Un espacio sagrado para escuchar la voz interior y despertar la presencia que habita en ti.
Presencia y Palabra
domingo, 15 de marzo de 2026
sábado, 26 de julio de 2025
Nacimiento y muerte
¿Hay algo en el mundo que esté al abrigo
de cambio?, la tierra, el cielo, toda la inmensa maquinaria del universo no
están exentos de cambios, aun siendo la obra de Dios mismo.
No, el mundo no conservará siempre su
orden actual; día vendrá que lo desvíe de su curso. Todos los seres tienen
periodos marcados: deben nacer, crecer y perecer. Esos astros que veis moverse
por encima de nosotros, esa tierra en que estamos confusamente esparcidos y nos
parece tan sólida, todo ello está minado sordamente y ha de tener un fin.
No hay nada que no tenga su vez, su
decrepitud, su término; aunque en épocas diferentes, el fin le espera a todo lo
que existe. Todo lo que es acabará por no ser, pero el mundo no perecerás por
eso: se disolverá. La disolución, para nosotros, es la destrucción.
En efecto, nosotros no consideramos,
sino lo que está muy cerca de nosotros: nuestra alma, bastardeada, y que no
sabe desprenderse del cuerpo, no ve más allá; pero soportaríamos con muchas más
firmeza la idea de nuestro fin y la de nuestros prójimos, si estuviéramos persuadidos
de que la naturaleza no es más que una sucesión de nacimiento y, muerte; de que
los cuerpos compuestos se disuelven; de que los cuerpos compuestos se reconstituyen,
y de que es en este círculo infinito donde se ejerce el poder del Dios moderador
del universo.
LUCIO ANNEO SÉNECA
miércoles, 11 de junio de 2025
La muerte es un alivio
Querido Dios:
Hay días en los que,
sinceramente, pienso en la muerte como un bálsamo para el alma cansada. La idea
de que, al cerrar los ojos para siempre, desaparecen las preocupaciones, el
sufrimiento, las injusticias e incluso el tiempo, me resulta tentador.
Contemplo la muerte como una liberación, un descanso eterno donde las luchas
cesan y el alma encuentra una paz absoluta. Es como si imaginar ese estado me
ofreciera un alivio momentáneo en medio del caos.
Sin embargo, en mi
corazón sé que mirar la vida desde esta perspectiva puede llevarme por un
camino peligroso. La vida, aunque complicada y a veces dolorosa, es un regalo
invaluable, un lienzo donde se dibujan momentos de felicidad, de amor, de
belleza y de aprendizaje. Reconozco que es fácil perderse en el ruido y la
confusión del día a día, olvidándose de las pequeñas maravillas que nos rodean:
una sonrisa que ilumina el día, el aroma único de una flor en primavera, la
caricia cálida del sol sobre la piel, o incluso una conversación profunda que
toca el alma y renueva la esperanza.
Me pregunto
constantemente si estoy viviendo de manera adecuada. ¿Estoy aprovechando
realmente cada día como la oportunidad que es para buscar la paz, la plenitud y
la conexión con quienes amo? ¿Estoy permitiéndome ver el mundo con ojos llenos
de gratitud y no solo con un filtro de preocupaciones? ¿Estoy haciendo lo
suficiente por valorar este don precioso que me has dado? Me cuestiono si estoy
encontrando un equilibrio auténtico entre aceptar que la mortalidad es parte
intrínseca de mi existencia y disfrutar profundamente cada instante que tengo
el privilegio de vivir, por fugaz que sea.
Te escribo con
humildad y esperanza, buscando claridad y fortaleza en medio de mis dudas. Sé
que no soy el único que se enfrenta a estos pensamientos, y a veces eso mismo
me reconforta: el saber que, en nuestra vulnerabilidad, todos los seres humanos
compartimos una conexión común. Pero incluso así, hay momentos en los que la
incertidumbre pesa demasiado y necesito algo más que palabras de consuelo.
Necesito sentir tu presencia, tu guía, tu sabiduría para entender cómo afrontar
los altibajos de este mundo sin perder la perspectiva y la fe.
¿Cómo puedo vivir
plenamente mientras soy consciente de lo efímera que es esta existencia? ¿Cómo
puedo aceptar la inevitabilidad de la muerte sin que me robe el entusiasmo por
vivir? ¿Cómo hallo la serenidad para enfrentar los desafíos y, a la vez, la
valentía para soñar, para amar, para entregarme al momento presente sin
reservas?
Por favor, ilumina mi
corazón y mi mente. Ayúdame a encontrar propósito y significado en cada pequeño
detalle, en cada amanecer que despierta nuevas posibilidades, en cada sonrisa
que refleja la bondad de tu creación. Ayúdame a ver la luz incluso en los días
más oscuros, a sentir esperanza cuando todo parece perdido, y a encontrar paz
incluso en medio de las tormentas. Porque sé que, aunque a veces parece llena
de sombras, esta vida también está llena de luz, de amor y de oportunidades
para crecer y florecer.
Gracias por
escucharme, por estar siempre presente, incluso cuando yo me olvido de ello.
Gracias por el regalo de la vida, con todas sus dificultades y todas sus
maravillas. Gracias por los momentos de silencio en los que puedo sentirte más
cerca, por los instantes de belleza que me recuerdan que tu amor está en todas
partes.
