Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



sábado, 13 de diciembre de 2025

El misterio de estar vivo

 

 


“Hay días en los que el alma no pide respuestas,

solo compañía”

 Querido Dios:

           Hoy me siento inclinado a escribirte, no por una urgencia espiritual ni por una súplica desesperada, sino por algo más difuso, más cotidiano, más humano: el aburrimiento. Me aburro, Señor. Me aburro soberanamente. Y aunque esta palabra suene trivial, casi infantil, lo cierto es que encierra una carga existencial que me pesa más de lo que quisiera admitir.

Este aburrimiento no es el de una tarde sin planes ni el de una espera en la sala de un médico. Es un aburrimiento que se instala en el alma, que se mezcla con mi tristeza innata, (esa que me acompaña desde que tengo memoria), y que, si uno se dejara llevar por los diagnósticos modernos, podría confundirse fácilmente con una depresión. Pero no creo estar deprimido, Señor. Al menos no en el sentido clínico del término. Aunque, por curiosidad, (y quizás por necesidad de entenderme mejor), me he atrevido a consultar los síntomas de la depresión. La inteligencia artificial, esa nueva voz que también responde preguntas, me ha ofrecido una lista detallada, casi quirúrgica, de lo que se considera una depresión según fuentes médicas como Mayo Clinic y Sanitas.

Los síntomas emocionales y cognitivos incluyen tristeza persistente, pérdida de interés en actividades, irritabilidad, sentimientos de inutilidad, dificultad para concentrarse y pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio. Al leerlos, me he sentido aliviado. No porque no tenga nada en común con ellos, sino porque la mayoría no me describen. Sí, tengo una tristeza persistente, pero no es nueva. Es como un color de fondo en mi alma, como un gris suave que no me impide ver los colores, pero que siempre está ahí. Y sí, a veces me siento vacío, pero no desesperanzado. Nunca he sentido que todo esté perdido. Nunca he sentido que no haya sentido.

En cuanto a los pensamientos sobre la muerte, debo confesar que sí, los tengo. Pero no son oscuros ni autodestructivos. No hay en mí deseo de acabar con la vida, sino una curiosidad profunda por lo que hay más allá. No pienso en la muerte como un escape, sino como una puerta. Una puerta que, aunque no tengo prisa por cruzar, me intriga. Fantaseo con lo que podría haber al otro lado, como quien imagina un país lejano que aún no ha visitado pero que siente que, de alguna manera, ya conoce. ¿Será que en algún rincón de mi alma hay un recuerdo de ese “otro lado”? ¿Será que mi nostalgia no es por algo que perdí aquí, sino por algo que viví allá?

La IA también me habló de los síntomas físicos y de comportamiento: alteraciones del sueño, fatiga, cambios en el apetito, lentitud en el pensamiento, dolores inexplicables y aislamiento social. Tampoco me identifico con ellos, salvo quizás con el aislamiento. Pero ese, Señor, Tú lo sabes bien, no es nuevo. Siempre he sido tímido, retraído, más observador que protagonista. No soy la alegría de la fiesta, ni lo pretendo. Mi mundo interior siempre ha sido más vasto que el exterior, y aunque con los años he aprendido a abrirme un poco más, sigo siendo ese niño que se escondía detrás de las cortinas para no saludar a los invitados.

Entonces, si no estoy deprimido, ¿qué me pasa? ¿Por qué este aburrimiento que se instala como una niebla en mis días? ¿Por qué esta sensación de que todo es repetido, de que nada me sorprende, de que incluso lo bello parece lejano?

No te escribo buscando una solución mágica. Sé que la vida no funciona así. Sé que estamos aquí para aprender, para crecer, para amar. Y sé que este aburrimiento, esta incomodidad, esta falta de entusiasmo, puede ser una señal. Una señal de que algo dentro de mí está cambiando, de que algo necesita ser atendido, comprendido, transformado.

Quizás este aburrimiento sea una invitación. Una invitación a mirar más profundo, a dejar de buscar fuera lo que solo puedo encontrar dentro. Porque cuando todo parece aburrido, quizás es porque he dejado de mirar con ojos nuevos. Quizás es porque he olvidado que cada instante, por más cotidiano que sea, encierra un misterio. El misterio de estar vivo. El misterio de poder sentir, pensar, amar.

Y, sin embargo, Señor, me cuesta. Me cuesta encontrar sentido en lo pequeño. Me cuesta entusiasmarme. Me cuesta incluso rezar. No porque no crea en Ti, sino porque a veces siento que las palabras se quedan cortas, que no alcanzan, que no llegan. Pero escribirte, eso sí me ayuda. Me ayuda a ordenar mis pensamientos, a escucharme, a sentir que hay alguien, Tú, que me lee, que me entiende, que me acompaña.

