El miedo es esa distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos
Querido Dios:
Me quedé en silencio. No por no
entenderla, sino porque algo en mí la reconoció como cierta. Como si esa frase
hubiera estado esperando a que yo estuviera listo para escucharla.
Desde entonces, he empezado a mirar el
miedo de otra manera. No como un enemigo, sino como un mensajero. Un indicador
de que, en algún punto del camino, me alejé de mí mismo y, sobre todo, me alejé
de Ti.
Ya sabes que yo siempre he sido un
miedica. Aunque el miedo no siempre se presenta como pánico. A veces se
disfraza de duda, de indecisión, de necesidad de aprobación. Se esconde detrás
de frases como “no estoy preparado”, “quizás no es el momento”, “¿y si no sale
bien?”. Y lo más curioso es que muchas veces no lo reconocemos como miedo. Lo
llamamos prudencia, lógica, madurez. Pero en el fondo, sabemos que es otra
cosa.
Yo lo he sentido en momentos clave:
antes de tomar decisiones importantes, al iniciar proyectos que realmente me
ilusionaban, al expresar lo que pensaba cuando sabía que podía incomodar. Y en
cada uno de esos momentos, el miedo me hablaba. No para detenerme, sino para
mostrarme que había algo dentro de mí que no estaba alineado.
Nuestra esencia, ese núcleo silencioso
que sabe quiénes somos, qué nos mueve, qué nos hace vibrar. Es la parte de
nosotros que no necesita máscaras, que no busca aprobación, que simplemente es.
Pero con el tiempo, y por muchas razones, nos vamos alejando de ella.
Nos adaptamos. Aprendemos a encajar. A
decir lo que se espera. A hacer lo que “deberíamos”. Y en ese proceso, vamos
construyendo una versión de nosotros que funciona, que sobrevive, pero que no
siempre nos representa.
La distancia entre esa versión y
nuestra esencia es donde nace el miedo. Porque en ese espacio vacío, todo se
vuelve incierto. Perdemos el norte, la claridad, la confianza. Y el miedo se
instala como un recordatorio de que algo no está en su lugar.
No hay una fórmula mágica para volver a
la esencia. Pero sí hay caminos. Y todos empiezan por la honestidad. Por
atrevernos a mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿qué parte de mí estoy dejando
fuera? ¿Qué estoy callando, negando, postergando?
En mi caso, reconectar ha sido un
proceso lento, a veces incómodo, pero profundamente liberador. He aprendido a
escuchar mi intuición, a cuestionar mis miedos, a decir “no” cuando algo no
resuena, a decir “sí” aunque me tiemble la voz.
He descubierto que cada vez que me
acerco a mi esencia, el miedo se transforma. Ya no es un muro, sino una puerta.
Ya no me paraliza, sino que me impulsa. Porque desde ese lugar auténtico, todo
tiene sentido. Incluso el miedo.
Hoy no quiero eliminar el miedo. Quiero
entenderlo. Quiero que me hable, que me muestre dónde estoy desconectado, qué
parte de mí necesita atención. Porque sé que detrás de cada miedo hay una
verdad que espera ser reconocida.
A veces, el miedo al rechazo me
recuerda que necesito aceptarme más. El miedo al fracaso me muestra que aún vinculo
mi valor a los resultados. El miedo al cambio me invita a confiar en mi
capacidad de adaptarme.
Y cuando lo veo así, el miedo deja de
ser un enemigo. Se convierte en un maestro. En una brújula que me guía de
vuelta a mí.
El secreto es vivir desde la esencia.
No siempre es fácil. Vivir desde la esencia implica incomodar, romper patrones,
soltar expectativas. Pero también implica libertad, plenitud, coherencia. Es el
lugar donde todo encaja, donde todo fluye, donde todo tiene propósito.
Y lo más hermoso es que ese lugar
siempre está disponible, porque ese lugar eres Tú. No importa cuánto nos
hayamos alejado, siempre podemos volver. Basta con escucharnos, con permitirnos
ser, con elegirnos.
Porque al final, el miedo no es más que
eso: la distancia que ponemos entre nosotros y lo que realmente somos. Y cada
paso que damos hacia nuestra esencia, es un paso que lo disuelve.
Gracias Señor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario