La mente es una corriente incesante.
Siempre está elucubrando, maquinando, imaginando, recordando, comparando,
juzgando. No descansa. Incluso cuando creemos estar en silencio, hay
pensamientos que se deslizan por nuestro interior como sombras sutiles. Y como
no hay palabra sin pensamiento, ni acción sin pensamiento, resulta evidente:
toda nuestra vida pasa primero por la mente.
Esta
comprensión nos lleva a recordar las palabras del Buda: “Somos exactamente lo
que pensamos”. No es una metáfora, es una afirmación radical. Nuestra
experiencia del mundo, nuestras emociones, nuestras decisiones, todo está
teñido por el filtro del pensamiento. Así, la conclusión parece sencilla: “Si
consigo organizar mi pensamiento, consigo organizar mi vida”. O, dicho de otro
modo: “Para vivir de una determinada manera, sólo he de pensar de esa
determinada manera.” Incluso: “Para ser feliz, sólo tengo que pensarlo
primero.”
Pero,
aunque la conclusión sea clara, llevarla a la práctica no siempre lo es. No
porque sea imposible, sino porque requiere algo que solemos pasar por alto:
atención. Atención constante, delicada, presente. Atención para observar qué
pensamientos están surgiendo en cada momento, sin juzgarlos, sin aferrarse a
ellos. Porque cuando los pensamientos no reciben nuestra energía, no se
alimentan. Y al no alimentarse, pierden fuerza, se disuelven, desaparecen tal
como llegaron.
Este
es el arte de vivir con conciencia: no controlar la mente por la fuerza, sino
observarla con lucidez. No se trata de reprimir pensamientos, sino de no
identificarse con ellos. Al hacerlo, descubrimos que detrás del ruido mental
hay una presencia silenciosa, clara, libre. Y desde esa presencia, la vida se
organiza sola, con naturalidad, sin esfuerzo.
PERLAS PARA EL ALMA - Alfonso Vallejo

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