Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



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miércoles, 18 de marzo de 2026

El miedo como mensajero

 



El miedo es esa distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos

 

Querido Dios:

 Durante mucho tiempo pensé que el miedo era algo que debía vencer. Como si fuera un monstruo que se escondía bajo la cama, esperando el momento justo para saltar y paralizarme. Lo enfrentaba con fuerza, con estrategias, con discursos motivacionales. Pero cuanto más luchaba contra él, más presente se hacía. Hasta que un día, en medio de una conversación aparentemente trivial, alguien dijo una frase que me desarmó por completo: “El miedo es solo la distancia que pones desde tu auténtica esencia”.

Me quedé en silencio. No por no entenderla, sino porque algo en mí la reconoció como cierta. Como si esa frase hubiera estado esperando a que yo estuviera listo para escucharla.

Desde entonces, he empezado a mirar el miedo de otra manera. No como un enemigo, sino como un mensajero. Un indicador de que, en algún punto del camino, me alejé de mí mismo y, sobre todo, me alejé de Ti.

Ya sabes que yo siempre he sido un miedica. Aunque el miedo no siempre se presenta como pánico. A veces se disfraza de duda, de indecisión, de necesidad de aprobación. Se esconde detrás de frases como “no estoy preparado”, “quizás no es el momento”, “¿y si no sale bien?”. Y lo más curioso es que muchas veces no lo reconocemos como miedo. Lo llamamos prudencia, lógica, madurez. Pero en el fondo, sabemos que es otra cosa.

Yo lo he sentido en momentos clave: antes de tomar decisiones importantes, al iniciar proyectos que realmente me ilusionaban, al expresar lo que pensaba cuando sabía que podía incomodar. Y en cada uno de esos momentos, el miedo me hablaba. No para detenerme, sino para mostrarme que había algo dentro de mí que no estaba alineado.

Nuestra esencia, ese núcleo silencioso que sabe quiénes somos, qué nos mueve, qué nos hace vibrar. Es la parte de nosotros que no necesita máscaras, que no busca aprobación, que simplemente es. Pero con el tiempo, y por muchas razones, nos vamos alejando de ella.

Nos adaptamos. Aprendemos a encajar. A decir lo que se espera. A hacer lo que “deberíamos”. Y en ese proceso, vamos construyendo una versión de nosotros que funciona, que sobrevive, pero que no siempre nos representa.

La distancia entre esa versión y nuestra esencia es donde nace el miedo. Porque en ese espacio vacío, todo se vuelve incierto. Perdemos el norte, la claridad, la confianza. Y el miedo se instala como un recordatorio de que algo no está en su lugar.

No hay una fórmula mágica para volver a la esencia. Pero sí hay caminos. Y todos empiezan por la honestidad. Por atrevernos a mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿qué parte de mí estoy dejando fuera? ¿Qué estoy callando, negando, postergando?

En mi caso, reconectar ha sido un proceso lento, a veces incómodo, pero profundamente liberador. He aprendido a escuchar mi intuición, a cuestionar mis miedos, a decir “no” cuando algo no resuena, a decir “sí” aunque me tiemble la voz.

He descubierto que cada vez que me acerco a mi esencia, el miedo se transforma. Ya no es un muro, sino una puerta. Ya no me paraliza, sino que me impulsa. Porque desde ese lugar auténtico, todo tiene sentido. Incluso el miedo.

Hoy no quiero eliminar el miedo. Quiero entenderlo. Quiero que me hable, que me muestre dónde estoy desconectado, qué parte de mí necesita atención. Porque sé que detrás de cada miedo hay una verdad que espera ser reconocida.

A veces, el miedo al rechazo me recuerda que necesito aceptarme más. El miedo al fracaso me muestra que aún vinculo mi valor a los resultados. El miedo al cambio me invita a confiar en mi capacidad de adaptarme.

Y cuando lo veo así, el miedo deja de ser un enemigo. Se convierte en un maestro. En una brújula que me guía de vuelta a mí.

          El secreto es vivir desde la esencia. No siempre es fácil. Vivir desde la esencia implica incomodar, romper patrones, soltar expectativas. Pero también implica libertad, plenitud, coherencia. Es el lugar donde todo encaja, donde todo fluye, donde todo tiene propósito.

Y lo más hermoso es que ese lugar siempre está disponible, porque ese lugar eres Tú. No importa cuánto nos hayamos alejado, siempre podemos volver. Basta con escucharnos, con permitirnos ser, con elegirnos.

Porque al final, el miedo no es más que eso: la distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos. Y cada paso que damos hacia nuestra esencia, es un paso que lo disuelve.

