Que triviales son las cosas que
admiramos. Somos como los niños, que toman por valioso cuanto les sirve de
juguete y corren con más apremio hacia una bagatela que hacia sus padres y
hermanos. ¿En qué nos diferenciamos de ellos, como dice Aristón, sino en que
nuestra insensatez de adultos nos hace codiciar cuadros y estatuas, y es por
tanto un desvarío más caro que el suyo?
LUCIO
ANNEO SÉNECA

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