Tu hijo que te busca,
que te necesita, que confía en ti.
CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo
lunes, 13 de enero de 2025
Hoy es tu cumpleaños y no estás
Hoy
es tu cumpleaños, pero no podemos celebrarlo. Ya no estás, te fuiste de mi lado
hace casi tres meses, exactamente dos meses y veintidós días. Un cáncer se
encargó de separarnos.
Aunque
un loco vestido de blanco, al que acudí para aliviar mi dolor, me dijo que no habías
muerto, que estabas más viva que antes, que solo había muerto tu cuerpo, pero
tú, la que piensas y la que amas, estás viva, sin dolor, sin edad, sin hambre,
sin sueño, sin sufrimiento, viviendo la alegría y el Amor de manera permanente.
No le abofeteé
porque no tenía fuerzas y, supongo que envalentonado porque le seguía
escuchando, aun dijo más: dijo que podías verme a cada instante, dijo que cada
noche nos volvíamos a reunir y que hablábamos y que me decías que dejara de
sufrir, que ahora eras feliz plenamente y que me amabas con mucha más
intensidad que cuando estabas conmigo, dijo que veías mis emociones y hasta mis
pensamientos
Como esa parte
en la que me decía que ahora eres plenamente feliz y que me amas con más
intensidad, me gustó, le presté un poco más de atención, mientras pensaba: “si
ve mis emociones y mi pensamiento podrá ver cuanto la amaba y cuanto la añoro”.
Ese pensamiento
lo expresé en voz alta y el sanador me dijo: todo es energía. Ella lo es ahora
aun más y los pensamientos y las emociones que también lo son, no tienen ningún
secreto para los que están al otro lado.
La verdad,
desde ese momento, ya no me parecía tan loco, y le observaba mientras hablaba.
Es un hombre mayor y desprendía bondad, su aspecto era sereno, hablaba bajito
como si tú estuvieras dormida y tuviera miedo despertarte, parecía emanar
respeto por cada poro de su piel, respeto hacia ti, respeto hacia mí, respeto
hacia todo.
Posiblemente
tenía razón, aunque me costaba creerle, porque nunca nadie me había dicho tales
cosas. Yo creía en la resurrección de los muertos, al final de los tiempos,
como me habían enseñado en la iglesia desde que tengo uso de razón. Así que, si
esto que dice es verdad, no podrá resucitar nadie, porque nadie está muerto.
Y aun dijo algo
más: Personalmente creo que es ahora cuando estamos muertos y, si me apuras,
podríamos decir que estamos en el infierno, porque esto que tú estás pasando,
¿no es un infierno?
- Está claro que la
amabas -sentenció- Por lo tanto, si la amabas con tanta intensidad seguro que
deseas lo mejor para ella.
- La amaba y la amo -respondí-
y por supuesto que siempre deseé lo mejor para ella.
-
Pues que mejor -respondió-
que estar al lado de Dios.
Sali de su
consulta mucho más aliviado, relajado, en paz. Con una meditación bajo el brazo
para realizar cada día,
- Para que la hagas, me
dijo, cada día, así podrás entrar en tu interior y reencontrarte con ella en tu
silencio.
Concerté una
nueva cita para la semana siguiente. Tenia ganas de volver para saber más de la
vida y, también, de la muerte.
Seguiré
pensando en ti, aunque creo que más serenamente. Te amo.
viernes, 10 de enero de 2025
Manual de vida
Desde que somos pequeños, nos enseñan a comportarnos en la mesa, a cómo comportarnos en las visitas, nos enseñan a sumar, a restar, a dividir, a multiplicar y un sinfín de cosas más que parecen cruciales para enfrentar los desafíos que la vida nos presenta a medida que crecemos. Nos instruyen en los fundamentos matemáticos y sociales, pero pocas veces nos enseñan a ser verdaderamente humanos.
No nos enseñan a ser niños, a ser adolescentes, a ser adultos, a ser padres o hijos, a ser jefes o subordinados. Tampoco nadie nos prepara para manejar nuestras emociones, entender lo que es el amor, vivir plenamente o comprender el sentido profundo de nuestra existencia. Y ahora, con más claridad que nunca, me doy cuenta de que tampoco nadie nos enseña a morir.
La vida es un viaje lleno de aprendizajes constantes y desafíos que afrontamos sin un manual de instrucciones. Cada etapa de nuestra existencia nos presenta nuevas lecciones y retos, y aprendemos sobre la marcha, construyendo nuestro propio camino a través de la experiencia. En esta travesía, nos damos cuenta de que lo verdaderamente importante no es seguir un guion preestablecido, sino encontrar nuestra propia verdad y significado en cada paso que damos.
En algún momento de mi vida, no puedo decir cuándo ni cómo, reflexionando profundamente sobre estos temas, llegué a comprender que, aunque no hay certezas absolutas ni respuestas fáciles, lo que realmente importa es la forma en que enfrentamos cada momento, con valentía, amor y autenticidad. Porque al final del día, la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda, y nuestro propósito radica en abrazar ambas con sabiduría y compasión.
