Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
martes, 6 de enero de 2026
jueves, 2 de octubre de 2025
El sufrimiento como maestro del alma
“¿A
qué se debe que el sufrimiento se encuentre tan diseminado sobre la Tierra?”,
preguntó cierto discípulo. El Maestro respondió:
“Hay
muchas razones para ello. Una de las razones de ser del sufrimiento, es
prevenir al hombre en contra del aprender demasiado de los demás y no lo
suficientemente de sí mismo. El dolor obliga tarde o temprano a los seres
humanos a preguntarse: ¿No habrá quizá un principio de causa y efecto operando
en mi vida? ¿No se deberán mis problemas a mi errónea forma de pensar?”
PARAMAHANSA YOGANANDA
viernes, 8 de agosto de 2025
El grito del hombre
Querido
Dios:
¡Qué paradoja tan
dolorosa! Enseñar a otros a aceptar lo que la vida les presenta, a fluir con
los acontecimientos, a encontrar paz en medio del caos… y yo, sin embargo, me
siento como una hoja arrastrada por el viento, golpeada por los vaivenes de la
existencia, sin rumbo claro ante los acontecimientos que se desarrollan en el
mundo. Me doy cuenta de que no siempre practico lo que predico, y eso me duele.
Me duele porque no es hipocresía lo que hay en mí, sino una profunda
vulnerabilidad que no sé cómo gestionar.
Asomarme a la ventana
del mundo, para mí, es comenzar a sufrir. No es una metáfora, es una
experiencia real. Cada vez que enciendo la televisión, cada vez que leo las
noticias, cada vez que escucho los relatos de quienes viven en carne propia el
horror, siento que algo dentro de mí se rompe. Me invade una tristeza que no sé
cómo transformar. Me siento impotente, pequeño, incapaz de comprender cómo
puede existir tanto dolor, tanta injusticia, tanta crueldad.
Me pasa cuando veo la
masacre que se está llevando a cabo contra el pueblo palestino. Me duele el
alma al ver cómo se extermina a una población civil, cómo se utiliza el hambre
como arma de guerra, cómo se asesina a miles de niños inocentes que no han
hecho más que nacer en el lugar equivocado, (si, ya sé que todos nacemos donde
decidimos nacer). Y lo más paradójico, lo más desconcertante, es que este
horror lo perpetra el pueblo judío, que no hace tantas décadas fue víctima de
uno de los genocidios más atroces de la historia. ¿Cómo puede repetirse el
ciclo del odio? ¿Cómo puede alguien que ha sufrido tanto convertirse en
verdugo?
Me pasa también cuando
contemplo las consecuencias de otra guerra injusta, (aunque, en realidad, todas
las guerras lo son), como la que se libra en Ucrania. ¿Cuánto daño puede causar
la ambición, el ego desmedido, la locura de un solo hombre? ¿Cuánto dolor puede
generar una decisión tomada desde el poder, sin tener en cuenta las vidas que
se destruyen, los hogares que se pierden, los sueños que se desvanecen? Me
cuesta entenderlo, Señor. Me cuesta aceptar que el sufrimiento humano pueda ser
tan fácilmente ignorado por quienes ostentan el control.
Y me pasa cuando
observo lo que ocurre en mi propio país, España. Me duele ver cómo un grupo
político, que se presenta como defensor de ciertos valores, promueve la
discriminación por raza, por religión, por origen. Me duele aún más saber que
millones de personas les votan, que millones de almas consideran legítimo ese
discurso de odio, de intolerancia, de exclusión. ¿Qué nos está pasando como
sociedad? ¿Dónde quedó la empatía, la compasión, el respeto por la diversidad?
Sé, en lo más profundo
de mí, que todo es parte de un proceso. Sé que cada alma está transitando el
camino que ha elegido, que cada experiencia tiene un propósito, que incluso el
dolor puede ser maestro. Pero eso no quita que duela. Eso no elimina la
sensación de desgarro que siento cuando contemplo el sufrimiento ajeno. Me
cuesta mantener la paz interior cuando el mundo parece arder en llamas. Me
cuesta sostener la fe cuando la injusticia se convierte en rutina.
Y entonces me
pregunto, Señor: ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es mi papel en medio de este caos?
