“Aunque el oro aún no brilla bajo mis pies, mi alma ya camina sobre él”
Me acuesto con este decreto cada noche,
lo pronuncio como quien se arropa con esperanza. Con él me levanto, como quien
se viste con propósito. Y durante el día, en innumerables ocasiones, lo repito
una y otra vez, como un mantra que me conecta con la abundancia que sé que
existe, aunque aún no la vea reflejada en mi cuenta bancaria.
No es el primer decreto que trabajo.
Han sido muchos los que he utilizado a lo largo de mi vida. Desde que descubrí
a Saint Germain, los decretos se han convertido en herramientas sagradas. Pero
incluso antes de conocer su enseñanza, ya practicaba el pensamiento positivo.
Desde siempre he sabido, quizá por intuición ancestral o por el eco de otras
vidas, que el pensamiento es una fuerza creadora. Es la herramienta que nos
puede hacer viajar por todos los estados emocionales, desde el sufrimiento más
absoluto hasta la euforia, en cuestión de segundos.
Se me ocurre un ejemplo para
ilustrarlo: una persona puede estar en un entierro, sumida en una tristeza
profunda, y de repente, alguien dice algo gracioso, algo inesperado, y esa
persona ríe. Aunque sea por unos instantes, abandona el estado de dolor. Si
lograra sostener ese pensamiento alegre por más tiempo, podría salir del
sufrimiento. Así de poderosa es la mente. Así de volátil es la emoción. Así de
transformadora puede ser una idea.
Por eso, cuando leí por primera vez las
palabras del Buda: “Somos lo que
pensamos”, sentí una confirmación brutal. Era como si alguien hubiera
puesto en palabras lo que yo ya sabía, lo que mi alma ya había comprendido sin
necesidad de libros. A partir de ese momento, empecé a leer, a investigar, a
profundizar en lo que intuía. Me sumergí en enseñanzas espirituales, en
metafísica, en psicología del alma. Y cuanto más leía, más sentido cobraba
todo.
Desde siempre he utilizado el
pensamiento positivo para atraer salud, dinero, amor, soluciones a situaciones
comprometidas, y también para satisfacer los deseos que plantea mi caprichoso
ego. Porque sí, reconozco que no todo lo que pido nace de la sabiduría del alma.
A veces es el ego quien habla, quien exige, quien sueña con lujos y
comodidades. Pero incluso en esos momentos, intento que el pensamiento sea
elevado, constructivo, alineado con la Luz.
Tengo que reconocer que “casi nunca” he
conseguido manifestar lo que pido. Pero no me desanimo. Sigo teniendo fe.
Porque mientras trabajo el pensamiento, me siento bien. Me siento conectado con
la sabiduría del Universo, que no deja de ser la Tuya. Me siento parte de algo
más grande, como si cada decreto fuera una conversación Contigo, una oración
sin súplica, una afirmación de que lo divino vive en mí.
Muchas veces me he preguntado por qué
no se cumple lo que decreto. Y aunque nunca llego a una solución definitiva,
las posibles causas que barajo me resultan satisfactorias. No me frustran, sino
que me invitan a reflexionar, a seguir buscando, a seguir creciendo.
Una de las causas que contemplo es que
tal vez no esté contemplado en mi Plan de Vida. Siempre llego a la conclusión
de que, si en mi plan está previsto que viva debajo de un puente, por mucho
pensamiento positivo que trabaje, seguiré viviendo debajo de ese puente. Lo que
sí podría conseguir es que el puente sea de oro, pero yo seguiría debajo. Y
aunque suene irónico, hay belleza en esa imagen. Porque incluso debajo de un
puente dorado, puedo encontrar paz, dignidad, propósito.
Otra causa que suelo considerar es que
en mi mente subconsciente esté tan arraigado el pensamiento de pobreza que
necesite más de una vida para eliminarlo. Tal vez la programación mental que arrastro
es tan profunda, tan antigua, que requiere un proceso largo, paciente, amoroso.
Tal vez estoy aquí para romper cadenas que vienen de generaciones anteriores,
para sembrar una nueva conciencia que florecerá en otros.
También podría ser que, mientras trabajo
el pensamiento positivo, mi propia mente me sabotee. Que haya una voz interna
que, sin que yo lo note, filtre el pensamiento de que no lo voy a conseguir.
Esa voz que dice: “Esto no es real”, “No va a funcionar”, “No lo mereces”. Y
aunque intento silenciarla, a veces se cuela, como un susurro que debilita la
fe.
En fin, Señor, no sé cuál es la causa
correcta. Tal vez sea una combinación de todas. Tal vez haya otras que aún no
he descubierto. Pero puedo asegurarte que no me desanima. Al contrario, me
fortalece. Porque cada intento es un acto de amor hacia mí mismo. Cada decreto
es una semilla que planto con esperanza. Cada pensamiento positivo es una
caricia al alma.
Yo sé que algún día lo conseguiré. No
sé cuándo, no sé cómo, pero lo sé. Porque la fe no se basa en resultados, sino
en convicción. Y mi convicción es firme. Mi corazón está abierto. Mi alma está
dispuesta.
Gracias, Señor, por escucharme. Gracias
por acompañarme en este camino. Gracias por permitirme escribirte, como quien
escribe a un amigo, a un padre, a un maestro. Gracias por estar en mí, incluso
cuando no te veo. Gracias por enseñarme que el verdadero milagro no es recibir
un millón de euros, sino descubrir que ya soy rico en amor, en conciencia, en
luz.
Con todo mi amor.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo





