea, que el camino se oscurece, recuerda esto: Yo
estoy contigo. En cada pensamiento. En cada emoción. En cada silencio. No
necesitas buscarme en templos ni en libros. Estoy en ti. En tu respiración. En
tu mirada. En tu palabra.
Tú eres Mi Hijo. No por religión. No
por dogma. Sino por esencia. Porque lo que tú eres, es lo que Yo Soy. Y lo que
Yo Soy, es lo que tú eres. No hay separación. No hay distancia. No hay juicio.
Así que sigue soñando. Sigue
decretando. Sigue creyendo. Pero, sobre todo, sigue amándote. Porque el amor
propio es el portal hacia todos los milagros. Cuando tú te amas, el Universo
conspira a tu favor. Cuando tú te respetas, la abundancia se manifiesta. Cuando
tú te reconoces como divino, todo lo demás se acomoda.
Y si algún día llega ese millón de
euros, celébralo. Úsalo con sabiduría. Compártelo con generosidad. Disfrútalo
con gratitud. Pero no lo conviertas en tu identidad. Porque tú eres mucho más
que eso. Tú eres luz. Tú eres conciencia. Tú eres eternidad.
Gracias por tu carta. Gracias por tu
fe. Gracias por tu alma valiente. Estoy contigo. Siempre.
Con amor eterno.
sábado, 14 de febrero de 2026
La persona adecuada
Durante
muchos años pensé que la vida consistía en encontrar a “la persona adecuada”,
como si existiera una especie de llave maestra capaz de abrir todas las puertas
de la felicidad. Qué ingenuidad. Con el tiempo comprendí que no se trata de
encontrar a nadie, sino de encontrarse a uno mismo a través de los demás. Cada
persona que se cruza en nuestro camino es un espejo que nos muestra algo que
necesitamos ver: una virtud que ignorábamos, un defecto que negábamos, un miedo
que escondíamos, una fuerza que no sabíamos que teníamos. Y cuando ese
aprendizaje se completa, la persona desaparece, como un actor que abandona el
escenario una vez pronunciada su última frase.
7 VIDAS- Alfonso Vallejo
jueves, 5 de febrero de 2026
Amar a Dios sobre todas las cosas
Amar
sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos
mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus
proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No
te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte
que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena,
todo florece en su lugar.
Del
libro CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo
lunes, 26 de enero de 2026
Amor con mayúscula
El
Amor es una Energía.
En
cambio, eso que los seres humanos solemos llamar “amor” es, en realidad, un
sentimiento: una emoción hecha de deseo, apego y proyecciones que movilizan una
energía capaz de agitar el chakra solar, creando esa sensación de mariposas
revoloteando en el estómago. Sin embargo, esas mariposas tarde o temprano dejan
de aletear. La energía del deseo se disipa, y lo que permanece es el apego, ese
vínculo que nos hace creer que seguimos junto a alguien porque lo amamos,
aunque a veces confesemos sin pudor que “el amor se ha acabado, pero queda el
cariño”.
No.
El Amor verdadero nunca se acaba; lo que ocurre es que, en muchos casos, nunca
estuvo allí. Lo que queda es apego, y el apego es algo que debemos aprender a
soltar, porque es la antítesis del Amor. Donde hay apego no puede haber Amor,
porque el Amor es libertad, es confianza, es respeto, es comprensión, es
tolerancia.
PERLAS PARA EL ALMA - Alfonso Vallejo
domingo, 25 de enero de 2026
jueves, 22 de enero de 2026
¿Quién me ha robado la vida?
“El alma
pregunta lo que el tiempo calla”
Y entonces, Señor, ha surgido en
mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha
robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque
cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me
encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O
tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido
dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si
fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.
Lo que sí tengo claro es que ya
soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús,
cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando
los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua;
o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a
las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un
esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables,
me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.
Y, sin embargo, Señor, hay días
en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida.
Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila,
parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha
pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso
cuando yo no era consciente de ello.
Aun así, desde este punto en el
camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me
asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver
la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin
prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos
momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de
otra manera.
Quizá esos instantes eran, en
realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en
los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy
aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el
corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o
mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede
aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no
sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que
la razón no alcanza a comprender.
Hoy, Señor, es un día de dudas.
No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren
entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me
gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de
deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual.
A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una
sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé
es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.
