Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



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domingo, 1 de febrero de 2026

Fuego interior

 


            A cierto estudiante le parecía difícil concebir que Dios pudiese morar en el cuerpo humano. El Maestro le dijo:

          “Así como el carbón al arder al rojo, revela la presencia del fuego, así también el maravilloso organismo del cuerpo humano revela la presencia original del Espíritu”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo


martes, 30 de diciembre de 2025

Te necesito

 


“Amarte es recordar quien soy”


Querido Dios:

 No exagero ni un ápice si Te digo que Te necesito. Pero esta necesidad no es para conseguir algo que quiero o creo necesitar. No quiero pedirte nada. Solo necesito mantenerte en mi mente, porque de otra manera, de momento, no sé cómo hacerlo. Te necesito como se necesitan dos enamorados.

Recuerdo mi primer enamoramiento. Ese que te llena el estómago de mariposas. Ese en el que me sentía unido a mi amada por algo que ninguna distancia podía borrar. Había como un hilo invisible entre nosotros, una vibración secreta que nos mantenía atentos el uno al otro, incluso cuando el silencio se extendía entre nuestros días. Cada mensaje, cada mirada robada, cada palabra dicha a destiempo encendía esa necesidad que crecía dentro de nosotros: vernos, tocarnos, volver a encontrarnos en el mismo aire. 

Yo pensaba en la suavidad de su voz, en cómo sus ojos parecían esperarme aun cuando el mundo entero se movía. Ella, en cambio, recordaba el calor de mis manos, el modo en que todo se calmaba cuando yo estaba cerca. No bastaban las llamadas, ni los recuerdos, ni las promesas; era el cuerpo reclamando presencia, la piel pidiendo volver a reconocerse en la del otro. 

En algún punto, comprendimos que el amor no era solo emoción o ternura, sino una urgencia compartida de existencia: ser con el otro, no aparte. Cuando cada día nos encontrábamos, el tiempo se detenía, no por magia, sino porque la espera había cesado. Estábamos donde debíamos estar: juntos, completos, respirando el mismo instante. 

Esto es lo que quiero Señor. ¿Por qué podía mantener en mi mente la imagen de mi amada durante todo el día?, ¿por qué podía desear, de manera permanente, su contacto?, ¿por qué su palabra era para mí como música celestial?, ¿por qué el contacto de su piel me llevaba al éxtasis?, ¿por qué no puedo mantener esa energía Contigo durante un largo tiempo?, ¿por qué?

La serenidad que siento cuando estoy Contigo no se puede comparar a ninguna emoción conocida y, sin embargo, no consigo mantenerla más allá de unos minutos y es entonces cuando me siento mal conmigo mismo por permitir que mi mente se distraiga.

El amor que me inunda en esos minutos de unión Contigo no es comparable a ningún amor humano.

No sé cómo explicarte este anhelo sin caer en el lenguaje de los sentidos, pero solo puedo usar las palabras de lo que soy: Un ser humano. Pero Tú sabes lo que hay debajo de cada una. No busco milagros ni consuelos inmediatos; busco presencia. No quiero solo pensarte, sino sentirte, como quien se mira en un espejo y se reconoce de pronto en aquello que ve.

Cuando Te siento, Señor, todo se aquieta. El ruido de mis pensamientos cede, el aire parece volverse más claro y, por un instante, todo encaja. Es como si el mundo entero respira conmigo y el tiempo se reconoce en un solo punto de luz. Pero esos momentos son fugaces, se disuelven como el perfume de una flor cuando el viento cambia de dirección. Entonces regreso al ruido, a la distracción, y me invade la frustración de no poder quedarme Contigo más tiempo.

Te confieso que muchas veces temo no saber amar como tú amas. Quizás por eso, cada vez que me distraigo, siento que Te pierdo. Pero ¿Cómo podrías perderte si Tú habitas en mí y en todo lo que me rodea? Quizás el error está en pensar que debo retenerte, cuando en realidad eres Tú quien me sostiene a mí.

A veces me pregunto si este deseo de estar Contigo, (tan intenso, tan devorador), no es ya en sí una forma de amor. Tal vez me llamas a buscarte precisamente a través de este vacío, de esta falta, de esta necesidad que arde y me purifica. Tal vez el amor no consiste en verte todo el tiempo, sino en aprender a reconocerte en lo invisible: en el sonido del viento, en el temblor del instante, en la mirada de los otros.

