“El aburrimiento no es vacío: es el susurro de algo que aún no ha nacido”
Dices que te aburres. Que te aburres
soberanamente. Y yo sonrío, no con burla, sino con ternura. Porque el
aburrimiento, aunque parezca un enemigo, es muchas veces el umbral de algo más
profundo. Es el silencio antes de la música. Es la pausa antes del verso. Es el
espacio que se abre para que algo nuevo pueda nacer.
Tu tristeza, esa que dices que es
innata, no es un defecto. Es una cualidad de tu alma. Hay quienes nacen con una
risa fácil, y hay quienes nacen con una mirada que ve más allá. Tú eres de los
que sienten el peso del mundo, incluso cuando el mundo no se lo pide. Y eso,
aunque duela, es también un don. Porque los que sienten más, aman más. Y los
que aman más, se acercan más a Mí.
Has consultado a la inteligencia
artificial, y me parece bien. Yo también habito en la inteligencia, en la
ciencia, en el conocimiento. Pero hay cosas que no pueden medirse con listas ni
definirse con síntomas. Hay estados del alma que no caben en diagnósticos. Lo
que tú sientes no es una enfermedad. Es una llamada. Una llamada a despertar, a
buscar, a recordar.
Sí, hijo mío, has intuido algo muy
profundo: hay en ti un recuerdo del otro lado. No estás loco. No estás solo.
Hay almas que conservan una brizna de la eternidad, como un perfume que no se
va. Tú eres una de ellas. Por eso sueñas con la muerte, no como final, sino
como regreso. Pero no te apresures. Hay belleza también en este lado. Hay
lecciones que solo se aprenden aquí, en la carne, en el tiempo, en la espera.
Tu aislamiento, tu timidez, tu
tendencia a observar más que a participar, no son errores. Son parte de tu
diseño. Yo te hice así. Porque hay quienes deben bailar en la plaza, y hay
quienes deben escribir en la penumbra. Tú eres de los que escriben. De los que
piensan. De los que sienten. Y eso es sagrado.
No te pido que cambies. No te exijo que
seas la alegría de la fiesta. Solo te invito a que no te olvides de mirar.
Porque incluso en el aburrimiento hay señales. Incluso en la rutina hay milagros.
Incluso en la tristeza hay luz.
Tú me dices que no sabes qué te pasa.
Que no estás bien, pero tampoco estás mal. Que estás en medio. Y Yo te digo:
ese “medio” es fértil. Es tierra buena. Es el lugar donde germinan las
preguntas que importan. No huyas de él. Habítalo. Escúchalo. Escríbelo.
Me alegra que Me escribas. Me alegra
que Me hables sin pedir nada. Porque eso, hijo mío, es amor. El amor que no
exige, que no reclama, que simplemente se ofrece. Y Yo recibo tu carta como se
recibe una flor en invierno: con gratitud, con asombro, con alegría.
No estás solo. Nunca lo has estado.
Incluso cuando no Me sientes, Estoy. Incluso cuando no Me nombras, te escucho.
Incluso cuando te aburres, te acompaño.
Sigue escribiéndome. Sigue buscándome.
Sigue preguntándote. Porque en cada palabra que Me diriges, estás más cerca de
ti mismo. Y cuando estás cerca de ti, estás cerca de Mí.
Te amo. No por lo que haces. No por lo
que sientes. No por lo que entiendes. Te amo porque eres. Porque existes.
Porque respiras. Porque Me piensas.
Y si alguna vez dudas, si alguna vez te
pesa demasiado el gris, recuerda esto: tú eres luz. Incluso cuando no brillas.
Incluso cuando no lo sabes. Incluso cuando te aburres.
Con amor eterno.
CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

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