“Elegir amar, aunque duela, es el acto más humano y divino”
Querido Dios:
Yo sé que los seres humanos no somos conscientes de que nuestro bienestar emocional depende, total y absolutamente, de nosotros mismos.
Incluso, los que sabemos esto, no
hacemos nada por llevar a la práctica nuestro conocimiento y seguimos eligiendo
responder con ira, con rabia, con desprecio, con amargura, en lugar de hacerlo
con bondad, con amor, con compasión, con misericordia.
Y la diferencia entre responder con
odio o hacerlo con amor, es abismal, no solo para nuestro estado emocional,
sino también para la relación con el otro.
¡Qué difícil es!, pero de esto se trata
la vida: de ver al otro como un igual y no como un diferente del que nos
tenemos que proteger.
Porque, Señor, muchas veces confundimos
protegernos con alejarnos, con levantar muros, con endurecer el corazón. Nos
defendemos del dolor cerrando las puertas al amor. Nos blindamos ante la
herida, pero también ante la ternura.
Y así, poco a poco, nos vamos quedando
solos, rodeados de gente, pero vacíos de encuentro. Nos volvemos expertos en
sobrevivir, pero torpes para vivir.
¿Por qué nos cuesta tanto elegir el
bien cuando sabemos que es lo que nos sana? ¿Por qué preferimos la reacción
impulsiva al silencio que escucha? ¿Por qué nos resulta más fácil juzgar que
comprender, más cómodo señalar que abrazar?
Tal vez porque amar de verdad exige
renuncia. Renunciar al ego, al orgullo, a la necesidad de tener razón. Y eso,
Señor, nos cuesta. Nos cuesta mucho, porque hemos aprendido a medir nuestro
valor por lo que ganamos, no por lo que entregamos. Nos enseñaron que ceder es
perder, cuando en realidad, muchas veces, ceder es amar.
Enséñanos, Señor, a desaprender, a
soltar esas ideas que nos atan al sufrimiento, a dejar de creer que el otro es
una amenaza, y empezar a verlo como un espejo.
Porque en el otro también habitas Tú.
En su fragilidad, en su historia, en sus heridas.
Y si logramos mirar más allá de sus
gestos, de sus palabras, de sus errores, tal vez descubramos que no es tan
distinto a nosotros. Que también busca amor, aunque no sepa pedirlo. Que
también tiene miedo, aunque lo disfrace de indiferencia.
Hoy quiero pedirte que me enseñes a
responder desde el amor. No desde el impulso, no desde la herida, no desde el
miedo, sino desde ese lugar profundo donde habita la paz.
Esa paz que no depende de las
circunstancias, sino de la certeza de que Tú estás conmigo, que me sostienes,
que me guías, que me invitas a ser reflejo de Tu Luz.
Porque cuando elijo amar, algo cambia.
No solo en mí, sino en el mundo.
Una palabra amable puede desarmar una
guerra. Un gesto de ternura puede sanar una herida antigua. Una mirada sincera
puede devolver la esperanza.
Y todo eso está al alcance de nuestras
manos, si tan solo aprendemos a mirar con el corazón.
Pero también sé, Señor, que amar no
siempre es fácil. A veces el otro hiere, decepciona, traiciona, y entonces el
amor se vuelve un acto de fe. Una decisión que va más allá del sentimiento. Una
elección que se sostiene en Ti.
Quiero seguir los pasos de Jesús, mi
hermano mayor. Él, que amó hasta el extremo. Que perdonó a quienes le clavaron
en la cruz. Que abrazó al ladrón, al leproso, al excluido.
Él, que no puso condiciones para amar.
Que no esperó que el otro cambiara para ofrecerle su misericordia.
¿Cómo no intentar seguir Sus pasos,
aunque tropiece? ¿Cómo no querer parecerme a Él, aunque me falte tanto?
Hoy reconozco mis límites, mis caídas,
mis contradicciones, pero también reconozco mi deseo profundo de vivir desde lo
esencial, de dejar de reaccionar y empezar a responder, de dejar de sobrevivir
y empezar a amar.
Porque amar, Señor, es lo único que da
sentido. Lo único que permanece. Lo único que transforma.
Y en este mundo que corre sin pausa,
que grita sin escuchar, que muestra sin sentir, quiero ser un espacio de
silencio, de ternura, de verdad. Quiero que mi vida sea una carta abierta que
hable de Ti, aunque no mencione Tu nombre. Que mis gestos sean oración, que mis
palabras sean consuelo, que mis pasos sean camino para otros.
No quiero ser perfecto, quiero ser
auténtico. No quiero ser admirado, quiero ser fiel. No quiero tener razón,
quiero tener compasión.
Y si en ese intento me equivoco, que no
me falte Tu perdón, que no me falte Tu abrazo, que no me falte Tu mirada que me
recuerda quién soy: hijo amado, criatura en proceso, corazón en búsqueda.
Gracias, Señor, por no cansarte de mí,
por esperarme en cada esquina de mi alma, por susurrarme en medio del ruido,
por mostrarme que el amor no es una emoción pasajera, sino una decisión diaria,
un camino, una forma de estar en el mundo.
Hoy, más que nunca, quiero elegirte.
Elegirte en cada gesto, en cada palabra, en cada silencio. Elegirte cuando todo
me invite a lo contrario. Elegirte cuando amar duela, cuando perdonar cueste,
cuando comprender parezca imposible.
Porque sé que en esa elección está la
verdadera libertad, la que no depende de lo que el otro haga, sino de lo que yo
decido ser, la que no se compra, pero se conquista, la que no se impone, pero
se contagia.
Y si algún día me olvido de esto,
recuérdamelo, Señor. Recuérdamelo en la sonrisa de un niño, en la fragilidad de
un anciano, en la ternura de quien cuida sin ser visto. Recuérdamelo en lo
invisible, en lo esencial, en lo eterno.
Porque ahí estás Tú, y ahí quiero estar
yo.
Gracias, Señor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario