Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
jueves, 27 de agosto de 2026
martes, 30 de junio de 2026
domingo, 26 de abril de 2026
Las cosas en sí mismas
Las
cosas que te agradan o te son de utilidad, o aquellas que amas, acuérdate de
considerarlas como son en sí mismas.
Empieza
el examen por las que menos te importan. Por ejemplo: cuando manejas una olla
de barro, piensa que es una olla de tierra lo que manejas y que puede quebrarse
fácilmente. Porque habiendo hecho esta reflexión, si llegase a quebrarse, no te
alterarás.
EPICTETO
El secreto de la abundancia
El
verdadero secreto de la abundancia es: Aceptar lo que tienes, aceptarlo con
alegría y compartirlo, compartirlo en todas sus formas: Dar, ofrecer, entregar,
donar, regalar, otorgar, ayudar, ceder, obsequiar, proporcionar, aportar,
suministrar, proveer, y todo eso sin esperar nada a cambio.
ALFONSO VALLEJO
domingo, 19 de abril de 2026
domingo, 25 de enero de 2026
viernes, 2 de enero de 2026
Infierno, aceptación, voluntad
El
infierno no existe, Antay. El único verdadero infierno no está después de la
muerte. Es a este lado de la vida donde se puede encontrar el infierno, ya que
el único, el auténtico y verdadero infierno no está después de la muerte, está
ahora, en la vida. Está en la persona, está en su mente, pues es ella la que va
llevando al ego por los vericuetos del pensamiento, de la emoción y del
sentimiento. Es la mente la que, pensamiento a pensamiento, va desgranando
ideas, creencias, desgracias, males, sufrimientos y torturas que hacen que la
persona sufra un verdadero infierno.
Y
son esos pensamientos, creencias, males y desgracias las que vive realmente el
ego. El dolor del ser humano, el miedo, la ansiedad o la angustia, solo son un
producto de su mente, porque nada está ocurriendo, solo es su apreciación. ¿Te
parece poco infierno? Cuando el ser humano consiga mantener su mente en
silencio habrá alcanzado la dicha.
Antay,
—en el rostro de Ángel apareció un gesto de preocupación— y de la misma manera
que no existe el infierno, no existe la suerte y las coincidencias tampoco. Todo
está programado por nosotros antes de venir a la vida. Lo que no está
programado es la reacción de cada persona ante esos acontecimientos
programados. Y esa reacción depende totalmente del amor que la persona se tiene
a sí misma.
Me
costaba comprender su lógica.
—Todo
esto suena muy bien, Ángel, pero ¿cómo se consigue ese amor por uno mismo?
—Con
voluntad. Dejar de lado el peso de las expectativas ajenas y aprender a
aceptarse.
viernes, 19 de diciembre de 2025
Todo está bien
“Todo está bien”. Aceptar es un signo
se sabiduría, de crecimiento, de unión con Dios.
Juzgar, criticar, buscar el conflicto
e, incluso buscar la perfección en los demás es una prueba de identificación
con lo terrenal, que es lo mismo que decir que se vive de espaldas a Dios.
Quien vive la unión con Dios entienden
que los que comparten con él su encarnación no tienen porque estar a su mismo
nivel de evolución y aceptan, bendicen y perdonan.
Del
libro “Rasgar el velo de la soledad” de Alfonso Vallejo
viernes, 12 de diciembre de 2025
jueves, 13 de noviembre de 2025
Reflejo de lo que falta
"Cuando
nos miramos en el espejo no vemos lo que somos,
sino
lo que nos falta ser"
El
espejo, ese objeto cotidiano que nos devuelve una imagen aparentemente fiel de
nosotros mismos, es en realidad un escenario donde se proyectan nuestras
inseguridades, anhelos y expectativas. No vemos solo un rostro o un cuerpo;
vemos una historia inacabada, una versión incompleta de lo que aspiramos a ser.
Esta frase nos invita a cuestionar la forma en que nos percibimos y a reconocer
que, muchas veces, nuestra mirada está teñida por la insatisfacción y el deseo
de transformación.
