Mi alma, mis libros, mis creencias, mi corazón y mis opiniones.
El viaje del alma
El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión. Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y, para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS
En la fábrica de
botellas de plástico, la maquinaria trabajaba sin cesar, día y noche,
produciendo una botella cada segundo. Las nuevas botellas, al salir del molde,
se encontraban desconcertadas. Habían pasado de ser parte de un todo, una masa
uniforme de plástico en la que se sentían plenas y poderosas, a una existencia
independiente, sin preparación alguna, destinadas a ser el continente de
distintos líquidos: agua, vino, refrescos, leche y más.
Dentro de cada una,
las preguntas se repetían: ¿Estaré preparada? ¿Podré cumplir mi trabajo con
dignidad? ¿Se sentirán mis dueños satisfechos con mi labor?
Lo que las botellas
desconocían era que sus dueños jamás se cuestionarían tales cosas. Para ellos,
la botella era casi invisible, un simple recipiente cuyo valor residía
únicamente en su contenido.
Mientras el dueño
consumía el líquido y, sin pensarlo dos veces, arrojaba la botella a una bolsa
junto a otras botellas vacías, esta seguía con sus devaneos mentales.
¿Y ahora qué? se
preguntaban todas, llenas de incertidumbre. Estaban desconcertadas hasta que
una pequeña botella, que solo había contenido agua, habló con voz tranquila:
—Ahora volvemos a
casa.
—¿A casa? ¿Qué casa?
—preguntaron sorprendidas las botellas que la escuchaban.
—Volvemos a nuestra
casa, a la masa de plástico de la que todas salimos. Volveremos a ser botellas
una y otra vez, hasta que un día, quizás, un dueño descubra nuestra belleza y
nos utilice para guardar arena, piedrecitas o flores.
Muchas personas se
parecen a las botellas. Pasan la vida tratando de agradar a quienes tienen
delante, preguntándose qué pensarán de ellas. Y, en muchas ocasiones, a esas
personas les importa un pimiento. Igual que a los dueños de las botellas.
Mejor les iría
haciendo bien su trabajo y tratando a los demás como les gustaría ser tratados.
La
vida de la que somos conscientes solamente es la última hoja de un guión que
consta de cientos o miles de hojas, y para entender la historia en su totalidad
sería imprescindible leer todas las hojas del guión siguiendo su orden numérico
antes de llegar a la última, que es precisamente de la que tenemos constancia y
un conocimiento solamente parcial.
Esto quiere decir que para entender el
porqué de muchas de las situaciones por las que atravesamos en nuestra aventura
de vivir, y que podrían parecer inexplicables, tenemos que aceptar, (ya que de
momento no tenemos conocimiento), que antes de nuestra vida actual han ocurrido
muchísimas cosas y hemos vivido muchísimas situaciones que nos han marcado con las cicatrices de tantas y tantas heridas
que hemos ido recibiendo en nuestro deambular por la materia, ya que la vida es
un continuo desde nuestra primera encarnación hasta la actual.
Es posible que hayamos escuchado en
muchas ocasiones hablar de la reencarnación, sin embargo, no pasa de ser una
teoría, que nos agrada, y que nos gusta creer, porque, de alguna manera, es una
confirmación de que continua la vida, en alguna forma, desconocida ahora para
nosotros, y de que esta no se termina con la muerte del cuerpo.
Pero la recibimos como una teoría, que
nos sirve para aparcar por un momento nuestra aversión a la muerte y aliviar
nuestro miedo a la desaparición. Sin embargo, no profundizamos en su
significado, ni nos preguntamos el por qué de la vida. Con saber que vamos a
seguir vivos aunque sea con otra forma, ya es suficiente para nosotros.
Es posible que no nos interese mucho,
ya que si nos detenemos por un instante en ese enunciado periférico de la
reencarnación, enseguida tratamos de ubicar donde quedarían nuestros seres
queridos, porque si también se reencarnan, que es lo que cabe suponer, ¿Serían
siempre nuestros padres y nuestros hijos?, o entramos en otras cuestiones,
siempre relacionadas con la materia, ¿Tendría siempre el mismo sexo?, ¿Nos
podemos reencarnar en algún animal? No llegamos más allá de la periferia, no
profundizamos.
Nos asusta, menos que morir, pero nos
asusta, porque nos genera confusión, porque nos descoloca lo desconocido,
porque es algo que no podemos controlar, y estamos acostumbrados a programarlo y
a controlarlo todo.
Sin embargo, las cuestiones del alma
son incontrolables, tal como los seres humanos entendemos el control. Y la
muerte y la reencarnación son cosas del alma.
Para empezar ni tan siquiera estamos
muy seguros de que es eso que denominamos alma. Los científicos que son nuestra
fuente de información fiable, por sus pruebas, por sus experimentos, por sus
conclusiones, han sido incapaces de localizar el alma en nuestro cuerpo. Por lo
tanto, ¿Cómo se puede decir que algo existe si no ha sido demostrado por ningún
experimento científico?
Pocos
han ido sido los que se han atrevido a ir un poco más allá y han afirmado que “no
somos un cuerpo que contiene un alma, sino que somos un alma que contiene un
cuerpo”. Aunque podemos ir un poco más lejos: No solo no somos un cuerpo que
contiene un alma, sino que somos un alma que ha elegido un cuerpo y se ha
disfrazado con él para representar un papel que nada tiene que ver con el “papelón”
que hacemos cada uno de nosotros en la materia.
La vida de la que somos conscientes solamente es la última hoja de un
guión que consta de cientos o miles de hojas, y para entender la historia en su
totalidad es imprescindible leer todas las hojas del guión siguiendo su orden
numérico antes de llegar a la última, que es precisamente de la que tenemos
conciencia y un conocimiento solamente parcial.
Esto quiere decir que para entender el porqué de muchas de las
situaciones por las que atravesamos en nuestra aventura de vivir, y que podrían
parecer inexplicables, tenemos que admitir y aceptar, (ya que de momento no
tenemos conocimiento), que antes de nuestra vida actual han ocurrido muchísimas
cosas. Hemos vivido muchísimas situaciones que han marcado nuestra vida actual
con las cicatrices de tantas y tantas heridas que hemos recibido o nos hemos
generado en nuestro deambular por la materia, ya que la vida es un continuo
desde nuestra primera encarnación hasta la actual.
Las relaciones, los trabajos, las situaciones, las circunstancias y
muchas de nuestras emociones no son más que las herramientas que hemos
seleccionado para nuestro trabajo actual.
No hemos de achacar nada a la buena o a la mala suerte, no hemos de
culpar al destino. Tanto el rey como el bufón se han colocado en el lugar del
tablero que ellos mismos han elegido, y lo han hecho porque han determinado que
es el lugar idóneo para la realización del trabajo establecido en su Plan de
Vida.
Terminaba la entrada
anterior de “Almas gemelas” diciendo que La razón de tanta felicidad solo es
una mezcla de deseo, de apego y de pensamiento. A partir de ese momento inicial
es cuando los enamorados realmente han de aprender a amar, porque no saben,
porque lo que sienten no es amor, y si se han encontrado no ha sido por
casualidad, ni ha sido porque Dios ha permitido que se encuentren para vivir
una locura, ni ha sido tampoco porque sean almas gemelas. Ha sido porque así
estaba planificado.
La atracción que
sienten el uno por el otro, ya sea física, emocional o intelectual, solo es el
instrumento de acercamiento para cumplir una misión. La auténtica atracción es
la atracción espiritual. Ambas almas sabían de antemano que se iban a conocer
de una determinada manera, en un determinado tiempo para realizar un
determinado trabajo. Es mucho menos idílico de lo que nos gusta creer y mucho
más “Grande” de lo que podamos pensar.
Antes de llegar a la
vida organizaron, pactaron y aceptaron lo que sería su Plan de Vida. En ese
Plan de Vida aparecen reflejados los encuentros de todo tipo, y entre ellos el
encuentro de su pareja, o de sus parejas, ya que cuando el trabajo establecido
con una pareja ha finalizado, aparecen nuevos encuentros para nuevos trabajos,
para nuevos aprendizajes. Y ese cambio de pareja debería poder realizarse sin
miedo, sin dolor, sin traumas, sin culpabilidad, sin utilizar a los hijos como
arma arrojadiza, sin embargo esto no es posible porque falta lo más esencial,
falta el amor, falta el respeto, falta la generosidad.
