Mi alma, mis libros, mis creencias, mi corazón y mis opiniones.
El viaje del alma
El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión. Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y, para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS
Si
está en tus manos, ¿qué haces?, Si en las manos de otro, ¿por qué te enojas?
¿Átomos o dioses? ¿Ambas cosas son extravíos?
No
hay que enojarse con nadie: pues si puedes, corrígelo; si no puedes corregirlo
a él, hazlo con la cosa misma; si tampoco esto es posible, ¿de que te sirve
enojarte? No se debe obrar sin propósito.
Los seres
humanos somos capaces de recordar hasta la extenuación los momentos dolorosos
de nuestras vidas. Los recordamos, los sufrimos y lloramos con su recuerdo, los
contamos, unas veces nos corroe la rabia, otras la ira, hablamos de nuestro
dolor sin venir a cuento, nos lamentamos, siendo incluso incapaces de sentir el
dolor ajeno, porque “no es nada comparado con lo que me ha pasado a mí”.
Sin embargo, somos incapaces de
recordar con parecida intensidad los momentos felices. Hasta diría que estos
pasan por nuestra vida sin pena ni gloria. Después de unos momentos de euforia,
caen en el olvido, hasta el extremo de que, si nos piden que recordemos algún
acontecimiento feliz de nuestra vida, podemos quedar dubitativos, tratando de
descubrir alguno de esos momentos.
De la
misma manera nos comportamos ante la enfermedad, nos podemos pasar el día
lamentándonos, sintiendo nuestro dolor, explicando a todo aquel que se cruza
con nosotros lo mal que nos encontramos, lo infelices que nos sentimos, la mala
suerte que parece haberse aliado con nosotros, y un sinfín de desgracias más.
Pero cuando estamos sanos, no explicamos a todas las personas con las que nos
encontramos, que estamos sanos, que nos sentimos bien, que vaya suerte la
nuestra, que nos encontramos felices por la buena salud. ¿Por qué será?
¿Quiere
decir esto que hay muchos más momentos de dolor que momentos felices en las
vidas de las personas? No es así. Normalmente pasamos más tiempos neutros, sin
episodios excepcionales ni de felicidad, ni de dolor, de la misma manera que
pasamos más tiempo de nuestra vida, sanos que enfermos. Y llamo momentos
neutros a momentos que, en realidad, los deberíamos calificar como
excepcionales, como son el amanecer de cada día, ver una salida o una puesta de
sol, sentir el canto de los pájaros, el olor de la tierra después de la lluvia,
escuchar la risa inocente de los niños, sentir el abrazo de los que nos
quieren, tener hambre y poder comer, y un sinfín de cosas más.
Podemos
llorar años la desaparición de un ser querido, pero no festejamos años el
nacimiento de otro ser querido. Podemos lamentarnos mucho tiempo por la pérdida
de un trabajo, pero no nos alegramos el mismo tiempo cuando lo encontramos y
nos contratan. Podría seguir poniendo infinidad de ejemplos, pero no merece la
pena, seguro que cada uno de vosotros puede pensar en su ejemplo favorito.
Sabemos,
al menos, todos los que nos asomamos a esta ventana, que energías iguales se
atraen, sabemos que somos lo que pensamos, sabemos que el Universo nos regala
aquello que permanece en nuestra mente con una cierta intensidad. Pero, es
igual, somos incapaces de cambiar nuestro pensamiento, somos incapaces de
mantener los sucesos buenos en nuestra mente durante más tiempo que los malos,
somos incapaces de ser felices. ¿Será que nos gusta el sufrimiento?, ¿Será que
no terminamos de creernos que somos energía?, ¿Será que, a pesar de todo,
nuestro conocimiento, somos incapaces de dominar a la mente?, ¿Será que
practicamos poco la mucha teoría que atesoramos?, ¿Será que no habremos
integrado en nosotros nuestra divinidad?, ¿Qué será?
Si nos resignamos sufriremos ya que
continuaremos a la espera de que la situación se revierta. Quedaremos atrapados
en esa situación. Nos compadeceremos y nos sentiremos las víctimas.