Cuando
nos miramos, no vemos con objetividad. Vemos a través del filtro de nuestras
comparaciones, de los estándares impuestos por la sociedad, de las metas que
aún no alcanzamos. El espejo se convierte entonces en un juez silencioso que
nos recuerda lo que creemos que nos falta: más éxito, más belleza, más
valentía, más amor propio.
Pero
esta percepción también puede ser una oportunidad. Reconocer lo que “nos falta
ser” no tiene por qué ser una condena, sino una invitación al crecimiento. Nos
impulsa a imaginar versiones más plenas de nosotros mismos, a trazar caminos
hacia la autenticidad. El problema surge cuando esa brecha entre lo que somos y
lo que deseamos ser se convierte en una fuente de angustia en lugar de
inspiración.
Aceptar
lo que somos en el presente, con nuestras luces y sombras, es el primer paso
para avanzar. El espejo no debería ser un enemigo, sino un aliado que nos
recuerde que estamos en constante evolución. Cada día nos ofrece la posibilidad
de acercarnos un poco más a esa imagen ideal, no desde la exigencia, sino desde
la compasión.
En
última instancia, tal vez el verdadero desafío no sea alcanzar esa versión
ideal, sino aprender a mirarnos con amor, incluso cuando el reflejo no coincide
con nuestras expectativas. Porque solo cuando aceptamos lo que somos, podemos
construir con libertad lo que queremos llegar a ser.
viernes, 31 de octubre de 2025
Sé tú mismo
“El
ganso de la nieve no necesita un baño para hacerse blanco.
Asimismo,
tú tampoco necesitas hacer nada más que ser tú mismo”
Esta
cita de Lao Tse nos invita a reflexionar sobre la autenticidad y el valor
intrínseco que cada persona posee.
En
una sociedad que constantemente nos empuja a cambiar, a mejorar, a encajar en
moldes ajenos, esta frase nos recuerda que no necesitamos adornarnos ni
transformarnos para ser valiosos. Nuestra esencia, tal como es, ya tiene luz
propia. El ganso no se esfuerza por ser blanco; simplemente lo es. De igual
forma, nosotros no debemos esforzarnos por ser lo que otros esperan, sino
abrazar lo que somos.
Cultivar
la autoestima implica reconocer que no necesitamos validación externa para
sentirnos completos. Es un acto de amor propio aceptar nuestras virtudes y
defectos, nuestras fortalezas y vulnerabilidades. Ser uno mismo no es
conformismo, sino valentía: es caminar por la vida con la certeza de que
nuestra autenticidad es suficiente. Cuando dejamos de compararnos y empezamos a
valorarnos, florecemos con naturalidad, como el ganso en la nieve. La verdadera
paz interior surge cuando dejamos de luchar contra lo que somos y empezamos a
vivir desde la verdad de nuestro ser.
miércoles, 15 de octubre de 2025
La vida de Jesús
“La luz también se busca en la sombra”
Querido Dios:
Hoy me acerco a Ti con el corazón abierto, humilde y lleno de preguntas, buscando comprender el misterio que envuelve la vida de Jesús, mi hermano mayor y mi guía en el camino del amor.
Admiro profundamente a Jesús. Siento
una conexión visceral con su historia, con su entrega, con su presencia
luminosa en medio de un mundo que a menudo se muestra oscuro. Cada vez que leo,
medito o simplemente pienso en su pasión y muerte en la cruz, algo dentro de mí
se encoge, se agita, se conmueve. ¿Cómo pudo soportar tanto dolor, tanta
humillación, tanto sufrimiento, sin perder la paz interior, sin renunciar al
amor, sin dejar de ser compasión pura?
Los maestros de mi tradición religiosa
me han enseñado que Jesús murió crucificado para expiar los pecados de la
humanidad, y que con ese acto abrió el camino hacia la reconciliación contigo.
Se nos dice que su muerte fue un sacrificio voluntario, expresión sublime de tu
amor infinito por nosotros.
