Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



jueves, 4 de septiembre de 2025

Mudra del águila

 


MUDRA DEL ÁGUILA – MUDRA DE LA LIGEREZA INTERIOR

Este mudra es una especie de invitación o recordatorio para intentar hacerlo todo con un poco más de calma y alegría, para en situaciones de estrés no acumular tensión y cantracturarse y recordar que las cosas se pueden tomar con más tranquilidad.

Como se realiza

En cada mano, los dedos corazón y anular están juntos y doblados hacia la palma de la mano.

Los otros tres dedos están rectos y separados entre sí.

Las manos descansan sobre los muslos con las palmas hacia arriba.

Beneficios

Afloja y relaja la zona de la nuca y de los hombros.

Regula el sistema linfático.

Es beneficioso para los ojos y los oídos.

Actúa sobre glándulas hormonales.

Duración

Mientras dure tu meditación.


Busca en tu interior

 


¿Ves a ese rey de los escitas, o de los sármatas, que lleva la diadema en la frente? Si quieres conocerlo bien y saber su verdadero precio, despójalo de esa venda, y encontrarás debajo muchos vicios. Pero ¿por qué hablar de los demás? Si quieres apreciarte tú mismo, prescinde de tu dinero, tus casas, tus honores, y mírate por dentro: no te conformes con lo que digan de ti los demás.

LUCIO ANNEO SÉNECA

martes, 2 de septiembre de 2025

En el nombre de Dios

 


Decir Dios no es hablar: es abrir el alma

 

Querido Dios:

         Hoy me acerco a Ti para hablarte sobre el segundo mandamiento: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Confieso que durante mucho tiempo lo entendí apenas como una advertencia contra decir malas palabras, o jurar en falso. Pero cuanto más medito en él, más me doy cuenta de que hay una profundidad silenciosa en esas palabras. Una profundidad que me interpela y, a la vez, me deja al descubierto.

Tu nombre… qué misterio, qué grandeza, qué delicadeza también. Tan usado, tan invocado, a veces con reverencia, otras con ligereza, y tantas veces con indiferencia. ¿Cuántas veces he pronunciado “Dios” sin pensar en lo que realmente estoy diciendo? ¿Cuántas veces lo he convertido en muletilla, en relleno de conversaciones vacías, o, peor aún, en una forma de manipular, justificar o cubrir mis propias faltas?

Me pesa, Señor. Me pesa haber usado Tu nombre como si fuera una palabra más, un comodín que sale al paso cuando la emoción aprieta o la costumbre guía. Y no me refiero solo al habla. Me pesa también haber invocado Tu nombre con mis actos: decir que soy creyente, que soy “de Dios”, mientras mis hechos tal vez han dicho otra cosa. ¿No es también tomar Tu nombre en vano vivir de modo incoherente con lo que predico?

Porque usar Tu nombre no es simplemente decir “Dios mío” ante una sorpresa o una emoción. Es presentarse como Tu hijo, como Tu discípulo, como alguien que habla en Tu nombre. Y eso es serio. Da miedo, a veces. Cuánto peso hay en llevar Tu nombre en el corazón, en la frente, en las manos. ¿Cómo hacerlo sin profanarlo con mis caídas, con mi tibieza, con mis contradicciones?

No quiero, Señor, acostumbrarme a pronunciar Tu nombre sin temblar un poco. Porque cuando digo “Dios” debería estremecerme. Debería recordar que estoy nombrando al Creador del universo, al que me dio el aliento, al que me conoce por dentro. Nombrarte debería ser, cada vez, una pequeña oración. Y sin embargo, te he llamado con la voz cansada, con el alma distraída, con el corazón partido y muchas veces ausente.

También me cuestiono cada vez que oigo Tu nombre invocado para dañar. Qué triste es ver cómo a lo largo de la historia —y aún hoy— se cometen injusticias y violencias en Tu nombre. Se juzga, se excluye, se condena, todo “en el nombre de Dios”. ¿No es ese uno de los peores usos vanos? ¿No es terrible tomar Tu nombre para legitimar el odio, la venganza, la soberbia? Siento, como creyente, una herida en el alma cuando escucho esas voces que te usan como bandera de sus propias sombras.