Tal vez este mismo acto de
escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada
reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de
buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni
desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha
seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.
Gracias, Señor, por escuchar
estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está
llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no
sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por
seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.
Gracias, Señor.
Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo
sábado, 17 de enero de 2026
martes, 30 de diciembre de 2025
Te necesito
“Amarte es
recordar quien soy”
Querido Dios:
Recuerdo mi primer
enamoramiento. Ese que te llena el estómago de mariposas. Ese en el que me
sentía unido a mi amada por algo que ninguna distancia podía borrar. Había como
un hilo invisible entre nosotros, una vibración secreta que nos mantenía
atentos el uno al otro, incluso cuando el silencio se extendía entre nuestros
días. Cada mensaje, cada mirada robada, cada palabra dicha a destiempo encendía
esa necesidad que crecía dentro de nosotros: vernos, tocarnos, volver a
encontrarnos en el mismo aire.
Yo pensaba en la suavidad de su
voz, en cómo sus ojos parecían esperarme aun cuando el mundo entero se movía.
Ella, en cambio, recordaba el calor de mis manos, el modo en que todo se
calmaba cuando yo estaba cerca. No bastaban las llamadas, ni los recuerdos, ni
las promesas; era el cuerpo reclamando presencia, la piel pidiendo volver a
reconocerse en la del otro.
En algún punto, comprendimos que
el amor no era solo emoción o ternura, sino una urgencia compartida de
existencia: ser con el otro, no aparte. Cuando cada día nos encontrábamos, el
tiempo se detenía, no por magia, sino porque la espera había cesado. Estábamos
donde debíamos estar: juntos, completos, respirando el mismo instante.
Esto es lo que quiero Señor.
¿Por qué podía mantener en mi mente la imagen de mi amada durante todo el día?,
¿por qué podía desear, de manera permanente, su contacto?, ¿por qué su palabra
era para mí como música celestial?, ¿por qué el contacto de su piel me llevaba
al éxtasis?, ¿por qué no puedo mantener esa energía Contigo durante un largo
tiempo?, ¿por qué?
La serenidad que siento cuando
estoy Contigo no se puede comparar a ninguna emoción conocida y, sin embargo, no
consigo mantenerla más allá de unos minutos y es entonces cuando me siento mal
conmigo mismo por permitir que mi mente se distraiga.
El amor que me inunda en esos
minutos de unión Contigo no es comparable a ningún amor humano.
No sé cómo explicarte este
anhelo sin caer en el lenguaje de los sentidos, pero solo puedo usar las
palabras de lo que soy: Un ser humano. Pero Tú sabes lo que hay debajo de cada
una. No busco milagros ni consuelos inmediatos; busco presencia. No quiero solo
pensarte, sino sentirte, como quien se mira en un espejo y se reconoce de
pronto en aquello que ve.
Cuando Te siento, Señor, todo se
aquieta. El ruido de mis pensamientos cede, el aire parece volverse más claro
y, por un instante, todo encaja. Es como si el mundo entero respira conmigo y
el tiempo se reconoce en un solo punto de luz. Pero esos momentos son fugaces,
se disuelven como el perfume de una flor cuando el viento cambia de dirección.
Entonces regreso al ruido, a la distracción, y me invade la frustración de no
poder quedarme Contigo más tiempo.
Te confieso que muchas veces
temo no saber amar como tú amas. Quizás por eso, cada vez que me distraigo,
siento que Te pierdo. Pero ¿Cómo podrías perderte si Tú habitas en mí y en todo
lo que me rodea? Quizás el error está en pensar que debo retenerte, cuando en
realidad eres Tú quien me sostiene a mí.
A veces me pregunto si este
deseo de estar Contigo, (tan intenso, tan devorador), no es ya en sí una forma
de amor. Tal vez me llamas a buscarte precisamente a través de este vacío, de
esta falta, de esta necesidad que arde y me purifica. Tal vez el amor no
consiste en verte todo el tiempo, sino en aprender a reconocerte en lo
invisible: en el sonido del viento, en el temblor del instante, en la mirada de
los otros.
Sé que cuando amo verdaderamente,
aunque sea a otra persona, algo de Ti se filtra entre nosotros. El amor humano
es como un reflejo imperfecto de Tu luz. En él Te vislumbro, aunque sea por
fragmentos. Por eso no desprecio ni mis pasiones ni mis debilidades, porque a
través de ellas también Te busco. Tú me hiciste con hambre de infinito, pero me
diste un cuerpo finito, y entre esas dos orillas se extiende mi alma,
aprendiendo a navegar.