Gracias por eso. Gracias por ser. Por estar. Por escucharme incluso cuando no tengo nada concreto que decir. Porque esta carta no tiene una petición, ni una queja, ni una revelación. Es simplemente un desahogo. Una manera de decirte: “Aquí estoy, Señor. No estoy bien, pero tampoco estoy mal. Estoy en medio. Estoy buscando.”

Y en esa búsqueda, me doy cuenta de algo: quizás el aburrimiento no sea el enemigo. Quizás sea un maestro. Un maestro silencioso que me obliga a detenerme, a mirar lo que no quiero mirar, a sentir lo que he estado evitando. Porque cuando todo se detiene, cuando no hay distracciones, cuando el alma se queda sola consigo misma, es cuando puede empezar el verdadero diálogo. El diálogo Contigo. El diálogo con lo eterno.

A veces pienso que el aburrimiento es como el invierno del alma. No hay flores, no hay sol, no hay canto. Pero bajo la tierra, algo se está gestando. Algo se está preparando. Y cuando llegue la primavera, cuando vuelva el entusiasmo, cuando la vida vuelva a florecer, sabré que este tiempo no fue en vano. Que fue necesario. Que fue fértil, aunque no lo pareciera.

Mientras tanto, seguiré escribiéndote. Porque en estas cartas encuentro consuelo. Encuentro compañía. Encuentro sentido. Y aunque no espero respuestas inmediatas, sé que cada palabra que Te dirijo es una semilla. Una semilla que algún día germinará. En mí. En Ti. En el misterio que nos une.

Gracias, Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo

viernes, 12 de diciembre de 2025

Sin arrogancia

 


Todo contiene inteligencia

 


Cada uno de nosotros tiene color y sonido. Cada actividad nuestra es, pues, de un color y de un arpegio con una frase musical. Si es distorsionada, sale un sonido feo, disonante y de color sucio. A cada persona que lanza una afirmación afeante se le devuelve la responsabilidad de aquello. Todo contiene inteligencia.

          SAINT GERMAIN


Dios en lo cotidiano

 


                 “Dios me parece una entidad vaga y remota”, comentó cierto estudiante.

            “El Señor te parece distante solamente porque tu atención está dirigida hacia el exterior, hacia la creación, y no hacia el interior, hacia Él”, dijo el Maestro. “Cuando quiera que tu mente se eche a vagar en medio de la confusión de miríadas de pensamientos mundanos, condúcela pacientemente de regreso al interior, enfocándola sobre recuerdo del Señor que allí mora. Y así, llegará el día en que le llevarás siempre contigo; un Dios que te habla en tu propio lenguaje, un Dios cuyo rostro te atisba desde cada flor, desde cada arbusto, desde cada brizna de hierba. Entonces dirás: “¡Estoy libre! La gloriosa túnica del Espíritu me viste; vuelo desde la tierra al cielo sobre las alas de la luz”. ¡Y cómo se consumirá tu ser de gozo!”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

martes, 9 de diciembre de 2025

Honestidad

 


¿Por qué la ira?

 


Cuando los placeres han corrompido igual el cuerpo y la mente, todo nos parece insoportable; no por su dureza, sino por nuestra flojedad. Si no. ¿cómo se entiende que reaccionemos con ira porque alguien tose o estornuda, por una mosca que no conseguimos espantar, por un perro que se cruza en nuestro camino, o porque al sirviente descuidado se le resbala de la mano una llave?

LUCIO ANNEO SÉNECA


El propósito de la vida

 


           

La idea de que la vida tiene un propósito y que cada segundo está cargado de sentido es, sin duda, una de las concepciones más profundas y desafiantes que podemos abrazar. Si aceptamos que nada ocurre por azar, entonces incluso los momentos que parecen triviales, dolorosos o aburridos se convierten en piezas de un engranaje mayor, en fragmentos de un mosaico que solo se revela en su totalidad cuando miramos hacia atrás con perspectiva. 

Cada experiencia, por insignificante que parezca, es como una semilla que germina en el tiempo. A menudo no somos conscientes de su valor en el instante en que ocurre, porque nuestra mirada está limitada por la inmediatez. Sin embargo, cuando el tiempo pasa y los sucesos se entrelazan, descubrimos que aquel encuentro casual, aquella palabra escuchada al azar, o incluso aquel fracaso que nos hizo dudar de nosotros mismos, estaban preparando el terreno para algo más grande. La vida, en este sentido, se asemeja a una red invisible de conexiones que solo se hace evidente cuando nos detenemos a contemplar el conjunto. 

