En algún lugar leí, o tal vez fue en un
anuncio —no lo recuerdo exactamente—, una idea que me impactó profundamente:
para que yo esté aquí, en este momento, han sido necesarios 2 padres, 4
abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 trastatarabuelos, 64 pentabuelos,
128 hexabuelos y 256 heptabuelos. Si retrocedemos 10 generaciones, hablamos de
nada menos que 1,024 ancestros directos tan solo en esa última generación. Y si
consideramos un promedio de 25 a 30 años por generación, nos remontamos
aproximadamente 300 años atrás en mi linaje.
Cada uno de estos antepasados tuvo su
propia vida, con historias únicas, decisiones importantes y circunstancias que,
de una forma u otra, culminaron en... ¡mí! Es asombroso pensar en todo ese
legado invisible que llevamos con nosotros, en cómo la suma de incontables
vidas individuales dio lugar a la nuestra.
Siempre he creído que, antes de venir a
este mundo, realizamos, junto a otras almas, una planificación minuciosa de lo
que debemos realizar y lo que queremos alcanzar en nuestro viaje por la
materia. Sin embargo, al contemplar este árbol genealógico aparentemente
interminable, empiezo a pensar que tal vez este diseño no solo es individual,
sino que el momento del Big Bang ya contenía, de alguna manera, la semilla de
cada llegada a la vida de todos los seres que han poblado este planeta a lo
largo de su historia.
Es fascinante imaginar que, en ese
preciso instante de creación, pudiera estar codificada la trama infinita de
existencias que se desplegarían con el paso del tiempo. Cada vida, incluida la
tuya, sería un hilo único y esencial en el gran tapiz de la humanidad.
¿Tú qué opinas? Me encantaría conocer
tu perspectiva. Puedes compartir tus pensamientos en los comentarios o
escribirme a mi correo: alvaga88@gmail.com.
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