De la misma manera
que no sabemos lo que somos, ni de dónde venimos, ni lo que hemos venido a
hacer, no sabemos nada, absolutamente nada, de lo que trata la vida. Por lo
tanto no sabemos de qué trata la pareja.
Una pareja es un
contrato establecido de antemano ante Dios, por lo tanto todo lo que
formalicemos en la vida en la materia, sirve para las leyes de la materia, ya
sean legales o eclesiásticas, pero a Dios le va a dar igual. No existe por lo
tanto ningún impedimento espiritual, es decir ante Dios, (espiritual nada tiene
que ver con eclesiástico), para que dos personas ya sean del mismo o de
distinto sexo formalicen su relación como pareja, ya que el autentico contrato
lo firmaron antes de llegar a la vida.
La razón de ese
contrato, la razón del encuentro puede tener varios objetivos: Ambas almas están
convencidas que durante un determinado tiempo juntas en la materia pueden
aprender lo suficiente para crecer y acercarse así un poco más a Dios, o puede
ser que hayan coincido en vidas anteriores y tengan temas pendientes, (tratándose
de parejas es lo más normal), y hayan decidido encontrarse en la nueva vida
para zanjar las diferencias existentes.
La pareja es un campo
magnífico de aprendizaje y crecimiento para los seres humanos, ya que es un
gran instrumento para aprender un sinfín de cualidades como lo son el amor, el
respeto, la comprensión, la tolerancia, la ayuda, el sacrificio, la aceptación,
la paciencia y el servicio, entre otros que ahora se me escapan.
Sin embargo, aunque
no se firme un contrato en un juzgado o en una iglesia, existe el contrato del
alma que es mucho más importante que cualquier otro contrato que se pueda
firmar en nuestra vida en la materia, y la falta de las cualidades reflejadas
en el párrafo anterior y la sobra de vicios como el orgullo, el engaño, los
celos, la intolerancia, tienen unas consecuencias mucho más graves que la
excomunión, la encarcelación física, o el pago de una pensión de manutención.
Es la Ley del Karma: ¡Quien a hierro mata, a hierro muere!
Vivimos un sueño y en ese sueño organizamos
una vida de pareja que nada tiene que ver con la realidad. Hasta que no despertemos
y vivamos nuestra vida despiertos, y por ende nuestra relación de pareja, no
seremos conscientes de que la pareja es la conjunción de dos almas que van al
encuentro de Dios.
Pues no somos felices por nuestra mala memoria. Al olvidar los seres humanos quienes somos, nos hemos
separado de Dios. Pero no sólo nos hemos separado de Dios, no hemos separado
los unos de los otros. La separación genera conflicto, la separación genera
sufrimiento, la separación es el germen de las guerras.
Nos
hemos separado tanto y, llevamos tanto tiempo separados, que nos creemos seres
independientes, casi con el objetivo de cuidar y defender lo que consideramos
nuestro. Criticamos, juzgamos y atacamos más o menos solapadamente a todo lo
que es diferente: Diferente creencia, diferente religión, diferente opción
política, diferente nacionalidad, diferente tendencia sexual, diferente color
de piel, diferente cultura, en fin, todo lo que sea diferente se encuentra en
nuestro punto de mira.
¡Qué
ironía!, y resulta que todos somos iguales, que todos somos lo mismo, y
buscamos la diferencia en el ropaje que envuelve al alma, en el cuerpo, que es
nuestra envoltura con fecha de caducidad.
Es
muy posible, que un importante porcentaje de personas ya sepan, porque se lo
han enseñado alguna de las múltiples religiones que abundan en la Tierra, que
somos Hijos de Dios. Pero sirve de poco porque es un conocimiento meramente
intelectual, para nada integrado en la persona, con lo cual su vida no se
desarrolla bajo el paradigma del ser espiritual, sino en la densidad de la
materia.