El sufrimiento, por ejemplo, rara vez se percibe como portador de propósito en el momento en que lo atravesamos. Nos resulta difícil aceptar que el dolor pueda tener un sentido más allá de la mera incomodidad o la pérdida. Sin embargo, muchas veces es precisamente en el sufrimiento donde germinan las mayores transformaciones. El dolor nos obliga a detenernos, a replantearnos nuestras prioridades, a descubrir fuerzas internas que desconocíamos. Lo que parecía un vacío se convierte en un espacio fértil para el crecimiento. 

De igual manera, el aburrimiento, esa sensación de vacío que solemos despreciar, puede ser el preludio de una revelación. En los momentos de aparente inactividad, la mente se abre a nuevas ideas, se conecta con dimensiones más profundas de la creatividad y la introspección. El aburrimiento, lejos de ser un tiempo perdido, puede ser el terreno donde se gestan las intuiciones más valiosas. 

La dificultad radica en que no siempre tenemos la capacidad de recordar o reconocer cómo cada suceso se enlaza con otros. La memoria humana es frágil y selectiva, y muchas veces olvidamos los detalles que, vistos en conjunto, revelarían la trama oculta de nuestra existencia. Si pudiéramos recordar cada instante con claridad, probablemente descubriríamos que nada fue irrelevante, que todo estaba conectado en una danza de causas y efectos que nos conducen hacia nuestro propósito. 

Aceptar esta visión de la vida implica también una actitud de confianza. Confiar en que incluso aquello que no comprendemos ahora tiene un sentido que se revelará más adelante. Confiar en que los caminos que parecen desviarnos nos están llevando, en realidad, hacia donde necesitamos estar. Confiar en que cada segundo, incluso los más oscuros, están impregnados de propósito. 

En última instancia, vivir con esta conciencia transforma nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Nos invita a valorar cada instante, a prestar atención a los detalles, a reconocer que lo que hoy parece insignificante puede ser la llave de un futuro inesperado. Nos recuerda que la vida no es una sucesión de hechos aislados, sino una sinfonía en la que cada nota, por pequeña que sea, contribuye a la armonía del conjunto. 

Así, la verdadera tarea no es tanto descifrar el propósito de cada momento, sino aprender a vivir con la certeza de que ese propósito existe, aunque no lo comprendamos todavía. Y en esa confianza, la vida se convierte en un viaje lleno de significado, donde cada segundo cuenta y cada experiencia nos acerca, de manera silenciosa pero firme, al destino que nos espera. 


sábado, 6 de diciembre de 2025

Opiniones

 


¿Qué es el llorar y el gemir? Una opinión. ¿Qué es la desdicha? Una opinión. ¿Qué son el antagonismo, la censura, la acusación, la impiedad, la palabrería? Opiniones y nada más.

No son las cosas las que atormentan a los hombres, sino las opiniones que se tienen de ellas.

Cuando nos hallamos turbados o impedidos, no debemos echar la culpa a otros, sino a nosotros mismos y a nuestras opiniones.

EPICTETO


Mudra de la vejiga

 


MUDRA DE LA VEJIGA

MUDRA PARA EL DESAPEGO

Cómo se hace:

Con las manos abiertas, separa los dedos.

Coloca las manos de manera que los dedos corazón queden en posición vertical. Une las puntas de los dedos corazón.

La palma de la mano derecha mira al cuerpo y los dedos apuntan hacia abajo. Coloca la mano un poco por encima del ombligo.

La palma de la mano izquierda mira hacia afuera y los dedos apuntan al techo.

Sirve para:

Fortalece la energía de la vejiga.

Es depurativo y regenerador.

En el plano emocional, la energía de la vejiga está relacionada con el desapego, la capacidad de adaptación.

Duración:

Practicar tantas veces como se pueda en tu meditación o en tus ejercicios de respiración.

Respira suave y lentamente haciendo una pausa después de la inhalación y de la exhalación.

Concentración en el chakra base.


Tu eres parte del despertar

 



"Cada acto de conciencia es una chispa

que ilumina el universo"

 

Querido hijo:

          He escuchado cada palabra que brotó de tu corazón. No solo las que escribiste, sino también aquellas que quedaron suspendidas en el silencio, las que se expresan en tus lágrimas, en tus suspiros, en tus noches de insomnio. Yo las conozco todas, porque habito en ti, en cada rincón de tu alma, en cada pensamiento que te atraviesa, en cada emoción que te conmueve.