Y así, en esta búsqueda constante de sentido y propósito, aprendemos que no se trata de tener todas las respuestas, sino de vivir cada instante con plena consciencia y corazón abierto. Tal vez, el mayor aprendizaje de todos sea reconocer que la belleza de la vida reside en su imperfección y en la capacidad de encontrar significado en cada experiencia, por pequeña que esta sea. Es en estos momentos de reflexión y crecimiento interior donde realmente hallamos el valor de nuestras vidas, y así, construimos un legado de amor y sabiduría que trasciende el tiempo y el espacio.
miércoles, 27 de marzo de 2024
El arte de vivir
La felicidad, el bien vivir y el bien
morir, son un arte que hay que aprender y, como no nos lo enseñan desde la cuna, hemos de aprenderlo ahora.
Desde la cuna, nuestros padres,
nuestros educadores, las religiones, y la misma sociedad nos han enseñado
aquello que ellos han aprendido y que consideran imprescindible para poder
desarrollarnos en sociedad, e incluso lo necesario, para triunfar en esta,
nuestra sociedad, tan competitiva. Nos han enseñado que la única manera de
tener éxito es generando y manteniendo un esfuerzo constante, es realizando un
trabajo excesivo, es renunciando a nuestro propio placer, porque eso es
egoísmo. Nos han enseñado que sólo se puede aprender son sufrimiento, que la letra
con sangre entra, que antes de hacer hemos de pensar en “que pensara la gente”.
Es mentira, ¡nos han engañado!
El aprendizaje es una diversión, el
éxito no se persigue, el verdadero éxito llega cuando dejamos de ofrecer
resistencia, cuando no nos agarramos a la vida, porque agarrarse a la vida
persiguiendo el éxito, es perder el éxito y la vida. Hay que romper las
compuertas y limpiar el cauce de escollos para dejar que la vida fluya, sin
paralizarse en el tío vivo de los propios pensamientos, hay que detener el
carrusel de la mente y bajar.
Dejar que la vida fluya, es aceptar. Fluir,
aceptar, no quiere decir cruzarse de brazos con resignación, no, quiere decir
que hemos de elegir la paz en lugar del miedo, quiere decir elegir la
alegría en lugar de la tristeza, quiere decir elegir la acción en lugar de
las dudas, quiere decir que lo importante es la felicidad y no el pensamiento
de los que nos rodean, quiere decir que hemos de elegir el amor ante cualquier
otra circunstancia, quiere decir “si”, “si a la vida”.
Un buen trabajo sería empezar a
aceptarnos a nosotros mismos y empezar a presentarnos ante los demás tal como
somos, sin máscaras.
Para eso te propongo algo nuevo, algo
que seguramente no has hecho nunca: Colócate delante de un espejo y observa la
expresión de tu cara. Toma conciencia de tu expresión, no juzgues si es un
rostro serio, si es lánguido, si parece enfadado……… sólo observa.
Empieza a decir cosas hermosas a ese
rostro que se refleja en el espejo: “Guapo, guapa”, “Te quiero”, “Que ojos tan
bonitos”, sonríe y empieza a ver como es tu rostro cuando sonríes. No juzgues
nada, no busques el por qué de nada, sólo quiérete, solo acéptate, y podrás
observar como tu rostro se relaja y cambia. Haz este ejercicio durante cinco
minutos cada día antes de tu meditación y que sea, luego, ese rostro el que sacas
de casa para presentarte ante el mundo.
A partir de tu propia aceptación, será más fácil aceptar la vida. Poco a poco, vete desterrando el “no”, empieza a utilizar el “si” con esa sonrisa que practicas en el espejo, empieza a aceptar los cambios de la vida sin oponerte, empieza a decidir sin darle vueltas y más vueltas que solo sirven para envenenar tu mente, empieza a vivir.
miércoles, 14 de febrero de 2024
Popurrí (Alma, ego, vida, muerte, felicidad, etc.)
Tenía una idea, pero
no puede expresarla en un solo día. Fueron 3 los días que tardé en expresar la
idea y al final, la idea se desvirtuó y salió este popurrí.
Una creencia es una
actitud mental que consiste en aceptar una idea o una teoría, considerándola
verdadera, sin tener el conocimiento o las evidencias de que sea o pueda ser
cierto.
Los seres humanos
tenemos en nuestro baúl de almacenaje mental una gran cantidad de actitudes
mentales de este tipo. Con ellas intentamos complacer nuestras necesidades, a
través de algún tipo de explicación más o menos verosímil.
Las creencias pueden
cambiar y evolucionar, pueden desaparecer y generarse nuevas creencias. Hay que
tener en cuenta que solo son un pensamiento y, ya conocemos la volatilidad del
pensamiento.
He hecho un repaso de
mis creencias, (son un montón), para reflexionar sobre ellas, para actualizar
las que están desactualizadas, para modificar las que han ido evolucionando con
el tiempo y para borrar de un plumazo aquellas que son inservibles y,
completamente inútiles.
Y voy a comenzar con
la que tenía que ser la última: La muerte. El pensamiento de que las creencias
sobre la muerte tendrían que aparecer en último lugar solo es porque llega a
nosotros como desenlace de la vida. Es como la bajada del telón en una obra de
teatro.
A fin de cuentas, la
vida es como una obra de teatro.