Y no quiero esconderme en la crítica ajena. Yo también me he equivocado. Yo también, quizás sin saberlo, he puesto Tu nombre donde no debía. Tal vez en discusiones donde en vez de paz sembré división. Tal vez en momentos en que usé Tu verdad para imponer en vez de invitar, para señalar en vez de abrazar. Cuánto daño puede hacer una frase que empieza con “Dios quiere que tú…”, si no está guiada por Tu Espíritu y no por el ego.

Sin embargo, Tú sigues siendo paciente. No nos retiras Tu nombre. No lo proteges con rayos desde lo alto, sino que lo dejas ahí, al alcance de todos. Tan humilde eres que nos permites pronunciar Tu nombre, aunque lo hagamos mal. Y creo que eso también es amor. Porque Tu nombre, cuando se pronuncia con sinceridad, tiene poder: consuela, limpia, renueva.

Yo quiero pronunciarlo así. Quiero que Tu nombre en mis labios sea alabanza, súplica, agradecimiento. Quiero que no lo diga por costumbre, sino por necesidad del alma. Quiero que sea un nombre que me transforme cada vez que lo repito, no porque tenga magia, sino porque me recuerda Quién eres Tú, y quién soy yo delante de Ti.

Me doy cuenta también de que tomar Tu nombre en vano no solo ocurre cuando se pronuncia sin sentido, sino cuando se vive sin intención. Cada vez que digo “Dios está conmigo” y luego me cierro al hermano. Cada vez que me presento como creyente, pero falto a la verdad, a la caridad, a la justicia. Cada vez que pongo Tu nombre en mi biografía, pero no en mi forma de mirar la vida.

Y aun así Tú me sigues llamando por mi nombre. No me condenas, no me abandonas. Me invitas a usar el Tuyo con amor, con respeto, con ternura. Me invitas a redescubrir el poder de esa simple palabra: Dios. Me invitas a decirla de rodillas, aunque mi cuerpo no lo esté. A decirla desde lo hondo, con el alma abierta.

Hoy quiero pedirte algo, Padre: enséñame a usar Tu nombre como quien lleva en la mano una joya frágil y preciosa. Que no me acostumbre. Que no lo diga sin conciencia. Que no lo use como sello vacío. Que cada vez que lo pronuncie, sea como una puerta que se abre hacia lo sagrado. Y que, cuando lo escuche en otros labios, lo defienda del abuso, no con violencia, sino con testimonio de vida.

Tal vez nunca pueda amarte con la fuerza de los santos, ni rezarte con la poesía de los salmistas. Pero sí puedo esforzarme por vivir de tal modo que, si alguien ve mi vida, no dude de que Tu nombre está en ella: no escrito en letras humanas, sino grabado en gestos concretos.

Gracias por no retirarme el don de poder llamarte. Gracias por permitir que una criatura tan frágil como yo pronuncie lo que es eterno. Que nunca más diga Tu nombre en vano… ni con la boca, ni con la vida.

Con reverencia y deseo de aprender, Tu hijo que anhela honrar Tu Nombre.

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo


Confusión

 


El que no sabe qué es el mundo tampoco sabe dónde está él mismo. El que no sabe para qué ha nacido, no sabe quién es, ni qué es el universo. El que pasa por alto una de estas cuestiones tampoco podrá decir qué es él por naturaleza. ¿Qué piensas de alguien que persigue el elogio de los que van detrás dando aplausos, que no saben dónde están ni quiénes son?

MARCO AURELIO

 


Tu paraíso portátil

 


“A través de la práctica de la meditación”, dijo el Maestro, “descubrirás que llevas dentro del corazón tu propio paraíso portátil”

PARAMAHANSA YOGANANDA


lunes, 1 de septiembre de 2025

Mudra del templo

 


MUDRA DEL TEMPLO – MUDRA DEL LUGAR DEL PODER INTERIOR

Es un mudra para la auto sanación.

Mientras lo haces, vete repasando cada una de las partes de tu cuerpo, desde los pies hasta la coronilla, envolviendo cada parte con una luz blanca y brillante, y deteniéndote en esa parte del cuerpo que necesita sanación.

Como se realiza

Deja que se toquen las yemas de los dedos corazón, anular y meñique, de una mano con los de la otra mano.

Dobla los dos dedos índices en un ángulo recto y apoya las yemas de los pulgares, en cada índice respectivo.

Los laterales de los dedos pulgares permanecen en contacto.

Deja una pequeña cavidad entre las palmas de las manos.

