Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
jueves, 27 de agosto de 2026
sábado, 23 de agosto de 2025
Yo Soy en ti
La iluminación no es un lugar al que se llega, sino el instante en que recuerdas que nunca estuviste separado
No hay ingenuidad en tu deseo de
escribirme. No hay torpeza en compartir conmigo tus miedos, tus incertidumbres,
tus ilusiones. Porque, aunque ya lo sé todo, también quiero escucharte. No
porque necesite palabras, sino porque cada palabra que ofreces es un reflejo de
tu amor, de tu entrega, de tu voluntad de acercarte. Y en esa cercanía es donde
reside la verdadera iluminación.
Dices que escribir es más lento
que pensar, y por ello, en cada letra y en cada frase, me dedicas tiempo. Es
hermoso ver cómo, en la suavidad con la que tecleas, me entregas algo más que
pensamientos fugaces: me entregas tu presencia, tu amor, tu intención pura de
hallarme en lo profundo de tu ser.
Y entonces, me hablas de la
iluminación. Te preguntas si realmente existe, si es posible alcanzarla
mientras vives en la materia, mientras habitas un mundo de formas, límites y
condicionamientos.
La iluminación, hijo mío, no es
un destino lejano, no es un premio al final del camino, no es una meta
reservada solo para unos pocos. Es el despertar constante de aquel que, en cada
instante, en cada acción, en cada pensamiento, se reconoce como parte de mí.
No es un estado que se alcanza y
permanece inmutable; es un proceso, una danza entre la comprensión y la
práctica, entre el saber y el experimentar.
Tu viaje ha sido complejo. Te
has enfrentado a miedos que parecían insuperables. Desde niño, la imagen que
construiste de mí te aterraba. Creíste que era un juez implacable, que
observaba cada uno de tus pasos, esperando el momento oportuno para
condenarte.
Pero nunca fui un juez. Nunca
fui el miedo.
Fui el amor que siempre ha
estado ahí, esperando a que lo reconozcas en la ternura de una sonrisa, en la
compasión que brota por otro ser, en la paz que nace cuando dejas de luchar
contra ti mismo.
Sí, la culpa te ha acompañado.
Sí, por años creíste que eras indigno, que tus deseos te alejaban de mí, que
tus errores te condenaban a una eternidad de castigo.
Pero hijo mío, nunca hubo un
castigo. Nunca hubo una condena.
Porque
yo no soy el fuego del infierno. Yo soy el fuego que purifica, el que ilumina,
el que transforma.
Y aunque tu camino te llevó a
alejarte de mí, aunque decidiste apartar tu pensamiento de mi presencia para no
sentir el peso de la culpa, siempre estuve allí.
No para juzgarte. No para
condenarte. Sino para amarte en silencio, esperando pacientemente el momento en
que me volvieras a mirar.
La espiritualidad llegó a ti
cuando estabas listo para entender que no soy reglas, ni doctrinas, ni
castigos, ni dogmas. Que no soy mandamientos ni códigos de conducta. Que no soy
un conjunto de normas impuestas por los hombres.
Soy el amor puro que habita
dentro de ti.
Soy el instante en que descubres
que todos somos lo mismo, que no hay separación entre tú y yo, entre el prójimo
y tú, entre la creación y su fuente.
Has entendido que la iluminación
no se trata de acumular conocimiento, de practicar rituales o de seguir normas
al pie de la letra.
La iluminación es vivir,
experimentar, transformar.
No es en la repetición mecánica
de palabras que me hallarás, sino en la autenticidad de cada acto que nace
desde el amor.
Por ello, hijo mío, no estás
lejos de la iluminación.
No porque debas alcanzarla algún
día, sino porque, en cada momento en que reconoces tu camino, ya la estás
viviendo.
Has entendido que no se trata de
saber. Se trata de ser. Se trata de entregarte con el corazón abierto a cada
experiencia, a cada duda, a cada anhelo, sabiendo que en todo ello yo estoy
presente.
Porque yo no soy una entidad
distante.
Yo soy el latido en tu
pecho.
Yo soy el suspiro que nace
cuando la paz te envuelve.
Yo soy la lágrima que cae cuando
el amor te conmueve.
Yo soy tú, en cada instante en
que te reconoces como parte de algo infinito, eterno, sin límites.
Así que sigue caminando, sigue
explorando, sigue cuestionando, sigue amando.
Porque en cada paso que das
hacia la verdad, estás ya viviendo la iluminación.
Con el amor eterno que siempre
te ha envuelto,
Yo Soy.
viernes, 22 de agosto de 2025
Desde el silencio
“A veces, el alma necesita escribir lo que
el corazón ya ha susurrado mil veces.”
