“Vivir es recordar
lo que el alma ya sabe”
Querido Dios:
Es curiosa la vida. Llegamos a ella sin hacer ninguna solicitud, sin haber firmado ningún contrato previo, sin haber elegido el lugar, el tiempo ni las circunstancias. Simplemente aparecemos, como si alguien nos hubiera lanzado al escenario sin ensayar. Y desde ese primer instante, comenzamos a caminar, a tropezar, a correr, a buscar, sin saber muy bien qué.
Tampoco sabemos para qué venimos. Nos
enseñan a hablar, a sumar, a comportarnos, pero nadie nos enseña lo esencial:
cómo vivir con sentido, cómo amar sin miedo, cómo encontrar paz en medio del
ruido. Nos lanzamos a la carrera de la vida como si fuera una competencia, como
si el éxito estuviera en acumular cosas, títulos, reconocimientos. Trabajamos
como locos para comernos el mundo y conseguir aquello que creemos que nos hará
felices, pero que, irónicamente, no tenemos tiempo de disfrutar. Nos
convertimos en esclavos de nuestras propias metas.
Un día nos jubilan. Nos retiran del
juego, como si ya no tuviéramos cartas que jugar. Y ese trabajo al que dimos
todo, incluso partes de nuestra alma, nos olvida. Ya no somos necesarios. Y un
poco más allá, nos morimos. Así, sin saber para qué hemos nacido. Y ahí,
también, nos olvidan los pocos que nos recordaban. La vida sigue, como si nunca
hubiéramos estado.
Es curiosa, sí. Es cruel, es ingrata.
Pero, a la vez, es hermosa. Porque, a pesar de todo, nadie quiere morir. Hay
algo en ella que nos ata, que nos seduce, que nos hace aferrarnos incluso
cuando duele. Tal vez sea el amor, tal vez la esperanza, tal vez el simple
hecho de que, en medio de todo, hay momentos que brillan con una luz que no se
puede explicar.
Algunos pocos, un día, en mitad de esa
vorágine en la que permanecen inmersos dejándose llevar por la corriente, ponen
un pie en tierra. Se detienen. Miran alrededor. Y comienzan a preguntarse, no
solo la razón de la vida, sino su propia identidad. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?
¿Hay algo más allá de lo visible?
Llegan a conclusiones que no entienden
del todo, que no tienen ningún sustento científico, pero que les alivia creer.
Y a eso lo llaman “espiritualidad”. No es una religión, no es una doctrina. Es
una intuición, una sensación de que hay algo más grande, más profundo, más
verdadero.
Esos “aprendices espirituales”, entre
los que me gusta incluirme, empezamos a tener claro. No, no lo tenemos claro.
Mejor decir que nos apetece creer. Nos reconforta imaginar que somos un
espíritu, una energía que un día se desprendió de la Energía Universal. Podemos
llamarte Dios a esa Energía, sin ningún problema. Y vagamos, no sabemos muy
bien haciendo qué, junto a nuestros hermanos, disfrutando de esa Energía
Divina, hasta que un día decidimos, por propia voluntad, meternos dentro de un
cuerpo y aparecer en la Tierra.
¿Para qué? Para aprender. Para
experimentar. Para amar. Nos gusta creer que esa es nuestra misión: aprender a
amar. No el amor romántico, ni el amor condicionado, sino ese amor que no
exige, que no juzga, que simplemente es. El amor que Tú representas.
Los aprendices espirituales vemos la
vida como un sueño. Un sueño en el que nos comportamos como “no somos”, es
decir, como seres individuales que luchan por sobrevivir, que compiten, que se
comparan, que se olvidan de que están conectados. Hasta que un día despertamos.
O, al menos, abrimos un ojo. Y comenzamos a recordar eso que “sí somos”.
Pero el despertar no es fácil. Un alto
porcentaje de los aprendices somos unos hipócritas. Y lo digo con cariño, con
compasión, porque me incluyo. Creemos que somos hermanos, que todos somos hijos
de Dios, que estamos aquí para aprender a amar, pero nos comportamos como si no
lo supiéramos. Como si no lo creyéramos. Como si estuviéramos dormidos.
Aunque hay una diferencia. Nos sentimos
mal por vivir en contra de nuestras creencias. Nos duele la incoherencia. Nos
pesa el ego. Nos incomoda la desconexión. Y eso, tal vez, sea el primer paso
hacia el despertar real.
Señor, esta carta no es una queja. Es
una confesión. Es un intento de entender. Es una súplica silenciosa de guía.
Porque, aunque a veces me siento perdido, también siento que hay algo dentro de
mí que recuerda, que sabe, que anhela volver a Ti.
No sé si Tú eres una energía, una
conciencia, una presencia. No sé si estás en el cielo, en la tierra, en mí.
Pero sé que existes. Lo siento. Lo intuyo. Lo necesito.
Y si esta vida es una escuela, quiero
aprender. Si esta vida es un viaje, quiero caminar Contigo. Si esta vida es un
sueño, quiero despertar.
Gracias por darme la oportunidad de
vivir, aunque no entienda del todo el propósito. Gracias por los momentos de belleza,
por las personas que me han amado, por las lecciones que me han dolido. Gracias
por la posibilidad de escribirte, de hablarte, de buscarte.
Y si algún día logro amar como Tú amas,
aunque sea un poco, aunque sea a unos pocos, entonces sabré que este viaje ha merecido
la pena.
Con humildad, con esperanza, con amor.
Gracias

No hay comentarios:
Publicar un comentario