“No solo en la tormenta, también en la brisa:
que mi alma diga siempre Gracias antes que Ayuda”
Querido Dios:
¡Hágase Tu Voluntad!
En teoría, esta frase representa una
entrega total a Ti, Señor. Es el reconocimiento de que Tu Plan es más sabio que
el mío, (si es que tengo alguno), y que confío plenamente en Ti, incluso cuando
no entiendo ni el camino ni la razón de muchas de las desgracias o, también, de
las gracias que jalonan mi vida. Siguiendo con la teoría, esa sola frase quiere
expresar mi humildad, mi fe y mi obediencia.
Todo esto, ya lo sabes, Señor, lo creo
firmemente. Sin embargo, hoy he sido consciente, (pensarás que ya era hora,
después de tantos años de vida), de que solo digo ¡Hágase Tu Voluntad! y me
pongo a Tu disposición cuando las desgracias se pasean por mi vida. Porque
cuando la vida discurre plácidamente, sin presentar problemas de ningún tipo,
no me acuerdo de Ti, o lo hago muy poco.
Soy consciente, ahora que escribo esto,
de que si cuando tengo problemas pido Tu ayuda y, de manera sutil, (por
supuesto, inconscientemente), me pongo a Tu disposición con mi frase favorita
en las desgracias, ¡Hágase Tu Voluntad!, entonces también debería agradecerte
cuando la vida transcurre mansamente, como una balsa de aceite. Pero no lo
hago. No ocurre.
Solo te doy las gracias cuando estoy
debajo de la ducha, porque es un verdadero regalo para los sentidos sentir cómo
discurre el agua caliente por el cuerpo. Es entonces cuando, dos o tres veces,
te agradezco ese regalo matutino.
Pero debería hacerlo más
frecuentemente. De la misma manera que cuando mi hijo tiene 39 de fiebre me
entrego a Ti, tendría que agradecerte cada día que tiene 36,5. ¿O es que, en mi
interior, considero que 39 es una especie de castigo y 36,5 una simple
normalidad?
Lo mismo ocurre cuando se acaba el
dinero antes del día de cobro, o cuando, sin razón aparente, me siento triste y
apático, o cuando no encuentro estacionamiento.
¡Tengo que agradecer más, mucho más,
infinitamente más! Cada vez que encuentro estacionamiento. Cada vez que estamos
bien de salud. En cada comida, (¡cuántas personas no tienen ni una, mucho menos
tres al día!). Cada vez que pago en el supermercado, o puedo comprar un libro,
o regalarle un helado a mi hijo. Y así podría seguir, porque casi tendría que
agradecer cada segundo. Porque cada segundo es un regalo de vida, y ese regalo
solo procede de Ti.
Cuando digo “¡Hágase Tu Voluntad!”,
tengo el íntimo deseo que, al ponerme bajo Tu manto, los problemas se
solucionen de un plumazo. Cosa que, por supuesto, no ocurre.
Y un instante después, comienzo con un
batiburrillo de pensamientos en forma de preguntas: ¿Será que estoy cumpliendo
mi Plan de Vida? ¿Será que estoy pagando alguna deuda kármica? ¿Será que en
vidas anteriores la carencia fue el motor de mi existencia y sigo con esa
inercia?
Pero esa frase de entrega a Ti, y el
torbellino de pensamientos que la sigue, me relajan. Disminuyen la ansiedad y
la angustia que me genera el problema del momento. Y, de alguna manera, la
frase tiene un efecto sanador.
Te dejo por ahora, Señor. Me voy a
planchar.
Gracias por estar ahí. Gracias por
recibir mis cartas. Gracias por la vida.
Del libro CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo Gago

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