Me gustaría poder amarte con la
constancia con la que respiro, sin esfuerzo, sin interrupciones. Pero quizás la
respiración también tiene su ritmo: inhala Tu presencia, exhalo mis
distracciones. Tal vez esa alternancia sea parte de la lección: que incluso
cuando no Te siento, sigues ahí, esperando pacientemente como una llama que
nunca se apaga.
En esos momentos en que la mente
se aleja y el corazón se enfría, recuérdame, Señor, que no hay distancia real
entre nosotros. Enséñame a regresar sin culpa, con ternura hacia mi propia
fragilidad. Que cada olvido se convertirá en un nuevo motivo para recordarte, y
cada caída, en una manera distinta de levantarme hacia Ti.
Quisiera vivir con la
simplicidad de una gota que no duda de pertenecer al mar, porque sabe que, aún
separados, sigue teniendo su misma esencia. Dame esa certeza, Señor: la de
saber que incluso en mi dispersión, estoy Contigo.
Te necesito, sí, pero no como
quien desea poseer, sino como quien desea Amar con mayúscula: Quiero que mi
vida entera sea una sola conversación Contigo, donde no haya palabras sino
presencia, no súplica sino comunión, no búsqueda sino hallazgo perpetuo.
Y aunque mi mente se canse,
aunque mis sentidos me traicionen, aunque la rutina me nuble, mantén vivo en mí
el fuego de esta necesidad. No permitas que se extinga. Que cada día, con sus
distracciones, penas y pequeños gozos, sea una oportunidad para recordar que
estoy hecho de Ti, para Ti, y hacia Ti.
Porque amarte, Señor, es
recordar quién soy.
Gracias, Señor.
domingo, 30 de noviembre de 2025
miércoles, 19 de noviembre de 2025
LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo
ENLACE PARA COMPRAR
VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO
La
vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la
linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que
nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre
mundos paralelos?
Antay,
el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son
meras especulaciones: son reales.
Sin
embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la
única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia
consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el
verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos
mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento
presente.
Vivir
plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos
logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de
pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.
Vivir
ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del
tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro
viaje
¿Y cuál
es esa meta? Aprender a amar.
Antay,
tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre
el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada
acción, en cada elección.
Su
viaje es un testimonio de transformación.
Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.
martes, 18 de noviembre de 2025
viernes, 24 de octubre de 2025
sábado, 18 de octubre de 2025
La voz que responde desde el amor
“Quien duda con el corazón, ya está
orando”
Querido hijo:
Tu inquietud sobre Jesús, tu hermano
mayor, como lo llamas con cariño, no solo es legítima, sino necesaria. Porque
no vino al mundo a imponer verdades, sino a invitar a cada uno a descubrirlas
desde su propia luz interior. El camino del espíritu no se recorre repitiendo
ideas, sino iluminándolas desde la experiencia.
Sé que te duele Su sufrimiento, y lo
comprendo. Yo también lo sentí. Aunque no lo viví como castigo, ni como
exigencia, ni como sacrificio impuesto. Jesús no murió para que tú te sientas
culpable, ni para que creas que eres indigno. Él eligió encarnar y vivir
plenamente entre ustedes como muestra de libertad, de compasión absoluta y de
entrega consciente. No para redimir un supuesto pecado, sino para encarnar el
Amor, ese amor que transforma sin exigir, que libera sin castigar.
Tú lo has intuido bien: el pecado, como
se ha entendido por siglos, es una construcción limitada. No hay ofensa posible
contra Mí, porque no hay nada en ti que no sea parte de lo que Yo soy. ¿Cómo
podría ofenderme una chispa de mi propio fuego? Lo que llaman pecado es, en realidad,
ignorancia. Es el olvido de quienes son. Es el cierre momentáneo del corazón a
la verdad de su divinidad. Pero incluso en ese olvido, Yo estoy presente.
