Nuestra conciencia está llena de miedo: miedo al rechazo, miedo a la soledad. Necesita reafirmarse a sí misma constantemente, buscando siempre la validación externa y la aprobación del exterior. Toda nuestra vida se ha construido de manera inconsciente —viviendo en piloto automático— sobre ese temor. Cuando la mente se convierte en nuestro único centro, nos encogemos por el miedo y eso nos mantiene siempre a la defensiva; siempre nos falta algo y caemos en la necesidad constante de más: más amor, más dinero, más poder, más aceptación, más atenciones.
La base de nuestros pensamientos y sentimientos se transforma así en un agujero negro, en un vacío que nunca se puede llenar. Para aliviar ese miedo y tratar de colmar esa carencia, nos volcamos hacia afuera y nos enganchamos al poder, al halago y a la admiración. Confiamos en el juicio de los demás antes que en el propio. ¡Qué poco nos valoramos y nos queremos! No confiamos en nosotros mismos y le entregamos nuestro poder a cualquiera que pase por delante.
Nos ponemos nerviosos por lo que la gente pueda pensar de nosotros. Nos parece vital porque nuestra autoestima ha pasado a depender de la mirada ajena. Y, sin embargo, nuestra propia estima desciende y desciende, precisamente porque hemos regalado nuestro poder a los demás.
Alfonso Vallejo

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