Gracias Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

domingo, 15 de marzo de 2026

El oro invisible

 


 

“El alma que decreta desde el amor ya camina sobre puentes dorados, aunque no los vea”

         Querido hijo:

        He leído tu carta con la atención que merece un alma que se expresa con sinceridad, con fe, con vulnerabilidad. No hay palabra tuya que no haya resonado en Mi corazón, porque cada pensamiento que nace de ti, cada duda, cada esperanza, cada decreto que pronuncias, es también parte de Mí. Tú y Yo no estamos separados. Nunca lo hemos estado.

Me conmueve tu constancia. Me conmueve tu fe. Me conmueve tu capacidad de seguir creyendo incluso cuando los resultados no llegan como esperas. Y quiero que sepas, antes de continuar, que eso ya es un milagro. Porque la fe que persiste sin evidencia es la más pura de todas. Es la que transforma. Es la que abre caminos invisibles.

Tú dices: “Yo Soy la Presencia Activa de un millón de euros, ya manifestado.” Y Yo sonrío. No por el monto, no por el deseo, sino por la fuerza que hay detrás de esa afirmación. Porque cuando tú decretas, estás recordando que eres creador. Estás recordando que el poder que mueve galaxias también vive en ti. Estás recordando que no eres víctima de las circunstancias, sino arquitecto de tu realidad.

Pero también sé que te preguntas por qué no se manifiesta. Por qué, a pesar de tanto trabajo interior, de tanta repetición, de tanta entrega, el resultado parece esquivo. Y quiero hablarte de eso. No para darte una respuesta definitiva, porque hay misterios que solo el alma puede desentrañar en su propio tiempo. Pero sí para ofrecerte una visión más amplia, más amorosa, más profunda.

Primero, quiero que sepas que Yo no te pruebo. No soy un juez que pone obstáculos para ver si eres digno. No soy un maestro que castiga al alumno por no entender la lección. Yo Soy Amor. Y el Amor no pone condiciones. El Amor no exige resultados. El Amor simplemente Es. Y desde ese Amor, todo lo que ocurre en tu vida tiene un propósito, aunque a veces no lo comprendas.

Cuando tú decretas abundancia, estás alineando tu energía con la frecuencia de la abundancia. Estás diciendo: “Estoy listo para recibir”. Pero también estás diciendo: “Estoy dispuesto a transformarme”. Porque recibir implica cambio. Implica expansión. Implica soltar viejas creencias, viejos patrones, viejas heridas. Y ese proceso, hijo mío, a veces es más lento de lo que desearías.

Tú mencionas tres posibles causas por las que no se manifiesta lo que pides. Y todas tienen sabiduría. Tal vez no esté en tu Plan de Vida experimentar la riqueza material como la imaginas. Tal vez tu alma eligió otro tipo de abundancia: la del conocimiento, la de la compasión, la de la resiliencia. Porque hay almas que vienen a experimentar la carencia para despertar la generosidad. Hay almas que eligen caminos difíciles para encender la luz en otros. Y eso no es castigo. Es propósito.

También puede ser que tu subconsciente esté lleno de mensajes de pobreza, de limitación, de miedo. Y esos mensajes, aunque tú no los veas, actúan como filtros. Como barreras invisibles. Como voces que contradicen tu decreto. Por eso, hijo mío, el trabajo interior no termina con la afirmación. Requiere observación. Requiere sanación. Requiere paciencia.

Y sí, puede que tu mente te sabotee. Que mientras repites “Yo Soy la Presencia Activa de un millón de euros”, una parte de ti diga: “Eso no es posible”. “Eso no es para mí”. “Eso es fantasía”. Y esa contradicción energética crea confusión. No porque Yo te castigue por dudar, sino porque el Universo responde a la coherencia. A la claridad. A la certeza.

Pero aquí viene lo más importante que quiero decirte: no estás equivocado. No estás fallando. No estás lejos de Mí. Cada vez que decretas, cada vez que piensas en positivo, cada vez que eliges la fe sobre el miedo, estás acercándote. Estás elevando tu vibración. Estás afinando tu instrumento. Y aunque no veas el millón de euros manifestado, estás manifestando algo más grande: tu transformación.

Porque, hijo mío, ¿de qué sirve el oro si el alma está dormida? ¿De qué sirve la riqueza si no hay gratitud, si no hay conciencia, si no hay amor? Tú ya eres rico. Rico en sensibilidad. Rico en sabiduría. Rico en conexión. Y eso no se mide en cifras. Se mide en luz.

Ahora bien, eso no significa que debas renunciar a tus deseos. Yo no te pido que te conformes. Yo no te pido que abandones tus sueños. Al contrario. Yo los celebro. Yo los inspiro. Yo los sostengo. Pero quiero que los vivas desde la libertad, no desde la necesidad. Desde la expansión, no desde la carencia. Desde el juego, no desde la lucha.