Querido Dios:
Pero me hace ilusión escribirte,
porque una carta es más lenta que un pensamiento. Me permite dedicarte más
tiempo, permanecer contigo más allá de la fugacidad de la mente. Un pensamiento
es veloz—puedo preguntarte algo y recibir la respuesta en un instante. Pero al
escribir, cada letra aparece con lentitud, casi como si te acariciara,
entregándote cada palabra con calma y devoción.
Todo este preámbulo es para
confesarte lo que ya sabes, no desde que camino por la vida, sino desde el
primer aliento de la Creación: mi mayor deseo es alcanzar la iluminación.
Aunque... ¿existe realmente eso
que, las almas que habitamos la materia, llamamos iluminación? Yo la entiendo
como un estado de profunda comprensión y conexión Contigo, un despertar que me
permita ver la realidad con claridad, libre de engaños y distracciones
mundanas. Creo que su manifestación más pura es la paz absoluta, ese estado de
felicidad permanente.
¡Vaya desafío!
Mis creencias sobre Ti han
cambiado a lo largo de los años. De niño, te imaginaba como me enseñaron: un
Señor anciano, vestido con túnica blanca, con el cabello y la barba igualmente
blancos, que todo lo ve y quiere que seamos buenos. Me aterraba tu mirada
constante, pues no podía esconderme de Ti como lo hacía de mi madre cuando
cometía alguna travesura. Peor aún, tenía miedo de morir, porque el infierno
parecía una condena inevitable.
Luego, en la adolescencia, el
terror se convirtió en pavor, horror y espanto. Ya no hacía tantas travesuras,
pero me masturbaba a diario, sintiéndome culpable por quebrantar mandamientos:
Actos y pensamientos impuros, desear a la mujer del prójimo, no santificar las
fiestas y, peor aún, no te amaba. Te temía. Y como tampoco me amaba mucho a mí
mismo, pues me juzgaba sin piedad, estaba claro que no amaba a mi prójimo. Era
evidente: “estaba condenado”.
Pero vivir en ese estado de
pavor permanente era insostenible. Así que tomé una decisión drástica: dejé de
pensar en Ti.
“Si no te miraba, no sufría”. Al
menos, podía disfrutar sin culpa de mi propia existencia y del éxtasis de mis
orgasmos sin sentirme culpable.
Durante años viví sin que
ocuparas mi pensamiento. Me cuestionaba tu supuesta bondad. ¿Cómo podías ser
misericordioso y al mismo tiempo condenar a tus hijos al fuego eterno? Ese Dios
me parecía más farisaico que Judas y Caifás juntos.
Y así fue... hasta que la
espiritualidad me encontró.
El yoga, la meditación y el
silencio interior me hicieron replantear todo. Tuve que desaprender. Primero,
comprendí que las religiones—aunque necesarias porque nos hablan de Ti—también
están llenas de intereses, reglas y estructuras humanas. Me alejé de dogmas y
doctrinas para redescubrirte en mi interior.
Segundo, construí nuevas
creencias.
Y menos mal, porque en ellas ya
no hay mandamientos, ni pilares, ni leyes, ni normas. Sólo un principio
fundamental: somos lo mismo, y debemos amarnos como Tú nos amas.
Por un tiempo, pensé que ya lo
tenía todo hecho. ¡Meditaba hasta cuatro horas diarias! Me sentía cerca de la
iluminación.
Pero como decía Alfonso X el
Sabio: "Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen."
En la espiritualidad no se trata
de saber, sino de vivir, experimentar y transformar. Es un camino que no solo
se aprende, sino que se aplica e interioriza en cada acción y pensamiento.
Por eso sé que, estoy lejos de
la iluminación. Pero al menos, ahora lo sé.
Gracias Señor.
viernes, 5 de abril de 2024
UTTARABODHI MUDRA (Mudra de la iluminación)
UTTARABODHI MUDRA (Mudra de la iluminación)
La
práctica de este mudra trae paz a la mente.
Es el mudra ideal para
aquellos que quieren alcanzar la paz y quieren experimentar el proceso de
alcanzar la iluminación.
Cómo
se hace:
Junta
las palmas de las manos.
Luego,
comienza a entrelazar los tres últimos tres dedos (los dedos medio, anular y
meñique).
Mantén
los pulgares e índices cómodamente extendidos.
Ahora,
apunta los pulgares completamente hacia abajo para que los dedos índices
apunten exactamente en la dirección opuesta (verticalmente hacia arriba) y los
pulgares apunten verticalmente hacia abajo.