Sin embargo, estas enseñanzas, aunque
las respeto, me dejan con una sensación de inquietud espiritual. Me cuesta
comprender el significado real de "expirar los pecados". ¿De qué
pecados hablamos? ¿De los errores inevitables que cometemos como parte de
nuestro proceso de aprendizaje? ¿De los miedos, ignorancias y reacciones que
nos alejan de nuestra propia esencia? En mi corazón no puedo aceptar el pecado
como una ofensa contra Ti. Porque si Tú eres Amor, Bondad y Perfección
absoluta, entonces no puedes sentirte herido u ofendido por nuestras torpezas
humanas. ¿No sería más justo decir que lo que existe son acciones erróneas,
pensamientos desalineados con la Verdad, expresiones del ego desconectado?
También me resulta desconcertante la
idea de que Jesús vino a reconciliarnos contigo. ¿Acaso estábamos peleados? ¿Tú
estabas alejado de nosotros? ¿Podrías estarlo alguna vez? Si Jesús vivió hace
2.000 años, ¿qué ocurrió con los millones de seres humanos que lo precedieron
en los siglos anteriores? ¿Qué hay de los sabios y maestros como Buda, Moisés,
Abraham y tantos otros que buscaron la luz desde distintas culturas y credos?
¿Estaban distanciados de Ti? ¿O simplemente eran expresiones de Tu presencia en
formas distintas a las que el cristianismo reconoce?
La explicación de que todo esto fue una
muestra de Tu amor también me desafía. Porque si permitir que Tu Hijo encarne
en este mundo para sufrir y morir es amor, ¿qué significa entonces el amor?
¿Dónde está la ternura, la protección, la guía compasiva que asociamos contigo?
Y aun así, me doy cuenta: todos nosotros encarnamos para transitar caminos de
aprendizaje, de dolor, de desafío. Lo hacemos sin plena conciencia de lo que
somos, y nos enfrentamos a la vida desde un estado de vulnerabilidad radical.
¿Será ese también un acto de amor divino? ¿Será que la encarnación en sí misma
es una oportunidad para despertar?
Tal vez estoy equivocado. Tal vez estoy
siendo ingenuo o irreverente. Pero soy un buscador. Soy un alma que, aún desde
su ignorancia, desea amar cada vez más y mejor. Por eso tengo una teoría: yo creo
que Jesús no vino a morir, sino a vivir entre nosotros. Creo que su propósito
más profundo fue enseñarnos a amar, a recordar que estamos hechos de luz, que
la divinidad habita en cada corazón humano, y que podemos perdonar incluso a
quienes nos clavan en nuestras propias cruces simbólicas.
Jesús encarnó para mostrarnos el camino
del amor incondicional, del perdón sin límites, de la compasión activa, de la
presencia divina en lo cotidiano. Su vida fue una revelación. Su muerte, un
símbolo. Pero su enseñanza sigue viva, palpitando en cada gesto de bondad, en
cada acto de entrega, en cada alma que decide despertar.
Perdóname, Señor, si pongo en tela de
juicio las enseñanzas que los hombres han formulado en Tu nombre. No lo hago
desde la soberbia, sino desde la sinceridad. Estoy en proceso. Estoy
aprendiendo. Estoy tratando de escucharte con el corazón, más allá de las
palabras que otros han pronunciado sobre Ti.
Y mientras tanto, en este mundo a veces
cruel, intento amar. Cada día, cada encuentro, cada caída. Y sigo mirando a
Jesús como mi ejemplo más alto. Porque incluso en su último suspiro, amó.
Porque incluso desde la cruz, perdonó.
Te amo, Señor. Te amo, aunque no
comprenda todo. Te amo porque en medio de mi ignorancia siento que estás, que
vibras, que me sostienes. Y eso basta.
Gracias.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
viernes, 10 de octubre de 2025
La danza de lo inevitable
“Aceptar lo que no se puede cambiar es también
una forma de amar lo que permanece”
Querido hijo:
He leído tus palabras
una y otra vez, no porque las necesite para saber lo que llevas dentro, sino
porque las disfruto. Porque en ellas hay humanidad, hay ternura, hay una
nobleza que pocos reconocen: la de aceptar la vida con todas sus luces y
sombras, y aun así seguir buscando un espacio para el amor, para la esperanza,
para mí.