Para alejarse del
sufrimiento es imprescindible entenderlo y ser consciente de que el
padecimiento nos aleja de una vida feliz. Una vez entendido, es muy posible que
no se pase, directamente, al capítulo de la aceptación, sino que la persona se
entretenga en un punto intermedio.
Cuando el sufrimiento
ha tomado posesión de la persona y esta es consciente, solo le queda tratar de alejar
el sufrimiento para volver a un estado, si no de felicidad, si, al menos, de
una cierta tranquilidad.
Para ello la persona,
con ayuda externa o haciendo uso de su propia voluntad, comienza un trabajo
interior. La base de ese trabajo bien podría estar alineado con los siguientes enunciados:
-Todo es energía.
-Los pensamientos, origen de su
sufrimiento, también lo son.
-Energías iguales se atraen.
Cada pensamiento y
emoción emite una vibración y, según la ley de la vibración, esta vibración
atrae eventos, circunstancias y personas similares.
Esta es la base de la
Ley de la Atracción. Nuestra mente y nuestros pensamientos
tienen un poder de atraer lo positivo o lo negativo que se proyecta en el
universo. La idea es que si nos enfocamos en lo que queremos y lo visualizamos,
sintiendo la emoción de eso que queremos, con la misma intensidad que sentíamos
el sufrimiento, podremos manifestarlo en nuestra realidad.
Es bueno utilizar
algunas técnicas, porque la acción, el esfuerzo, y la responsabilidad son la
llave para desechar viejos hábitos y crear otros nuevos, para generar un estado
mental positivo y alineado con los objetivos que se desean. Estas técnicas
pueden ser: la meditación, la afirmación, el agradecimiento, el perdón y la
visualización.
Visualiza tus deseos
como si ya se hubieran manifestado. Imagina tus deseos como si ya se hubieran
manifestado en tu vida.
Visualízate
experimentando y disfrutando de tus metas alcanzadas con todos los detalles
sensoriales. Siente la emoción y la gratitud mientras visualizas.
A partir de aquí, solo
queda mantener la voluntad y el trabajo y, esperar con paciencia, que lleguen
los resultados esperados.
la serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para
cambiar las que sí puedo y
sabiduría para
discernir la diferencia.
(San Francisco
de Asís)
Existen tantas maneras
de vivir la vida física como seres humanos viviéndola, pero si hablamos de las
sensaciones que llegan a sentir los ocho mil millones de vividores que pueblan
el planeta, como consecuencia de cada una de las interacciones con el mundo, el
número se reduce drásticamente. Podemos nombrar algunas: felicidad, alegría,
satisfacción, bienestar, tristeza, miedo, sufrimiento, vergüenza, ira, asombro,
amor, gratitud, esperanza, culpa.
Por supuesto, son
muchas menos que ocho mil millones, pero se podrían agrupar aún más, hasta
dejarlas reducidas a la mínima expresión:
-Regodearse con el sufrimiento que van
generando los acontecimientos del momento.
-Alternar el sufrimiento con alguna de
las técnicas leídas, aprendidas o escuchadas, para cambiar el devenir de tus
miserias.
-Aceptar.
La primera opción, la
de regodearse con el sufrimiento es la más fácil, porque es un hábito arraigado
en nosotros desde nuestra más tierna infancia. Solamente hay que observar cómo
se desenvuelve el ser humano en sociedad, solo hay que observar cuáles son sus
conversaciones, cuáles son sus comentarios y cuáles sus carencias, para
determinar, sin temor a equivocarnos, que el ser humano es adicto al
sufrimiento, adicto al dolor, adicto a la pena, a la tristeza y al miedo, de la
misma manera que se puede ser adicto a las drogas, a la nicotina, a la comida o
al alcohol.