Se abre o se levanta
el telón en el nacimiento. Alguien podría pensar, creencia), que el neonato
llega a la vida sin participación alguna por su parte. Tremendo error, (otra
creencia), el bebé llega a la vida en el momento preciso, (día y hora), en el
que él establece, en el lugar que él ha decidido, con la forma física necesaria
para llevar a cabo el trabajo organizado por él y con los padres consensuados,
que suelen ser almas que están encarnando con ese bebé en el 99% de sus vidas,
en diferentes papeles.
Cuando llegamos a la
vida lo hacemos con el libreto, marcado a fuego, en el alma, en el que aparece
reflejado el trabajo, escrupulosamente, planeado, para llevar a buen puerto, cada
una de las actividades con las que se va encontrando el actor en cada una de
las diferentes escenas que completan los diferentes actos de la obra de su
vida.
El alma conoce el
guion de la vida, pero quien tiene que controlar y gobernar la vida, que es el
ego, no solo tiene un total desconocimiento del guion, sino que ni tan siquiera
conoce que tal guion exista.
El ego es una especie de identidad personal
que construimos a partir de nuestras enseñanzas, creencias, experiencias,
deseos y necesidades. El ego es esa parte de nosotros que dice “yo soy”, “yo
quiero”, “yo pienso”.
El ego es como un caballo salvaje que
campa a sus anchas por nuestra propia vida eligiendo los acontecimientos para
involucrar a su dueño sin tener en cuenta el plan de vida del alma, porque lo
desconoce. Ni que decir tiene que el plan establecido por el alma, no se va a
cumplir en su totalidad y, suerte tendrá si que cumple, al menos, en una parte.
Y al finalizar la obra,
tan contradictoria, de su vida, se cierra el telón, es decir, aparece la
muerte. En ese momento finaliza el plan que había establecido el alma para la
vida que acaba de finalizar. Habrá que esperar a otra oportunidad, (una nueva
vida), para retomar el trabajo.
El ser humano, durante
todo el tiempo de vida, de esa vida, de la que desconoce que tiene un plan
establecido, en el que aparece un trabajo a realizar y un conocimiento que
adquirir, lucha con todas sus fuerzas para conseguir algo que casi nunca
consigue: la felicidad.
Es triste. El ser
humano no solo no consigue completar el plan establecido por el alma, sino que,
ni tan siquiera consigue llevar a buen puerto el plan terrenal que el ego se ha
marcado como objetivo.
Lo que el ego no sabe
es que tiene al alcance de la mano la consecución de cualquier objetivo
emocional que se proponga, siempre y cuando sea capaz de reconocer y aceptar
sus propias limitaciones, necesidades y deseos, siempre y cuando sea capaz de
trascender su propia ilusión y de conectarse con su verdadera esencia, que es
conciencia sin forma, paz y amor.
Y para que eso ocurra,
el ego solo tiene que activar una nueva función en su mente: Aceptar.
La aceptación es una
actitud que consiste en reconocer y asumir una situación, un pensamiento, una
emoción o un aspecto de uno mismo o del mundo, sin intentar cambiarlo o evitarlo.
La aceptación puede ayudarnos a afrontar mejor los problemas, a aprender de
nuestras experiencias y a encontrar una mayor paz interior. La
aceptación no significa resignarse o conformarse con lo que nos ocurre, sino
asumir la realidad y buscar soluciones o alternativas.
Esa actitud de aceptar
que nos ayuda a encontrar paz interior es la antesala de la felicidad. Así el
objetivo principal del ego estará cumplido.
miércoles, 31 de enero de 2024
Memento mori
La muerte es algo que no debemos
temer porque,
mientras somos, la muerte no es,
y cuando la muerte es, nosotros no
somos.
(Antonio Machado)
Los
seres humanos nos encontramos inmersos en una desenfrenada carrera hacia una
meta desconocida. ¿La nada?, ¿la muerte?, ¿Dios?
Pero
no solo es desconocida la meta, tampoco sabemos quién nos ha puesto en carrera,
ni sabemos para que corremos. No sabemos nada, solo que tenemos que seguir
corriendo, porque estamos subidos en una cinta sin fin que es la vida, que no
se detiene ni un instante
Aunque,
en realidad, la meta de la vida no es tan desconocida. Porque no sabremos
porque corremos, pero si sabemos que la carrera se acaba cuando, por alguna
causa, existe una incapacidad total para que se realicen los procesos
biológicos, que son los que animan la vida del cuerpo. Y ese es el final de la
carrera.
Parece
fácil deducir, por lo tanto, que la meta del ser humano es la muerte, pero, ¿después?,
¿después hay nada o existe una vida diferente?
Somos
muchos, ya, los que creemos que la muerte no es el final, sino una transición
hacia otro estado o dimensión. Como decía Mahatma Gandhi: “Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería
una burla cruel”.
Pero,
si al final de la vida física del cuerpo existe otra vida, (que podríamos
llamar la vida del alma), entonces si que sería bueno saber para que corremos,
para que vivimos, porque estar en la vida sin una razón, no solo parece una
burla, parece ridículo.
Si
nos asomamos a la ventana de la vida, solo para observar el mundo, podremos
comprobar que la vida es mucho más que ridícula. Es inhumana, despiadada, sanguinaria,
salvaje, violenta, atroz, sin una pizca de piedad, de compasión, de
misericordia, de humanidad.