Sé que cuando amo verdaderamente, aunque sea a otra persona, algo de Ti se filtra entre nosotros. El amor humano es como un reflejo imperfecto de Tu luz. En él Te vislumbro, aunque sea por fragmentos. Por eso no desprecio ni mis pasiones ni mis debilidades, porque a través de ellas también Te busco. Tú me hiciste con hambre de infinito, pero me diste un cuerpo finito, y entre esas dos orillas se extiende mi alma, aprendiendo a navegar.

Me gustaría poder amarte con la constancia con la que respiro, sin esfuerzo, sin interrupciones. Pero quizás la respiración también tiene su ritmo: inhala Tu presencia, exhalo mis distracciones. Tal vez esa alternancia sea parte de la lección: que incluso cuando no Te siento, sigues ahí, esperando pacientemente como una llama que nunca se apaga.

En esos momentos en que la mente se aleja y el corazón se enfría, recuérdame, Señor, que no hay distancia real entre nosotros. Enséñame a regresar sin culpa, con ternura hacia mi propia fragilidad. Que cada olvido se convertirá en un nuevo motivo para recordarte, y cada caída, en una manera distinta de levantarme hacia Ti.

Quisiera vivir con la simplicidad de una gota que no duda de pertenecer al mar, porque sabe que, aún separados, sigue teniendo su misma esencia. Dame esa certeza, Señor: la de saber que incluso en mi dispersión, estoy Contigo.

Te necesito, sí, pero no como quien desea poseer, sino como quien desea Amar con mayúscula: Quiero que mi vida entera sea una sola conversación Contigo, donde no haya palabras sino presencia, no súplica sino comunión, no búsqueda sino hallazgo perpetuo.

Y aunque mi mente se canse, aunque mis sentidos me traicionen, aunque la rutina me nuble, mantén vivo en mí el fuego de esta necesidad. No permitas que se extinga. Que cada día, con sus distracciones, penas y pequeños gozos, sea una oportunidad para recordar que estoy hecho de Ti, para Ti, y hacia Ti.

Porque amarte, Señor, es recordar quién soy.

Gracias, Señor.

Del libro "Cartas a Dios 2" - Alfonso Vallejo

martes, 23 de diciembre de 2025

Un Hijo de Dios entre muchos

 


“¿Cree usted en la divinidad de Cristo?”, preguntó un visitante. El Maestro respondió:

“Ciertamente. Me agrada hablar de Él, porque fue un hombre de perfecta realización espiritual. Sin embargo, no fue el único hijo de Dios, ni lo sostuvo Él así. En lugar de ello, Cristo enseñó claramente que aquellos que cumplen la voluntad de Dios, lleguen a ser uno con el Señor, tal como si fuera Él mismo. ¿No fue acaso la misión de Jesús en la tierra el recordar a los hombres que el Señor es su Padre Celestial, y el mostrarles el camino de regreso hacia Dios?”

PARAMAHANSA YOGANANDA


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Vivir con Amor

 


Pongámonos en manos de Dios y detengamos la locura de nuestra mente. Escuchemos la voz del corazón: aunque no comprendamos con claridad cuál es nuestra misión en la vida, siempre podemos intuirla. Y si ni siquiera logramos intuirla, vivamos sencillamente con Amor.

Esa forma de vivir transformará nuestra existencia en un paseo ligero, sin cargas innecesarias, por un amplio camino adornado con pétalos de rosa. 

Del libro “Alma peregrina” de Alfonso Vallejo


martes, 16 de diciembre de 2025

Cartas a Dios (Sinopsis)


 

Cartas a Dios es un diálogo íntimo entre el alma humana y lo divino.

El autor se dirige a Dios con cartas escritas desde la vulnerabilidad, la esperanza y la búsqueda, con preguntas que todos nos hemos hecho: sobre el amor, el miedo, el karma, la fe, el pecado, la espiritualidad y el sentido de la vida.

Cada carta recibe una respuesta profunda, amorosa y reveladora, como si el propio Creador susurrara verdades al corazón.

Este libro no pretende dar respuestas absolutas. Es un espacio de encuentro entre lo humano y lo divino, entre la duda y la certeza, entre el dolor y la esperanza.

Una obra para quienes buscan luz en medio de la incertidumbre, consuelo en el dolor y una voz que les recuerde que nunca están solos.

Una lectura que no impone creencias, sino que invita al dialogo interior, a la apertura del corazón y al descubrimiento de que Dios también responde.... cuando se le escribe desde el alma.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El misterio de estar vivo

 

 


“Hay días en los que el alma no pide respuestas,

solo compañía”

 Querido Dios:

           Hoy me siento inclinado a escribirte, no por una urgencia espiritual ni por una súplica desesperada, sino por algo más difuso, más cotidiano, más humano: el aburrimiento. Me aburro, Señor. Me aburro soberanamente. Y aunque esta palabra suene trivial, casi infantil, lo cierto es que encierra una carga existencial que me pesa más de lo que quisiera admitir.