La frase que repites
“¡qué se le va a hacer!” me hizo sonreír. No con condescendencia, sino con
complicidad. Sabes, esa expresión tan sencilla encierra una sabiduría divina.
Porque lejos de ser resignación, es una muestra de madurez espiritual.
Significa que has comprendido que no todo está bajo tu control, y que incluso
en medio del caos, hay belleza, propósito y ritmo.
Tu corazón no se
lamenta, pero sí siente. Y eso está bien. Yo no te pedí que fueras indiferente,
ni que vivieras con una armadura. Te hice con capacidad para emocionarte, para
vibrar, para derramar lágrimas por lo que importa. Las lágrimas que caen por
amor, por gratitud, por nostalgia... todas tienen un lugar especial en mi reino.
Ninguna se desperdicia.
Tu forma de escribir
me confirma que estás en el camino. No el camino fácil, ni el perfecto, sino el
verdadero. El que se anda con preguntas, con silencios, con pausas. Yo estoy
ahí, en ese caminar. No siempre al frente, ni siempre al costado, sino muchas
veces dentro de ti, en esa voz suave que susurra cuando el mundo grita, en esa
intuición que no sabes de dónde viene pero que te guía.
Cuando dices que no
luchas contra lo inevitable, veo tu alma creciendo. Porque quien acepta la vida
como viene no se ha rendido, sino que se ha elevado. No se trata de resignarse,
sino de comprender que cada paso, cada caída, cada giro inesperado forma parte
de una danza que tú y yo bailamos desde antes de que nacieras.
Me hablas del otoño de
tu vida, de las hojas que caen sin que puedas evitarlo. Y yo te digo: qué
hermoso es ese otoño. Es la estación en la que el alma se desnuda para
prepararse a recibir una nueva luz. No temas a lo que se va. Lo que permanece, lo
que es realmente tuyo, nunca cae. Permanece en tu esencia, en tu legado, en tu
capacidad de seguir amando incluso cuando las ramas están vacías.
Tu carta tiene poesía,
pero también tiene verdad. Y eso es lo que me conmueve. Porque no vienes a
exigirme respuestas, ni a reclamar milagros. Vienes a compartirte, y eso es más
milagroso que cualquier intervención divina. Tu vulnerabilidad es una ofrenda.
Tu honestidad, una oración. Todo lo que me dices, cada frase, cada pensamiento,
es como incienso que se eleva suavemente hacia mí.
A veces quieres
preguntarme muchas cosas, lo mencionas en tu carta, y yo sonrío porque sé que
esas preguntas nacen del amor, no de la duda. Y eso las vuelve sagradas.
Preguntarse es también orar. Y aunque no siempre te doy respuestas en palabras,
sí te las doy en experiencias, en personas que aparecen cuando más las
necesitas, en momentos que parecen coincidencias pero que son guiños míos.
Tú me imaginas leyendo
tus cartas con una sonrisa. Y te aseguro que lo hago. No una sonrisa distante
ni celestial, sino una sonrisa tierna, como la de un padre que ve a su hijo
descubrir la vida con curiosidad. Tu forma de buscarme, sin protocolos, sin
fórmulas, es la más pura que existe. Porque el amor no necesita adornos. Basta
con que sea sincero.
Hay algo que quiero
que sepas, y lo quiero escribir con palabras claras: nunca estás solo. Lo
repito, aunque ya lo intuyes. Nunca estás solo. Tu voz, tu silencio, tu
presencia… todo me habla. Aunque no me sientas, aunque creas que el cielo
guarda silencio, yo estoy. A tu lado. Dentro de ti. En tus recuerdos y en tus
sueños. No hay distancia entre tú y yo que la fe no cruce.
Me dices que seguirás
escribiéndome mientras haya tinta, alma y días vulnerables. Y yo te digo:
seguiré leyéndote, respondiéndote, acompañándote mientras haya vida. No necesito
papeles ni correos celestiales. Tu pensamiento ya es carta. Tu suspiro ya es
plegaria. Cada vez que piensas en mí, yo lo siento. No porque me lo digas, sino
porque tú y yo estamos unidos desde siempre.