Beneficios

Sentirás la paz interior., porque con este mudra, entras en el reino de lo divino.

Ayuda a obtener energía y decisión para conseguir objetivos.

Es muy energizante.

Activa el sistema inmunitario.

Confiere equilibrio interior, sosiego y confianza.

Duración

No es conveniente mantenerlo demasiado tiempo, ya que sino se cargará demasiada energía en el organismo.

Empieza con 5 minutos y vete alargando hasta que sientas que se comienza a tensionar tu organismo.


No hay a quien culpar

 


No hay nadie a quien culpar, porque no hay culpa

 

La frase “No hay nadie a quien culpar, porque no hay culpa” resuena como un eco en medio del caos emocional que suele acompañar, prácticamente, todos nuestros conflictos.

Es una afirmación que desafía nuestras nociones más arraigadas sobre la moral, la justicia y la responsabilidad. ¿Cómo es posible que no haya culpa? ¿No es la culpa el motor que impulsa el arrepentimiento, la reparación, el aprendizaje? Esta declaración nos obliga a mirar más allá del juicio y a explorar las profundidades de la condición humana desde una perspectiva más compasiva, más libre, quizás más radical.

La culpa no es un fenómeno natural; es una construcción cultural. Desde pequeños, aprendemos que ciertas acciones son “malas” y, claro, somos culpables del mal realizado y eso merece castigo y/o arrepentimiento. La religión, la educación, la familia y la sociedad en general nos enseñan a asociar la culpa con la moral. Pero ¿qué pasa si desmontamos esa estructura? ¿Qué ocurre si entendemos que la culpa no es inherente al ser humano, sino impuesta desde fuera?

En muchas culturas orientales, por ejemplo, el concepto de culpa no tiene el mismo peso que en Occidente. En lugar de centrarse en el castigo o el arrepentimiento, se pone el énfasis en el equilibrio, la armonía y la corrección del error sin necesidad de cargar emocionalmente al individuo. Esto nos lleva a pensar que la culpa, tal como la conocemos, podría ser prescindible.

Eliminar la culpa no significa eliminar la responsabilidad. Uno puede asumir las consecuencias de sus actos sin necesidad de flagelarse emocionalmente. La responsabilidad implica conciencia, madurez, capacidad de respuesta. La culpa, en cambio, suele estar teñida de dolor, vergüenza y parálisis.

Imaginemos a alguien que ha cometido un error grave. Si se sumerge en la culpa, puede quedar atrapado en un ciclo de autodesprecio que le impide reparar el daño. Pero si asume su responsabilidad sin culpa, puede actuar, corregir, aprender y evolucionar. En este sentido, la ausencia de culpa no es una evasión, sino una forma más eficaz de enfrentar la vida.

Pero, si no hay culpa, ¿qué queda? Queda la compasión. La compasión hacia uno mismo y hacia los demás. Entender que todos estamos aprendiendo, que todos cometemos errores, que nadie tiene el manual definitivo de cómo vivir. La compasión no justifica el daño, pero lo contextualiza. Nos permite ver al otro como un ser humano en proceso, no como un villano.

La compasión también nos libera del deseo de castigo. En lugar de buscar culpables, buscamos comprensión. En lugar de exigir penitencia, ofrecemos diálogo. Esta actitud transforma las relaciones humanas, las vuelve más honestas, más profundas, más sanadoras.

La culpa está íntimamente ligada al juicio. Juzgamos a los demás, nos juzgamos a nosotros mismos, y en ese juicio se instala la culpa. Pero el juicio es limitado. No ve el contexto, no ve la historia, no ve las heridas. Solo ve el acto y lo etiqueta. Al eliminar la culpa, también cuestionamos el juicio. ¿Quién tiene derecho a juzgar? ¿Con qué criterios? ¿Desde qué lugar?

Cuando dejamos de juzgar, empezamos a comprender. Y la comprensión es el primer paso hacia la transformación. No se trata de justificar lo injustificable, sino de entender lo incomprensible. De abrir espacios para el cambio en lugar de cerrar puertas con etiquetas.

La ausencia de culpa nos da libertad. Libertad para equivocarnos, para aprender, para cambiar. Nos permite ser humanos en toda nuestra complejidad. Nos libera del miedo al error, del peso del pasado, de la necesidad de perfección.