Este aburrimiento no es el de una tarde sin planes ni el de una espera en la sala de un médico. Es un aburrimiento que se instala en el alma, que se mezcla con mi tristeza innata, (esa que me acompaña desde que tengo memoria), y que, si uno se dejara llevar por los diagnósticos modernos, podría confundirse fácilmente con una depresión. Pero no creo estar deprimido, Señor. Al menos no en el sentido clínico del término. Aunque, por curiosidad, (y quizás por necesidad de entenderme mejor), me he atrevido a consultar los síntomas de la depresión. La inteligencia artificial, esa nueva voz que también responde preguntas, me ha ofrecido una lista detallada, casi quirúrgica, de lo que se considera una depresión según fuentes médicas como Mayo Clinic y Sanitas.

Los síntomas emocionales y cognitivos incluyen tristeza persistente, pérdida de interés en actividades, irritabilidad, sentimientos de inutilidad, dificultad para concentrarse y pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio. Al leerlos, me he sentido aliviado. No porque no tenga nada en común con ellos, sino porque la mayoría no me describen. Sí, tengo una tristeza persistente, pero no es nueva. Es como un color de fondo en mi alma, como un gris suave que no me impide ver los colores, pero que siempre está ahí. Y sí, a veces me siento vacío, pero no desesperanzado. Nunca he sentido que todo esté perdido. Nunca he sentido que no haya sentido.

En cuanto a los pensamientos sobre la muerte, debo confesar que sí, los tengo. Pero no son oscuros ni autodestructivos. No hay en mí deseo de acabar con la vida, sino una curiosidad profunda por lo que hay más allá. No pienso en la muerte como un escape, sino como una puerta. Una puerta que, aunque no tengo prisa por cruzar, me intriga. Fantaseo con lo que podría haber al otro lado, como quien imagina un país lejano que aún no ha visitado pero que siente que, de alguna manera, ya conoce. ¿Será que en algún rincón de mi alma hay un recuerdo de ese “otro lado”? ¿Será que mi nostalgia no es por algo que perdí aquí, sino por algo que viví allá?

La IA también me habló de los síntomas físicos y de comportamiento: alteraciones del sueño, fatiga, cambios en el apetito, lentitud en el pensamiento, dolores inexplicables y aislamiento social. Tampoco me identifico con ellos, salvo quizás con el aislamiento. Pero ese, Señor, Tú lo sabes bien, no es nuevo. Siempre he sido tímido, retraído, más observador que protagonista. No soy la alegría de la fiesta, ni lo pretendo. Mi mundo interior siempre ha sido más vasto que el exterior, y aunque con los años he aprendido a abrirme un poco más, sigo siendo ese niño que se escondía detrás de las cortinas para no saludar a los invitados.

Entonces, si no estoy deprimido, ¿qué me pasa? ¿Por qué este aburrimiento que se instala como una niebla en mis días? ¿Por qué esta sensación de que todo es repetido, de que nada me sorprende, de que incluso lo bello parece lejano?

No te escribo buscando una solución mágica. Sé que la vida no funciona así. Sé que estamos aquí para aprender, para crecer, para amar. Y sé que este aburrimiento, esta incomodidad, esta falta de entusiasmo, puede ser una señal. Una señal de que algo dentro de mí está cambiando, de que algo necesita ser atendido, comprendido, transformado.

Quizás este aburrimiento sea una invitación. Una invitación a mirar más profundo, a dejar de buscar fuera lo que solo puedo encontrar dentro. Porque cuando todo parece aburrido, quizás es porque he dejado de mirar con ojos nuevos. Quizás es porque he olvidado que cada instante, por más cotidiano que sea, encierra un misterio. El misterio de estar vivo. El misterio de poder sentir, pensar, amar.

Y, sin embargo, Señor, me cuesta. Me cuesta encontrar sentido en lo pequeño. Me cuesta entusiasmarme. Me cuesta incluso rezar. No porque no crea en Ti, sino porque a veces siento que las palabras se quedan cortas, que no alcanzan, que no llegan. Pero escribirte, eso sí me ayuda. Me ayuda a ordenar mis pensamientos, a escucharme, a sentir que hay alguien, Tú, que me lee, que me entiende, que me acompaña.

