“En cada intento de amar, ahí está Dios”
Querido hijo:
He leído cada palabra que me has escrito, no con los ojos, sino con el corazón. Porque tus palabras no solo son letras, son suspiros del alma, son ecos de una búsqueda que no se detiene, son señales de que aún en medio del ruido, tú sigues escuchando Mi Voz.
Tu sinceridad me conmueve. No porque me
sorprenda, yo conozco cada rincón de tu ser, sino porque has elegido abrirte,
mostrarte vulnerable, y eso, hijo, es un acto de amor. El amor empieza ahí, en
la verdad desnuda, en el reconocimiento de que no lo sabes todo, de que no
puedes todo, pero aun así deseas amar.
Sé que te cuesta. Lo sé desde siempre.
Sé que el impulso muchas veces gana la batalla, que la herida habla más fuerte
que la esperanza, que el miedo se disfraza de indiferencia, de juicio, de
distancia. Pero también sé que dentro de ti hay una llama que no se apaga, una
sed de paz, una intuición profunda de que el amor es el único camino que vale
la pena recorrer.
Y tienes razón: amar no es fácil. No lo
fue para Jesús. Amar hasta el extremo, sin condiciones, sin garantías, sin
esperar nada a cambio, es doloroso. Le expuso, le quebró, le llevó a la cruz.
Pero también le dio sentido. Porque en ese amor entregado, sin medida, sin
cálculo, sin defensa, encontró la plenitud. Y eso es lo que quiero para ti.
No te
pido que seas perfecto. Nunca lo he hecho. Te pido que seas auténtico. Que no
escondas tus luchas, que no maquilles tus caídas, que no disimules tus dudas.
Porque en tu humanidad está tu belleza. En tu fragilidad está tu capacidad de
compasión. En tu historia, incluso en las partes que quisieras borrar, está la
semilla de tu misión.
Tú me preguntas por qué elegís el odio
cuando sabéis que el amor sana. Por qué preferís juzgar antes que comprender.
Por qué os blindáis ante el dolor, aunque eso os cierre también al amor. Y Yo
te digo: porque habéis olvidado quiénes sois. Habéis confundido el valor con el
éxito, la fuerza con el control, la libertad con el ego. Habéis aprendido a
sobrevivir, pero no a vivir.
Pero tú estás despertando. Lo noto en
cada palabra. Lo siento en cada pregunta. Lo veo en tu deseo de responder desde
el amor, de mirar con el corazón, de ser espacio de ternura en un mundo que
corre sin pausa. Y eso, hijo, ya es luz. Ya es transformación. Ya es milagro.
No temas si tropiezas. No temas si a
veces el impulso te gana. No temas si el amor se te escapa entre los dedos. Yo
estoy ahí, en cada intento, en cada regreso, en cada oración que no se dice con
palabras, sino con gestos, con silencios, con lágrimas. Estoy ahí,
sosteniéndote, guiándote, susurrándote que no estás solo.
Cuando el otro te hiere, cuando la
decepción te nubla, cuando la traición te rompe, recuerda que el amor no es
solo emoción. Es decisión. Es acto de fe. Es elección que se sostiene en Mí. Y Yo
nunca te fallaré.
Mírame en el rostro del que no sabe
pedir perdón. Mírame en los ojos del que se defiende con indiferencia. Mírame
en la historia del que parece lejano. Porque Yo habito en cada uno. En sus
heridas, en sus miedos, en sus gestos torpes. Y cuando tú eliges mirar más allá,
cuando eliges ver el alma detrás del error, estás viendo Mi Rostro.
Tú dices que quieres que tu vida sea
una carta abierta que hable de Mí, aunque no mencione Mi Nombre. Y Yo te digo:
ya lo es. Cada vez que eliges la ternura en lugar del juicio, cada vez que
eliges el silencio que escucha en lugar del ruido que impone, cada vez que
eliges la compasión en lugar de la razón, estás escribiendo Mi Nombre en el
mundo.
No necesitas grandes gestos. No
necesitas palabras elocuentes. Basta con una mirada sincera, con una mano
tendida, con una presencia que no huye. Porque el amor verdadero no se mide por
lo que se dice, sino por lo que se entrega.
Y tú estás aprendiendo a entregar. A
soltar el ego, el orgullo, la necesidad de tener razón. Estás desaprendiendo lo
que te ata al sufrimiento. Estás dejando de ver al otro como amenaza, y
empezando a verlo como espejo. Eso es gracia. Eso es redención. Eso es vida.
No te preocupes si el mundo no lo
entiende. No te preocupes si te llaman ingenuo, débil, idealista. Yo te llamo
hijo. Yo te llamo luz. Yo te llamo reflejo de Mi Amor.
Y si algún día te olvidas de esto,
porque sé que a veces el ruido es fuerte, que el dolor confunde, que la rutina
adormece, Yo te lo recordaré. En la sonrisa de un niño, en la fragilidad de un
anciano, en la ternura de quien cuida sin ser visto. Te lo recordaré en lo
invisible, en lo esencial, en lo eterno.
Porque ahí estoy Yo. Y ahí quiero que
estés tú.
Gracias por tu carta. Gracias por tu
honestidad. Gracias por tu deseo de amar.
No estás solo. Nunca lo has estado.
Nunca lo estarás.
Yo camino contigo. Yo habito en ti. Yo Soy
el amor que te llama, que te sostiene, que te transforma.
Sigue eligiéndome. En cada gesto, en
cada palabra, en cada silencio. Sigue eligiéndome cuando todo te invite a lo
contrario. Sigue eligiéndome cuando amar duela, cuando perdonar cueste, cuando
comprender parezca imposible.
Porque en esa elección está tu
libertad. La verdadera. La que no depende de lo que el otro haga, sino de lo
que tú decides ser. La que no se compra, pero se conquista. La que no se
impone, pero se contagia.
No te canses de amar. No te canses de
intentar. No te canses de volver. Yo nunca me canso de ti.
Con todo mi amor, yo te bendigo.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo Gago

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