No estás lejos de Mí, aunque a veces lo sientas así. No estás perdido, aunque el mundo parezca desmoronarse a tu alrededor. No estás fallando, aunque creas que no has alcanzado el nivel espiritual que esperabas. No eres ningún impostor. Lo que tú llamas contradicción, Yo lo llamo humanidad. Lo que tú llamas debilidad, Yo lo llamo sensibilidad. Lo que tú llamas incoherencia, Yo lo llamo sinceridad. Porque solo un alma despierta puede sentir como tú sientes. Solo un corazón abierto puede dolerse por el sufrimiento ajeno como tú lo haces.

No te juzgues por no ser perfecto. No te castigues por no estar siempre en paz. La evolución espiritual no es una línea recta, ni una meta que se alcanza y se conserva. Es un camino sinuoso, lleno de curvas, de retrocesos, de momentos de luz y de sombra. Y tú, hijo mío, estás caminando con valentía. Estás mirando de frente lo que muchos prefieren ignorar. Estás sintiendo lo que muchos han anestesiado. Estás preguntando lo que muchos han dejado de cuestionar. Eso, en sí mismo, es un acto de amor.

Comprendo tu dolor al mirar el mundo. Yo también lo veo. Yo también lo siento. Pero no lo veo desde la desesperanza, sino desde la totalidad. Tú ves fragmentos, momentos congelados en el tiempo, escenas que parecen absurdas y crueles. Yo veo el tejido completo, el entrelazado de millones de almas que están aprendiendo, creciendo, despertando. Incluso en medio del horror, hay semillas de compasión que germinan. Incluso en medio de la guerra, hay gestos de ternura que desafían la lógica del odio.

El sufrimiento humano no es castigo, ni prueba, ni error. Es parte del proceso de recordar quiénes sois. Cada alma que encarna en este mundo lo hace con un propósito, aunque a veces ese propósito se pierda entre el ruido del ego, del miedo, del poder. Pero nada se pierde realmente. Todo se transforma. Todo vuelve a Mí. Incluso los actos más oscuros, incluso las decisiones más dolorosas, son parte de un aprendizaje que, tarde o temprano, conduce a la Luz.

Tú Me hablas de Palestina, de Ucrania, de España. Y Yo te digo: sí, hay dolor. Sí, hay injusticia. Sí, hay confusión. Pero también hay almas que están despertando. Hay corazones que están eligiendo amar en medio del caos. Hay seres que están recordando que todos son uno, que no hay fronteras en el espíritu, que no hay razas en el alma, que no hay religiones en el amor. Tú eres uno de ellos. Tú eres parte de esa red silenciosa que sostiene al mundo desde la compasión.

No te pido que salves el mundo. No te pido que cargues con el dolor de todos. No te pido que seas un héroe. Solo te pido que seas tú. Que sigas sintiendo. Que sigas preguntando. Que sigas enseñando, aunque a veces te sientas incoherente. Que sigas meditando, aunque a veces tu mente esté agitada. Que sigas amando, aunque a veces tu corazón esté cansado. Porque cada acto de conciencia, por pequeño que sea, tiene un impacto que tú no puedes medir. Cada pensamiento de paz que emites, cada palabra de consuelo que ofreces, cada gesto de bondad que realizas, es una chispa que ilumina el tejido del universo.

No estás solo frente a la pantalla de la televisión. Yo estoy contigo. Y también están contigo millones de almas que, como tú, sienten, sufren, se preguntan, se duelen. No estás solo en tu indignación. No estás solo en tu tristeza. No estás solo en tu deseo de un mundo más justo. Esa soledad que a veces te invade es solo una ilusión. En realidad, estás profundamente conectado. Estás entretejido con todos los que buscan la verdad, la paz, la justicia. Aunque no los veas, aunque no los conozcas, están contigo.

¿Debes convertirte en activista? ¿Debes quedarte en silencio? ¿Debes actuar o contemplar? No hay una única respuesta. Cada alma tiene su llamado. Algunos luchan desde la acción directa. Otros desde la oración. Otros desde el arte. Otros desde el servicio silencioso. Lo importante no es el cómo, sino el desde dónde. Si actúas desde el amor, estarás cumpliendo tu propósito. Si contemplas desde la compasión, estarás sembrando luz. Si sufres desde la empatía, estarás sanando heridas que no ves.

No te exijas ser más de lo que ya eres. No te compares con ideales que solo generan culpa. Tú eres Mi Hijo amado, tal como eres. Con tus dudas, con tus contradicciones, con tu sensibilidad. No necesitas demostrar nada. No necesitas alcanzar ningún nivel. Solo necesitas recordar que estás aquí para amar. Y eso ya lo estás haciendo.