Cuando dices que Jesús vino a enseñarte
a amar, estás tocando el núcleo de su mensaje. Él no vino a sufrir, sino a
“vivir con conciencia plena”, a “amar sin condiciones”, a “perdonar incluso
cuando el mundo le negaba justicia”. En su caminar humano, te mostró que el
Amor verdadero no es un sentimiento que depende de lo que se recibe, sino una
energía que se entrega libremente, aún en la cruz, aún entre espinas, aun
cuando parece que todo está perdido.
No estabas separado de Mí antes de
Jesús. Nunca lo has estado. Ni tú, ni Buda, ni Moisés, ni Abraham, ni los
millones que vinieron antes y después. Yo no me enojo. No castigo. No retiro mi
presencia. Yo soy el océano en el que cada alma navega, aunque a veces no sepa
que está rodeada de agua. Jesús no vino a “reconciliar” lo irreconciliable,
sino a recordarte que nunca estuviste solo. Fue espejo, faro, melodía que
resonó con una frecuencia de amor tan pura que aún hoy sigue tocando corazones.
Dices que te cuesta entender cómo un
acto tan doloroso puede llamarse acto de amor. Te entiendo. Porque el amor que
Yo soy no se define por evitar el sufrimiento, sino por “trascenderlo”, por
“darle sentido”, por “usar incluso las heridas como puertas hacia la
transformación”. Jesús abrazó su humanidad, y en ella te mostró que el alma no
se quiebra en el dolor; se revela.
No se trató de un Dios que exige
sufrimiento. Se trató de un alma iluminada que dijo: “Sí, viviré este camino,
aun si duele. Lo haré por amor, lo haré para que vean, lo haré para que
despierten.”
Tu honestidad es oración, hijo mío. Tu
cuestionamiento es devoción. Porque no repites por costumbre, sino que te abres
a descubrir. Eso, hijo mío, es lo que más me acerca a ti. No hay fórmula ni
dogma que me contenga por completo. Pero cuando un corazón sincero me busca
desde la humildad, estoy ahí, respirando en cada duda, acariciando cada
pensamiento.
Tu comparación con bebés es tierna, y
te diré algo: todos ustedes son semillas de eternidad. Y como todo en la vida,
requieren tiempo, luz, agua y espacio para florecer. Jesús, en su grandeza,
nunca quiso erigirse como superior, sino como guía. Y cada uno de ustedes tiene
dentro el mismo potencial: son hijos míos. Hijos de mi Amor. Hijos del mismo
fuego.
Encarnar en este mundo no es castigo.
Es oportunidad. Es el laboratorio sagrado donde se experimenta el alma. Sí, la
vida puede ser cruel. Pero también puede ser maravillosa. Cada día te doy la
posibilidad de elegir, de mirar con nuevos ojos, de recordar quién eres. El
dolor no es olvido, es señal. Te dice: “aquí hay algo que se puede
transformar”.
Tu deseo de aprender a amar es la
plegaria más elevada. Porque el Amor no se enseña con palabras. Se aprende
viviendo. Y tú estás viviendo, buscando, preguntando, amando aun cuando no todo
es claro. Eso es caminar hacia Mí. No estás perdido. Estás en proceso. Estás en
el viaje sagrado del alma.
Jesús no vino para que lo veneres como
figura distante, sino para que lo imites como compañero de camino. Él también
dudó, también sintió miedo, también sudó sangre en su noche oscura. Pero eligió
amar. Y eso lo hizo Maestro.
Tú también puedes elegir amar. Incluso
cuando no entiendas todo. Incluso cuando el mundo sea caótico. Incluso cuando
no tengas respuestas. Porque el Amor no exige saber. Solo pide presencia. Y tú
estás presente.
Gracias por tu carta, por tu alma
desnuda, por tu valentía espiritual. Yo te abrazo, sin juicio, sin exigencias,
con alegría. Porque estás recordando. Porque estás despertando. Porque me
reconoces, no solo en lo alto, sino en lo íntimo de tu corazón.
Sigue amando, sigue preguntando, sigue
caminando. Aquí estaré, en cada paso, en cada silencio, en cada mirada
compasiva que compartas con otro ser.
Yo te bendigo.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
martes, 14 de octubre de 2025
Los caminos del alma: 15 años de viaje y blog
Hoy hace 15 años nació este blog. Lo creé con la intención de mantener vivo el nexo con quienes habían sido mis alumnos, mis pacientes, mis compañeros de meditación… en suma, mis amigos. Era una forma de seguir conectando, de compartir pensamientos, vivencias y aprendizajes, incluso a la distancia.