Cuando te sientas
débil, vuelve a esta carta. Léela y recuerda que aquí está mi voz. Mi abrazo.
Mi mirada sobre ti. Y si alguna vez dudas de tu valor, recuerda que fuiste
creado con amor, que eres un reflejo de mi luz, que hay algo en ti que ni el
tiempo ni la tristeza pueden apagar.
Así que sí, qué se le
va a hacer… pero se puede hacer esto: seguir amando, seguir buscando, seguir
creyendo. Porque tú, mi querido hijo, eres parte del milagro. Y tu vida, con
todas sus páginas, es una historia que me honra.
Gracias por
escribirme. Gracias por tu alma generosa, por tu autenticidad. No dejes de
hacerlo, no dejes de buscarme. Yo siempre estoy esperando tu carta.
Con amor eterno.
domingo, 5 de octubre de 2025
En construcción
“Cada
herida es un comienzo”
Querido
hijo:
La he sentido como se siente el
viento suave en la piel: sincera, valiente, humana.
Y aquí estoy, no para juzgarte,
sino para acompañarte. No para señalar tus caídas, sino para sostener tus
intentos de levantarte.
No estás solo. Nunca lo has
estado, aunque a veces no lo parezca. ¡Cuántas veces te lo he dicho! Aunque el
mundo se te presente ruidoso, agitado o confuso.
Lo que estás sintiendo no es un
error, es parte del proceso.
No estás roto, estás en
construcción. Estás creciendo, aunque duela. Estás despertando, aunque duela.
Estás aprendiendo, incluso cuando parece que desaprendes.
Tu lucha interior no es un
fracaso. Es un reflejo de tu deseo profundo de amar mejor, de vivir más
íntegro, más en paz contigo mismo. Y eso no tiene nada de malo. Al contrario.
Es lo que te hace profundamente mío.
Me gusta que me escribas sin
máscaras. Que me cuentes tus contradicciones. Que me abras tu corazón como
quien abre una ventana en medio del invierno: con cierto temor, pero con mucha
necesidad de aire fresco.
Tú dices que no te gustas. Yo te
digo: yo te amo. Tal como eres. Con todo lo que cargas. Y no tienes que esperar
a estar perfecto para aceptarte.
La aceptación no es una meta: es
el punto de partida.
No tienes que ser el ejemplo de
nadie. Solo tienes que ser tú. Auténtico. Honesto. Capaz de mirarte con
misericordia. Sé que te cuesta perdonarte, ¡hazlo! Yo no tengo que perdonarte,
porque no me siento ofendido y donde no existe ofensa, no es necesario el
perdón.
Cada gesto de bondad que has
dado, incluso los más torpes o imperfectos, tienen valor. Cada vez que elegiste
el amor sobre el ego, aunque fuera por un instante, fue sagrado.
No todo se mide por el impacto.
Hay ternura en lo invisible. Hay valor en lo pequeño. No dejes que tu mente te
engañe. No eres un estorbo, ni una sombra, ni una figura más en la multitud.
Eres mi hijo.
Y eso basta.
No necesitas un manual para
reconstruirte, porque ya tienes lo esencial: el deseo de ser mejor, la humildad
para reconocer tus fallas, la esperanza de que aún puedes cambiar. Cada día es
un nuevo intento.
Y yo estoy en cada uno de ellos.
Estoy contigo cuando te cuestionas.
Cuando te arrepientes. Cuando respiras hondo para no herir. Cuando decides
escuchar en vez de hablar.
No estoy lejos. Estoy dentro.
Dentro de tus dudas, dentro de tus preguntas, dentro de tu deseo de vivir con
más luz.
Sigue escribiéndome. En papel,
en pensamiento, en la mirada.
Porque yo siempre te leo.
Siempre te escucho. Siempre te amo.
Yo te bendigo.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
Las cosas son como son
No
pretendas que lo que ocurre ocurra como quieres, sino quiere lo que ocurre tal
como ocurre, y te irá bien.