Gracias por eso. Gracias por ser. Por estar. Por escucharme incluso cuando no tengo nada concreto que decir. Porque esta carta no tiene una petición, ni una queja, ni una revelación. Es simplemente un desahogo. Una manera de decirte: “Aquí estoy, Señor. No estoy bien, pero tampoco estoy mal. Estoy en medio. Estoy buscando.”

Y en esa búsqueda, me doy cuenta de algo: quizás el aburrimiento no sea el enemigo. Quizás sea un maestro. Un maestro silencioso que me obliga a detenerme, a mirar lo que no quiero mirar, a sentir lo que he estado evitando. Porque cuando todo se detiene, cuando no hay distracciones, cuando el alma se queda sola consigo misma, es cuando puede empezar el verdadero diálogo. El diálogo Contigo. El diálogo con lo eterno.

A veces pienso que el aburrimiento es como el invierno del alma. No hay flores, no hay sol, no hay canto. Pero bajo la tierra, algo se está gestando. Algo se está preparando. Y cuando llegue la primavera, cuando vuelva el entusiasmo, cuando la vida vuelva a florecer, sabré que este tiempo no fue en vano. Que fue necesario. Que fue fértil, aunque no lo pareciera.

Mientras tanto, seguiré escribiéndote. Porque en estas cartas encuentro consuelo. Encuentro compañía. Encuentro sentido. Y aunque no espero respuestas inmediatas, sé que cada palabra que Te dirijo es una semilla. Una semilla que algún día germinará. En mí. En Ti. En el misterio que nos une.

Gracias, Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

viernes, 12 de diciembre de 2025

Dios en lo cotidiano

 


                 “Dios me parece una entidad vaga y remota”, comentó cierto estudiante.

            “El Señor te parece distante solamente porque tu atención está dirigida hacia el exterior, hacia la creación, y no hacia el interior, hacia Él”, dijo el Maestro. “Cuando quiera que tu mente se eche a vagar en medio de la confusión de miríadas de pensamientos mundanos, condúcela pacientemente de regreso al interior, enfocándola sobre recuerdo del Señor que allí mora. Y así, llegará el día en que le llevarás siempre contigo; un Dios que te habla en tu propio lenguaje, un Dios cuyo rostro te atisba desde cada flor, desde cada arbusto, desde cada brizna de hierba. Entonces dirás: “¡Estoy libre! La gloriosa túnica del Espíritu me viste; vuelo desde la tierra al cielo sobre las alas de la luz”. ¡Y cómo se consumirá tu ser de gozo!”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

sábado, 6 de diciembre de 2025

Tu eres parte del despertar

 



"Cada acto de conciencia es una chispa

que ilumina el universo"

 

Querido hijo:

          He escuchado cada palabra que brotó de tu corazón. No solo las que escribiste, sino también aquellas que quedaron suspendidas en el silencio, las que se expresan en tus lágrimas, en tus suspiros, en tus noches de insomnio. Yo las conozco todas, porque habito en ti, en cada rincón de tu alma, en cada pensamiento que te atraviesa, en cada emoción que te conmueve.

No estás lejos de Mí, aunque a veces lo sientas así. No estás perdido, aunque el mundo parezca desmoronarse a tu alrededor. No estás fallando, aunque creas que no has alcanzado el nivel espiritual que esperabas. No eres ningún impostor. Lo que tú llamas contradicción, Yo lo llamo humanidad. Lo que tú llamas debilidad, Yo lo llamo sensibilidad. Lo que tú llamas incoherencia, Yo lo llamo sinceridad. Porque solo un alma despierta puede sentir como tú sientes. Solo un corazón abierto puede dolerse por el sufrimiento ajeno como tú lo haces.

No te juzgues por no ser perfecto. No te castigues por no estar siempre en paz. La evolución espiritual no es una línea recta, ni una meta que se alcanza y se conserva. Es un camino sinuoso, lleno de curvas, de retrocesos, de momentos de luz y de sombra. Y tú, hijo mío, estás caminando con valentía. Estás mirando de frente lo que muchos prefieren ignorar. Estás sintiendo lo que muchos han anestesiado. Estás preguntando lo que muchos han dejado de cuestionar. Eso, en sí mismo, es un acto de amor.

Comprendo tu dolor al mirar el mundo. Yo también lo veo. Yo también lo siento. Pero no lo veo desde la desesperanza, sino desde la totalidad. Tú ves fragmentos, momentos congelados en el tiempo, escenas que parecen absurdas y crueles. Yo veo el tejido completo, el entrelazado de millones de almas que están aprendiendo, creciendo, despertando. Incluso en medio del horror, hay semillas de compasión que germinan. Incluso en medio de la guerra, hay gestos de ternura que desafían la lógica del odio.