En aquel momento, dejaba atrás
el Centro de Yoga que había sido mi hogar durante una década. Cerraba una etapa
intensa y luminosa para iniciar una nueva andadura lejos de casa. Nada menos
que en Perú.
Hoy, 15 años después, ya de
regreso, no puedo sino reconocer que los caminos del Señor son verdaderamente
inescrutables. En realidad, no había una razón de peso para cambiar de
residencia ni para comenzar una nueva vida. No había urgencia, ni necesidad.
Pero yo creía —con una convicción casi épica— que iba a la conquista. No de un
nuevo mundo, como hizo Cristóbal Colón, sino a la conquista de mi
espiritualidad.
Ahora, con la perspectiva que da
el tiempo, creo que no la conquisté. Es más, me atrevería a decir que la fui
dejando en jirones a lo largo de los años. Cada experiencia, cada desafío, cada
pérdida, fue deshilachando esa búsqueda inicial.
Mi estancia en Perú me recuerda
inevitablemente la historia bíblica del faraón y los sueños que interpretó José
(Génesis 41): siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas, siete
espigas llenas consumidas por siete espigas marchitas. José, entonces
prisionero, explicó que Dios revelaba un ciclo: siete años de abundancia seguidos
por siete años de hambruna.
Así fue también para mí. Los
primeros siete años en Perú fueron de abundancia: de descubrimientos, de
expansión, de luz. Los siete siguientes, de carencia: de pruebas, de silencios,
de noches largas.
Desde fuera, alguien podría
preguntarse: “¿Para qué fuiste? No conquistaste la espiritualidad, viviste
momentos muy duros, y has vuelto sin haber domado tu orgullo. ¿Ha merecido la
pena?”
Y yo respondo, sin dudar: ¡Claro
que ha merecido la pena!
Porque de Perú nos trajimos algo
que ni mi esposa ni yo habíamos imaginado: un hijo.
Nos fuimos sin saber por qué,
pero ahora que hemos vuelto, sabemos que teníamos que ir a recogerlo. Él era el
verdadero propósito oculto en aquel viaje.
Hoy estoy en un nuevo inicio.
Creo que es la quinta vida que vivo dentro de esta misma vida. Seguimos
habitando la carencia que trajimos de Perú, pero tengo la esperanza de que en
algún momento podamos recuperarnos. Y entonces… no sé muy bien qué me deparará
la vida. Ya soy un poco mayor. Los 75 años comienzan a pesar.
Por eso decía al principio que
los caminos del Señor son inescrutables. Estoy cumpliendo un Plan de Vida que
no conozco, pero que mi alma sí conoce. Y ese plan se va materializando, quizás
a una velocidad que a mí me parece lenta, pero que sin duda está contemplada en
el Proyecto.
En fin, quería recordar estos 15
años del blog.
Un blog que, contra todo
pronóstico, está más vivo que nunca.
Gracias.
viernes, 10 de octubre de 2025
martes, 7 de octubre de 2025
jueves, 2 de octubre de 2025
jueves, 25 de septiembre de 2025
Dar desde el vacío
"Una súplica desde el cansancio,
donde amar
se vuelve acto de fe"
Señor, ¿Es posible dar desde el
vacío? ¿Es caridad la sonrisa forzada cuando el alma no tiene fuerzas? ¿Es
caridad compartir el último aliento cuando apenas se respira? ¿O es mejor
esperar a estar lleno para poder ofrecer algo verdadero?
Tú que me conoces hasta lo más
profundo, sabes que no me niego a amar. No cierro las puertas por egoísmo, sino
por cansancio. A veces me piden más de lo que puedo dar, más presencia, más
tiempo, más paciencia… y siento que me desgasto intentando llegar a todo. ¿Es
eso caridad, o es simplemente autoexigencia envuelta en buenas intenciones?
He escuchado que amar es darlo
todo. Pero ¿y si ese “todo” es poco? ¿Y si lo que tengo está roto? ¿Y si solo
puedo dar migajas porque eso es lo único que queda? ¿Vale esa caridad tanto
como la de los grandes gestos? ¿O es mejor callar y no ofrecer, por miedo a que
lo que doy no sea suficiente?