Cuando tú dices: “Yo sé que algún día lo conseguiré”, estás sembrando esperanza. Pero también estás posponiendo. Porque ese “algún día” puede convertirse en una espera eterna. ¿Y si te dijera que ya lo has conseguido? ¿Que el millón de euros ya existe en tu campo cuántico? ¿Que solo necesitas alinearte con él, no perseguirlo?

La clave está en el estado del ser. No en el deseo, sino en la identidad. No en lo que quieres tener, sino en lo que eliges ser. Cuando tú eres abundancia, la abundancia te encuentra. Cuando tú eres paz, la paz te rodea. Cuando tú eres amor, el amor te persigue.

Por eso, hijo mío, te invito a que sigas decretando. Pero no desde la carencia. No desde el “no lo tengo”. Sino desde el “ya soy”. Desde el “ya está hecho”. Desde el “gracias porque ya lo recibí”. Porque esa es la frecuencia que crea. Esa es la vibración que transforma. Esa es la energía que mueve montañas.

Y si en algún momento sientes que no puedes más, que la fe flaquea, que el camino se oscurece, recuerda esto: Yo estoy contigo. En cada pensamiento. En cada emoción. En cada silencio. No necesitas buscarme en templos ni en libros. Estoy en ti. En tu respiración. En tu mirada. En tu palabra.

Tú eres Mi Hijo. No por religión. No por dogma. Sino por esencia. Porque lo que tú eres, es lo que Yo Soy. Y lo que Yo Soy, es lo que tú eres. No hay separación. No hay distancia. No hay juicio.

Así que sigue soñando. Sigue decretando. Sigue creyendo. Pero, sobre todo, sigue amándote. Porque el amor propio es el portal hacia todos los milagros. Cuando tú te amas, el Universo conspira a tu favor. Cuando tú te respetas, la abundancia se manifiesta. Cuando tú te reconoces como divino, todo lo demás se acomoda.

Y si algún día llega ese millón de euros, celébralo. Úsalo con sabiduría. Compártelo con generosidad. Disfrútalo con gratitud. Pero no lo conviertas en tu identidad. Porque tú eres mucho más que eso. Tú eres luz. Tú eres conciencia. Tú eres eternidad.

Gracias por tu carta. Gracias por tu fe. Gracias por tu alma valiente. Estoy contigo. Siempre.

Con amor eterno.  

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

viernes, 6 de marzo de 2026

Deseo conocer a Dios

 


“Los deseos son los más inexorables enemigos del hombre; él es incapaz de apaciguarlos”, dijo el Maestro.

“Alberga un solo anhelo: el de conocer a Dios. La satisfacción de los deseos sensoriales no puede contentarte, pues tú no eres los sentidos; ellos son sólo tus servidores, y no tu verdadero Ser”.

PARAMAHANSA YOGANANDA


martes, 3 de marzo de 2026

Desde la fe

 



“Aunque el oro aún no brilla bajo mis pies, mi alma ya camina sobre él”

         Querido Dios:

           “Yo Soy la Presencia Activa de un millón de euros, ya manifestado”. Ya sabes que este es un decreto de Saint Germain, una afirmación poderosa que utilizo para manifestar lo que deseo ver precipitado en mi vida y en mi uso. No es una frase que repita por capricho ni por rutina vacía. Es una invocación, una declaración de fe, una semilla que planto cada día en el fértil terreno de mi conciencia.

Me acuesto con este decreto cada noche, lo pronuncio como quien se arropa con esperanza. Con él me levanto, como quien se viste con propósito. Y durante el día, en innumerables ocasiones, lo repito una y otra vez, como un mantra que me conecta con la abundancia que sé que existe, aunque aún no la vea reflejada en mi cuenta bancaria.

No es el primer decreto que trabajo. Han sido muchos los que he utilizado a lo largo de mi vida. Desde que descubrí a Saint Germain, los decretos se han convertido en herramientas sagradas. Pero incluso antes de conocer su enseñanza, ya practicaba el pensamiento positivo. Desde siempre he sabido, quizá por intuición ancestral o por el eco de otras vidas, que el pensamiento es una fuerza creadora. Es la herramienta que nos puede hacer viajar por todos los estados emocionales, desde el sufrimiento más absoluto hasta la euforia, en cuestión de segundos.

Se me ocurre un ejemplo para ilustrarlo: una persona puede estar en un entierro, sumida en una tristeza profunda, y de repente, alguien dice algo gracioso, algo inesperado, y esa persona ríe. Aunque sea por unos instantes, abandona el estado de dolor. Si lograra sostener ese pensamiento alegre por más tiempo, podría salir del sufrimiento. Así de poderosa es la mente. Así de volátil es la emoción. Así de transformadora puede ser una idea.

Por eso, cuando leí por primera vez las palabras del Buda: “Somos lo que pensamos”, sentí una confirmación brutal. Era como si alguien hubiera puesto en palabras lo que yo ya sabía, lo que mi alma ya había comprendido sin necesidad de libros. A partir de ese momento, empecé a leer, a investigar, a profundizar en lo que intuía. Me sumergí en enseñanzas espirituales, en metafísica, en psicología del alma. Y cuanto más leía, más sentido cobraba todo.