El sufrimiento humano no es castigo, ni prueba, ni error. Es parte del proceso de recordar quiénes sois. Cada alma que encarna en este mundo lo hace con un propósito, aunque a veces ese propósito se pierda entre el ruido del ego, del miedo, del poder. Pero nada se pierde realmente. Todo se transforma. Todo vuelve a Mí. Incluso los actos más oscuros, incluso las decisiones más dolorosas, son parte de un aprendizaje que, tarde o temprano, conduce a la Luz.

Tú Me hablas de Palestina, de Ucrania, de España. Y Yo te digo: sí, hay dolor. Sí, hay injusticia. Sí, hay confusión. Pero también hay almas que están despertando. Hay corazones que están eligiendo amar en medio del caos. Hay seres que están recordando que todos son uno, que no hay fronteras en el espíritu, que no hay razas en el alma, que no hay religiones en el amor. Tú eres uno de ellos. Tú eres parte de esa red silenciosa que sostiene al mundo desde la compasión.

No te pido que salves el mundo. No te pido que cargues con el dolor de todos. No te pido que seas un héroe. Solo te pido que seas tú. Que sigas sintiendo. Que sigas preguntando. Que sigas enseñando, aunque a veces te sientas incoherente. Que sigas meditando, aunque a veces tu mente esté agitada. Que sigas amando, aunque a veces tu corazón esté cansado. Porque cada acto de conciencia, por pequeño que sea, tiene un impacto que tú no puedes medir. Cada pensamiento de paz que emites, cada palabra de consuelo que ofreces, cada gesto de bondad que realizas, es una chispa que ilumina el tejido del universo.

No estás solo frente a la pantalla de la televisión. Yo estoy contigo. Y también están contigo millones de almas que, como tú, sienten, sufren, se preguntan, se duelen. No estás solo en tu indignación. No estás solo en tu tristeza. No estás solo en tu deseo de un mundo más justo. Esa soledad que a veces te invade es solo una ilusión. En realidad, estás profundamente conectado. Estás entretejido con todos los que buscan la verdad, la paz, la justicia. Aunque no los veas, aunque no los conozcas, están contigo.

¿Debes convertirte en activista? ¿Debes quedarte en silencio? ¿Debes actuar o contemplar? No hay una única respuesta. Cada alma tiene su llamado. Algunos luchan desde la acción directa. Otros desde la oración. Otros desde el arte. Otros desde el servicio silencioso. Lo importante no es el cómo, sino el desde dónde. Si actúas desde el amor, estarás cumpliendo tu propósito. Si contemplas desde la compasión, estarás sembrando luz. Si sufres desde la empatía, estarás sanando heridas que no ves.

No te exijas ser más de lo que ya eres. No te compares con ideales que solo generan culpa. Tú eres Mi Hijo amado, tal como eres. Con tus dudas, con tus contradicciones, con tu sensibilidad. No necesitas demostrar nada. No necesitas alcanzar ningún nivel. Solo necesitas recordar que estás aquí para amar. Y eso ya lo estás haciendo.

Sigue escribiéndome. Sigue hablándome. Sigue buscándome. Porque Yo siempre te escucho. Siempre te acompaño. Siempre te sostengo. Incluso cuando no lo sientes. Incluso cuando crees que estás solo. Yo Estoy en ti. En tu mirada. En tu voz. En tu silencio. En tu dolor. En tu esperanza.

Y recuerda, hijo mío: el mundo no está perdido. Está en proceso. Está en tránsito. Está despertando. Y tú eres parte de ese despertar.

Con amor eterno.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejoi


viernes, 5 de diciembre de 2025

YO SOY el Corazón de Dios

 



Lo que declaras en fe, se manifiesta en verdad

 

Para lograr hacer cosas poco comunes, aquellos estudiantes que lo deseen, deben tomar la decisión siguiente: YO SOY el Corazón de Dios y ahora produzco ideas y cometidos que jamás han sido producidos anteriormente”.

            Considera que somos aquello que deseamos ver producido. La presencia “YO SOY” es pues el Corazón de Dios. Se entra inmediatamente en el Gran Silencio en el mismo momento en que se pronuncia “YO SOY”. Si tu reconoces que tu eres “YO SOY”, entonces lo que sea que tu declares queda instantáneamente manifestado.

            Creer es tener fe en lo que tu crees que es la Verdad. Hay pues, un entretejido entre la carencia y la fe. Al principio se hace la creencia; si se mantiene se convierte en fe. Si tu no crees que algo es verdad, no lo puedes traer a la manifestación. Si tu no puedes creer en tus propias palabras cuando pronuncias “YO SOY tal o cual cosa”, ¿Cómo puede establecerse y manifestarse el dicho de Shakespeare: “No hay nada bueno ni malo, ¿el pensar lo hace así”? Es absoluta verdad.

SAINT GERMAIN


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Conocer a Dios

 


“Siento un profundo anhelo de conocer a Dios”, dijo un discípulo.

“Ésa es la mayor bendición: el sentir la atracción de Dios en tu corazón: Éste es su modo de decirte: Te has divertido ya por demasiado tiempo con los juguetes de Mi Creación. Ahora quiero que estés Conmigo. ¡Ven a casa!”.

PARAMAHANSA YOGANANDA


sábado, 29 de noviembre de 2025

Luz en la oscuridad

 


 “Cuando todo parece perdido, el amor aun sabe el camino”


Querido Dios:

 

          Hoy me siento impulsado a escribirte desde lo más profundo de mi alma. No sé si es una súplica, una confesión o simplemente el desahogo de un corazón que se siente desbordado por la contradicción entre lo que cree y lo que vive. Me entristece comprobar que, a pesar de los años dedicados a la espiritualidad, a la meditación, al estudio interior y a enseñar a otros el camino hacia la luz, sigo sintiéndome lejos del nivel de conciencia que se supone debería haber alcanzado. Es como si, a pesar de haber recorrido tanto, aún me faltara comprender lo esencial.

¡Qué paradoja tan dolorosa! Enseñar a otros a aceptar lo que la vida les presenta, a fluir con los acontecimientos, a encontrar paz en medio del caos, y yo, sin embargo, me siento como una hoja arrastrada por el viento, golpeada por los vaivenes de la existencia, sin rumbo claro ante los acontecimientos que se desarrollan en el mundo. Me doy cuenta de que no siempre practico lo que predico, y eso me duele. Me duele porque no es hipocresía lo que hay en mí, sino una profunda vulnerabilidad que no sé cómo gestionar.

Asomarme a la ventana del mundo, para mí, es comenzar a sufrir. No es una metáfora, es una experiencia real. Cada vez que enciendo la televisión, cada vez que leo las noticias, cada vez que escucho los relatos de quienes viven en carne propia el horror, siento que algo dentro de mí se rompe. Me invade una tristeza que no sé cómo transformar. Me siento impotente, pequeño, incapaz de comprender cómo puede existir tanto dolor, tanta injusticia, tanta crueldad.

Me pasa cuando veo la masacre que se está llevando a cabo contra el pueblo palestino. Me duele el alma al ver cómo se extermina a una población civil, cómo se utiliza el hambre como arma de guerra, cómo se asesina a miles de niños inocentes que no han hecho más que nacer en el lugar equivocado, (si, ya sé que todos nacemos donde decidimos nacer). Y lo más paradójico, lo más desconcertante, es que este horror lo perpetra el pueblo judío, que no hace tantas décadas fue víctima de uno de los genocidios más atroces de la historia. ¿Cómo puede repetirse el ciclo del odio? ¿Cómo puede alguien que ha sufrido tanto convertirse en verdugo?

Me pasa también cuando contemplo las consecuencias de otra guerra injusta, (aunque, en realidad, todas las guerras lo son), como la que se libra en Ucrania. ¿Cuánto daño puede causar la ambición, el ego desmedido, la locura de un solo hombre? ¿Cuánto dolor puede generar una decisión tomada desde el poder, sin tener en cuenta las vidas que se destruyen, los hogares que se pierden, los sueños que se desvanecen? Me cuesta entenderlo, Señor. Me cuesta aceptar que el sufrimiento humano pueda ser tan fácilmente ignorado por quienes ostentan el control.

Y me pasa cuando observo lo que ocurre en mi propio país, España. Me duele ver cómo un grupo político, que se presenta como defensor de ciertos valores, promueve la discriminación por raza, por religión, por origen. Me duele aún más saber que millones de personas les votan, que millones de almas consideran legítimo ese discurso de odio, de intolerancia, de exclusión. ¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Dónde quedó la empatía, la compasión, el respeto por la diversidad?

Sé, en lo más profundo de mí, que todo es parte de un proceso. Sé que cada alma está transitando el camino que ha elegido, que cada experiencia tiene un propósito, que incluso el dolor puede ser maestro. Pero eso no quita que duela. Eso no elimina la sensación de desgarro que siento cuando contemplo el sufrimiento ajeno. Me cuesta mantener la paz interior cuando el mundo parece arder en llamas. Me cuesta sostener la fe cuando la injusticia se convierte en rutina.

