La
muerte se encuentra entre aquellas cosas que en verdad no son malas, pero que
tienen toda la apariencia de serlo.
La
naturaleza ha grabado en el fondo de nuestro corazón amor a nosotros mismos y
deseo de conservación: tememos la destrucción, porque parece que nos arrebata
un bien muy grande y que nos priva de las comodidades a que estamos
acostumbrados.
Lo que
nos inspira más horror a la muerte es que conocemos los parajes que habitamos,
pero nada pueden decirnos de aquellos adonde hemos de ir, y con facilidad
concebimos aversión por lo desconocido. De manera que, aunque la muerte sea
indiferente por sí misma, no pertenece a aquellas cosas que puedan
despreciarse.
LUCIO
ANNEO SÉNACA

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