¿Debo limitarme a lamentarme, a sufrir en silencio frente a la pantalla de la
televisión? ¿Debo convertirme en activista, en defensor de los derechos
humanos, en voz que denuncia y exige justicia? ¿O simplemente debo seguir
observando, sintiendo, sin saber muy bien cómo actuar?
No busco respuestas
ahora. Sé que vendrán en su momento. Solo quería compartir contigo este
torbellino que me habita. Esta mezcla de tristeza, impotencia, indignación y
amor profundo por la humanidad. Porque, a pesar de todo, sigo creyendo en el
ser humano. Sigo creyendo que hay luz en medio de la oscuridad. Sigo creyendo
que, en algún rincón del alma colectiva, aún late la esperanza.
Gracias por
escucharme, por sostenerme, por permitirme expresar lo que muchas veces callo.
Gracias por estar, incluso cuando no entiendo tus caminos.
Con
amor, tu hijo que aún busca comprender.
CARTAS A DIOS –
Alfonso Vallejo
sábado, 5 de abril de 2025
Juicio, pecado, sufrimiento
Querido
Dios:
¡Gracias!
Hay un punto en tu
contestación que me ha llenado de dudas. Es cuando hablas del juicio a los
demás.
Dices que no
debemos juzgar a ninguno de nuestros hermanos, porque nadie ha venido a hacer
de juez, y específicas que ni Tú mismo, que eres el Creador lo haces.
Con respecto a
nosotros, los seres humanos, lo tengo claro, porque soy consciente de que
juzgar, opinar y criticar, es nuestro deporte favorito y, además, universal.
Soy consciente de que existen muy pocas conversaciones en las que no se juzgue
a alguien, o no se le critique, o no se opine sobre lo que sería mejor para la
vida de esa persona.
Pero con respecto
a la aseveración de que Tú no juzgas, me deja un poco perplejo, teniendo en
cuenta que, en las religiones más importantes, según el número de seguidores,
nos hablan de no ofenderte y de pedirte perdón para no condenarnos.
Incluso esas
ofensas tienen un nombre, se denominan pecado y, en la definición de la palabra
entras Tú por la puerta grande, porque dicen que “el pecado es una trasgresión voluntaria de los mandamientos religiosos
o divinos”, o que “el pecado es una
ofensa a Dios. Es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta. Es
faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo”, o que “es una desviación moral del ser humano que
lo lleva a una conducta ofensiva a los ojos de Dios. El pecado impide la
relación con Dios” o, también, que “es
una acción deliberada y engañosa, contraria a la voluntad de Dios expresada en
la Ley”.
Mi opinión es que
lo que denominan pecado sólo es un intento más de dominio y manipulación de las
distintas religiones, a través del miedo.
Tus representantes
en la Tierra nos están engañando y, ya sé que lo permites, porque lo permites
todo y porque ellos tienen la misma libertad de elección que tenemos todos los
demás, pero estoy convencido, que esas nefastas enseñanzas están sumiendo en el
sufrimiento a miles de personas, pensando que podrían morir, en cualquier
momento, yéndose de cabeza al fuego eterno, que es otro de sus eslóganes
favoritos.
Yo, personalmente,
de niño, cuando aún no reflexionaba por mi cuenta, estaba aterrado, hasta que
fui aprendiendo a pensar con detenimiento, utilizando la lógica del Amor, lo
que me llevó al abandono de prácticas religiosas que, en lugar de serenarme, me
mortificaban por algo de lo que no me sentía culpable, como eran unos
pensamientos que nadie me había enseñado a dominar.
No sé si, en esos
casos, tienen ellos una penalización añadida, por la grave responsabilidad que
entraña debido a su condición de guías espirituales y, nosotros, pobres
pecadores, una disminución del posible castigo.
Con la religión me
pasa lo mismo que con la política. Siempre me he preguntado para qué son
necesarias tantas opciones políticas, si se supone que el objetivo de cada una
de esas opciones es conseguir una vida más cómoda, con igualdad de
oportunidades, para todos los ciudadanos. Lo mismo me pasa con la religión, si
lo que cada una de ellas espera conseguir es acercar a las personas a la
Divinidad, ¿por qué hay tantas, y tan dispares las unas de las otras?
En realidad, la
respuesta no parece tan difícil. La política y la religión son dos profesiones
como lo pueden ser el derecho o la arquitectura y, al ser un oficio, se olvidan
del ser humano para conseguir el propio beneficio.