Y de la misma manera que para
liberarse de la opresión de las adicciones físicas se ha de hacer un
sobreesfuerzo y, puede que, incluso internarse en una clínica de
desintoxicación, para liberarse de las adicciones emocionales se ha de
realizar, también, un ejercicio de voluntad intenso, se ha de realizar un
ejercicio de aceptación de la realidad de la vida, se ha de tener el
convencimiento de que solamente con el dolor es imposible, no solo ser feliz,
sino que es imposible hacer felices a los demás. Se ha de cambiar la creencia
de que la felicidad es algo que nos llega del exterior como un regalo, sino que
es un estado interior al que se llega por propia voluntad, sin tener en cuenta
“el qué dirán”, sin esperar nada de nadie.
No podemos liberarnos del
sufrimiento por el mero hecho de pensar: “Desde mañana no voy a sufrir y voy a
ser feliz”, porque el hábito de sufrir, es una enseñanza tan arraigada en
nosotros, que deshacerse de ella es casi como ser infiel al amor de nuestros
progenitores, que son, los que con su ejemplo, ¡nefasto ejemplo de sufrimiento!,
nos han inculcado que es, no solo normal, sino casi un deber, sufrir con el
padecimiento de los demás, y sobre todo con el padecimiento de los que nos
quieren.
Cuanto menor es nuestro
nivel de evolución, más dolor, más sufrimiento, más división, más separación, más
religiones, más opciones políticas, más mini estados, más banderas, más
discriminación, más guerras, más hambre, más pobreza, más ignorancia.
Si todos nos
encontráramos en el mismo nivel la evolución, a medida que este fuera creciendo
nos iríamos uniendo cada vez más, para llegar al final de nuestro tiempo a un
solo estado: la Tierra, a una sola religión: el Amor, a un único objetivo:
caminar juntos hacia a Dios, a un solo sentimiento: la felicidad, a un solo
parentesco: la humanidad, y a una sola enseñanza: vivir desde el corazón.
Escuché
hace unos días una de esas verdades, con la que estoy, totalmente, de acuerdo,
pero que me hizo reflexionar: “La primera razón del sufrimiento es el olvido de
lo que, realmente, somos”.
Mi creencia
siempre ha sido que venimos a la vida, de la materia, para recordar que somos
seres divinos y para aprender a amar, de la manera que, estoy seguro, ya
sabemos: amar como cuando no estamos aprisionados en el cuerpo.
Lo que nunca se me
había ocurrido pensar es que una vez sabemos que somos seres divinos se acaba
el sufrimiento.
La teoría dice que
la razón por la que se tendría que acabar el sufrimiento es porque cualquier
suceso que ocurra no afecta, o no debería de afectar a la persona, porque sabe
de su divinidad y tiene plena conciencia de su eternidad, y de que todo lo que
pueda ocurrirla solo es la espoleta que la va a llevar a otro nivel de
conocimiento.
Tengo que confesar
que yo estoy, plenamente, convencido de que soy un alma eterna e inmortal, que
durante un instante de mi eternidad me he encarnado en la materia. Y, sin embargo,
a pesar de esta creencia, sigo sufriendo. Es cierto que, muchísimo, menos que
hace unos años. Pero aun sufro, con menos intensidad y con una corta duración
en el tiempo, pero sufrimiento, a fin de cuentas.
Reflexionando
sobre esto, he llegado a otra conclusión: No solo es necesario saber que soy un
ser divino, es imprescindible integrar ese conocimiento en cada célula, para
actuar, de manera automática, desde mi divinidad.
Por lo tanto, si
yo sé y creo que soy un ser divino y sigo sufriendo, está claro que no he
integrado ese recuerdo en mí.
Eso es terrible,
pero más terrible es que no sé, muy bien, como hacerlo.
Podría ser que
tengo arraigada otra creencia: Que el sufrimiento es necesario para iniciar un
cambio. Y con las dos creencias instaladas en mis células va a ser difícil erradicar,
completamente, el sufrimiento y, tendré que conformarme y alegrarme porque sea
poco duradero en el tiempo.
En fin, seguiré
con mis reflexiones y mis intentos para cambiar mis creencias, en cada una de
las células de mí cuerpo, pero si esto lo llega a leer alguien que sabe o cree
saber la respuesta, le estaré, eternamente, agradecido si me da alguna idea.