Sirve
para:
Se
puede practicar cuando sientas que necesitas refrescar tu mente, cuerpo y alma.
Si
quieres mejorar tu toma de decisiones.
Si
quieres alcanzar la iluminación.
Puedes
practicarlo para permanecer atento.
Duración:
Es
recomendado entre 20 y 40 minutos diarios.
Puede
hacerlo de una sola vez o en tres veces de 10 y 15 minutos.
Hazlo
mientras dura tu meditación.
Ayuda a mantener la mente fresca, especialmente cuando vas a realizar una tarea que requiere demasiada atención.
Energiza el cuerpo, el alma y la mente.
Ayuda
a mantener la mente en un estado muy pacífico.
La
única razón por la que le llamamos "El mudra de la iluminación es porque
practicándolo durante un período prolongado, eventualmente, puede llevar a un
practicante a un estado de iluminación.
Ayuda
a mantener pensamientos menores.
Mejora
la capacidad de tomar las decisiones correctas.
Mejora
la inmunidad del cuerpo.
domingo, 5 de noviembre de 2023
Espiritualidad/Iluminación (2 de 2)
Ser espiritual
implica, por tanto, el reconocimiento de que hay una dimensión inmaterial o
trascendente en la vida, que va más allá de lo físico y lo material.
Este es un aspecto
que tengo claro. Sé que soy un punto de luz dentro del Torrente de Luz que es
Dios. Se que soy un alma inmortal viviendo, por un corto espacio de tiempo, una
experiencia dentro de un cuerpo. Llegado a este punto, una pregunta revolotea a
mi alrededor, ¿estoy viviendo con respecto a ese conocimiento teórico? La
respuesta es “no”, porque si viviera de acuerdo a mi propia esencia, es decir,
como un alma inmortal, no tendría que estar planteándome, de manera permanente,
que es la espiritualidad, que es la iluminación, que es lo que tengo que hacer
para llegar a final de mes o porqué mi vecino se comporta de determinada
manera, porque todo estaría bien, todo sería perfecto, ya que todo procede del
Origen que es Dios.
Entre las frases
de Pierre Teilhard de Chardin, que fue un religioso jesuita, paleontólogo y
filósofo francés, que vivió entre los siglos XIX y XX, hay una que se repite, a
diestro y siniestro, y que resume de una manera clara y sencilla la naturaleza
humana: "No somos seres humanos
viviendo una experiencia espiritual, somos seres espirituales atravesando una
experiencia humana".
Ser espiritual implica,
también, buscar un sentido o propósito a la existencia, que nos ayude a
enfrentar los desafíos y las dificultades con esperanza y optimismo.
Durante mucho,
muchísimo, tiempo he estado buscando un propósito a la vida, algo que me
permitiera sentirme satisfecho con mi vida, pero, hasta el presente, no lo he
conseguido en su totalidad, porque siempre le encuentro un “pero” a todo lo que
hago. ¿Tendría que dedicarme a la sanación?, ¿tendría que enseñar el camino a
otros que estén tan perdidos como yo?, ¿tendría que meditar retirado del
mundo?, ¿tendría que escribir para compartir mi experiencia con muchas más
personas? Ahora tengo la respuesta a esas preguntas, si, si he de hacer todo
eso, pero no es suficiente, falta algo.
Y ese algo es
integrar todo el conocimiento teórico en cada una de las células de mi cuerpo,
para pensar y actuar, de manera automática como el ser espiritual que soy.
Resumiéndolo en una sola línea, puede ser tan espiritual cocinar un estofado de
lentejas como meditar. La clave está en la actitud y, sobre todo, en la
presencia. Si el pensamiento y la acción están presentes en la cocina,
cocinando las lentejas, no hay ninguna diferencia con la actitud que se trata
de mantener en la meditación: “Siempre presente”. A fin de cuentas, la
meditación tendría que ser una manera de vivir, no una actividad a la que
dedicar unos minutos al día. Se trata de vivir el presente en los minutos de
meditación y en las horas restantes del día.
Si se vive la vida
en la materia de acuerdo a esa espiritualidad que ya reside en nuestro interior
podremos gritar a los cuatro vientos que estamos viviendo la espiritualidad,
porque habremos conectado con nuestra esencia o naturaleza más profunda. Esa
que nos hace únicos e irrepetibles.