Es terrorífico,
que las dos actividades que se anuncian como los adalides del bienestar del ser
humano, una dedicada a la materia y la otra al espíritu, sean las promotoras de
las guerras, la desigualdad, la discriminación y la miseria, cuando deberían
reconocer y respetar la dignidad de todo ser humano, sin distinción de raza,
sexo, edad, nacionalidad o credo. Deberían de promover la justicia, la paz, la
solidaridad, la libertad y el desarrollo integral de las personas y de los
pueblos. Deberían saber dialogar, escuchar, colaborar y aprender de los demás,
sin imponer sus ideas o intereses. Deberían tener una visión global y
trascendente de la realidad, y no conformarse con lo superficial o lo
inmediato, sino que busquen el sentido profundo y último de la vida. Deberían esforzarse
por vivir coherentemente con los principios y valores, con honestidad,
humildad, generosidad y compasión.
Pero no ocurre
así. Parece que las personas no son su objetivo prioritario.
Con respecto a
cambiar y a tomar una decisión diferente, para aliviar el sufrimiento, aunque
reconozco que tienes toda la razón, supongo que estarás de acuerdo conmigo en
que, a veces, muchas más de las que nos gustaría a los seres humanos, es muy
difícil realizar el cambio.
Te pongo un
ejemplo, el padre que sufre porque no tiene trabajo ni, por supuesto, dinero
para alimentar a sus hijos. No se me ocurre cual podría ser el posible cambio
aparte, claro está, de seguir buscando trabajo.
Gracias Señor.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo
viernes, 21 de febrero de 2025
No sufras por lo que no puedes cambiar
Si
está en tus manos, ¿qué haces?, Si en las manos de otro, ¿por qué te enojas?
¿Átomos o dioses? ¿Ambas cosas son extravíos?
No
hay que enojarse con nadie: pues si puedes, corrígelo; si no puedes corregirlo
a él, hazlo con la cosa misma; si tampoco esto es posible, ¿de que te sirve
enojarte? No se debe obrar sin propósito.
MARCO
AURELIO
martes, 27 de febrero de 2024
Disfrutar la vida
Los seres
humanos somos capaces de recordar hasta la extenuación los momentos dolorosos
de nuestras vidas. Los recordamos, los sufrimos y lloramos con su recuerdo, los
contamos, unas veces nos corroe la rabia, otras la ira, hablamos de nuestro
dolor sin venir a cuento, nos lamentamos, siendo incluso incapaces de sentir el
dolor ajeno, porque “no es nada comparado con lo que me ha pasado a mí”.
Sin embargo, somos incapaces de
recordar con parecida intensidad los momentos felices. Hasta diría que estos
pasan por nuestra vida sin pena ni gloria. Después de unos momentos de euforia,
caen en el olvido, hasta el extremo de que, si nos piden que recordemos algún
acontecimiento feliz de nuestra vida, podemos quedar dubitativos, tratando de
descubrir alguno de esos momentos.
De la
misma manera nos comportamos ante la enfermedad, nos podemos pasar el día
lamentándonos, sintiendo nuestro dolor, explicando a todo aquel que se cruza
con nosotros lo mal que nos encontramos, lo infelices que nos sentimos, la mala
suerte que parece haberse aliado con nosotros, y un sinfín de desgracias más.
Pero cuando estamos sanos, no explicamos a todas las personas con las que nos
encontramos, que estamos sanos, que nos sentimos bien, que vaya suerte la
nuestra, que nos encontramos felices por la buena salud. ¿Por qué será?
¿Quiere
decir esto que hay muchos más momentos de dolor que momentos felices en las
vidas de las personas? No es así. Normalmente pasamos más tiempos neutros, sin
episodios excepcionales ni de felicidad, ni de dolor, de la misma manera que
pasamos más tiempo de nuestra vida, sanos que enfermos. Y llamo momentos
neutros a momentos que, en realidad, los deberíamos calificar como
excepcionales, como son el amanecer de cada día, ver una salida o una puesta de
sol, sentir el canto de los pájaros, el olor de la tierra después de la lluvia,
escuchar la risa inocente de los niños, sentir el abrazo de los que nos
quieren, tener hambre y poder comer, y un sinfín de cosas más.