No
puede ser esta sociedad sin entrañas la razón de la vida, ni sus líderes
políticos, religiosos o de opinión, un referente o modelo a seguir. La razón de
la vida no puede ser morir o matar, no puede ser robar, no puede ser mentir. La
razón de la vida tiene que ir en consonancia con la vida del alma, esa que nos
espera al otro lado de la muerte.
Y según lo que narran
los que han estado, algún ratito, es ese otro lado, por experiencias cercanas a
la muerte, todo lo que se vive en ese otro estado o dimensión es amor.
Por lo tanto, vamos a
pensar y a creer que la razón de la vida es aprender a amar y pongamos manos a
la obra, porque cuantos más seamos amando, podremos influir en el mundo más que
los ambiciosos líderes que nos manipulan a su antojo, escondidos tras la máscara
de los votos.
domingo, 5 de noviembre de 2023
Viaje a la eternidad
Cuando pienso en la muerte mi mente asocia ese pensamiento, de manera
inmediata, con un viaje.
Un viaje hacia lo desconocido, hacia un lugar, del que, curiosamente, no
guardo ningún recuerdo, a pesar de haber vivido en él desde antes del Eón
Haedico, que comienza su cuenta, con la formación de la Tierra, hace más de
4.700 millones de años.
De hecho, la palabra eón, en griego, significa eternidad. Y ese es el
tiempo, (una eternidad), que he permanecido en ese lugar que me espera, (a mí y
a todos), supongo que, con los brazos abiertos, ya que, con la escasa
información de la que disponemos, parece ser un lugar de paz, amor y hermandad.
Es increíble que no tengamos ningún recuerdo con el tiempo que allí
hemos permanecido. Que maravilla y que perfección el diseño del cuerpo humano,
lograr que tengamos un ordenador potentísimo, (nuestro cerebro) y no guarde
memoria de los avatares del alma.
A pesar de ser, desde aquí, desde la vida, un lugar desconocido, parece
ser que no se necesita aprender ningún idioma ni hacerse acompañar de
traductores, porque todos en él, hablan el mismo idioma, el idioma universal,
el idioma del amor.
Cualquier viaje y, sobre todo, si es importante, como este, despierta en
mí muchas emociones.
No puedo decir que espere el viaje con ilusión, porque si me atengo a la
definición de la palabra: “Esperanza, con
o sin fundamento real, de lograr o de que suceda algo que se anhela o se
persigue y cuya consecución parece especialmente atractiva”, tengo que
reconocer que, a pesar de lo monótona que me parece la vida, no anhelo ni
persigo la muerte. Pero es igual, porque, aunque yo no la persiga, está ahí, a
tiro de piedra, es la meta obligada para todos los peregrinos de la materia.
No es, por lo tanto, ilusión la palabra que mejor definiría la emoción
que me despierta la muerte. La emoción exacta es incertidumbre. Es, sin lugar a
dudas, la emoción más intensa que aparece cuando reflexiono sobre la muerte. Es
normal, no sé cuando va a suceder, ni como va a ser el proceso, como tampoco sé
que me voy a encontrar al otro lado. Trato de imaginar la vida “sin tiempo” y
“sin cuerpo”, pero soy incapaz de hacerlo sin mirar el reloj, (tiempo), que
permanece amarrado en la muñeca de mi brazo, (cuerpo).
Otras preguntas que me generan incertidumbre son ¿cómo será vivir
siempre en presente?, ¿cómo se verá la revisión de la vida?, ¿por cuantas
etapas tendré que pasar antes de llegar al final del trayecto?, ¿cuál será mi
actividad en ese lugar?
Aunque la incertidumbre puede generar ansiedad, miedo o estrés, no es el
caso. Puede más en mi la curiosidad, la posibilidad o no de sorprenderme y,
sobre todo, el aprendizaje que estoy haciendo, tratando de saber más de esa
nueva etapa en mi camino hacia Dios.
Otras veces, pienso divertido, que voy a ser el protagonista principal. No porque tenga, en ese momento el control de la situación, sino porque todos los reflectores estarán, enfocados en mi persona o, mejor, en el recuerdo de lo que fue mí persona. A mi que me hubiera encantado ser invisible, en esta vida, para pasar desapercibido, voy a ser el punto de mira y durante algunos minutos todos los que me conocen hablarán de mí. Espero que sea cierto que podemos tener conciencia de todo al “otro lado”, porque será muy divertido escuchar los comentarios, aunque si ahora que estoy vivo no me importan, ¡que me van a importar! una vez muerto.
viernes, 30 de junio de 2023
Eterna juventud
Miércoles 28 de junio 2023
“Por favor no toques mis arrugas.
Me costó mucho tiempo conseguirlas”
Anna Magnani
Hoy
es mi cumpleaños. Un 28 de junio, a las 11 de la noche, hora peninsular
española, asomé la cabeza a esta vida. No sé si es la primera vez que visito
este hermoso planeta o ya lo había visitado en anteriores ocasiones, aunque
creo que tampoco es muy importante saber si esta es la primera o la
“equisesima” vida.