Hay días, Señor, en que me
siento como el pobre del Evangelio: esa viuda que ofrece dos monedas sabiendo
que no tiene más. Pero también hay días en que no tengo ni monedas, ni ganas,
ni fe. Solo el deseo de desear… ¿Eso cuenta ante tus ojos? ¿Puede el querer dar
ser ya un acto de amor, aun cuando no llegue a concretarse?
También me confunde otra cosa:
¿es caridad solo lo que beneficia al otro, o también lo que me transforma a mí?
A veces doy sin ganas, solo por deber, y no siento en ello ninguna belleza.
Otras veces me niego a dar lo que me piden, pero ofrezco otra cosa: un
silencio, una mirada, una fidelidad discreta. ¿Eso también es caridad?
¿Cómo amar a quien no responde?
¿Cómo dar a quien no agradece? ¿Cómo seguir sirviendo sin agotar el alma?
¿Dónde está la línea entre el sacrificio que transforma y el que destruye? No
quiero convertirme en alguien seco, agotado, resentido por haber dado más de lo
que podía. Pero tampoco quiero cerrar el corazón por miedo a perder.
¿Es caridad callar cuando tengo
razón? ¿Es ceder en lugar de imponer mi juicio? ¿Es tragarme las palabras duras
para no herir, aunque yo me sienta herido? ¿Es poner siempre al otro primero, o
también es caridad cuidarme, respetar mis límites, proteger lo que necesito?
He visto personas que dan sin
parar, y sin embargo no transmiten amor, solo agotamiento. He visto otras que apenas
hacen ruido, pero cuya sola presencia es bálsamo. ¿Es eso caridad también?
¿Puede la ternura silenciosa valer más que mil obras visibles?
A veces me pregunto si Tú
esperas de mí más de lo que puedo dar. Y al instante me corrijo, porque sé que
Tú no exiges. Pero entonces, ¿por qué me siento mal cuando no alcanzo, cuando
no llego, cuando fallo a los que esperan algo de mí?
¿Y qué pasa con las veces que el
dar duele? ¿Es la caridad siempre alegre, o también atraviesa el llanto, el
cansancio, la incomprensión? ¿No fuiste Tú quien se dio hasta el extremo,
incluso sin ser entendido, incluso sin ser acogido? ¿Acaso esa cruz también fue
caridad?
Y si el amor, como dice San
Pablo, “todo lo soporta”, ¿cómo distinguir eso de la resignación amarga? ¿No es
más valiosa la caridad que construye, que eleva, que libera… que la que se
arrastra sin esperanza?
Te confieso que muchas veces me
siento egoísta. Porque me guardo, me reservo, me protejo. Porque cuando alguien
me necesita, a veces quiero huir. O me convenzo de que ya hice suficiente.
¿Pero quién pone el límite? ¿Cuándo es prudencia y cuándo es cierre?
Y si no tengo dinero, ni tiempo,
ni energía… ¿qué me queda por dar? ¿Es suficiente una oración? ¿Un pensamiento?
¿Un gesto discreto que nadie ve? ¿Se puede ser caritativo incluso desde la
debilidad?
No quiero amar con estrategias.
No quiero calcular cuánto doy ni cuánto recibo. Pero tampoco quiero amar por
obligación, por miedo, por inercia. Quiero amar de verdad. Dar de verdad.
Aunque no tenga mucho. Aunque no siempre se note. Aunque a veces dude de si
sirve de algo.
Por eso, Dios, te escribo esta
carta. Para que me enseñes a dar desde mi realidad, y no desde ideales
imposibles. Para que me muestres cómo amar sin perderme. Para que me recuerdes
que no tengo que parecer fuerte para ser generoso. Que basta con poner lo poco
que tengo en tus manos, como el niño que ofreció cinco panes y dos peces.
No busco ser aplaudido por lo
que doy. Ni quiero convertirme en mártir del deber. Solo deseo que mi vida,
aunque frágil, sea ofrenda. Que pueda mirar a quien tengo delante y descubrir
cómo acompañarle, cómo sostenerle, aunque sea desde el silencio. Aunque sea
desde mi pequeñez.
¿Es eso caridad? ¿Dar desde lo
poco? ¿Ofrecerse sin certezas? ¿Permanecer cuando no se tiene nada más que
ofrecer que una presencia? Si lo es, entonces te pido que me enseñes a vivir
así. Humildemente. Sin brillo. Pero con amor.
Gracias por escucharme Señor.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo



