Podemos
llorar años la desaparición de un ser querido, pero no festejamos años el
nacimiento de otro ser querido. Podemos lamentarnos mucho tiempo por la pérdida
de un trabajo, pero no nos alegramos el mismo tiempo cuando lo encontramos y
nos contratan. Podría seguir poniendo infinidad de ejemplos, pero no merece la
pena, seguro que cada uno de vosotros puede pensar en su ejemplo favorito.
Sabemos,
al menos, todos los que nos asomamos a esta ventana, que energías iguales se
atraen, sabemos que somos lo que pensamos, sabemos que el Universo nos regala
aquello que permanece en nuestra mente con una cierta intensidad. Pero, es
igual, somos incapaces de cambiar nuestro pensamiento, somos incapaces de
mantener los sucesos buenos en nuestra mente durante más tiempo que los malos,
somos incapaces de ser felices. ¿Será que nos gusta el sufrimiento?, ¿Será que
no terminamos de creernos que somos energía?, ¿Será que, a pesar de todo,
nuestro conocimiento, somos incapaces de dominar a la mente?, ¿Será que
practicamos poco la mucha teoría que atesoramos?, ¿Será que no habremos
integrado en nosotros nuestra divinidad?, ¿Qué será?
domingo, 18 de febrero de 2024
Vivir la vida (2 de 3)
Si nos resignamos sufriremos ya que
continuaremos a la espera de que la situación se revierta. Quedaremos atrapados
en esa situación. Nos compadeceremos y nos sentiremos las víctimas.
Para alejarse del
sufrimiento es imprescindible entenderlo y ser consciente de que el
padecimiento nos aleja de una vida feliz. Una vez entendido, es muy posible que
no se pase, directamente, al capítulo de la aceptación, sino que la persona se
entretenga en un punto intermedio.
Cuando el sufrimiento
ha tomado posesión de la persona y esta es consciente, solo le queda tratar de alejar
el sufrimiento para volver a un estado, si no de felicidad, si, al menos, de
una cierta tranquilidad.
Para ello la persona,
con ayuda externa o haciendo uso de su propia voluntad, comienza un trabajo
interior. La base de ese trabajo bien podría estar alineado con los siguientes enunciados:
-
Todo es energía.
-
Los pensamientos, origen de su
sufrimiento, también lo son.
-
Energías iguales se atraen.
Cada pensamiento y
emoción emite una vibración y, según la ley de la vibración, esta vibración
atrae eventos, circunstancias y personas similares.
Esta es la base de la
Ley de la Atracción. Nuestra mente y nuestros pensamientos
tienen un poder de atraer lo positivo o lo negativo que se proyecta en el
universo. La idea es que si nos enfocamos en lo que queremos y lo visualizamos,
sintiendo la emoción de eso que queremos, con la misma intensidad que sentíamos
el sufrimiento, podremos manifestarlo en nuestra realidad.
Es bueno utilizar
algunas técnicas, porque la acción, el esfuerzo, y la responsabilidad son la
llave para desechar viejos hábitos y crear otros nuevos, para generar un estado
mental positivo y alineado con los objetivos que se desean. Estas técnicas
pueden ser: la meditación, la afirmación, el agradecimiento, el perdón y la
visualización.
Visualiza tus deseos
como si ya se hubieran manifestado. Imagina tus deseos como si ya se hubieran
manifestado en tu vida.
Visualízate
experimentando y disfrutando de tus metas alcanzadas con todos los detalles
sensoriales. Siente la emoción y la gratitud mientras visualizas.
A partir de aquí, solo
queda mantener la voluntad y el trabajo y, esperar con paciencia, que lleguen
los resultados esperados.
viernes, 16 de febrero de 2024
Vivir la vida (1 de 3)
Señor, concédeme
la serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para
cambiar las que sí puedo y
sabiduría para
discernir la diferencia.
(San Francisco
de Asís)
Existen tantas maneras de vivir la vida física como seres humanos viviéndola, pero si hablamos de las sensaciones que llegan a sentir los ocho mil millones de vividores que pueblan el planeta, como consecuencia de cada una de las interacciones con el mundo, el número se reduce drásticamente. Podemos nombrar algunas: felicidad, alegría, satisfacción, bienestar, tristeza, miedo, sufrimiento, vergüenza, ira, asombro, amor, gratitud, esperanza, culpa.
Por supuesto, son
muchas menos que ocho mil millones, pero se podrían agrupar aún más, hasta
dejarlas reducidas a la mínima expresión:
- Regodearse con el sufrimiento que van
generando los acontecimientos del momento.