Sé que es imprescindible algún movimiento para iniciar un camino. Y,
también sé que, para llegar al final de ese camino que se ha iniciado, el
movimiento debe ser continuo.
¡Uf!, ¡y tan continuo! Yo llevo en él media vida y, aún no vislumbro la
meta.
Llevado a la vida, a nuestra vida, el final del camino podría ser llegar
a vivir en paz, con serenidad. Si me apuran, podría ir un poco más allá y decir
que el final podría ser vivir la felicidad de manera permanente. No me refiero
a momentos de euforia o alegría, me refiero a la felicidad plena. Yo, como soy
un babau, creo que existe.
La felicidad plena es ese estado de paz interior en el que se sabe que
todo está bien como está. Está bien la riqueza y la pobreza, está bien la salud
y la enfermedad, está bien la algarabía y la tristeza, está bien la soledad y
la compañía, está bien la sonoridad y el silencio. Es ese estado del que nada
ni nadie podría sacarte.
Sé otra cosa. Sé que el estímulo que impele al movimiento inicial es,
normalmente, el sufrimiento. Sin sufrimiento es difícil que haya movimiento,
porque cuando una persona está bien no cambia nada, ¿para qué?, no se mueve, no
se inmuta.
Es el sufrimiento, la insatisfacción, la nostalgia y, un sinfín de
emociones negativas, las que sacan a la persona de su zona de confort, para
encontrar un confort diferente que acabe con la negatividad que la invade.
Pero ese sufrimiento solo debe ser la espoleta para iniciar el
movimiento. No se tiene que cargar el sufrimiento durante todo el camino. Y la
razón para no cargar el sufrimiento, de manera permanente, es que no existe,
que solo es una apreciación mental.
Está claro que la vida de todos está salpicada de eventos que nos hacen
daño y que no podemos escapar de ellos. Pero, dependiendo de la capacidad de gestión
de las emociones de cada persona, ese daño puede causar más o menos
sufrimiento. Si tenemos en cuenta que el evento no tiene, por norma, continuación
en el tiempo, mantener el sufrimiento solo depende de la fortaleza mental de la
persona. Es cuestión de ella elegir cuanto y como le va a afectar el
sufrimiento.
Tengo que reconocer que, a pesar de ser un babau, los sufrimientos que van
apareciendo en mi vida, de momento, los voy controlando con mucha dignidad. No
es que me resbalen, sin más, no, es que los trabajo.
La oración, la aceptación y la repetición de pensamientos positivos, son
las herramientas que, me ayudan a evitar o aliviar el sufrimiento.
Aunque, a veces, pienso que me he pasado, porque mi esposa, más de una
vez, me ha recriminado por pasar de puntillas frente a algún problema. Ella
dice que no siento ni padezco. Yo creo que sí, lo que pasa que no me regodeo de
dolor y sufrimiento.
Por la muerte de mi esposa -le respondió
el discípulo.
Y ¿crees que tu dolor es una buena
herramienta para devolverle la vida? -siguió el Maestro.
Ya
sé que nada va a devolverle la vida -replicó el discípulo, un poco molesto.
Entonces, ¿por qué sufres? -insistió
el Maestro.
Extraño su presencia, y no quiero
olvidarme de ella -respondió el discípulo.
Te propongo un plan: En lugar de
pensar en su muerte y en que ya no está a tu lado, piensa en los infinitos momentos
de felicidad que pasasteis juntos. Así no la olvidarás, la recordarás con alegría, incrementarás tu amor
por ella y disminuirá tu apego, con lo que dejarás de extrañarla. Y por si eso
fuera poco, piensa que donde está ahora es mucho mejor todavía que eso que los
hombres definís como “Estar en la Gloria” -sentenció el Maestro.
Agradecer
a Dios de manera permanente, por amanecer cada día, por el desayuno, por el
trabajo, por el sol, por la familia, por tener donde vivir, por abrir un grifo
y tener agua, por tener comida en la nevera, en fin, por todo.