Cuando
las religiones cuentan que somos Hijos de Dios, es muy posible que ni ellos
mismos, los enseñantes, lleguen a entender la grandeza de lo que están diciendo
y que para ellos sea como para sus feligreses una frase bonita que ahí queda,
sin llegar a entender realmente su significado.
Si
existieran los cromosomas espirituales, ser Hijos de Dios quiere decir que
llevamos Su herencia genética.
Ya
es momento de avanzar en pos de nuestra verdadera identidad, ya es momento de
empezar a reconocer al hermano, ya es momento para dejar de sufrir,ya es momento de adentrarnos en el camino que
nos conduce a Dios.
Hablar de adentrarnos en el camino que nos
conduce a Dios es plantear una nueva manera de vivir, es llegar a vivir como lo
que somos, como Hijos de Dios.
Alguien podría pensar que estamos
planteando una vida monacal o una vida de soledad, retiro y oración. Nada más
lejos de la realidad, vivir como Hijos de Dios significa mantener la misma vida
física pero muy diferente en cuanto a pensamientos y emociones.
Vivir como Hijos de Dios implica una
vida de Amor, no una vida de miedo; una vida de alegría, no una vida de
tristeza; una vida de paz, no una vida de ansiedad; una vida de felicidad, no
una vida de sufrimiento; una vida de servicio, no una vida de egoísmo. Vivir
como Hijos de Dios no está reñido con el trabajo, ni con la familia, ni con el
dinero, ni con las vacaciones, ni con los amigos, ni con las fiestas. Pero si
está reñido con no cumplir los compromisos, con no cumplir la palabra, con la
mentira, con la falta de respeto, con la pereza, con la corrupción, con la
infidelidad, con la maldad, con la traición, con la crítica, con los falsos
testimonios, con el abuso de poder, y otrosmuchos males que son moneda de cambio en nuestra sociedad actual.
Vivir como Hijos de Dios implica justamente lo
contrario de las vidas anodinas que mantienen sobre la Tierra cientos de
millones de personas.
Vivir
como Hijos de Dios supone madurar y dejar de comportarse como bebés, supone una
expansión de la conciencia y supone, también, construir el carácter.
He perdonado con toda
mi alma y mi corazón a todas aquellas almas, que por supuesto no conozco
conscientemente en esta vida física, y que tienen alguna deuda conmigo desde la
primera vida hasta el día de hoy. Después las he bendecido, y estoy convencido
por la energía recibida que me he ahorrado alguna encarnación.
Por si acaso podía
ahorrarme alguna encarnación más he pedido perdón por todas mis deudas con
otras almas, tanto en esta vida, como en las vidas anteriores desde mi primera
vida.
Aunque no me hubiera
ahorrado ninguna encarnación, merece la pena, solo por la sensación de paz tan
increíble que he sentido, y que sigo sintiendo.
Quiero dedicar esta entrada a un
amigo, a un amigo que me escribió y me dijo que había leído el post con el
título “Acabo de morir” en el velatorio de su padre que acababa de morir. Y me
comentaba que si algún día me llegaba la inspiración que escribiera para los
que sufren, para los que sufrimos el dolor de la pérdida.
¿Por qué le tienes miedo a la
muerte?, ¿Por qué el sufrimiento ante la pérdida de un ser querido?, ¿Por qué
te produce “repelús” solamente la mención de la palabra muerte?
Hace días colgué un post con el
título “Acabo de morir”, en el que una persona que acababa de morir me permitió
compartir su estado, con el único propósito de ir aliviando o dulcificando el
miedo escénico que casi todos los seres humanos le tienen a la muerte.
Quiero en
esta entrada hacer una reflexión desde el otro lado, desde el lado del vivo que
ve, siente y sufre como se marchita hasta morir alguien querido.
Porque es
muy fácil hablar de la muerte desde la segunda fila, desde el otro lado de la
computadora, desde el lugar donde no te toca en primera persona. Es
imprescindible estar en primera línea para comprobar cómo el sentimiento de
pérdida supera a cualquier filosofía, supera a cualquier creencia.