- Alternar el sufrimiento con alguna de
las técnicas leídas, aprendidas o escuchadas, para cambiar el devenir de tus
miserias.
-
Aceptar.
La primera opción, la
de regodearse con el sufrimiento es la más fácil, porque es un hábito arraigado
en nosotros desde nuestra más tierna infancia. Solamente hay que observar cómo
se desenvuelve el ser humano en sociedad, solo hay que observar cuáles son sus
conversaciones, cuáles son sus comentarios y cuáles sus carencias, para
determinar, sin temor a equivocarnos, que el ser humano es adicto al
sufrimiento, adicto al dolor, adicto a la pena, a la tristeza y al miedo, de la
misma manera que se puede ser adicto a las drogas, a la nicotina, a la comida o
al alcohol.
Y de la misma manera que para
liberarse de la opresión de las adicciones físicas se ha de hacer un
sobreesfuerzo y, puede que, incluso internarse en una clínica de
desintoxicación, para liberarse de las adicciones emocionales se ha de
realizar, también, un ejercicio de voluntad intenso, se ha de realizar un
ejercicio de aceptación de la realidad de la vida, se ha de tener el
convencimiento de que solamente con el dolor es imposible, no solo ser feliz,
sino que es imposible hacer felices a los demás. Se ha de cambiar la creencia
de que la felicidad es algo que nos llega del exterior como un regalo, sino que
es un estado interior al que se llega por propia voluntad, sin tener en cuenta
“el qué dirán”, sin esperar nada de nadie.
No podemos liberarnos del
sufrimiento por el mero hecho de pensar: “Desde mañana no voy a sufrir y voy a
ser feliz”, porque el hábito de sufrir, es una enseñanza tan arraigada en
nosotros, que deshacerse de ella es casi como ser infiel al amor de nuestros
progenitores, que son, los que con su ejemplo, ¡nefasto ejemplo de sufrimiento!,
nos han inculcado que es, no solo normal, sino casi un deber, sufrir con el
padecimiento de los demás, y sobre todo con el padecimiento de los que nos
quieren.
domingo, 11 de diciembre de 2022
Deambulando por la vida
Cuanto menor es nuestro
nivel de evolución, más dolor, más sufrimiento, más división, más separación, más
religiones, más opciones políticas, más mini estados, más banderas, más
discriminación, más guerras, más hambre, más pobreza, más ignorancia.
Si todos nos
encontráramos en el mismo nivel la evolución, a medida que este fuera creciendo
nos iríamos uniendo cada vez más, para llegar al final de nuestro tiempo a un
solo estado: la Tierra, a una sola religión: el Amor, a un único objetivo:
caminar juntos hacia a Dios, a un solo sentimiento: la felicidad, a un solo
parentesco: la humanidad, y a una sola enseñanza: vivir desde el corazón.
viernes, 18 de noviembre de 2022
Recordar que somos para no sufrir
Jueves 18 de noviembre 2022
Escuché
hace unos días una de esas verdades, con la que estoy, totalmente, de acuerdo,
pero que me hizo reflexionar: “La primera razón del sufrimiento es el olvido de
lo que, realmente, somos”.
Mi creencia
siempre ha sido que venimos a la vida, de la materia, para recordar que somos
seres divinos y para aprender a amar, de la manera que, estoy seguro, ya
sabemos: amar como cuando no estamos aprisionados en el cuerpo.
Lo que nunca se me
había ocurrido pensar es que una vez sabemos que somos seres divinos se acaba
el sufrimiento.
La teoría dice que
la razón por la que se tendría que acabar el sufrimiento es porque cualquier
suceso que ocurra no afecta, o no debería de afectar a la persona, porque sabe
de su divinidad y tiene plena conciencia de su eternidad, y de que todo lo que
pueda ocurrirla solo es la espoleta que la va a llevar a otro nivel de
conocimiento.
Tengo que confesar
que yo estoy, plenamente, convencido de que soy un alma eterna e inmortal, que
durante un instante de mi eternidad me he encarnado en la materia. Y, sin embargo,
a pesar de esta creencia, sigo sufriendo. Es cierto que, muchísimo, menos que
hace unos años. Pero aun sufro, con menos intensidad y con una corta duración
en el tiempo, pero sufrimiento, a fin de cuentas.