Hace
algunos años, muy pocos, habría dado, con gusto, la mitad de la vida que me
quedaba por vivir, por saber algo de mis vidas anteriores. Hoy ya me da igual. A
fin de cuentas, si ha habido otras vidas, no tengo conciencia de ellas. Solo
tengo conciencia del peregrinaje que estoy realizando en esta y, puedo asegurar
que está siendo más duro de lo que nunca me hubiera imaginado. Y como todo el
trabajo que tengo que hacer he de hacerlo en esta vida y con este cuerpo, ¿para
qué ocuparme de otras vidas?, bastante tengo con ocuparme de esta.
Mi
despertar de esta mañana ha estado acompañado de un pensamiento digno de este
diario, de babau completo.
Yo
tengo claro, porque es una de mis creencias más arraigadas, de que todo es un
pensamiento, supongo que como muchos de los que os asomáis a esta ventana.
Este
ha sido mi pensamiento: Desde que nacemos, celebramos, año tras año, nuestro
nacimiento. Es decir, celebramos envejecer y, según las enseñanzas de la Ley de
la Atracción, está claro que estamos llamando a nuestra vida a la vejez, a la enfermedad y a la
muerte.
¿Qué
pasaría si al llegar a un determinado número de años de vida, nuestra
celebración no fuera por cumplir años, sino por descumplirlos?, ¿viviríamos
más?, ¿viviríamos mejor?, ¿erradicaríamos la muerte?
Si
el cuerpo responde a las órdenes que recibe, ¿Qué pasaría si las órdenes fueran
para rejuvenecer y no para envejecer?
Por lo tanto, si no
queremos que el cuerpo envejezca y muera, solo tenemos que cambiar la actitud. Digámosle
al cuerpo que va a vivir para siempre y así será.
Si trabajamos la Ley
de la Atracción para que nos llegue más dinero, una buena salud, una pareja
perfecta o unos hijos maravillosos, ¿por qué no atraer la eterna juventud?
sábado, 4 de marzo de 2023
Reflexiones
Sábado 4 de marzo 2023
Es tan hábil y rápido el pensamiento que, cuando le damos un poco de
espacio se desboca y nos presenta ideas de lo más variopintas, casi siempre
referidas a lo que podrían ser nuestros más íntimos intereses.
Esto es lo que ha pasado por mi mente, esta mañana, bajo el agua de la
ducha.
Cuando el ser humano encarna, lo hace sin memoria. Sin memoria de donde
viene, si es que viene de algún lugar; sin memoria de lo que viene a hacer en
la Tierra, si es que ha venido a hacer alguna cosa; sin memoria de cuál es su
trabajo, si es que tiene que desempeñar algún trabajo determinado.
Entonces, cabría preguntarse: ¿será que el ser humano viene sin memoria,
por algún tipo de acuerdo tácito, o que, realmente, viene sin memoria porque no
tiene nada que recordar?
No se sabe, o ¿si se sabe? Es igual, porque como el ser humano no quiere
dejar de existir, se han ido inventando fórmulas, desde el principio de los
tiempos, en las que siempre existe un lugar, (distinto en función de cada una
de las fórmulas), al que la persona, parece ser que se desplaza, de alguna
manera, después de la muerte.
Pero esos lugares siempre son de destino, nunca aparece ninguno que sea
origen o punto de partida. Por lo tanto, cabría pensar que permanece, de alguna
manera, en el lugar al que va después de la muerte, esperando el momento de
volver a nacer. Así que, se podría aventurar que el lugar de origen y el lugar
de destino es el mismo.
Pero, ¿es importante saber, una vez en la vida, donde hemos estado antes
de nacer? No estoy muy seguro de su importancia, teniendo en cuenta que hemos
de librar la batalla de la vida ahora y no antes de nacer ni después de morir.
miércoles, 26 de octubre de 2022
En la muerte, todos iguales
Imagina que te proponen una vida sin enfermedad, sin dolor, sin hambre, sin sed, sin cansancio, sin tener que trabajar, sin hipotecas, sin necesidades de ningún tipo, incluido de dinero, sin sufrimiento, con una inmensa sensación de felicidad y amor permanente, pudiendo conversar con tus antepasados y con tus contemporáneos, con la posibilidad de desplazarte únicamente con el pensamiento, y un sinfín de facilidades más. ¿No firmarías de inmediato?
Claro
que a todo esto habría que añadir que sin cuerpo. No sé si con esta nueva
condición seguirías firmando.
Efectivamente,
ese estado tan fantástico es el estado de vida fuera del cuerpo, es ese estado
al que, muy posiblemente, temen llegar casi todos los seres humanos, porque es
el estado al que llegamos después de la muerte del cuerpo.
¿Por
qué el miedo?, ¿no son suficientes los motivos del primer párrafo para desear
ese estado?
Es,
perfectamente, comprensible el miedo en los seguidores de casi todas las
religiones, ya que auguran a sus socios las mayores desgracias después de la
muerte, si no han seguido los preceptos que ellos enseñan, pero no deberían de
sentir miedo el resto de mortales. Además, la vida en el cuerpo es nada más que
un ratito comparado con el tiempo, eterno, que pasamos al otro lado.