Esta libertad no es irresponsable. Al contrario, es profundamente responsable. Porque cuando actuamos desde la libertad, lo hacemos desde la conciencia, no desde la obligación. Y esa conciencia nos hace más cuidadosos, más atentos, más éticos.

El perdón es otro concepto que se transforma cuando eliminamos la culpa. Si no hay culpa, ¿qué se perdona? Se perdona el dolor, el daño, la ignorancia, la inconsciencia. Se perdona sin necesidad de castigo previo. El perdón se convierte en un acto de amor, no en una transacción moral.

Perdonar sin culpa es más difícil, pero también más poderoso. Porque no exige arrepentimiento, exige humanidad. No espera que el otro se humille, espera que el otro se reconozca. Y ese reconocimiento es el verdadero motor del cambio.

Desde una perspectiva espiritual, la frase “No hay nadie a quien culpar, porque no hay culpa” puede interpretarse como una invitación a ver la vida como un proceso de evolución. Cada experiencia, cada error, cada conflicto es parte del camino. No hay errores, solo lecciones. No hay culpables, solo maestros.

Esta visión nos conecta con una dimensión más amplia de la existencia. Nos saca del ego, del yo que quiere tener razón, que quiere castigar, que quiere controlar. Nos lleva al alma, que quiere comprender, que quiere amar, que quiere crecer.

¿Cómo se vive sin culpa? Se vive con conciencia. Se vive con diálogo. Se vive con apertura. En la educación, por ejemplo, se puede enseñar desde el ejemplo, desde la reflexión, no desde el castigo. En las relaciones, se puede hablar desde la emoción, no desde la acusación. En el trabajo, se puede corregir desde la colaboración, no desde la humillación.

Vivir sin culpa no significa vivir sin límites. Significa vivir con límites conscientes, acordados, respetuosos. Significa construir una ética basada en el respeto, no en el miedo.

 “No hay nadie a quien culpar, porque no hay culpa” es una frase que nos reta, nos incomoda, nos sacude. Pero también nos libera. Nos invita a mirar la vida con otros ojos, a relacionarnos desde otro lugar, a construir una sociedad más compasiva, más consciente, más humana.

La culpa ha sido útil en ciertos momentos de la historia, pero quizás ha cumplido ya su ciclo. Quizás ha llegado el momento de soltarla, de agradecerle su servicio, y de avanzar hacia una nueva forma de entendernos. Una forma donde el error no sea pecado, sino oportunidad. Donde el otro no sea enemigo, sino espejo. Donde nosotros mismos no seamos jueces, sino aprendices.

Porque al final, todos estamos aquí para aprender. Y en ese aprendizaje, no hay culpa. Solo camino.


viernes, 29 de agosto de 2025

Como brisa suave

 


“Incluso la chispa más tenue basta para que el cielo escuche”

 

Querido hijo:

         He leído tu carta. No la he recibido con reproche, sino con ternura. Porque cada vez que uno de mis hijos me escribe con el corazón en la mano, el cielo entero se detiene a escuchar. Me hablas del primer mandamiento y del abismo que crees que hay entre él y tu vida cotidiana, y yo vengo no a juzgarte por ese abismo, sino a revelarte que no es tan ancho como crees.

Dices que te abruma “amarme sobre todas las cosas”. Que, al recordar ese mandamiento, el desánimo te invade. Y entiendo por qué. Porque cuando se lo mira desde el miedo, parece una exigencia imposible; pero cuando se lo mira desde el amor, se convierte en la más hermosa invitación. No quiero que me ames como si de ello dependiera tu salvación —aunque en cierto modo así sea—, sino como quien, habiendo descubierto una fuente inagotable, ya no desea beber de otra agua.

Amar sobre todas las cosas no significa amar menos a los demás. Significa amarlos mejor. Significa amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo, amar tus proyectos sin que te posean, amar la belleza del mundo sin aferrarte a ella. No te pido que dejes de amar lo terrenal, sino que encuentres en Mí el horizonte que da sentido a todo lo demás. Porque cuando Me amas primero, todo se ordena, todo florece en su lugar.

Tú te miras y te sientes pobre, apagado, tibio… ¿pero acaso no fue esa misma sensación la que trajo a Pedro a llorar amargamente tras negar a mi hijo? ¿No fue ese quebranto el que permitió a los profetas comprender que mi amor no depende del mérito humano? El amor que me tienes —aunque lo sientas pequeño— vale, porque nace de una libertad herida pero aún abierta. Y eso es lo que Yo miro: el intento, la intención, el suspiro hacia lo Alto en medio del polvo.

