Somos el
alma vestida con un cuerpo, y es precisamente ese vestido el que sufre la
violencia de la vida material. Es bueno recordar que la auténtica vida es la
del alma, y que la existencia corporal no es más que un
sueño, una ilusión.
Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Somos el
alma vestida con un cuerpo, y es precisamente ese vestido el que sufre la
violencia de la vida material. Es bueno recordar que la auténtica vida es la
del alma, y que la existencia corporal no es más que un
sueño, una ilusión.
Los
seres humanos estamos muy ocupados en lo de siempre que es vivir nuestra
fisicalidad, ya que gran parte de nuestra vida se basa en las sensaciones, las
emociones, las acciones y las reacciones que tenemos como seres corpóreos. Es
decir, estamos muy ocupados en vivir.
Estamos tan ocupados
en vivir que parece difícil que podamos dedicarnos a otra cosa que no tenga una
relación directa con la vida, como podría ser vivir la espiritualidad.
Sin embargo, si algo
tiene una relación directa con la vida física, es el espíritu. El espíritu es
una parte fundamental de la naturaleza humana y tiene una relación estrecha con
el cuerpo físico, aunque no se limite a él.
Es el espíritu el que
anima y da vida al cuerpo físico. En Juan 6:63, Jesús dice: «El espíritu es el
que da vida, la carne para nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado
son espíritu y son vida».
La espiritualidad son
las cosas del espíritu y la razón de la vida es la búsqueda de sentido,
propósito y conexión con algo superior a nosotros mismos.
Vivir la
espiritualidad implica cultivar una actitud de apertura, curiosidad, gratitud y
compasión hacia la vida y hacia los demás. También implica reconocer nuestra propia
esencia divina y nuestra conexión con todo lo que existe.
La espiritualidad es
un camino personal, pero también colectivo, porque todos somos parte de un
mismo todo.
Por muy ocupados que
estemos en vivir nuestra fisicalidad no podemos, aunque queramos, olvidarnos de
nuestra espiritualidad. Solo es cuestión de actitud y carácter.
El carácter es el
conjunto de cualidades que nos definen como personas, como la honestidad, la
generosidad, la valentía, la humildad, etc. El carácter se forma a través de
las decisiones que tomamos, las acciones que realizamos y los hábitos que
desarrollamos. El carácter nos hace ser una persona íntegra, respetable y
admirable.
Y no debemos olvidar
mientras estamos viviendo la vida, ayudar a los demás, porque es una forma de
expresar el amor, la bondad y la solidaridad. Ayudar a los demás nos hace
sentir útiles, felices y agradecidos. Podemos ayudar a los demás de muchas
formas, como donando, haciendo voluntariado, enseñando, escuchando,
compartiendo.
Así, usando el cuerpo,
estaremos viviendo la espiritualidad, que es la única razón por la que tenemos
cuerpo.
Desde antes de nacer, el corazón del ser humano empieza a latir en el útero materno, y no lo deja de hacer hasta que el alma decide abandonar el mundo de la materia; de la misma manera que la respiración, que comienza en el mismo instante en que nos asomamos a la vida, y no termina hasta el momento del regreso a la Energía Divina.
El
corazón latiendo, siempre latiendo, y la respiración siempre con su vaivén, nos
atan a la vida, de manera autónoma, de manera automática, sin que seamos
conscientes de que son esa respiración y ese latir, los que nos mantienen con
vida.
Vivimos
a pesar de nosotros mismos, a pesar de lo mal que tratamos a nuestro cuerpo y,
de rebote, a nuestro corazón, a pesar de olvidarnos de como se respira,
utilizando músculos que nada tienen que ver con la respiración.
Y
a pesar de la importancia vital de nuestra respiración y del latir de nuestro
corazón, pocas son las personas que dedican un momento en su día para comprobar
cómo es esa respiración, o como late su corazón.
Al
igual que los seres humanos, los animales también respiran y también tienen un
corazón que bombea de manera permanente, y como muchos seres humanos, ninguno
de ellos es consciente de la maravilla que está ocurriendo en su cuerpo. Sin
embargo, los animales, en su nivel dentro de la evolución, no saben que ellos,
también, son más que ese cuerpo que sólo se puede dirigir por los instintos. No
tienen una mente que razona, una mente que les puede llevar a preguntarse qué
hacen en la vida, o qué diferencia hay entre la vida y la no vida.
Los
seres humanos, casi todos, en algún rincón de su mente, tienen la conciencia de
que son algo más que el cuerpo, muchos creen que tienen, o que son, algo que se
denomina alma, aunque como no se ve, no saben ubicarla, y no se identifican, en
absoluto, con ella.
Todo
eso, en cuestiones de vida, hace que esos seres humanos se diferencien en poco
de los animales, ya que rigen el cuerpo por los mismos instintos con los que se
rigen los animales, comen cuando tienen hambre, aunque muchos, al contrario que
los animales, siguen comiendo después de saciada la necesidad de comer, beben
incluso cuando no tienen sed y, en ocasiones, bebidas dañinas para el cuerpo y,
satisfacen como los animales, sus necesidades fisiológicas de manera instintiva.
En
casi todas las cuestiones referentes al cuerpo, la diferencia entre el animal
que se rige por los instintos, y el ser humano que tiene una mente racional, es
mínima.