Reflexionando
sobre esto, he llegado a otra conclusión: No solo es necesario saber que soy un
ser divino, es imprescindible integrar ese conocimiento en cada célula, para
actuar, de manera automática, desde mi divinidad.
Por lo tanto, si
yo sé y creo que soy un ser divino y sigo sufriendo, está claro que no he
integrado ese recuerdo en mí.
Eso es terrible,
pero más terrible es que no sé, muy bien, como hacerlo.
Podría ser que
tengo arraigada otra creencia: Que el sufrimiento es necesario para iniciar un
cambio. Y con las dos creencias instaladas en mis células va a ser difícil erradicar,
completamente, el sufrimiento y, tendré que conformarme y alegrarme porque sea
poco duradero en el tiempo.
En fin, seguiré
con mis reflexiones y mis intentos para cambiar mis creencias, en cada una de
las células de mí cuerpo, pero si esto lo llega a leer alguien que sabe o cree
saber la respuesta, le estaré, eternamente, agradecido si me da alguna idea.
sábado, 8 de octubre de 2022
Aliviar el dolor
Miércoles 5 de octubre 2022
Sé que es imprescindible algún movimiento para iniciar un camino. Y,
también sé que, para llegar al final de ese camino que se ha iniciado, el
movimiento debe ser continuo.
¡Uf!, ¡y tan continuo! Yo llevo en él media vida y, aún no vislumbro la
meta.
Llevado a la vida, a nuestra vida, el final del camino podría ser llegar
a vivir en paz, con serenidad. Si me apuran, podría ir un poco más allá y decir
que el final podría ser vivir la felicidad de manera permanente. No me refiero
a momentos de euforia o alegría, me refiero a la felicidad plena. Yo, como soy
un babau, creo que existe.
La felicidad plena es ese estado de paz interior en el que se sabe que
todo está bien como está. Está bien la riqueza y la pobreza, está bien la salud
y la enfermedad, está bien la algarabía y la tristeza, está bien la soledad y
la compañía, está bien la sonoridad y el silencio. Es ese estado del que nada
ni nadie podría sacarte.
Sé otra cosa. Sé que el estímulo que impele al movimiento inicial es,
normalmente, el sufrimiento. Sin sufrimiento es difícil que haya movimiento,
porque cuando una persona está bien no cambia nada, ¿para qué?, no se mueve, no
se inmuta.
Es el sufrimiento, la insatisfacción, la nostalgia y, un sinfín de
emociones negativas, las que sacan a la persona de su zona de confort, para
encontrar un confort diferente que acabe con la negatividad que la invade.
Pero ese sufrimiento solo debe ser la espoleta para iniciar el
movimiento. No se tiene que cargar el sufrimiento durante todo el camino. Y la
razón para no cargar el sufrimiento, de manera permanente, es que no existe,
que solo es una apreciación mental.
Está claro que la vida de todos está salpicada de eventos que nos hacen
daño y que no podemos escapar de ellos. Pero, dependiendo de la capacidad de gestión
de las emociones de cada persona, ese daño puede causar más o menos
sufrimiento. Si tenemos en cuenta que el evento no tiene, por norma, continuación
en el tiempo, mantener el sufrimiento solo depende de la fortaleza mental de la
persona. Es cuestión de ella elegir cuanto y como le va a afectar el
sufrimiento.
Tengo que reconocer que, a pesar de ser un babau, los sufrimientos que van
apareciendo en mi vida, de momento, los voy controlando con mucha dignidad. No
es que me resbalen, sin más, no, es que los trabajo.
La oración, la aceptación y la repetición de pensamientos positivos, son
las herramientas que, me ayudan a evitar o aliviar el sufrimiento.
Aunque, a veces, pienso que me he pasado, porque mi esposa, más de una
vez, me ha recriminado por pasar de puntillas frente a algún problema. Ella
dice que no siento ni padezco. Yo creo que sí, lo que pasa que no me regodeo de
dolor y sufrimiento.
lunes, 23 de abril de 2018
"Estar en la Gloria"
viernes, 14 de julio de 2017
Agradecer para no sufrir
lunes, 24 de abril de 2017
lunes, 6 de febrero de 2017
lunes, 31 de octubre de 2016
A Dios rogando......
Continuará...............



