Nosotros
no somos estos cuerpos que parecemos, los cuerpos son sólo trajes que usamos
por un tiempo y luego desechamos. Somos almas inmortales. La perfección de Dios
es también en nosotros, pues vivimos,
nos movemos y tenemos nuestro ser en Él. Pero somos inconscientes de
nuestra Naturaleza Divina, y así seguiremos hasta que no despertemos a ella y,
eso, normalmente, no va a pasar hasta que dejemos el cuerpo.
Cuando
dejamos el cuerpo, todos somos iguales, los políticos, los ladrones, los
asesinos, los embaucadores, el santo y el demonio, todos, porque todos vivimos
en el Padre, y todos sentimos el mismo amor, la misma alegría y la misma
felicidad, con independencia de lo que hayamos hecho en nuestro ratito de vida
en el cuerpo.
Ya
volveremos otros ratitos, a la vida del cuerpo, para ir arreglando lo que
estropeamos con anterioridad, ya que el mal que hicimos con anterioridad debe
ser equilibrado con el bien. Este proceso de siembra y cosecha se llama Karma.
Es la ley del reajuste, que el ser humano pone en funcionamiento con cada uno
de sus pensamientos, con cada palabra y con cada acción.
Hay
algo que casi nadie discute, aunque, para muchos, no sea más que una palabra no
integrada en su vida, somos un alma, y todas las almas somos iguales. A pesar
de las diferencias de nacimiento, diferencias de raza, credo, sexo o color, de
bondad o maldad, todos los seres formamos una fraternidad indivisible. Todos
nosotros, altos o bajos, sabios o ignorantes, lo somos durante ese ratito que
dura la vida en la materia.
Nacemos
y morimos una y otra vez, con el único objetivo de aprender a vivir desde
nuestra divinidad. Las distintas vidas solo son un aprendizaje, en las que
vamos pasando en cada una de ellas por el parvulario, la primaria, la
secundaria y la universidad, en donde por medio del trabajo y el aprendizaje, lentamente
vamos desarrollando nuestras facultades. No es posible vivir la Naturaleza
Divina, en nosotros, con las experiencias de una sola vida. Por eso
reencarnamos una y otra vez. Entramos en la vida, nacemos, crecemos, actuamos,
terminamos nuestro trabajo y retornamos. Nuestro retorno es muerte. Y en
nuestro retorno, todos, volvemos a las mismas condiciones.
Si
fuéramos conscientes de esto, el mundo sería otra cosa, sería más equitativo,
sería un mundo en el que todos tendríamos las mismas oportunidades de acceso a
las riquezas del planeta, a la educación, a la sanidad. Un mundo en el que
todos sentiríamos alegría por ver la felicidad de otro ser humano, un mundo en
el que sentiríamos a nuestro prójimo como nuestro hermano.
Sería
un mundo lleno de Amor.
miércoles, 5 de octubre de 2022
La lucha del guerrero
Lunes 3 de octubre 2022
¡Caray!, cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que pasé por
aquí.
Y es que el día, cada vez, se me hace más corto, porque entre las
tareas, que me tocan, de la casa, y las terapias, se va una buena parte del
día. El resto lo paso escribiendo, pero como lo hago en varias ventanas a la
vez, asomarme al diario es, casi, la última opción.
Pero hoy mientras me duchaba ha pasado una idea por mi cabeza, (que no
es nueva), y que merece archivarse, con honores, en la intimidad de un babau,
es decir, aquí.
Se trata de la muerte.
Decía que no es nueva la idea, porque desde que tengo memoria
espiritual, es un tema recurrente.
Por memoria espiritual me refiero desde el momento que empecé a hacerme
preguntas sobre la vida, hace ya un buen puñado de años. Aunque parece que fue
ayer, porque ha pasado tan rápido, que es como si me hubiera comido la vida de
un tirón, sin sentarme a hacer una buena digestión.
Las preguntas eran las habituales que aparecen en todos los manuales:
¿qué hago aquí?, ¿estaría antes de nacer en algún lugar?, la muerte, tengo
claro, que es un final, pero ¿será, a la vez, un principio o una continuación
de algo?, ¿por qué parece la vida tan injusta, solo en función del lugar y la
familia de nacimiento?
Buscando la respuesta a esas preguntas leí infinidad de tonterías, y
otras, que no lo parecían tanto. Al final, me organicé una creencia a mi
medida, porque no creo que ninguno de los que deambulamos por la vida podamos
afirmar a ciencia cierta, sin temor a equivocarnos, donde estábamos antes de
nacer, como estábamos, si volveremos al mismo lugar a no, cual fue la razón por
la que nacemos y porqué unos nacen en un palacio y otros debajo de un puente.
Por supuesto, al ser mi creencia, la he organizado con una especie de
protección, (que no es de mi invención, ya que, también, aparece en todos los
manuales), para evitar el sufrimiento, en todo
lo que pueda, porque algún sufrimiento resulta casi inevitable. Lo que si
consigo con mi salvaguarda es que el sufrimiento
sea leve y de corta duración.
La protección tiene un nombre, se llama aceptación. El secreto para
vivir una vida feliz es aceptar todos y cada uno de los acontecimientos que se
van sucediendo en nuestra vida. Y mi frase fetiche o de culto es “todo está
bien”.