A partir de aquí, debe ser más fácil desarrollar una
actitud de amor, compasión, gratitud y servicio hacia nosotros mismos y hacia
los demás, respetando la diversidad y la dignidad de cada ser vivo, que es la
base de la iluminación, para cultivar una práctica personal que nos permita
expresar y alimentar nuestra espiritualidad, como puede ser la meditación, la
oración, el arte, la música, la naturaleza o cualquier otra actividad, como
cocinar las lentejas, que nos haga sentir plenos y felices.
Aunque muchas
religiones se arrogan la exclusividad de la espiritualidad, esta no es
exclusiva de ninguna religión ni doctrina, sino que es una dimensión humana
universal que puede manifestarse de diferentes formas.
Ser espiritual no
significa renunciar al mundo ni a sus placeres, sino vivirlos con conciencia y
responsabilidad. Ser espiritual tampoco significa ser perfecto ni superior a
los demás, sino ser auténtico y humilde. Ser espiritual es un camino de
crecimiento personal y colectivo, que nos invita a descubrir y compartir lo
mejor de nosotros mismos.
Sin embargo,
descubrí que con ese conocimiento no era suficiente. Saber que la iluminación
es un estado de profunda comprensión, conciencia y paz interior, que lleva a
que la persona trascienda el propio ego y experimente una conexión profunda con
lo divino o lo universal, no era suficiente. Era imprescindible practicar para
llegar a integrar esos términos teóricos en hábitos que movieran mi vida.
Todos los que se
dicen espirituales tienen un gran conocimiento teórico de este tema. Yo sabía
que no eran suficientes las técnicas aprendidas en el centro de yoga, porque no
se trataba de practicar ninguna técnica. Hacía falta algo más, era
imprescindible pasar de la teoría a la práctica, porque “más vale un gramo de práctica que una tonelada de teoría”. Había
leído, hasta entonces, muchos libros sobre espiritualidad y no soy consciente
de haber avanzado mucho, es imprescindible poner en práctica lo aprendido. Necesitaba
encontrar un referente del que aprender a conducirme y un modelo a quien
imitar.
En mi búsqueda, de
un referente, fui descartando a muchos que eran famosos por sus escritos, pero
de los que no conocía como era su comportamiento ante la vida, por lo que se
fue reduciendo la lista hasta dejar a un solo personaje, que es el paradigma
del amor: Jesús de Nazaret: Personaje central del cristianismo, la religión más
extendida del mundo y, la mía por nacimiento. Sus enseñanzas se basan en el
amor a Dios y al prójimo, la justicia, la misericordia y el perdón.
Fue analizando la
vida de Jesús, cuando fui consciente de que alcanzar la iluminación, en esta
vida, para no volver a encarnar, era una quimera. Comprendí que son necesarias
varias vidas para integrar en cada una de las células del cuerpo la energía del
amor. Porque, a fin de cuentas, solo se trata de amar y no amamos mucho, porque
no se ama cuando se juzga, cuando se critica, cuando se pierde la paciencia,
cuando se teme, cuando se siente culpa, cuando la alegría ajena no causa
alegría, cuando se siente rabia, cuando se siente decepción o frustración por
no conseguir un deseo, cuando se siente indiferencia que es opuesta a la
compasión, a la empatía o la solidaridad.
Así que, mucho me temo que, me volveré a encontrar en otra vida con alguno de ustedes que están, ahora leyendo estas líneas.
(Del libro "Dame tu mano, te mostraré la vida" de Alfonso Vallejo Gago)
martes, 24 de octubre de 2023
Espiritualidad/Iluminación (1 de 2)
Recorriendo ese
camino que nos acerca, a todos, a la madurez de la vida, (porque la vida no se
detiene), comencé, de manera inconsciente, un tránsito desde la religiosidad a
la espiritualidad, desde la teatralidad externa hacia la paz interior, tratando
de liberarme de la culpa que genera el pecado para vivir en libertad.
A pesar de nacer
en el seno de una familia católica, cuando pude tomar decisiones por mi cuenta,
dejé de cumplir algunos de los preceptos de mi religión. Eso no quiere decir
que no fuera admirador, amante y temeroso de Dios. Lo era. Pero no lo era tanto
de sus representantes. Siempre me han parecido más seguidores de Caifás que del
mismo Dios, predicando una cosa y haciendo lo contrario.
Agobiado y
estresado por un trabajo muy demandante me inscribí en un centro de yoga, con
el único objetivo de aliviar mi estrés y aprender alguna técnica que me
permitiera adquirir algún tipo de dominio sobre mi mente.
Allí fue donde
comencé a escuchar el termino espiritualidad, disociado de la religión y con
una definición propia y diferente de lo religioso. Y asociado a la
espiritualidad descubrí un nuevo concepto, el de iluminación espiritual.