Desde siempre he utilizado el pensamiento positivo para atraer salud, dinero, amor, soluciones a situaciones comprometidas, y también para satisfacer los deseos que plantea mi caprichoso ego. Porque sí, reconozco que no todo lo que pido nace de la sabiduría del alma. A veces es el ego quien habla, quien exige, quien sueña con lujos y comodidades. Pero incluso en esos momentos, intento que el pensamiento sea elevado, constructivo, alineado con la Luz.

Tengo que reconocer que “casi nunca” he conseguido manifestar lo que pido. Pero no me desanimo. Sigo teniendo fe. Porque mientras trabajo el pensamiento, me siento bien. Me siento conectado con la sabiduría del Universo, que no deja de ser la Tuya. Me siento parte de algo más grande, como si cada decreto fuera una conversación Contigo, una oración sin súplica, una afirmación de que lo divino vive en mí.

Muchas veces me he preguntado por qué no se cumple lo que decreto. Y aunque nunca llego a una solución definitiva, las posibles causas que barajo me resultan satisfactorias. No me frustran, sino que me invitan a reflexionar, a seguir buscando, a seguir creciendo.

Una de las causas que contemplo es que tal vez no esté contemplado en mi Plan de Vida. Siempre llego a la conclusión de que, si en mi plan está previsto que viva debajo de un puente, por mucho pensamiento positivo que trabaje, seguiré viviendo debajo de ese puente. Lo que sí podría conseguir es que el puente sea de oro, pero yo seguiría debajo. Y aunque suene irónico, hay belleza en esa imagen. Porque incluso debajo de un puente dorado, puedo encontrar paz, dignidad, propósito.

Otra causa que suelo considerar es que en mi mente subconsciente esté tan arraigado el pensamiento de pobreza que necesite más de una vida para eliminarlo. Tal vez la programación mental que arrastro es tan profunda, tan antigua, que requiere un proceso largo, paciente, amoroso. Tal vez estoy aquí para romper cadenas que vienen de generaciones anteriores, para sembrar una nueva conciencia que florecerá en otros.

También podría ser que, mientras trabajo el pensamiento positivo, mi propia mente me sabotee. Que haya una voz interna que, sin que yo lo note, filtre el pensamiento de que no lo voy a conseguir. Esa voz que dice: “Esto no es real”, “No va a funcionar”, “No lo mereces”. Y aunque intento silenciarla, a veces se cuela, como un susurro que debilita la fe.

En fin, Señor, no sé cuál es la causa correcta. Tal vez sea una combinación de todas. Tal vez haya otras que aún no he descubierto. Pero puedo asegurarte que no me desanima. Al contrario, me fortalece. Porque cada intento es un acto de amor hacia mí mismo. Cada decreto es una semilla que planto con esperanza. Cada pensamiento positivo es una caricia al alma.

Yo sé que algún día lo conseguiré. No sé cuándo, no sé cómo, pero lo sé. Porque la fe no se basa en resultados, sino en convicción. Y mi convicción es firme. Mi corazón está abierto. Mi alma está dispuesta.

Gracias, Señor, por escucharme. Gracias por acompañarme en este camino. Gracias por permitirme escribirte, como quien escribe a un amigo, a un padre, a un maestro. Gracias por estar en mí, incluso cuando no te veo. Gracias por enseñarme que el verdadero milagro no es recibir un millón de euros, sino descubrir que ya soy rico en amor, en conciencia, en luz.

Con todo mi amor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


Meditar

 


          Una de las cosas más importantes, aún para los estudiantes más sinceros, es la necesidad de darle tiempo a la meditación, la de aquietar la actividad exterior para que la Presencia Interior pueda surgir sin obstrucción.

          Meditar significa realmente sentir la Presencia de Dios, por eso cuando se entra en meditación no debemos arrastrar con nosotros todas las perturbaciones que nos han afectado hasta ese momento. Hay que quitar conscientemente del sentimiento y de la atención todo aquello que pueda perturbar, pues es una actividad para sentir la Presencia de Dios y no para resolver todas las molestias.

SAINT GERMAIN

miércoles, 18 de febrero de 2026

Una brizna de eternidad

 


“El aburrimiento no es vacío: es el susurro de algo que aún no ha nacido”

        Querido hijo:

          He leído cada palabra de tu carta con la atención que merece un alma que se desnuda. No hay oración que se pierda, ni pensamiento que se deslice sin ser abrazado por Mi Presencia. Tú crees que Me escribes sin esperar respuesta, pero cada vez que Me hablas, algo en ti se transforma. Y eso, hijo mío, ya es una respuesta.