Supongo que casi todos hemos estado
en esa situación de dolor, en esa sensación de impotencia, en esa sensación de
incredulidad, en esa sensación en la que incluso puedes llegar a dudar de la
existencia y de la bondad de Dios.
La pregunta
de ¿Por qué a mí Señor? Se encuentra en muchísimas mentes de los que contraen
una enfermedad que parece terminal, e incluso en la de sus seres más allegados.
Casi es como pensar porque no enferma el vecino de la otra calle, (al que por
supuesto no conozco y no me va a afectar).
La entrada
de “Acabo de morir” tenía ese propósito. El propósito de que los familiares del
difunto tuvieran la plena seguridad de que la muerte del cuerpo es un alivio,
ya que se pasa a vivir en otro plano con otras condiciones que son mucho más
ventajosas que las que disfrutábamos o sufríamos estando en vida.
Ya parece estar bastante claro, para
bastantes personas, que abandonar la vida física es un regalo, y para el que
muere la muerte es eso, un regalo, pero no lo es para los que nos quedamos. La
pregunta es ¿Por qué?
Si tenemos claro que la vida sigue en
otro plano, en el que todo lo que se vive es paz, amor, alegría y felicidad, y
que es eso precisamente lo que está viviendo nuestro ser amado, ¿Por qué nos
entristece tanto la pérdida, si sabemos, o al menos creemos, que sigue con
vida, con esa otra forma de vida, que es mucho más placentera que la vida
física? La respuesta aunque pudiera parecer fácil, no lo es tanto.
Todo es cuestión de creencia, todo es
cuestión de pensamiento. La frase de Buda “Somos lo que pensamos”, adquiere
aquí un valor máximo. Y con independencia de que el propio pensamiento de la
persona en relación a la muerte, sea que solo es un cambio de consciencia, o
sea que la vida continua a pesar de la desaparición del cuerpo físico, existe
una forma de pensamiento global que cubre la Tierra en su totalidad que
contempla la muerte como el fin de la existencia. Y es claro, dejar de existir es aterrador.
El propio pensamiento de los que
creen en la reencarnación, y que nada acaba con la muerte del cuerpo es más un
deseo que una creencia arraigada e integrada en el ser humano, incluidos muchos
de los que predican la teoría; ya que si viviéramos en esa convicción, y
estuviera integrada en nosotros, traspasar el umbral de la vida no causaría
ningún tipo de trauma. Sería como acostarse a dormir cada día, solo que en vez
de decir “Hasta mañana”, seguramente habría que decir “Hasta siempre”.
Es muy curioso lo que sucede:
Pensamos conscientemente que la muerte no es el fin, (o deseamos que así sea),
que hay vida más allá de la muerte, incluso conscientemente pedimos a los
santos por los que la persona siente devoción, lo cual da pie a creer que la
persona cree en la vida al otro lado de la vida física, ya que si viven ellos
que han estado aquí, igual que nosotros estamos ahora, ¿Por qué no íbamos a
vivir nosotros también al otro lado?, pero el terror inconsciente, generado por
esa forma de pensamiento global es superior al cualquier creencia o
razonamiento consciente.
Cambiar ese pensamiento global de terror a la
muerte, no parece, de momento, tarea fácil, ya que sería necesario que millones
y millones de personas empezaran a tener el pensamiento contrario, lo cual no
parece muy factible. Ante esto, solo queda la fortaleza del pensamiento de cada
persona de manera individualizada.
Hay una segunda razón para sufrir por
la muerte de una persona allegada, a pesar de creer que va a seguir con otra
forma diferente de vida mucho más placentera. Esta razón es la calidad del amor.
Si a cualquiera de nosotros nos preguntan porque sufrimos ante la pérdida de un
ser querido, la respuesta sería prácticamente la misma: “Porque le quiero y no
le voy a ver más”.