El
sufrimiento de los hombres, en un porcentaje importante, es debido a las
carencias que ellos creen tener, sin embargo, no ocupan su mente ni un segundo
en ser conscientes de lo que ya tienen y, por supuesto, no se les ocurre agradecer
por todo eso que están disfrutando. Piensan que lo que tienen es porque ellos
lo han conseguido, no caen en la cuenta que todo, absolutamente todo, procede
de Dios, lo que consideran bueno y lo que consideran malo.
Por
lo tanto, sean conscientes de donde procede todo lo que disfrutan en su vida, y
agradezcan a Dios por tenerlo. Concéntrense en la abundancia que hay ahora en
su vida, no en las carencias.
El
agradecimiento abre las puertas del Universo y les pone en situación para
seguir recibiendo. Pero recuerden: Dios les va a dar aquello que necesitan,
aquello que ya está programado en su Plan de Vida, y no va a llegar aquello que
“creen necesitar”, que es justamente por lo que sufren.
Y
si eso que “creen necesitar” no está contemplado en su Plan de Vida, no lo van
a recibir, por mucho que pidan, recen o practiquen alguna técnica de atracción.
Tengan por seguro que si reciben algo es que está contemplado, desde antes de
la toma de posesión de su cuerpo, en la planificación de su vida. Sin embargo,
aunque esté recogido en su Plan de Vida, pueden no recibirlo, sencillamente
porque se están ocupando en pedir imposibles, que no solo no van a recibir,
sino que cierran las puertas a lo posible.
Les
puede ocurrir que, (a muchas personas les sucede), de manera totalmente
inconsciente, por el mero hecho de agradecer y acabar con la ansiedad por la no
satisfacción de sus caprichos, guarden en su interior un rayo de esperanza de
que, sí van a recibir eso que “creen necesitar”, y al cabo de un cierto tiempo,
más bien corto, vuelva la ansiedad porque no se recibe.
No
sufran, no han hecho nada mal. Es humano. En ese caso sigan con su trabajo de
agradecimiento, hasta que la ansiedad por conseguir “algo”, desaparezca
definitivamente.
Tengan
en cuenta, que agradecer, ponerse en las manos de Dios y aceptar Su voluntad,
es conectar de manera inmediata con el Plan de Vida, lo que equivale a dar un
salto cualitativo y cuantitativo en la carrera de la vida para acercarse a
Dios.
Es ante la adversidad cuando nos
acordamos de Dios. Es entonces cuando recordamos que en su Magnificencia todo
lo puede, y levantando los ojos al cielo le hacemos un resumen de nuestra
temporal miseria, rogándole que solucione nuestros problemas, o si no tenemos
suficiente confianza con Él, acudimos a algunos de los Maestros, Ángeles o
Santos, según nuestra particular devoción, pidiendo que interceda por nosotros.
Está bien. Es bueno que nos acordemos
de Dios o de algunos de Sus ayudantes en algún momento, y es normal que eso sea
en esos momentos de impotencia, de infortunio, de rabia o de incomprensión, en
los que el sufrimiento y el dolor hacen mella en nuestros corazones.
Pero también sería bueno recordar que
no es necesario que le pongamos al día de nuestro dolor, porque Él está al
corriente de ese dolor. Como tampoco es necesario que le pidamos aquello que
creemos que va a solucionar nuestra desgracia, porque también es conocedor de
ese punto.
Dios sabe todo de todos en todo
momento.
Los seres humanos, sin embargo, no sabemos
nada de Dios. En realidad no solo no sabemos nada de Dios, sino que tampoco
sabemos nada de nosotros mismos, ni de lo que estamos haciendo en la vida, ni de
lo que significan la vida y la muerte, no sabemos casi nada de nada. Lo cual es
normal, de Dios solo nos han enseñado un cuento en el que destaca por encima de
todo lo duro que puede ser con todos nosotros si no cumplimos los preceptos que
nuestros enseñantes consideran prioritarios, abocándonos irremisiblemente a
recibir los castigos más terroríficos en caso de cometer, lo que ellos
consideran pecado, dependiendo de cuál sea su devota inclinación.