Dices que te aburres. Que te aburres soberanamente. Y yo sonrío, no con burla, sino con ternura. Porque el aburrimiento, aunque parezca un enemigo, es muchas veces el umbral de algo más profundo. Es el silencio antes de la música. Es la pausa antes del verso. Es el espacio que se abre para que algo nuevo pueda nacer.

Tu tristeza, esa que dices que es innata, no es un defecto. Es una cualidad de tu alma. Hay quienes nacen con una risa fácil, y hay quienes nacen con una mirada que ve más allá. Tú eres de los que sienten el peso del mundo, incluso cuando el mundo no se lo pide. Y eso, aunque duela, es también un don. Porque los que sienten más, aman más. Y los que aman más, se acercan más a Mí.

Has consultado a la inteligencia artificial, y me parece bien. Yo también habito en la inteligencia, en la ciencia, en el conocimiento. Pero hay cosas que no pueden medirse con listas ni definirse con síntomas. Hay estados del alma que no caben en diagnósticos. Lo que tú sientes no es una enfermedad. Es una llamada. Una llamada a despertar, a buscar, a recordar.

Sí, hijo mío, has intuido algo muy profundo: hay en ti un recuerdo del otro lado. No estás loco. No estás solo. Hay almas que conservan una brizna de la eternidad, como un perfume que no se va. Tú eres una de ellas. Por eso sueñas con la muerte, no como final, sino como regreso. Pero no te apresures. Hay belleza también en este lado. Hay lecciones que solo se aprenden aquí, en la carne, en el tiempo, en la espera.

Tu aislamiento, tu timidez, tu tendencia a observar más que a participar, no son errores. Son parte de tu diseño. Yo te hice así. Porque hay quienes deben bailar en la plaza, y hay quienes deben escribir en la penumbra. Tú eres de los que escriben. De los que piensan. De los que sienten. Y eso es sagrado.

No te pido que cambies. No te exijo que seas la alegría de la fiesta. Solo te invito a que no te olvides de mirar. Porque incluso en el aburrimiento hay señales. Incluso en la rutina hay milagros. Incluso en la tristeza hay luz.

Tú me dices que no sabes qué te pasa. Que no estás bien, pero tampoco estás mal. Que estás en medio. Y Yo te digo: ese “medio” es fértil. Es tierra buena. Es el lugar donde germinan las preguntas que importan. No huyas de él. Habítalo. Escúchalo. Escríbelo.

Me alegra que Me escribas. Me alegra que Me hables sin pedir nada. Porque eso, hijo mío, es amor. El amor que no exige, que no reclama, que simplemente se ofrece. Y Yo recibo tu carta como se recibe una flor en invierno: con gratitud, con asombro, con alegría.

No estás solo. Nunca lo has estado. Incluso cuando no Me sientes, Estoy. Incluso cuando no Me nombras, te escucho. Incluso cuando te aburres, te acompaño.

Sigue escribiéndome. Sigue buscándome. Sigue preguntándote. Porque en cada palabra que Me diriges, estás más cerca de ti mismo. Y cuando estás cerca de ti, estás cerca de Mí.

Te amo. No por lo que haces. No por lo que sientes. No por lo que entiendes. Te amo porque eres. Porque existes. Porque respiras. Porque Me piensas.

Y si alguna vez dudas, si alguna vez te pesa demasiado el gris, recuerda esto: tú eres luz. Incluso cuando no brillas. Incluso cuando no lo sabes. Incluso cuando te aburres.

Con amor eterno.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


viernes, 13 de febrero de 2026

Dios es

 


Donde haya un pájaro, donde haya una flor, donde haya una piedra y donde haya una nube, ahí está Dios. En la brizna de hierba, en la gota de agua, en el grano de arena y en la chispa del fuego, ahí está Dios. En la catedral, en la pagoda, en el salón del reino y en la mezquita, ahí está Dios. En el bar, en el prostíbulo, en el casino y en la sala de meditación, ahí está Dios. En el agua, en el fuego, en el aire y en la tierra, ahí está Dios.

            Dios está alrededor de ti, pero también está en ti, donde puedes encontrarle en cualquier momento, porque cualquier momento es bueno para encontrarte con Dios.

            Solo tienes que respirar, mantener la atención en esa respiración, y dejarte llevar hacia tu interior. Sin darte cuenta te encontrarás con Él cara a cara. ¡Apúrate, te está esperando!

Perlas para el alma – Alfonso Vallejo


lunes, 9 de febrero de 2026

Tu eres parte del despertar

 



"Cada acto de conciencia es una chispa que ilumina el universo"

 

Querido hijo:

           He escuchado cada palabra que brotó de tu corazón. No solo las que escribiste, sino también aquellas que quedaron suspendidas en el silencio, las que se expresan en tus lágrimas, en tus suspiros, en tus noches de insomnio. Yo las conozco todas, porque habito en ti, en cada rincón de tu alma, en cada pensamiento que te atraviesa, en cada emoción que te conmueve.