Con mi escaso
conocimiento del tema comencé a pensar que yo quería alcanzar la iluminación,
porque creía, y sigo creyendo, que quien alcanza la iluminación ya no vuelve a
encarnar más en la materia por haber finalizado su aprendizaje en la Tierra. La
vida siempre me ha parecido un poco monótona, con algunos picos, (pocos), de
éxtasis, y algunos valles, (muchos más), de sufrimiento e, incluso, de
sufrimiento intenso.
Con el paso de los
años, comencé a ser consciente de que no solo los representantes de las
iglesias se comportaban como Caifás, sino que muchos representantes de la
espiritualidad también. Por lo tanto, necesitaba un conocimiento, mucho más
profundo, de lo que significaba ser espiritual y alcanzar la iluminación, del
que tenía hasta entonces. En realidad, lo que necesitaba era práctica y un
modelo creíble al que seguir.
Aprendí, de una
manera teórica, que ser espiritual es una forma de vivir y de relacionarse con
uno mismo, con los demás y con el mundo y que, no hay una única definición de
lo que significa ser espiritual, ya que depende de las creencias, valores y
experiencias de cada persona.
(Del libro "Dame tu mano, te mostraré la vida" de Alfonso Vallejo Gago)
domingo, 23 de octubre de 2022
Yo deseo.....
Lunes 17 de octubre 2022
Para entender
un pensamiento tan loco es bueno saber cuáles eran mis más íntimas
aspiraciones. Esas con las que soñaba, sobre todo, despierto en mis sueños
solitarios. Aunque, como todos los seres humanos, deseaba tener más dinero,
vivir en una mansión, poder viajar por el mundo cuando me apeteciera y, algún
capricho más que mi insaciable deseo se encargaba de ir presentando, no pasaban
de ser pensamientos, tan fugaces, como esas estrellas que, algunas veces, adornan
el firmamento, porque mi auténtico sueño, mi más íntimo deseo, “a pesar de ser
un hombre”, siempre, ha sido alcanzar la “iluminación”, si es que eso existe,
llegar a la Luz, poder hablar con los seres del “otro lado” de la vida,
desarrollar la bondad y el amor en su total plenitud y, teniendo en cuenta que
soy sanador, también soñaba con tocar a las personas y saber si iban a sanar o
no y saber qué es lo que tenían que hacer para que tal cosa sucediera. En
realidad, podría resumir tal cúmulo de necedades en dos palabras “crecer
espiritualmente”, ya que eso es lo que yo más deseaba.
Ahora que releo
el párrafo anterior me doy cuenta de que soy un “babau”, en toda la extensión
de la palabra. Pero voy a dejar el párrafo tal cual está, porque realmente esos
son mis sueños. Si, ya sé, además de babau soy un iluso.
Decía que “a
pesar de ser hombre”, porque, por norma general, los hombres estamos tan
ocupados en demostrar nuestra hombría que no tenemos tiempo que perder en
estupideces, como la evolución, el crecimiento personal o la espiritualidad.
Yo he sido uno
de esos hombres durante una buena temporada de mi vida. Afortunadamente, en el
último tercio de mi vida, algo ha cambiado. Supongo que, para bien, porque me
siento en paz, sin estrés, sin tener que estar demostrando mi hombría o mi
valía a cada instante. Hago lo que me apetece, siempre dentro de un orden,
porque trato de satisfacer, a mi esposa y a mi hijo, aunque no siempre lo
consiga.
Esto de no
conseguirlo a veces, es, para mí, una prueba inequívoca de que todavía me
falta un buen trecho en mi camino hacia esa Luz a la que aspiro.
Pero siguiendo
el hilo de lo que son mis sueños, que hoy once años después permanecen
intactos, me hice un planteamiento siguiendo el pensamiento aparecido con la
lectura del libro: Si realmente me están esperando en algún sitio y si lo que
yo quiero es progresar espiritualmente, ¿qué pasaría si me fuera a vivir a
algún lugar influenciado por la kundalini de la Tierra?, es posible que fuera
más fácil ese crecimiento.
El pensamiento
estaba ahí, pero sin mucha fuerza, debido, sin duda, a que era la primera vez
que aparecía. Seguí meditando con el inca, porque seguía apareciendo en cada
meditación.
jueves, 1 de junio de 2017
Despertar
Y en todos los cursos, lecturas, talleres y prácticas, que rozan, aunque solo sea superficialmente la espiritualidad, nos hablan de la necesidad de despertar, ya que mientras el ser humano permanezca dormido, es claro que no se va a enterar del “porqué de la vida”.