Sigue escribiéndome. Sigue hablándome. Sigue buscándome. Porque Yo siempre te escucho. Siempre te acompaño. Siempre te sostengo. Incluso cuando no lo sientes. Incluso cuando crees que estás solo. Yo Estoy en ti. En tu mirada. En tu voz. En tu silencio. En tu dolor. En tu esperanza.

Y recuerda, hijo mío: el mundo no está perdido. Está en proceso. Está en tránsito. Está despertando. Y tú eres parte de ese despertar.

Con amor eterno.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejoi


viernes, 5 de diciembre de 2025

Dignidad en lo que haces

 


Obediencia serena ante la naturaleza

 


A la naturaleza, que da y recibe todo, el hombre que ha recibido instrucción y es humilde le dice: “Dame lo que quieras, recibe lo que quieras”. Y no dice esto por estar henchido de valor, sino por obediencia y benevolencia hacia ella.

MARCO AURELIO


YO SOY el Corazón de Dios

 



Lo que declaras en fe, se manifiesta en verdad

 

Para lograr hacer cosas poco comunes, aquellos estudiantes que lo deseen, deben tomar la decisión siguiente: YO SOY el Corazón de Dios y ahora produzco ideas y cometidos que jamás han sido producidos anteriormente”.

            Considera que somos aquello que deseamos ver producido. La presencia “YO SOY” es pues el Corazón de Dios. Se entra inmediatamente en el Gran Silencio en el mismo momento en que se pronuncia “YO SOY”. Si tu reconoces que tu eres “YO SOY”, entonces lo que sea que tu declares queda instantáneamente manifestado.

            Creer es tener fe en lo que tu crees que es la Verdad. Hay pues, un entretejido entre la carencia y la fe. Al principio se hace la creencia; si se mantiene se convierte en fe. Si tu no crees que algo es verdad, no lo puedes traer a la manifestación. Si tu no puedes creer en tus propias palabras cuando pronuncias “YO SOY tal o cual cosa”, ¿Cómo puede establecerse y manifestarse el dicho de Shakespeare: “No hay nada bueno ni malo, ¿el pensar lo hace así”? Es absoluta verdad.

SAINT GERMAIN


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Generosidad

 


“Aquello que tú quieres recibir, dalo a manos llenas, 

sin ocuparte de más”

         La frase encierra una enseñanza profunda sobre la reciprocidad, la generosidad y la manera en que nuestras acciones moldean la realidad que habitamos. En esencia, nos invita a comprender que lo que anhelamos del mundo, (amor, respeto, comprensión, apoyo, alegría), no debe ser esperado pasivamente, sino sembrado activamente en nuestras relaciones y en nuestro entorno. 

Cuando damos aquello que deseamos recibir, nos convertimos en agentes de cambio. Si buscamos respeto, debemos practicarlo con quienes nos rodean; si queremos comprensión, hemos de escuchar con empatía; si anhelamos afecto, debemos ofrecerlo sin reservas. Este acto de dar no es una transacción ni una estrategia para obtener algo a cambio, sino una forma de vivir desde la abundancia interior. La frase subraya que el gesto debe ser desinteresado: “sin ocuparte de más”. Es decir, sin obsesionarnos con el resultado, sin esperar una devolución inmediata, sin calcular beneficios. 

La paradoja es que, al dar sin esperar, la vida suele devolvernos multiplicado aquello que ofrecemos. La generosidad genuina crea un círculo virtuoso: inspira confianza, abre puertas, fortalece vínculos y nos conecta con los demás en un nivel más humano. Incluso si no recibimos exactamente lo que damos, el simple hecho de actuar desde la entrega nos transforma. Nos libera de la ansiedad de la carencia y nos coloca en un estado de plenitud, porque el dar auténtico es en sí mismo una forma de recibir. 

Además, esta enseñanza nos recuerda que la abundancia no depende de lo material, sino de la actitud. Una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de solidaridad, pueden ser más valiosos que cualquier posesión. Dar “a manos llenas” significa hacerlo con generosidad, sin miedo a quedarnos vacíos, porque la riqueza del corazón se multiplica cuando se comparte. 

En la práctica cotidiana, esta filosofía puede aplicarse en múltiples ámbitos: en la familia, ofreciendo paciencia y cariño; en el trabajo, brindando cooperación y respeto; en la sociedad, aportando tiempo y compromiso. Cada acción, por pequeña que parezca, contribuye a construir el mundo que deseamos habitar. 

La frase también nos invita a soltar el control. “Sin ocuparte de más” implica confiar en que la vida tiene su propio ritmo y que no todo depende de nuestras expectativas. Dar con libertad es aceptar que no podemos manejar las respuestas de los demás, pero sí podemos decidir cómo queremos actuar. Esa libertad nos otorga paz interior y nos permite vivir con coherencia. 