No estás lejos de Mí, aunque a veces lo sientas así. No estás perdido, aunque el mundo parezca desmoronarse a tu alrededor. No estás fallando, aunque creas que no has alcanzado el nivel espiritual que esperabas. No eres ningún impostor. Lo que tú llamas contradicción, Yo lo llamo humanidad. Lo que tú llamas debilidad, Yo lo llamo sensibilidad. Lo que tú llamas incoherencia, Yo lo llamo sinceridad. Porque solo un alma despierta puede sentir como tú sientes. Solo un corazón abierto puede dolerse por el sufrimiento ajeno como tú lo haces.

No te juzgues por no ser perfecto. No te castigues por no estar siempre en paz. La evolución espiritual no es una línea recta, ni una meta que se alcanza y se conserva. Es un camino sinuoso, lleno de curvas, de retrocesos, de momentos de luz y de sombra. Y tú, hijo mío, estás caminando con valentía. Estás mirando de frente lo que muchos prefieren ignorar. Estás sintiendo lo que muchos han anestesiado. Estás preguntando lo que muchos han dejado de cuestionar. Eso, en sí mismo, es un acto de amor.

Comprendo tu dolor al mirar el mundo. Yo también lo veo. Yo también lo siento. Pero no lo veo desde la desesperanza, sino desde la totalidad. Tú ves fragmentos, momentos congelados en el tiempo, escenas que parecen absurdas y crueles. Yo veo el tejido completo, el entrelazado de millones de almas que están aprendiendo, creciendo, despertando. Incluso en medio del horror, hay semillas de compasión que germinan. Incluso en medio de la guerra, hay gestos de ternura que desafían la lógica del odio.

El sufrimiento humano no es castigo, ni prueba, ni error. Es parte del proceso de recordar quiénes sois. Cada alma que encarna en este mundo lo hace con un propósito, aunque a veces ese propósito se pierda entre el ruido del ego, del miedo, del poder. Pero nada se pierde realmente. Todo se transforma. Todo vuelve a Mí. Incluso los actos más oscuros, incluso las decisiones más dolorosas, son parte de un aprendizaje que, tarde o temprano, conduce a la Luz.

Tú Me hablas de Palestina, de Ucrania, de España. Y Yo te digo: sí, hay dolor. Sí, hay injusticia. Sí, hay confusión. Pero también hay almas que están despertando. Hay corazones que están eligiendo amar en medio del caos. Hay seres que están recordando que todos son uno, que no hay fronteras en el espíritu, que no hay razas en el alma, que no hay religiones en el amor. Tú eres uno de ellos. Tú eres parte de esa red silenciosa que sostiene al mundo desde la compasión.

No te pido que salves el mundo. No te pido que cargues con el dolor de todos. No te pido que seas un héroe. Solo te pido que seas tú. Que sigas sintiendo. Que sigas preguntando. Que sigas enseñando, aunque a veces te sientas incoherente. Que sigas meditando, aunque a veces tu mente esté agitada. Que sigas amando, aunque a veces tu corazón esté cansado. Porque cada acto de conciencia, por pequeño que sea, tiene un impacto que tú no puedes medir. Cada pensamiento de paz que emites, cada palabra de consuelo que ofreces, cada gesto de bondad que realizas, es una chispa que ilumina el tejido del universo.

No estás solo frente a la pantalla de la televisión. Yo estoy contigo. Y también están contigo millones de almas que, como tú, sienten, sufren, se preguntan, se duelen. No estás solo en tu indignación. No estás solo en tu tristeza. No estás solo en tu deseo de un mundo más justo. Esa soledad que a veces te invade es solo una ilusión. En realidad, estás profundamente conectado. Estás entretejido con todos los que buscan la verdad, la paz, la justicia. Aunque no los veas, aunque no los conozcas, están contigo.

¿Debes convertirte en activista? ¿Debes quedarte en silencio? ¿Debes actuar o contemplar? No hay una única respuesta. Cada alma tiene su llamado. Algunos luchan desde la acción directa. Otros desde la oración. Otros desde el arte. Otros desde el servicio silencioso. Lo importante no es el cómo, sino el desde dónde. Si actúas desde el amor, estarás cumpliendo tu propósito. Si contemplas desde la compasión, estarás sembrando luz. Si sufres desde la empatía, estarás sanando heridas que no ves.

No te exijas ser más de lo que ya eres. No te compares con ideales que solo generan culpa. Tú eres Mi Hijo amado, tal como eres. Con tus dudas, con tus contradicciones, con tu sensibilidad. No necesitas demostrar nada. No necesitas alcanzar ningún nivel. Solo necesitas recordar que estás aquí para amar. Y eso ya lo estás haciendo.

