Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



lunes, 29 de junio de 2026

Aprendiz espiritual

 



“Vivir es recordar lo que el alma ya sabe”


Querido Dios:

Es curiosa la vida. Llegamos a ella sin hacer ninguna solicitud, sin haber firmado ningún contrato previo, sin haber elegido el lugar, el tiempo ni las circunstancias. Simplemente aparecemos, como si alguien nos hubiera lanzado al escenario sin ensayar. Y desde ese primer instante, comenzamos a caminar, a tropezar, a correr, a buscar, sin saber muy bien qué.

Tampoco sabemos para qué venimos. Nos enseñan a hablar, a sumar, a comportarnos, pero nadie nos enseña lo esencial: cómo vivir con sentido, cómo amar sin miedo, cómo encontrar paz en medio del ruido. Nos lanzamos a la carrera de la vida como si fuera una competencia, como si el éxito estuviera en acumular cosas, títulos, reconocimientos. Trabajamos como locos para comernos el mundo y conseguir aquello que creemos que nos hará felices, pero que, irónicamente, no tenemos tiempo de disfrutar. Nos convertimos en esclavos de nuestras propias metas.

Un día nos jubilan. Nos retiran del juego, como si ya no tuviéramos cartas que jugar. Y ese trabajo al que dimos todo, incluso partes de nuestra alma, nos olvida. Ya no somos necesarios. Y un poco más allá, nos morimos. Así, sin saber para qué hemos nacido. Y ahí, también, nos olvidan los pocos que nos recordaban. La vida sigue, como si nunca hubiéramos estado.

Es curiosa, sí. Es cruel, es ingrata. Pero, a la vez, es hermosa. Porque, a pesar de todo, nadie quiere morir. Hay algo en ella que nos ata, que nos seduce, que nos hace aferrarnos incluso cuando duele. Tal vez sea el amor, tal vez la esperanza, tal vez el simple hecho de que, en medio de todo, hay momentos que brillan con una luz que no se puede explicar.

Algunos pocos, un día, en mitad de esa vorágine en la que permanecen inmersos dejándose llevar por la corriente, ponen un pie en tierra. Se detienen. Miran alrededor. Y comienzan a preguntarse, no solo la razón de la vida, sino su propia identidad. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Hay algo más allá de lo visible?

Llegan a conclusiones que no entienden del todo, que no tienen ningún sustento científico, pero que les alivia creer. Y a eso lo llaman “espiritualidad”. No es una religión, no es una doctrina. Es una intuición, una sensación de que hay algo más grande, más profundo, más verdadero.

Esos “aprendices espirituales”, entre los que me gusta incluirme, empezamos a tener claro. No, no lo tenemos claro. Mejor decir que nos apetece creer. Nos reconforta imaginar que somos un espíritu, una energía que un día se desprendió de la Energía Universal. Podemos llamarte Dios a esa Energía, sin ningún problema. Y vagamos, no sabemos muy bien haciendo qué, junto a nuestros hermanos, disfrutando de esa Energía Divina, hasta que un día decidimos, por propia voluntad, meternos dentro de un cuerpo y aparecer en la Tierra.

¿Para qué? Para aprender. Para experimentar. Para amar. Nos gusta creer que esa es nuestra misión: aprender a amar. No el amor romántico, ni el amor condicionado, sino ese amor que no exige, que no juzga, que simplemente es. El amor que Tú representas.

Los aprendices espirituales vemos la vida como un sueño. Un sueño en el que nos comportamos como “no somos”, es decir, como seres individuales que luchan por sobrevivir, que compiten, que se comparan, que se olvidan de que están conectados. Hasta que un día despertamos. O, al menos, abrimos un ojo. Y comenzamos a recordar eso que “sí somos”.

Pero el despertar no es fácil. Un alto porcentaje de los aprendices somos unos hipócritas. Y lo digo con cariño, con compasión, porque me incluyo. Creemos que somos hermanos, que todos somos hijos de Dios, que estamos aquí para aprender a amar, pero nos comportamos como si no lo supiéramos. Como si no lo creyéramos. Como si estuviéramos dormidos.

Aunque hay una diferencia. Nos sentimos mal por vivir en contra de nuestras creencias. Nos duele la incoherencia. Nos pesa el ego. Nos incomoda la desconexión. Y eso, tal vez, sea el primer paso hacia el despertar real.

Señor, esta carta no es una queja. Es una confesión. Es un intento de entender. Es una súplica silenciosa de guía. Porque, aunque a veces me siento perdido, también siento que hay algo dentro de mí que recuerda, que sabe, que anhela volver a Ti.

No sé si Tú eres una energía, una conciencia, una presencia. No sé si estás en el cielo, en la tierra, en mí. Pero sé que existes. Lo siento. Lo intuyo. Lo necesito.

Y si esta vida es una escuela, quiero aprender. Si esta vida es un viaje, quiero caminar Contigo. Si esta vida es un sueño, quiero despertar.

Gracias por darme la oportunidad de vivir, aunque no entienda del todo el propósito. Gracias por los momentos de belleza, por las personas que me han amado, por las lecciones que me han dolido. Gracias por la posibilidad de escribirte, de hablarte, de buscarte.

Y si algún día logro amar como Tú amas, aunque sea un poco, aunque sea a unos pocos, entonces sabré que este viaje ha merecido la pena.

Con humildad, con esperanza, con amor. Gracias

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

No hay comentarios:

Publicar un comentario