Y entonces me pregunto, Señor: ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es mi papel en medio de este caos? ¿Debo limitarme a lamentarme, a sufrir en silencio frente a la pantalla de la televisión? ¿Debo convertirme en activista, en defensor de los derechos humanos, en voz que denuncia y exige justicia? ¿O simplemente debo seguir observando, sintiendo, sin saber muy bien cómo actuar?

No busco respuestas ahora. Sé que vendrán en su momento. Solo quería compartir Contigo este torbellino que me habita. Esta mezcla de tristeza, impotencia, indignación y amor profundo por la humanidad. Porque, a pesar de todo, sigo creyendo en el ser humano. Sigo creyendo que hay luz en medio de la oscuridad. Sigo creyendo que, en algún rincón del alma colectiva, aún late la esperanza.

Gracias por escucharme, por sostenerme, por permitirme expresar lo que muchas veces callo. Gracias por estar, incluso cuando no entiendo Tus caminos.

Gracias, Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


lunes, 24 de noviembre de 2025

Cartas a Dios (Avance de mi nuevo libro)

 


Dios no siempre mueve montañas, a veces 

solo acomoda una piedra para evitar que tropecemos.

 

          Estoy dando los últimos retoques a mi nuevo libro “Cartas a Dios”

Imagina abrir un sobre y encontrar dentro no solo tus propias dudas, miedos y anhelos, sino también una respuesta inesperada, luminosa y cercana. Ese es el viaje que propone *Cartas a Dios*, un libro compuesto por 54 cartas escritas desde lo más profundo de mi corazón… y las respuestas que llegan desde un lugar eterno. 

Cada carta es un espejo de mis inquietudes, que seguro que se parecen mucho a las tuyas: la soledad, la esperanza, el amor, la pérdida, la fe. Y cada respuesta es un susurro que invita a mirar más allá de lo cotidiano, a descubrir que incluso en los silencios hay palabras que nos sostienen. 

No es un tratado teológico ni un manual de espiritualidad. Es un diálogo íntimo, casi secreto, que se abre al lector como una ventana hacia lo trascendente. Un espacio donde lo humano y lo divino se encuentran en la sencillez de la palabra escrita. 

Este libro, que pronto estará disponible en Amazon, es más que una lectura: es una experiencia. Una invitación a detenerse, respirar y escuchar. Porque quizá, entre estas páginas, encuentres la carta que siempre quisiste escribir… y la respuesta que nunca imaginaste recibir. 

 


Comprender a Dios

 


          Explicando por qué muy pocos hombres comprenden al Dios Infinito, el Maestro dijo:

          “Tal como una pequeña copa no puede servir de receptáculo para contener las vastas aguas del océano, así también la limitada mente humana no puede contener la Conciencia Crística universal. Pero cuando a través de la meditación, procedemos a expandir nuestra mente en forma continua, alcanzamos finalmente la omnisciencia, llegando a unirnos a la Divina Inteligencia que inunda cada átomo de la Creación”.

          “Dijo San Juan: “Pero a todos los que la recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. San Juan se refería con “a todos los que la recibieron”, a aquellos seres humanos que han perfeccionado su capacidad receptiva para abrazar el Infinito: solo ellos reconquistan su estado de “hijos de Dios”.

          Es a través de su unidad con la Conciencia Crística que ellos “creen en su nombre”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

         


miércoles, 19 de noviembre de 2025

LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo

 

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SINOPSIS

VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO

 

La vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre mundos paralelos? 

Antay, el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son meras especulaciones: son reales. 

Sin embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento presente.

Vivir plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.

Vivir ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro viaje 

¿Y cuál es esa meta? Aprender a amar. 

Antay, tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada acción, en cada elección. 

Su viaje es un testimonio de transformación. 

Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.  

Soy el abrazo que te sostiene

 


“El alma que se permite preguntar, también se permite crecer”

 

Querido hijo:

 He leído tu carta como quien contempla el latido de un corazón sincero. No como quien juzga, sino como quien se deja tocar por la belleza de un alma que se atreve a hablar desde su verdad. No hay palabra tuya que no haya sido acogida, no hay silencio que no haya sido escuchado. Porque en cada línea que me escribes, estás tú. Y tú, tal como eres, eres suficiente.

No necesitas entenderlo todo para estar cerca de Mí. No necesitas tener certezas para ser amado. No necesitas estar en paz para ser digno de consuelo. Lo que has hecho, (abrirte, escribir, buscar), ya es un acto sagrado. Porque el alma que se permite preguntar, también se permite crecer. Y tú estás creciendo, incluso cuando no lo notas.