Ante la presentación que nos hacen de
Dios parece lógico y normal que tratemos de vivir a escondidas y a espaldas de
Dios, así puede que no se entere de nuestras malas acciones y nos ahorremos
algún castigo, ¡pobres infelices! Y también es lógico y normal que ante la
impotencia de nuestras propias miserias tratemos de agarrarnos a un clavo
ardiendo si fuera necesario, para solucionar lo que consideramos nuestros
problemas. Y en este caso el clavo ardiendo puede ser Dios, porque aunque le
tengamos olvidado y vivamos a espaldas Suyas casi siempre, a lo mejor, es su
misericordia, alivia nuestras penas.
Pero para desgracia nuestra parece que
no escucha nuestras suplicas, ya que los problemas no se solucionan y, a veces,
hasta parece que se agrandan. No somos conscientes de que Dios ya nos da,
aunque desgraciadamente para nuestro pensar no lo que queremos, sino,
afortunadamente para nuestra alma lo que necesitamos. Continuará...............
Los seres humanos tenemos un punto de masoquismo importante, nos gusta
sufrir, ya que a pesar de que digamos que no, los hechos demuestran lo
contrario: Nuestra felicidad es el sufrimiento, ya que permanecemos anclados en
él un día tras otro, sin hacer absolutamente nada; nuestra felicidad es contar
a diestro y siniestro lo mal que nos encontramos, en lugar de trabajar para
salir de ese dolor; nuestra felicidad es encontrar los fallos de los demás en
lugar de trabajar para eliminar los nuestros. Somos realmente un espécimen
raro.
El origen de todas
las situaciones que se van presentando a lo largo y ancho de nuestra vida es algo
pactado de antemano, aparece recogido en nuestro Plan de Vida, y es algo que
tiene que pasar si o si. Lo que estas situaciones generan, es decir, nuestras
reacciones, es nuestro aprendizaje, eso no está pactado, es el fruto de nuestro
libre albedrío.
En
ocasiones, hemos escuchado, y posiblemente nos ha ocurrido a nosotros mismos, arrepentirnos
de situaciones en las que nos hemos involucrado y decir “Si no hubiera hecho tal
cosa, me habría ahorrado este sufrimiento, o esta pérdida o este desengaño”.
Siempre el origen de “ese
sufrimiento” es algo que teníamos que vivir, y no nos habríamos librado de él
de ninguna de las maneras. De lo que si nos podríamos haber librado era del
sufrimiento, porque ahí estaba la lección, vivir sin el dolor, vivir aceptando,
vivir desligándonos de la materia, vivir como seres espirituales, vivir como
hijos de Dios.
Sin embargo, si el
origen de alguna situación es algo que nos produce placer, paz o alegría, es
seguro que nunca nos vamos a arrepentir de haber elegido ese camino. Pues hemos
de saber y aceptar que tanto el origen de lo que produce dolor como el origen de
lo que produce placer tienen la misma fuente: Nosotros mismos.
Cuanto antes
entendamos y aceptemos que únicamente nosotros somos responsables de todo lo
que nos ocurre mejor será, ya que eso nos permitirá dar un salto cualitativo y
cuantitativo importante para la finalización de nuestro deambular por la
materia.
Las situaciones
generadas por el origen inicial van a devenir en otros orígenes para nuevas
situaciones que serán distintos según sean nuestras propias reacciones. Estos
nuevos orígenes también se encuentran en nuestro Plan de Vida, porque el origen
de una primera situación puede resolverse de diferentes maneras y al final de
cada manera hay un nuevo principio, hay un nuevo origen.
Si el camino elegido
para vivir la situación presentada no es el correcto, es decir que solo
sufrimos sin asumir el aprendizaje, esa situación se va a repetir una y otra
vez hasta que se haya aprobado la asignatura, hasta que se haya asumido e
integrado el aprendizaje.