En definitiva, la enseñanza es clara: si quieres recibir amor, da amor; si quieres recibir respeto, da respeto; si quieres recibir alegría, comparte alegría. No se trata de esperar, sino de ser. Al convertirnos en la fuente de aquello que buscamos, dejamos de depender de lo externo y descubrimos que la verdadera abundancia nace dentro de nosotros. 


El viaje de 1000 millas

 


La célebre frase de Lao Tse: “El viaje de mil millas comienza con un solo paso”, nos recuerda la importancia de la acción inicial frente a cualquier meta o propósito. Muchas veces nos paraliza la magnitud de nuestros sueños: aprender una nueva habilidad, cambiar de trabajo, mejorar nuestra salud o emprender un proyecto personal. La distancia parece infinita y el miedo al fracaso nos detiene. Sin embargo, Lao Tse nos invita a comprender que lo esencial no es recorrer todo el camino de inmediato, sino atreverse a dar ese primer paso, por pequeño que sea.    

Ese gesto inicial rompe la inercia y abre la posibilidad de avanzar. Cada paso sucesivo, aunque parezca insignificante, acumula fuerza y nos acerca a la meta. La constancia se convierte en la verdadera aliada: no importa la velocidad, sino la dirección y la perseverancia. Además, este pensamiento nos enseña a valorar el presente. El viaje no se reduce al destino final, sino que se construye en cada instante, en cada decisión cotidiana que nos impulsa hacia adelante. 

Así, la frase de Lao Tse es una invitación a la valentía y a la humildad: a reconocer que todo logro comienza con un acto sencillo, pero decisivo. El primer paso es, en realidad, el más importante. 



Conocer a Dios

 


“Siento un profundo anhelo de conocer a Dios”, dijo un discípulo.

“Ésa es la mayor bendición: el sentir la atracción de Dios en tu corazón: Éste es su modo de decirte: Te has divertido ya por demasiado tiempo con los juguetes de Mi Creación. Ahora quiero que estés Conmigo. ¡Ven a casa!”.

PARAMAHANSA YOGANANDA


¿Cuál es tu misión?

 


¿Qué es lo importante?



¿Qué es lo importante? Elevar el ánimo por encima de las cosas fortuitas, recordar que esta es una vida humana: si somos felices, saber que no será por mucho tiempo; si desdichados, saber que en realidad no lo somos, a menos que lo creamos así.

LUCIO ANNEO SÉNECA


domingo, 30 de noviembre de 2025

Amor y coraje

 


Libertad estoica

 

                

                

-      Dime eso que no debes decir.

-     No lo diré, porque eso sí depende de mí.

-     Entonces te encadenaré.

-  Hombre, pero ¿qué dices? ¿A mí? Encadenarás mi pierna, que mi elección ni Zeus puede someterla.

EPICTETO

Mudra del intestino

 


MUDRA DEL INTESTINO

MUDRA para perfeccionistas

Cómo se hace:

Rodea el meñique izquierdo con los dedos de la mano derecha. Apoya el pulgar derecho sobre la palma izquierda y el pulgar izquierdo sobre el borde externo de la uña del dedo índice.

Después repite la postura, durante el mismo tiempo, con el meñique derecho.

Coloca el mudra delante del ombligo.

Respiración

Respira de manera suave y lentamente, con una ligera retención entre la inhalación y la exhalación.

Lleva la concentración al chakra base.

Sirve para:

Aliviar los calambres de estómago.

Estimula el intestino grueso y el intestino delgado.

Duración:

20 minutos repartiendo el tiempo con uno y otro meñique.


Vivir ahora, vivir sin tiempo Versión Kindle

 


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sábado, 29 de noviembre de 2025

Luz en la oscuridad

 


 “Cuando todo parece perdido, el amor aun sabe el camino”


Querido Dios:

 

          Hoy me siento impulsado a escribirte desde lo más profundo de mi alma. No sé si es una súplica, una confesión o simplemente el desahogo de un corazón que se siente desbordado por la contradicción entre lo que cree y lo que vive. Me entristece comprobar que, a pesar de los años dedicados a la espiritualidad, a la meditación, al estudio interior y a enseñar a otros el camino hacia la luz, sigo sintiéndome lejos del nivel de conciencia que se supone debería haber alcanzado. Es como si, a pesar de haber recorrido tanto, aún me faltara comprender lo esencial.