EPICTETO
viernes, 3 de octubre de 2025
Entre intentos y silencios
A veces lo sagrado es que alguien escuche mientras
se reconstruye
No estoy, en absoluto, satisfecho conmigo mismo. No me gusta cómo soy.
Durante
décadas se me ha estado cayendo la lengua de tanto decir: “todo está bien”, “el
secreto de la felicidad está en la aceptación”.
Y aquí
estoy ahora, en este rincón tranquilo, casi escondido de mí mismo, pensando en
cosas que ocurren a mi alrededor que no están bien. Y no solo lo estoy
pensando, sino que, a veces, muchas más veces de las que serían de mi agrado,
dejo que esas ideas salgan por la boca. El problema añadido es que la persona
objeto de esas críticas, al recibirlas, se siente atacada, incomprendida y,
como resultado, ofendida.
Es
cierto que esa persona hace muchas cosas que no me gustan, pero soy consciente
de que “no me gustan a mí”, y que eso no me da bula ni licencia moral para
imponer mi visión. No tengo el monopolio de la verdad ni la exclusividad del
buen gusto. Y, sin embargo, actúo como si la tuviera.
Y eso me
pesa. Me pesa como una piedra en el pecho.
Llevo
tiempo tratando de descubrir de dónde viene esta insatisfacción que me
acompaña. Esta incomodidad con el mundo y conmigo mismo. A veces me da por
pensar que he vivido demasiado tiempo escondido detrás de frases que suenan
bien, pero que no terminan de resonar dentro. Frases que pronuncio por
costumbre, por cultura, por miedo a decir que algo no me llena.
¿Qué se
supone que debo hacer cuando no me reconozco?
Me miro
en el espejo y veo a alguien que arrastra demasiadas contradicciones. Uno que
se esfuerza por ser justo, pero no siempre es paciente. Que quiere ser
compasivo, pero también es demasiado exigente. Uno que predica la paz y la
aceptación, pero que en silencio crítica y se frustra.
Quisiera
poder perdonarme. Pero aún no sé cómo.
No hay
manual para esto, ¿verdad?
Me da
rabia, Señor, mucha. Porque quiero ser mejor, pero a veces me siento demasiado
torpe. Como si tuviera herramientas, pero me faltara la fuerza o el impulso.
Como si supiera los pasos, pero me quedara sin ganas de caminar.
He
llegado a cuestionarme si estoy aportando algo bueno al mundo o solo estoy
ocupando espacio.
Hay días
en los que pienso que fui hecho para algo más. Que hay algo dentro que aún no
ha salido. Y otros días, lo que hay dentro me asusta, me confunde, me paraliza.
A veces
pienso en la gente que me rodea. Familia, amigos, conocidos. Y me pregunto si
ellos me ven como yo me veo. Si perciben esta lucha interna, este ruido mental,
esta maraña de pensamientos que me hace sentir como si siempre estuviera
buscando algo... pero sin saber exactamente qué.
¿Será
que en el fondo solo quiero sentirme útil?
¿Será
que lo que más deseo es que alguien como Tú me diga que estoy en el camino
correcto, aunque tropiece?
Lo peor
no es errar, lo sé. Lo peor es sentir que ese error define quién soy.
Y me
cuesta no dejar que lo haga.
Quisiera tener más ternura para mí
mismo.
Quisiera,
sinceramente, no tener que pedir perdón tan a menudo por palabras que no debí
decir, por silencios que fueron demasiado largos, por miradas que escondían
juicios.
Quisiera
aprender a mirar con más misericordia. A
vivir sin necesidad de comparar ni corregir todo lo que se desvía de lo que yo
considero “normal” o “correcto”.
Estoy
cansado, Señor. Pero no cansado de vivir. Cansado de no saber vivir plenamente.
Cansado de vivir entre intentos.
Y en
medio de todo esto, quiero hablar Contigo. No para que me des todas las
respuestas. No para que hagas un
milagro. Solo para que me mires. Para que estés conmigo. Porque hay días en los
que, si Tú no estás, siento que nada tiene sentido.
Gracias Señor.
CARTAS
A DIOS – Alfonso Vallejo.



