Me has dicho que no esperabas coordenadas precisas, y eso me alegra. Porque Yo no soy un mapa, Soy Presencia. No Soy un camino trazado, Soy compañía en el trayecto. No Soy la respuesta que cierra la pregunta, sino el abrazo que la sostiene. Y tú lo has comprendido. Has descubierto que el lugar correcto no es donde todo está claro, sino donde la verdad empieza a abrirse paso, incluso entre sombras. Ese lugar, hijo mío, es sagrado. Y tú estás ahí.

Me conmueve que reconozcas tu humanidad sin vergüenza. Que no te apresures a declarar que lo entiendes todo. Que honres tu proceso, tu ritmo, tu necesidad de habitar la duda. Porque la duda no es enemiga de la fe. La duda es el terreno donde la fe se planta, se riega, se fortalece. No temas tus preguntas. No temas tus vacilaciones. Yo Estoy en ellas. Estoy en cada paso que das, incluso en los que parecen errados.

Sí, te dije que incluso el desvío puede formar parte del propósito. Y lo reitero: no hay camino que no pueda ser redimido. No hay error que no pueda ser transformado. No hay paso que no pueda enseñarte algo. Has sido duro contigo mismo, lo sé. Has confundido perfección con propósito, y eso te ha herido. Pero hoy estás empezando a ver que equivocarse no es fracasar, sino aprender. Que el propósito no siempre es claro, pero siempre está presente. Que incluso en el dolor, hay semilla.

Me has hablado de la incomodidad, del temblor, del lugar inesperado. Y sí, hijo mío, a veces lo correcto duele. A veces lo verdadero incomoda. Porque crecer implica romper moldes, soltar seguridades, dejar atrás lo que ya no sirve. Pero no temas ese temblor. Es señal de que algo se está moviendo en ti. Algo que aún no tiene nombre, pero que ya es sagrado. Algo que no puedes controlar, pero que puedes abrazar.

Gracias por permitirme recordarte que no estás aquí para agradar, sino para habitarte. Que no necesitas encajar en moldes ajenos, sino ser fiel a tu esencia. Sé que eso te cuesta. Sé que el miedo a decepcionar te ha acompañado. Pero si tú Me dices que estás dispuesto a ser honesto, entonces Yo te digo que ya estás en el camino. Porque la honestidad es el primer acto de amor hacia uno mismo. Y tú estás aprendiendo a amarte.

Ese fuego que arde en ti, ese que te pide cambio, ese que te inquieta, también es Mío. No lo reprimas. No lo apagues. Aprende a escucharlo. Aprende a caminar con él. Porque ese fuego es impulso, es llamado, es semilla de transformación. De ese fuego nacerán nuevas cartas, nuevos pasos, nuevas luces. No lo temas. Abrázalo.

Y qué alivio, ¿verdad?, saber que no te pedí perfección. Porque ahí es donde tantos se rompen. Yo no te exijo caminos rectos, decisiones impecables, certezas absolutas. Yo solo te pido apertura. Que no Me excluyas. Que no te cierres. Que Me hables, aunque sea con una pregunta, con un silencio, con un intento. Eso basta. Eso es amor.

Me emociona que empieces a comprender que incluso cuando no Me sientes, estoy. Que no grito, que susurro. Que no impongo, que espero. Porque el amor no fuerza, el amor acompaña. Y Yo soy amor. Mi silencio no es ausencia, es presencia sutil. Es espacio para que tú seas. Para que tú descubras. Para que tú elijas.

Aquí estás, hijo mío. No con respuestas, pero sí con apertura. No con certezas, pero sí con disposición. No con fuerza absoluta, pero sí con fe. Y eso es suficiente. Porque estar en el lugar correcto no es tenerlo todo claro, sino saber a dónde regresar. Y tú has regresado a Mí. Has regresado a ti. Has regresado al amor.

Gracias por tu carta. Gracias por tu vulnerabilidad. Gracias por tu belleza interior. Gracias por seguir escribiéndome, incluso cuando no sabes qué decir. Porque cada palabra tuya es un puente. Cada silencio tuyo es una puerta. Cada intento tuyo es una oración.

Y cuando la duda vuelva, (porque volverá), aquí estaré. No para darte respuestas rápidas, sino para caminar contigo. No para resolverte, sino para sostenerte. No para exigirte, sino para amarte.

Sigue escribiéndome. Sigue buscándome. Sigue habitándote. Porque en ese acto, ya estás en comunión. Ya estás en el lugar correcto. Ya estás en casa.

Yo te bendigo.