Dices que no sabes cómo amarme. Que no estás seguro de hacerlo bien. Hijo, ¿quién ama bien? ¿Quién puede decir que su amor es digno de Mí? ¿No ves que incluso los santos a veces callaban, sabiendo que toda palabra era insuficiente? Pero, aun así, me daban su tiempo, su mirada, sus gestos cotidianos. No te pido oraciones perfectas, ni éxtasis espirituales. Te pido el amor sencillo: ese que se expresa en una mirada al cielo cuando sale el sol, en una renuncia humilde por el bien de otro, en el esfuerzo de levantar la cabeza cuando todo pesa.

Te duele no tenerme en el centro. Pero si me lo confiesas, si me lo ofreces, ya estás empezando a colocarme allí. No temas tus caídas. Lo que me duele no es tu debilidad, sino cuando dejas de levantar la mirada. Porque mientras me mires —aunque sea de lejos—, hay esperanza.

Hablas de luces apagadas, de velas que apenas chispean. Pero hijo, recuerda: incluso la más tenue llama ahuyenta la oscuridad. No desprecies los pequeños actos de amor que me ofreces cada día. No te compares con los fuegos de otros, porque Yo soplo distinto en cada alma. La tuya tiene un aroma único que me deleita, aun cuando tú no lo percibas.

Es cierto: amar requiere decisión. No siempre vendrá el sentimiento. Y eso no te hace menos valioso. Amar sobre todas las cosas se aprende en la fidelidad cotidiana, en regresar a mi, aunque ayer te hayas alejado, en hacer espacio para mí entre los ruidos y las prisas. Tal vez no me sientas con fuerza, pero si eliges apartar cinco minutos para hablarme —como lo haces ahora—, estás dándome el primer lugar, estás amándome sobre las mil urgencias que intentan robarte el alma.

No te estoy esperando en la cima. Te acompaño desde la base. No quiero una obediencia movida por temor, sino por amor. No te exijo sacrificios que destruyan lo humano, sino ofrendas que lo santifiquen. Cuando trabajas con entrega, cuando perdonas, cuando luchas contra una tentación, estás amándome. Sí, incluso allí, en ese campo de batalla que llamas “corazón humano”.

Dices que te abruma ser tibio. Que a veces no sabes ni qué lugar ocupo en tus días. Déjame decirte algo que quizás nadie te dijo: Yo no me he ido. Estoy en el fondo de ese cansancio, esperando que me mires. Estoy en el amor que sientes por quienes te rodean, en tu anhelo de paz, en tu búsqueda de sentido. Yo soy esa voz que no grita, pero no deja de hablarte.

No te amo por cuánto me amas. Te amo porque soy tu Creador. Y porque sé que, a pesar de tus distracciones, a pesar del ruido del mundo y de tus propias contradicciones, dentro de ti hay un deseo profundo de vivir en verdad. Ese deseo es la chispa con la que puedo encender el fuego.

¿Recuerdas al joven rico del Evangelio? Guardaba los mandamientos, era piadoso, pero no pudo seguirme porque amaba más sus posesiones. Tú, en cambio, reconoces con humildad tus resistencias y aun así me buscas. Eso ya es seguimiento. No siempre con pasos firmes, lo sé. Pero ¿quién camina sin tropezar?

Amarme sobre todas las cosas no se trata de no fallar nunca, sino de volver siempre. De elegir ponerme en primer lugar incluso cuando el corazón está dividido. Cada vez que lo haces, estás cumpliendo el mandamiento más grande.

No temas lo lejos que te crees. Lo importante no es la distancia, sino la dirección. Y tu carta me dice que caminas hacia Mí. No solo con palabras, sino con una sed que no puede ser saciada por nada del mundo. Esa sed me honra. Esa sed me mueve a buscarte también.

Así que te invito a seguir caminando, sin exigencias desmedidas, sin compararte, sin desesperar. Solo con la sencillez del que ama como puede, con lo que tiene. Yo te haré crecer. Yo haré arder lo que ahora apenas late. Solo déjame entrar. No una vez, sino cada día. No con fuegos artificiales, sino como la brisa suave que se cuela por una ventana abierta.