¿Cómo
ser más humanos racionales y menos animales instintivos? Aunque resulte
paradójico, lo podemos conseguir siendo conscientes del cuerpo. Y se es
consciente del cuerpo sintiéndole, sintiendo sus sensaciones, sintiendo su
respiración, sintiendo sus latidos. Es en esos momentos en que estamos
sintiendo el cuerpo, cuando podemos despegarnos de él, cuando podemos, aunque
sea por un instante, conectarnos con eso otro que realmente somos, con el alma.
Es a partir de ahí, cuando no sólo nos despegamos del animal, sino que también
nos despegamos del ser humano normal, para atisbar nuestra propia divinidad,
convirtiéndonos, aquí en la Tierra en superhumanos, con todos nuestros poderes
divinos desarrollados.
No
somos el cuerpo. El cuerpo sólo es, aunque de vital importancia, el vehículo
del alma, el instrumento desde el cual tenemos que realizar nuestro trabajo de
acercamiento a nuestra Divinidad, el instrumento para nuestro aprendizaje, el
instrumento desde el que hemos de vivir todas las experiencias humanas, sin
apegarnos a ellas. ¡Siéntelo!
Hay días en los que me levanto con un pensamiento que se
repite una y otra vez en mi cabeza. Como si fuera el estribillo de una canción pegadiza
de verano. Aunque, si fuera una canción estaría bien, ya que es el recurso que
utilizo cuando algún pensamiento descontrolado toma posesión de mi mente. Pero
hoy no era una canción.
Hoy me he despertado con una pregunta que, me daba la
impresión de estar no solo en el interior sino, también, revoloteando por el
exterior de mi cuerpo. Tocaba en una parte de mi cuerpo y se alejaba rebotando
como una pelota hasta hacer contacto con otra parte. Ahora en el hombro
izquierdo, en el siguiente rebote se iba a la rodilla derecha y, después, a la
frente. Era como una pelota sin fricción, por lo tanto, nada podía frenar sus saltos.
Tenía que detenerlo porque iba a volverme loco escuchando
la misma pregunta una y otra vez: “¿Quién soy?”.
Entre un rebote y el siguiente me preguntaba, conscientemente,
porqué habría despertado con esa pregunta. Es curioso. Es cuando despierto en
las mañanas cuando puedo hacerlo con distintas emociones, y no encuentro una
razón lógica para que eso ocurra. Puedo despertar con miedo, con ansiedad, con
tristeza, con algún pensamiento malévolo o, como hoy con una pregunta, que
parece tonta. Menos mal que no es cada día, ya que puede ser una o dos veces al
mes.
Sé que pueden ser varios los detonantes para que eso pase,
como podría ser por estar pasando un momento complicado en la vida, por un
problema sin resolver, por preocupaciones o, simplemente, por mucho estrés
acumulado a lo largo de un periodo de tiempo.
Es cierto, mi vida no es fácil, pero estoy entrenado, y
el día que despierto con alguna de esas emociones, en media hora consigo
estabilizarme. La meditación hace milagros.
A veces pienso, (pensamientos de babau), que alguna de estas
emociones o pensamientos que siento al despertar tienen su origen en algo que
ocurre durante el sueño. Por alguna, desconocida, razón, en esa doble vida que
tenemos al dormir, sucede algo, en alguna proyección astral, que hace que al
despertar mantengamos la emoción o el pensamiento que teníamos en nuestro
sueño. En el caso de hoy, es posible que alguien me preguntara, al otro lado de
la vida, quien era yo, y ahí quedó la pregunta, volviéndome
loco una vez despierto.
Hoy me pareció que sentarme a meditar no sería una buena
idea, porque lo único que iba a conseguir era dejarle más espacio a la
pregunta. Pensé que lo mejor sería responder.
¿Quién soy?
¡Uf!, Sayri. ¡Que problema! Y ¿quién soy yo?
¿Seré Alfonso?, pensándolo bien no soy Alfonso. Alfonso
es mi nombre o, mejor, el nombre de este cuerpo.
Entonces, ¿seré sanador, escribidor, instructor de yoga o
guía de meditación? No, porque eso, si acaso, sería lo que yo hago, no quien
soy. Y no lo he hecho siempre y, tampoco, durará para siempre. Por lo tanto,
esa respuesta, también, es errónea. Esa es la ocupación de mi cuerpo.
¿Será que soy hijo, padre, hermano, esposo, abuelo? No.
Esto tampoco. Porque eso no es quién soy, eso solo es una condición. Todos
somos hijos porque hemos nacido de una madre. Y podemos tener hermanos,
casarnos y ser padres y abuelos. Pero eso no define, en absoluto, quién soy. Es
algo inherente al cuerpo.
Todas las
respuestas que estoy dando se corresponden con el cuerpo y, ¿por qué lo hago,
si tengo claro que no soy el cuerpo?
Por lo tanto, la respuesta a la pregunta ¿Quién soy? No se
puede responder pensando en el cuerpo. Hay que ir más allá. Y más allá del
cuerpo está el alma. Y el alma si que es eterna, porque no es algo que aparece
un día y desaparece otro día con la muerte, como pasa con el cuerpo. El alma es
inmortal.
Por lo tanto, la respuesta solo puede ser: “Yo Soy el
alma”. Y aún podría añadir algo más: “Yo Soy uno con Dios”, porque como te
contaba el pasado jueves somos un punto de luz desgajado de la Energía Divina.