Pues con mi frase de culto, “todo está bien”, la muerte, que es, en
realidad, el motivo de este escrito, también está bien.
Vuelvo así al tema de la muerte que es la idea que resbalaba por mi
cuerpo con el agua de la ducha esta mañana.
Pero es un tema que voy a terminar mañana, porque son las once y media
de la noche. Para mi tardísimo, teniendo en cuenta que a las cinco ya estoy en
marcha con la primera terapia.
Martes 4 de octubre 2022
La idea que ayer me inundaba a la par que el agua era: ¿por qué las
personas le tendrán miedo a la muerte y no quieren que les llegue con lo
liberadora que es?
Entiendo que la muerte, en muchas ocasiones, viene precedida por la
enfermedad y, posiblemente, el dolor, pero la culminación de esa enfermedad con
la muerte es, sin lugar a dudas, la remisión de cualquier dolor, de cualquier
sufrimiento, de cualquier preocupación.
La muerte solo es un proceso más de la vida, en realidad, es el único
suceso seguro por el que tiene que pasar todo aquello que tiene vida.
No estamos preparados para morir, pero no debe de extrañarnos, porque
tampoco estamos preparados para vivir y, sin embargo, anunciamos a voz en grito
que estamos viviendo.
Según Elisabeth Kübler-Ross, que es una pionera en los estudios sobre la
muerte. Las personas en fase terminal suelen pasar por los siguientes cinco
estadios emocionales: Negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Si nos vamos, directamente, a la última etapa, la aceptación, utilizando
mi frase favorita “todo está bien”, nos ahorraremos un estado emocional que no
es el más alentador cuando aquello que tenemos frente a nosotros es la muerte.
En mi creencia, la muerte es el más fabuloso suceso que nos ocurre a los
que tenemos vida, porque nos devuelve al estado del que partimos
El problema estriba en el desconocimiento de la divinidad del hombre. Este
es, sin ningún género de duda, la primera y principal razón, no solo de la
infelicidad, del sufrimiento, y de la insatisfacción del ser humano, sino,
también del miedo a la muerte.
Pero, es más, ese desconocimiento es la única causa de nuestras repetidas
encarnaciones y de nuestros viajes de la esencia a la materia. Porque la razón de
tanta sinrazón, la razón de tantas reencarnaciones, la razón de tanta vida “que
parece inútil” y de tanta muerte, sólo es para activar el recuerdo de nuestra divinidad y vivir en la materia como vivimos cuando nos encontramos al otro lado de
la vida física.
El origen del hombre es Dios, y ese será su destino. Y a pesar de tantas
vidas absurdas, a pesar de todos los intentos del ser humano por permanecer
dormido, todos llegarán a Dios, más pronto o más tarde, pero todos llegarán.
Sin embardo, para llegar a Dios, hay que encontrarle. Y hay que hacerlo en la
vida física. Es aquí, en la materia, donde el hombre ha de realizar su trabajo
de exploración y de reencuentro con Dios.
Es aquí donde el ser humano tiene que luchar, en soledad, y mantener una
lucha sin cuartel “con su mente contra su mente”. En la batalla para encontrar
a Dios, tiene el guerrero que luchar consigo mismo y vencerse, sin sentirse
derrotado.
El hombre sin Dios es nada, es como una hoja movida por el huracán de su
mente que va posándose, de manera despiadada, sobre los deseos incumplidos,
sobre los amores rotos, sobre las enfermedades del cuerpo y las soledades del
alma.
Es tan profundo el sueño del hombre, que incluso los que sueñan con el
despertar, cuando entreabren los ojos, exclaman en su fuero interno “Ah, ya
entiendo de que se trata”, pero todo se queda en eso, en el entendimiento.
Intelectualizan el concepto de Dios, sin integrar en cada célula de su cuerpo
el concepto de que no sólo él es Uno con Dios, sino que también lo son todos
los que le acompañan en su viaje por la vida, lo son los que le acompañaron en
anteriores viajes, y los que le acompañarán en los siguientes.
Eso quiere decir que todos somos lo mismo, que todos somos Hijos de
Dios, que todos somos Uno con Dios, es decir, que todos somos hermanos.
Para el hombre que integra el concepto de Dios en cada célula se han
acabado las religiones, se han acabado las políticas, las razas, los
nacionalismos, las diferencias de clases, se han acabado los juicios y las
críticas a sus hermanos, se han acabado los miedos. Porque integrar el concepto
de Dios en cada célula significa abrirse al Amor Universal, significa abrirse a
la compasión, a la misericordia, significa olvidarse del perdón porque nunca se
va a sentir ofendido, significa vivir como si Dios estuviera frente a él, en
cada ser humano, en cada animal, en cada planta. Significa que se ha liberado
del miedo a morir.
La mayoría de los seres humanos, tienen terror a la muerte. Sin embargo,
la venida a la vida es muchísimo más aterrador, porque el alma libre, el alma
que recuerda, el alma que vive en el Amor, se ve constreñida en un cuerpo, a
merced de un ego amnésico y de una mente enfermiza, rodeada de una energía
oscura y pesada. Todo lo contrario de la vida al otro lado de la materia, que
es al lugar al que volvemos cuando se acaba la vida.