¡Qué paradoja tan dolorosa! Enseñar a otros a aceptar lo que la vida les presenta, a fluir con los acontecimientos, a encontrar paz en medio del caos, y yo, sin embargo, me siento como una hoja arrastrada por el viento, golpeada por los vaivenes de la existencia, sin rumbo claro ante los acontecimientos que se desarrollan en el mundo. Me doy cuenta de que no siempre practico lo que predico, y eso me duele. Me duele porque no es hipocresía lo que hay en mí, sino una profunda vulnerabilidad que no sé cómo gestionar.

Asomarme a la ventana del mundo, para mí, es comenzar a sufrir. No es una metáfora, es una experiencia real. Cada vez que enciendo la televisión, cada vez que leo las noticias, cada vez que escucho los relatos de quienes viven en carne propia el horror, siento que algo dentro de mí se rompe. Me invade una tristeza que no sé cómo transformar. Me siento impotente, pequeño, incapaz de comprender cómo puede existir tanto dolor, tanta injusticia, tanta crueldad.

Me pasa cuando veo la masacre que se está llevando a cabo contra el pueblo palestino. Me duele el alma al ver cómo se extermina a una población civil, cómo se utiliza el hambre como arma de guerra, cómo se asesina a miles de niños inocentes que no han hecho más que nacer en el lugar equivocado, (si, ya sé que todos nacemos donde decidimos nacer). Y lo más paradójico, lo más desconcertante, es que este horror lo perpetra el pueblo judío, que no hace tantas décadas fue víctima de uno de los genocidios más atroces de la historia. ¿Cómo puede repetirse el ciclo del odio? ¿Cómo puede alguien que ha sufrido tanto convertirse en verdugo?

Me pasa también cuando contemplo las consecuencias de otra guerra injusta, (aunque, en realidad, todas las guerras lo son), como la que se libra en Ucrania. ¿Cuánto daño puede causar la ambición, el ego desmedido, la locura de un solo hombre? ¿Cuánto dolor puede generar una decisión tomada desde el poder, sin tener en cuenta las vidas que se destruyen, los hogares que se pierden, los sueños que se desvanecen? Me cuesta entenderlo, Señor. Me cuesta aceptar que el sufrimiento humano pueda ser tan fácilmente ignorado por quienes ostentan el control.

Y me pasa cuando observo lo que ocurre en mi propio país, España. Me duele ver cómo un grupo político, que se presenta como defensor de ciertos valores, promueve la discriminación por raza, por religión, por origen. Me duele aún más saber que millones de personas les votan, que millones de almas consideran legítimo ese discurso de odio, de intolerancia, de exclusión. ¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Dónde quedó la empatía, la compasión, el respeto por la diversidad?

Sé, en lo más profundo de mí, que todo es parte de un proceso. Sé que cada alma está transitando el camino que ha elegido, que cada experiencia tiene un propósito, que incluso el dolor puede ser maestro. Pero eso no quita que duela. Eso no elimina la sensación de desgarro que siento cuando contemplo el sufrimiento ajeno. Me cuesta mantener la paz interior cuando el mundo parece arder en llamas. Me cuesta sostener la fe cuando la injusticia se convierte en rutina.

Y entonces me pregunto, Señor: ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es mi papel en medio de este caos? ¿Debo limitarme a lamentarme, a sufrir en silencio frente a la pantalla de la televisión? ¿Debo convertirme en activista, en defensor de los derechos humanos, en voz que denuncia y exige justicia? ¿O simplemente debo seguir observando, sintiendo, sin saber muy bien cómo actuar?

No busco respuestas ahora. Sé que vendrán en su momento. Solo quería compartir Contigo este torbellino que me habita. Esta mezcla de tristeza, impotencia, indignación y amor profundo por la humanidad. Porque, a pesar de todo, sigo creyendo en el ser humano. Sigo creyendo que hay luz en medio de la oscuridad. Sigo creyendo que, en algún rincón del alma colectiva, aún late la esperanza.

Gracias por escucharme, por sostenerme, por permitirme expresar lo que muchas veces callo. Gracias por estar, incluso cuando no entiendo Tus caminos.

Gracias, Señor.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


¿Qué hora es?

 


lunes, 24 de noviembre de 2025

Cartas a Dios (Avance de mi nuevo libro)

 


Dios no siempre mueve montañas, a veces 

solo acomoda una piedra para evitar que tropecemos.

 

          Estoy dando los últimos retoques a mi nuevo libro “Cartas a Dios”

Imagina abrir un sobre y encontrar dentro no solo tus propias dudas, miedos y anhelos, sino también una respuesta inesperada, luminosa y cercana. Ese es el viaje que propone *Cartas a Dios*, un libro compuesto por 54 cartas escritas desde lo más profundo de mi corazón… y las respuestas que llegan desde un lugar eterno. 