En esa respuesta mezclamos dos
conceptos completamente diferentes: Una, “le quiero”, y dos, “no le voy a ver
más”. El primer concepto se cae por sí solo, ¿Cómo es posible amar a alguien y
sufrir porque se va a un lugar muchísimo mejor? Nuestro amor no es auténtico
amor, no es la energía que todo lo llena, es una mezcla de amor y deseo. A esta
combinación de amor y deseo bien podríamos llamarla apego, y el apego se define
como una vinculación afectiva intensa, duradera, de carácter singular, que se
desarrolla y consolida entre dos personas, por medio de su interacción
recíproca, y cuyo objetivo más inmediato es la búsqueda y mantenimiento de
proximidad en momentos de amenaza ya que esto proporciona seguridad, consuelo y
protección. El segundo concepto es una consecuencia del primero.
Podemos por lo tanto concluir en que
lo que definimos como amor hacia nuestros seres queridos, es más apego que
amor, con lo cual es lógico el sufrimiento por la pérdida de alguien que nos
acompaña, que nos da seguridad, que nos brinda consuelo, que nos da protección,
y un sinfín de cosas más.
Cuando sustituyamos el apego por
amor, por auténtico amor, por amor verdadero, por amor incondicional, por el mismo
amor con el que Dios nos ama a nosotros, se habrá terminado nuestro sufrimiento
ante la muerte.
Hasta entonces es normal nuestro
dolor, porque es justamente el aprendizaje de cómo se ama nuestra auténtica
razón para venir a la vida.
Cada vez es
mayor el número de personas que creen en una vida anterior y posterior a la
vida física. Si, cada vez es mayor el número de personas que creen en la
reencarnación. Y creen por infinidad de razones, si preguntamos la razón, es
posible que encontremos tantas respuestas como personas. Sin embargo, en el
fondo de todas las razones subyace el miedo a la muerte. Es un alivio pensar
que todo va a seguir, de alguna manera, después de la muerte del cuerpo.
Y según
vamos leyendo y aprendiendo, o recordando, cosas sobre la reencarnación y sobre
la muerte, no es que termine de desaparecer el miedo a la muerte, pero parece
que se atenúa bastante.
Además hay
algunas técnicas, como las regresiones que nos pueden ayudar a recordar
acontecimientos de vidas pasadas, nos pueden ayudar a comprender el posible
origen de traumas, de problemas emocionales, o de la causa de relaciones
conflictivas con otras personas. Pueden ayudarnos a entender el porqué de
nuestro carácter, e incluso, de alguna manera, más o menos sutil, la razóno la misión de la vida.
Todo esto
está bien, porque con esas técnicas se pueden arreglar algunos problemas que se
arrastran, como una pesada losa, en la vida de la persona. El reconocimiento de
que un problema tiene su origen en una vida anterior, es un alivio, y puede
llegar a sanar el problema.
Pero, es
posible, que no puedan solucionarse, con ese método, todos los problemas de la
persona, y sobre todo algunos problemas emocionales, que pueden existir por una
acumulación de las actuaciones realizadas en muchas vidas, ni por supuesto puede
solucionarse la inmadurez de un carácter, que también es causa de hábitos que
se han ido forjando por acciones repetidas en cada vida.
Por lo tanto
hay que buscar otra técnica. Es bueno saber con qué herramientas contamos. Y la herramienta más importante de la que
disponemos es la propia vida. Ya sabemos que gran cantidad de nuestros
problemas tienen su origen en vidas pasadas, sabemos que estamos en la vida
atados a la Ley del Karma, pero la solución a todo eso, ha de encontrarse en la
vida actual, es en ella donde podemos aprender a amar de manera definitiva, es
en ella donde vamos a pagar deudas pendientes, es en ella donde hemos de
perdonar, es en ella donde podemos eliminar malos hábitos, es en ella donde
podemos crecer, evolucionar y terminar de construir nuestro carácter. Podemos
utilizar otros cientos o miles de vidas para realizar ese trabajo, pero, también
es cierto que se puede conseguir en una sola vida. ¿Por qué no en la vida actual?
Es igual haber vivido una, cien, mil
o un millón de vidas, porque de la única que tenemos conciencia es de la vida
actual. Por lo tanto podemos dejar de elucubrar con otras vidas y centrarnos en la
vida que estamos viviendo. Es en ella donde hemos de realizar cualquier acción
que nos acerque a la Iluminación, cualquier acción que nos acerque a Dios.