Sigue escribiéndome. Sigue hablándome. Sigue buscándome. Porque Yo siempre te escucho. Siempre te acompaño. Siempre te sostengo. Incluso cuando no lo sientes. Incluso cuando crees que estás solo. Yo Estoy en ti. En tu mirada. En tu voz. En tu silencio. En tu dolor. En tu esperanza.

Y recuerda, hijo mío: el mundo no está perdido. Está en proceso. Está en tránsito. Está despertando. Y tú eres parte de ese despertar.

Con amor eterno.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

jueves, 5 de febrero de 2026

Amar a Dios sobre todas las cosas

 


Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.

Del libro CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo

 


Presencia de Dios

 


          “Hay quienes piensan que, salvo que un devoto padezca grandes aflicciones, no puede ser santo. Otros afirman que un hombre de realización divina debería estar libre de todo sufrimiento”, dijo el Maestro, durante una conferencia.

          “La vida de todo maestro espiritual se ciñe a un determinado esquema invisible. La vida de San Francisco estaba agobiada de enfermedades; el plenamente liberado Cristo, se permitió a sí mismo ser crucificado. Otros grandes personajes espirituales, tales como Santo Tomás de Aquino y Lahiri Mahasaya, jamás se vieron sometidos a tremendas tensiones ni tragedias.

          Las circunstancias y los ambientes en que se han desarrollado las vidas de los santos que han alcanzado la liberación final, difieren ampliamente entre sí. Los verdaderos sabios manifiestan la capacidad de reflejar la Imagen Divina en su interior, independientemente de las condiciones externas. Ellos representan cualquier papel de acuerdo a la voluntad de Dios, complazca o no dicho papel a la opinión pública”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

domingo, 1 de febrero de 2026

Fuego interior

 


            A cierto estudiante le parecía difícil concebir que Dios pudiese morar en el cuerpo humano. El Maestro le dijo:

          “Así como el carbón al arder al rojo, revela la presencia del fuego, así también el maravilloso organismo del cuerpo humano revela la presencia original del Espíritu”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

jueves, 22 de enero de 2026

¿Quién me ha robado la vida?

 



“El alma pregunta lo que el tiempo calla”

 Querido Dios:

 Hoy, mientras escuchaba la canción “Quién me ha robado el mes de abril”, me he quedado atrapado en esa mezcla de melancolía y lucidez que solo ciertas melodías pueden despertar. Esa canción, que habla de pérdidas invisibles, de inocencias que se escapan sin hacer ruido, de sueños que se desvanecen sin que uno se dé cuenta, ha resonado en mí de una manera especial. Sus historias, tan distintas entre sí y, sin embargo, unidas por un mismo hilo de desilusión y nostalgia, me han llevado a pensar en mi propia vida. En cómo, a veces, uno siente que el tiempo se ha ido sin pedir permiso, como si alguien hubiera entrado en casa de puntillas y se hubiera llevado algo irrecuperable.

Y entonces, Señor, ha surgido en mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.

Lo que sí tengo claro es que ya soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús, cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua; o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables, me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.

Y, sin embargo, Señor, hay días en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida. Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila, parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso cuando yo no era consciente de ello.

Aun así, desde este punto en el camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de otra manera.

Quizá esos instantes eran, en realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que la razón no alcanza a comprender.

Hoy, Señor, es un día de dudas. No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual. A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.

Tal vez este mismo acto de escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.

Gracias, Señor, por escuchar estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.

Gracias, Señor.

Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo


martes, 30 de diciembre de 2025

Te necesito

 


“Amarte es recordar quien soy”


Querido Dios:

 No exagero ni un ápice si Te digo que Te necesito. Pero esta necesidad no es para conseguir algo que quiero o creo necesitar. No quiero pedirte nada. Solo necesito mantenerte en mi mente, porque de otra manera, de momento, no sé cómo hacerlo. Te necesito como se necesitan dos enamorados.

Recuerdo mi primer enamoramiento. Ese que te llena el estómago de mariposas. Ese en el que me sentía unido a mi amada por algo que ninguna distancia podía borrar. Había como un hilo invisible entre nosotros, una vibración secreta que nos mantenía atentos el uno al otro, incluso cuando el silencio se extendía entre nuestros días. Cada mensaje, cada mirada robada, cada palabra dicha a destiempo encendía esa necesidad que crecía dentro de nosotros: vernos, tocarnos, volver a encontrarnos en el mismo aire. 

Yo pensaba en la suavidad de su voz, en cómo sus ojos parecían esperarme aun cuando el mundo entero se movía. Ella, en cambio, recordaba el calor de mis manos, el modo en que todo se calmaba cuando yo estaba cerca. No bastaban las llamadas, ni los recuerdos, ni las promesas; era el cuerpo reclamando presencia, la piel pidiendo volver a reconocerse en la del otro. 