Pues no somos felices por nuestra mala memoria. Al olvidar los seres humanos quienes somos, nos hemos
separado de Dios. Pero no sólo nos hemos separado de Dios, no hemos separado
los unos de los otros. La separación genera conflicto, la separación genera
sufrimiento, la separación es el germen de las guerras.
Nos
hemos separado tanto y, llevamos tanto tiempo separados, que nos creemos seres
independientes, casi con el objetivo de cuidar y defender lo que consideramos
nuestro. Criticamos, juzgamos y atacamos más o menos solapadamente a todo lo
que es diferente: Diferente creencia, diferente religión, diferente opción
política, diferente nacionalidad, diferente tendencia sexual, diferente color
de piel, diferente cultura, en fin, todo lo que sea diferente se encuentra en
nuestro punto de mira.
¡Qué
ironía!, y resulta que todos somos iguales, que todos somos lo mismo, y
buscamos la diferencia en el ropaje que envuelve al alma, en el cuerpo, que es
nuestra envoltura con fecha de caducidad.
Es
muy posible, que un importante porcentaje de personas ya sepan, porque se lo
han enseñado alguna de las múltiples religiones que abundan en la Tierra, que
somos Hijos de Dios. Pero sirve de poco porque es un conocimiento meramente
intelectual, para nada integrado en la persona, con lo cual su vida no se
desarrolla bajo el paradigma del ser espiritual, sino en la densidad de la
materia.
Cuando
las religiones cuentan que somos Hijos de Dios, es muy posible que ni ellos
mismos, los enseñantes, lleguen a entender la grandeza de lo que están diciendo
y que para ellos sea como para sus feligreses una frase bonita que ahí queda,
sin llegar a entender realmente su significado.
Si
existieran los cromosomas espirituales, ser Hijos de Dios quiere decir que
llevamos Su herencia genética.
Ya
es momento de avanzar en pos de nuestra verdadera identidad, ya es momento de
empezar a reconocer al hermano, ya es momento para dejar de sufrir,ya es momento de adentrarnos en el camino que
nos conduce a Dios.
Hablar de adentrarnos en el camino que nos
conduce a Dios es plantear una nueva manera de vivir, es llegar a vivir como lo
que somos, como Hijos de Dios.
Alguien podría pensar que estamos
planteando una vida monacal o una vida de soledad, retiro y oración. Nada más
lejos de la realidad, vivir como Hijos de Dios significa mantener la misma vida
física pero muy diferente en cuanto a pensamientos y emociones.
Vivir como Hijos de Dios implica una
vida de Amor, no una vida de miedo; una vida de alegría, no una vida de
tristeza; una vida de paz, no una vida de ansiedad; una vida de felicidad, no
una vida de sufrimiento; una vida de servicio, no una vida de egoísmo. Vivir
como Hijos de Dios no está reñido con el trabajo, ni con la familia, ni con el
dinero, ni con las vacaciones, ni con los amigos, ni con las fiestas. Pero si
está reñido con no cumplir los compromisos, con no cumplir la palabra, con la
mentira, con la falta de respeto, con la pereza, con la corrupción, con la
infidelidad, con la maldad, con la traición, con la crítica, con los falsos
testimonios, con el abuso de poder, y otrosmuchos males que son moneda de cambio en nuestra sociedad actual.
Vivir como Hijos de Dios implica justamente lo
contrario de las vidas anodinas que mantienen sobre la Tierra cientos de
millones de personas.
Vivir
como Hijos de Dios supone madurar y dejar de comportarse como bebés, supone una
expansión de la conciencia y supone, también, construir el carácter.
Qué diferente sería la vida si nos enseñaran desde
la cuna que somos hijos de Dios, que venimos de Él y a Él hemos de retornar.
Qué diferente sería la vida si nos enseñaran desde la cuna que todos somos
hermanos. Que diferente sería la vida si nos enseñaran a amar, a compartir, a
aceptar y a respetar. Es muy posible que no hubiera guerras, que no hubiera
hambre, que no hubiera discriminación, y todos nos ahorraríamos un buen número
de encarnaciones que en la actualidad resultan inútiles o con un ínfimo
crecimiento.
