“Hay caminos que no se trazan con pasos, sino con conciencia”
Querido Dios:
Hoy no vengo a pedirte nada. Solo
quiero compartir contigo una reflexión que ha brotado desde lo más profundo de
mi ser. A veces, en medio del ruido del mundo y del torbellino de pensamientos
que nos envuelven, me detengo a observar la vida con otros ojos. Y entonces me
doy cuenta de que los seres humanos somos afortunados. No por lo que poseemos,
ni por lo que logramos, sino por algo mucho más esencial: tenemos la capacidad
de elegir cómo vivir. Podemos hacerlo desde la mente o desde el alma.
Vivir desde la mente es lo habitual, lo
aprendido, lo que se nos ha inculcado desde pequeños. No hace falta explicar
demasiado qué significa, porque la mayoría de nosotros lo hacemos de forma
automática. Es un modo de vida que se ha normalizado, que incluso se ha
institucionalizado. Vivimos desde la mente cuando nos dejamos llevar por la
individualidad, el juicio, la crítica, la comparación, el control, la reacción,
el análisis constante, la envidia, el miedo. Es como vivir bajo una dictadura
férrea, donde el dictador no es otro que el ego. Ese pequeño tirano que nos
convence de que estamos separados, de que debemos defendernos, competir,
sobresalir, tener razón, protegernos.
La mente es útil, sí, pero cuando se
convierte en la única guía, nos aleja de lo esencial. Nos hace vivir en modo
supervivencia, en constante alerta, en lucha interna y externa. Nos encierra en
una cárcel invisible, donde cada pensamiento es una reja, cada juicio una
cadena, cada miedo una sombra que nos impide ver la luz.
En cambio, vivir desde el alma es otra
historia. Es como adentrarse en una selva inexplorada. No sabemos qué nos
espera allí, y lo que es más inquietante: no sabemos ni cómo llegar. Supongo que
por eso son tan pocos los que se atreven a vivir desde el alma. Nos falta el
mapa, nos falta la brújula, y a veces incluso nos falta la fe de que esa selva
existe. Nos quedamos en la periferia, mirando desde lejos, sin atrevernos a dar
el primer paso. ¿Cómo explorar un territorio cuya ubicación desconocemos? ¿Cómo
caminar hacia lo desconocido cuando todo lo que conocemos nos grita que no lo
hagamos?
Y, sin embargo, algo dentro de nosotros,
(una voz suave, casi imperceptible), nos susurra que ese lugar existe. Que hay
una forma de vivir más plena, más libre, más verdadera. Que hay un “gobierno
interior” donde el alma es la guía, es el amor, es la ley. Si todos viviéramos
así, quizás no necesitaríamos tantas estructuras externas para regularnos. No
harían falta tantas normas, tantas leyes, tantos castigos. Porque el amor no
necesita vigilancia. La compasión no requiere control. La conciencia no teme al
caos.
A lo largo de la historia, distintas
tradiciones han intentado nombrar esa forma de vivir. En términos espirituales,
se habla de “Conciencia Crística”, ese estado de amor incondicional, compasión
y unidad que Jesús encarnó. También se menciona el “Estado de Gracia”, esa
armonía profunda con la voluntad divina, donde no hay juicio ni ego, solo
entrega y confianza. En las tradiciones orientales, se habla de “Iluminación” o
“Despertar espiritual”, esa trascendencia del ego que permite ver la unidad en
todo lo que existe.
Desde una perspectiva más humanista, se
habla de “Fraternidad universal”, ese ideal ético que promueve la hermandad
entre todos los seres humanos, sin distinción. También se ha acuñado el término
“Amor radical”, que implica amar sin condiciones, incluso a quienes piensan
diferente, incluso a quienes nos han herido.
En el ámbito personal, hay prácticas
que nos acercan a esa forma de vivir. El “Mindfulness compasivo”, por ejemplo,
nos invita a estar presentes con atención plena, sin juzgar, con una actitud de
comprensión hacia uno mismo y hacia los demás. Y la “vida consciente”, que es
la que hoy quiero explorar contigo, Señor.
Vivir conscientemente es elegir cada
pensamiento, cada palabra, cada acción desde el alma. Es detenerse antes de
reaccionar, antes de juzgar, antes de herir. Es observar con atención absoluta
lo que surge en nuestro interior y preguntarnos, con honestidad, si eso que
estamos a punto de pensar, decir o hacer nace del amor o del miedo.
Para vivir conscientemente, propongo, (y
me propongo), un ejercicio sencillo pero profundo. Ante cualquier pensamiento,
palabra o acción, detenerse y analizar lo siguiente:
- ¿Me gustaría que pensaran eso de mí? ¿Qué me dijeran lo
que mi mente está impulsándome a decir? ¿Qué me hicieran lo que estoy a punto
de hacer?
- ¿Las palabras que
me han dicho o las acciones que otros han llevado a cabo han sido realmente con
intención de hacerme daño, o simplemente son fruto de su manera de vivir desde
la mente?
- ¿Ese pensamiento,
esa palabra o esa acción van a servir para incrementar mi amor hacia esa
persona? ¿Esa persona lo va a recibir con agrado, o solo va a generar más
distancia?
- ¿Estoy cumpliendo
mi misión de hacer felices a los que me rodean? ¿Eso que estoy pensando decir o
hacer les hará felices, o solo me hará sentir superior, vengado, justificado?
- Y, por último, una
pregunta que lo cambia todo: Si muriera mañana, ¿Qué sentido tendría hacer o
decir algo que pueda molestar a los que amo?
Señor, ¡qué lejos estamos de vivir
desde el alma! ¡Qué lejos estamos de Ti! Porque viviendo desde la mente solo
podemos alcanzarte de pensamiento, como una idea, como una creencia. Pero
deberíamos sentir Tu Gracia en cada célula de nuestro cuerpo, en cada gesto, en
cada mirada, en cada silencio.
A veces me pregunto cuántas vidas nos
faltan para llegar a ese estado. Cuántas veces tendremos que tropezar, caer,
sufrir, para finalmente rendirnos y dejar que el alma tome el timón. Cuántas
veces tendremos que repetir los mismos errores, las mismas guerras, los mismos
conflictos, para entender que el camino no está afuera, sino dentro.
Y, sin embargo, aquí estoy,
escribiéndote esta carta, con la esperanza de que algo cambie. De que esta
reflexión no se quede solo en palabras, sino que se convierta en acción. Que
cada día, al despertar, recuerde que tengo una elección. Que puedo vivir desde
la mente, como siempre, o puedo atreverme a explorar la selva del alma, aunque
no sepa cómo llegar, aunque me pierda, aunque tenga miedo.
Gracias por escucharme, Señor. Gracias
por estar ahí, incluso cuando no te siento, incluso cuando me alejo, incluso
cuando me encierro en mi mente. Sé que estás en cada intento, en cada paso, en
cada suspiro. Y sé que, aunque nos queden miles de vidas, cada una de ellas es
una oportunidad para acercarnos más a Ti.
Gracias, Señor.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

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