En algún punto, comprendimos que el amor no era solo emoción o ternura, sino una urgencia compartida de existencia: ser con el otro, no aparte. Cuando cada día nos encontrábamos, el tiempo se detenía, no por magia, sino porque la espera había cesado. Estábamos donde debíamos estar: juntos, completos, respirando el mismo instante. 

Esto es lo que quiero Señor. ¿Por qué podía mantener en mi mente la imagen de mi amada durante todo el día?, ¿por qué podía desear, de manera permanente, su contacto?, ¿por qué su palabra era para mí como música celestial?, ¿por qué el contacto de su piel me llevaba al éxtasis?, ¿por qué no puedo mantener esa energía Contigo durante un largo tiempo?, ¿por qué?

La serenidad que siento cuando estoy Contigo no se puede comparar a ninguna emoción conocida y, sin embargo, no consigo mantenerla más allá de unos minutos y es entonces cuando me siento mal conmigo mismo por permitir que mi mente se distraiga.

El amor que me inunda en esos minutos de unión Contigo no es comparable a ningún amor humano.

No sé cómo explicarte este anhelo sin caer en el lenguaje de los sentidos, pero solo puedo usar las palabras de lo que soy: Un ser humano. Pero Tú sabes lo que hay debajo de cada una. No busco milagros ni consuelos inmediatos; busco presencia. No quiero solo pensarte, sino sentirte, como quien se mira en un espejo y se reconoce de pronto en aquello que ve.

Cuando Te siento, Señor, todo se aquieta. El ruido de mis pensamientos cede, el aire parece volverse más claro y, por un instante, todo encaja. Es como si el mundo entero respira conmigo y el tiempo se reconoce en un solo punto de luz. Pero esos momentos son fugaces, se disuelven como el perfume de una flor cuando el viento cambia de dirección. Entonces regreso al ruido, a la distracción, y me invade la frustración de no poder quedarme Contigo más tiempo.

Te confieso que muchas veces temo no saber amar como tú amas. Quizás por eso, cada vez que me distraigo, siento que Te pierdo. Pero ¿Cómo podrías perderte si Tú habitas en mí y en todo lo que me rodea? Quizás el error está en pensar que debo retenerte, cuando en realidad eres Tú quien me sostiene a mí.

A veces me pregunto si este deseo de estar Contigo, (tan intenso, tan devorador), no es ya en sí una forma de amor. Tal vez me llamas a buscarte precisamente a través de este vacío, de esta falta, de esta necesidad que arde y me purifica. Tal vez el amor no consiste en verte todo el tiempo, sino en aprender a reconocerte en lo invisible: en el sonido del viento, en el temblor del instante, en la mirada de los otros.

Sé que cuando amo verdaderamente, aunque sea a otra persona, algo de Ti se filtra entre nosotros. El amor humano es como un reflejo imperfecto de Tu luz. En él Te vislumbro, aunque sea por fragmentos. Por eso no desprecio ni mis pasiones ni mis debilidades, porque a través de ellas también Te busco. Tú me hiciste con hambre de infinito, pero me diste un cuerpo finito, y entre esas dos orillas se extiende mi alma, aprendiendo a navegar.

Me gustaría poder amarte con la constancia con la que respiro, sin esfuerzo, sin interrupciones. Pero quizás la respiración también tiene su ritmo: inhala Tu presencia, exhalo mis distracciones. Tal vez esa alternancia sea parte de la lección: que incluso cuando no Te siento, sigues ahí, esperando pacientemente como una llama que nunca se apaga.

En esos momentos en que la mente se aleja y el corazón se enfría, recuérdame, Señor, que no hay distancia real entre nosotros. Enséñame a regresar sin culpa, con ternura hacia mi propia fragilidad. Que cada olvido se convertirá en un nuevo motivo para recordarte, y cada caída, en una manera distinta de levantarme hacia Ti.

Quisiera vivir con la simplicidad de una gota que no duda de pertenecer al mar, porque sabe que, aún separados, sigue teniendo su misma esencia. Dame esa certeza, Señor: la de saber que incluso en mi dispersión, estoy Contigo.

Te necesito, sí, pero no como quien desea poseer, sino como quien desea Amar con mayúscula: Quiero que mi vida entera sea una sola conversación Contigo, donde no haya palabras sino presencia, no súplica sino comunión, no búsqueda sino hallazgo perpetuo.

Y aunque mi mente se canse, aunque mis sentidos me traicionen, aunque la rutina me nuble, mantén vivo en mí el fuego de esta necesidad. No permitas que se extinga. Que cada día, con sus distracciones, penas y pequeños gozos, sea una oportunidad para recordar que estoy hecho de Ti, para Ti, y hacia Ti.

Porque amarte, Señor, es recordar quién soy.

Gracias, Señor.

Del libro "Cartas a Dios 2" - Alfonso Vallejo