Pero no es así, y el camino, ya de por sí difícil de
recorrer, se nos hace también difícil de encontrar. ¡Qué difícil nos lo hemos
puesto! Los seres humanos tenemos un punto de masoquismo importante, nos gusta
sufrir, ya que a pesar de que digamos que no, los hechos demuestran lo contrario:
Nuestra felicidad es el sufrimiento, ya que permanecemos anclados en él un día
tras otro, sin hacer absolutamente nada; nuestra felicidad es contar a diestro
y siniestro lo mal que nos encontramos, en lugar de trabajar para salir de ese
dolor; nuestra felicidad es encontrar los fallos de los demás en lugar de
trabajar para eliminar los nuestros. Somos realmente un espécimen raro.
El caso es que después de muchas vidas de
sufrimiento, algo dentro de nosotros nos dice que “a lo mejor hay otra forma de
vivir”, porque nos lo cuentan otros o porque leemos algo que llama nuestra
atención, y a partir de ahí comienza a desempolvarse el recuerdo.
Ese trabajo de recordar quienes somos, lo podemos
hacer solos o en compañía. Con independencia de que el camino lo hemos de
recorrer en soledad, podemos tener algún instructor que nos indique cuales son
los pasos a seguir.
De la misma manera que un guía turístico tiene que
conocer el camino, las peculiaridades, los monumentos, los lugares donde poder
hacer las necesidades físicas, las tiendas para comprar recuerdos y los museos de
aquello que va a mostrar a sus acompañantes, de la misma manera que el maestro
de escuela o el profesor de universidad tienen que haber demostrado sus
conocimientos para ejercer sus profesiones y conseguir una plaza, los guías
espirituales también tienen que haber recorrido el mismo camino que van a
enseñar a los que se van a iniciar en el camino de vuelta a Dios.
Pero como en ese camino de retorno a la casa del
Padre hay múltiples estaciones, es normal que los guías estén especializados en
cada una de las distintas etapas del recorrido.
Hemos de tener presente que todos los que estamos en
la vida estamos recorriendo el mismo camino, los guías también. Ninguno de ellos ha realizado el camino en su totalidad, pero si es necesario que para enseñar un tramo lo haya recorrido, si por ejemplo, el camino
tuviera veinte tramos, el guía que nos enseñe el tramo número quince, lo normal
es que él ya haya pasado por ese tramo, para conocer cuáles son los puntos en
los que se van a encontrar las mayores dificultades, para conocer las bondades
de ese tramo, para conocer como enlazar con el tramo siguiente.
Ya tenemos claro que el camino no se recorre en una
sola vida, y que necesitamos cientos de vidas para encontrarlo y unas cuantas
más para transitarlo. Por eso, en cada vida nos vamos a encontrar con uno o
varios maestros, que puede que nos parezcan definitivos, pero que por supuesto
no lo son; puede incluso que ellos mismos crean que son auténticos maestros.
Desconfiad de los que se presentan como tal.
Se conoce a un auténtico maestro, a un maestro
definitivo porque su cualidad es el Amor. El Amor en todas las facetas de su
vida tanto en su vida pública como en su vida privada. Existen, pero se pueden
contar con los dedos de una mano y no es habitual encontrárselos en mitad de la
calle. De cualquier forma, no todos estamos preparados para tener un maestro
así. Si que podemos escuchar sus palabras, recibir sus conocimientos, leer sus
libros o sentir su energía, asistiendo a algún encuentro con ellos, pero no
será definitivo para nosotros porque nuestro trabajo es muy posible que se esté
desarrollando en otro tramo del camino, lejos de la última etapa.
Mientras tanto sigamos trabajando y siguiendo las
instrucciones de los guías de “mitad del camino”, en las clases de yoga,
asistiendo a encuentros de oración o meditación, realizando cursos y talleres,
leyendo. Pero sin descuidar ni un solo día nuestra práctica personal. Nuestra
práctica es la auténtica maestra porque es ella la que nos va a llevar en
volandas a la finalización del camino en la vida física.