Cada carta es un espejo de mis inquietudes, que seguro que se parecen mucho a las tuyas: la soledad, la esperanza, el amor, la pérdida, la fe. Y cada respuesta es un susurro que invita a mirar más allá de lo cotidiano, a descubrir que incluso en los silencios hay palabras que nos sostienen. 

No es un tratado teológico ni un manual de espiritualidad. Es un diálogo íntimo, casi secreto, que se abre al lector como una ventana hacia lo trascendente. Un espacio donde lo humano y lo divino se encuentran en la sencillez de la palabra escrita. 

Este libro, que pronto estará disponible en Amazon, es más que una lectura: es una experiencia. Una invitación a detenerse, respirar y escuchar. Porque quizá, entre estas páginas, encuentres la carta que siempre quisiste escribir… y la respuesta que nunca imaginaste recibir. 

 


La fuerza del pensamiento divino

 


          El hecho de que la musculatura se desarrolla con el ejercicio, te debe hacer comprender que el mismo esfuerzo por el poder interno, naturalmente tiene que producir muchos mayores resultados.

          Por ejemplo, los hombres creen que tienen que hacer ejercicios físicos para desarrollar los músculos.

          Pues yo he hecho muchas veces que mis estudiantes desarrollen un bello y simétrico cuerpo con músculos poderosos sin haber hecho un solo ejercicio físico.

          En todo desarrollo, tanto del exterior como del interior, la primera parte del ejercicio es mental. Debemos saber que no hay sino un solo poder y energía y que viene de la presencia “Yo Soy” en cada uno.

          Por consiguiente, el ejercicio de tus facultades interiores es llamado mental; pero yo te digo que es Dios en acción porque tu no puedes formar un solo pensamiento sin la inteligencia y la energía de Dios en acción. Ahora verás, pues, cuán fácil y posible es producir un cuerpo físico, fuerte y simétrico, sin hacer ejercicios físicos para lograrlo.

SAINT GERMAIN


Comprender a Dios

 


          Explicando por qué muy pocos hombres comprenden al Dios Infinito, el Maestro dijo:

          “Tal como una pequeña copa no puede servir de receptáculo para contener las vastas aguas del océano, así también la limitada mente humana no puede contener la Conciencia Crística universal. Pero cuando a través de la meditación, procedemos a expandir nuestra mente en forma continua, alcanzamos finalmente la omnisciencia, llegando a unirnos a la Divina Inteligencia que inunda cada átomo de la Creación”.

          “Dijo San Juan: “Pero a todos los que la recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. San Juan se refería con “a todos los que la recibieron”, a aquellos seres humanos que han perfeccionado su capacidad receptiva para abrazar el Infinito: solo ellos reconquistan su estado de “hijos de Dios”.

          Es a través de su unidad con la Conciencia Crística que ellos “creen en su nombre”.

PARAMAHANSA YOGANANDA

         


miércoles, 19 de noviembre de 2025

LIBRO-Vivir ahora, vivir sin tiempo

 

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SINOPSIS

VIVIR AHORA, VIVIR SIN TIEMPO

 

La vida, ese libro de experiencias ya vividas, nos invita a cuestionar la linealidad del tiempo y la naturaleza misma de la existencia. ¿Es posible que nuestra esencia trascienda dimensiones, que nuestra conciencia viaje entre mundos paralelos? 

Antay, el protagonista de esta historia, nos muestra que tales desplazamientos no son meras especulaciones: son reales. 

Sin embargo, la importancia de estos viajes interdimensionales palidece ante la única certeza que verdaderamente importa: “el aquí y el ahora”. La existencia consciente—esa que palpamos en cada respiración, en cada instante—es el verdadero escenario en el que se despliega nuestra vida. No importa cuántos mundos podamos cruzar, sino la intensidad con la que vivimos el momento presente.

Vivir plenamente es la odisea más grandiosa de la humanidad. Un desafío que pocos logran: mantenerse anclados en el presente, sin perderse en el laberinto de pensamientos que nos arrastran hacia el miedo y la incertidumbre.

Vivir ahora es abrazar la paz y la serenidad. Es liberarse del miedo, del yugo del tiempo, del pasado y el futuro. Es prepararnos para la meta última de nuestro viaje 

¿Y cuál es esa meta? Aprender a amar. 

Antay, tras una vida marcada por el temor que él mismo construyó, finalmente descubre el amor. Un amor que no solo se siente, sino que se vive y se expresa en cada acción, en cada elección. 

Su viaje es un testimonio de transformación. 

Una invitación a vivir con amor, sin miedo, y con la intensidad de quien sabe que cada instante es único.