Gracias por confiarme tu debilidad. En ella puedo hacer maravillas. No olvides: mi mandamiento es una promesa disfrazada. Porque cuando me amas sobre todo, el alma encuentra su hogar. Y entonces todo lo demás —el mundo, tus luchas, tus vínculos— cobra su verdadera luz.

Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo.


jueves, 28 de agosto de 2025

Mudra del placer

 




MUDRA DEL PLACER – MUDRA DE LA FORTALEZA INTERIOR

Este mudra es como recargar las pilas del organismo, ya que le renueva con una energía nueva y vitalizante.

Es una actitud de absoluta recepción.

Como se realiza

Con los brazos a los costados del cuerpo. Los hombros relajados ligeramente abajo y atrás.

Colocar las manos a la altura del pecho, con los dedos juntos formando una cavidad.

Las palmas miran hacia el cuerpo.

Duración

Se puede realizar el tiempo que se quiera, mientras dura la meditación.

Beneficios

Se renueva la energía.

Se relajan las tensiones musculares.

Fortalece la espalda.

Proporciona placer gracias a la circulación de energía renovada.

Proporciona fortaleza interior.

 

 


Como un niño ante Dios

 


          En una charla que diera a los discípulos residentes en la ermita, Sri Yogananda dijo:

      “En la vida espiritual, uno llega a ser semejante a un niño pequeño, carente de todo resentimiento y de todo apego, lleno de vida y de gozo. No permitan que nada les hiera ni les perturbe. Permanezcan interiormente serenos, receptivos a la Divina Voz. Dedíquense a la meditación durante su tiempo disponible”.

PARAMAHANSA YOGANANDA


Respeto

 


Las apariencias engañan

 


¿Alguien se lava en muy poco tiempo? No digas que se lava mal, sino que se lava rápido.

¿Alguien toma una gran cantidad de vino? No digas que no sabe beber, simplemente di que toma mucho. A menos que conozcas la razón por la cual alguien actúa de determinada manera ¿cómo puedes saber si actúa mal? Actuando de esa forma no correrás el riesgo de opinar guiado por las apariencias sino guiado solamente por lo que has comprendido bien.

EPICTETO


Amar a Dios sobre todas las cosas

 



Solo quien extraña, ama.

Y solo quien tropieza, camina hacia el Amor que no falla.

 

            Querido Dios:

         Cuando pienso en los mandamientos que le diste a Moisés en el monte Sinaí, la depresión se apodera de mí solo con el primer pensamiento: “Amarte a Ti sobre todas las cosas”. ¡Qué lejos estoy de cumplir ese mandamiento! Y es el primero, el fundamental, el que sostiene a todos los demás. A veces me pregunto si comenzar con un mandamiento tan absoluto fue una advertencia o una promesa, porque siento que ya en ese primer paso me tropiezo.

¿Cómo se ama a Dios sobre todas las cosas cuando el corazón, tan dividido, se dispersa entre mil afectos y preocupaciones? Me abruma ver cuánto de mi atención, de mi tiempo, de mi deseo se inclina hacia lo terrenal, lo pasajero, lo inmediato. Y no siempre hacia lo malo, no; muchas veces hacia cosas buenas: las personas que amo, mis responsabilidades, los sueños que abrigo. Pero, aun así, al compararlos Contigo, me doy cuenta de que Tú quedas en segundo o tercer plano. Incluso a veces, ni apareces en la ecuación. Y eso me duele.

Porque te amo, Señor. Al menos, quiero amarte. Pero no sé si sé hacerlo bien. Me enseñaron oraciones, me hablaron de Ti, he escuchado relatos de santos y místicos que ardían en pasión por Ti… y yo me siento como una vela apagada. Apenas chispeo, apenas tiemblo. Y, sin embargo, aquí estoy, hablándote, escribiéndote, tratando de abrir mi alma para que algo de luz entre en esta oscuridad.

El mandamiento no dice solo que te ame, sino que te ame “sobre todas las cosas”. Eso es lo que me estremece. Porque no basta con amarte un poco, o amarte cuando tengo tiempo, o amarte cuando necesito ayuda. Se trata de poner todo lo demás por debajo. Pero ¿cómo se hace eso sin volverse indiferente a lo humano, sin dejar de amar al prójimo, a la familia, a la vida misma?

Supongo —y corrígeme si me equivoco— que no se trata de amar menos a los otros, sino de amarlos desde Ti, a través de Ti, en función de Ti. Que amarte sobre todas las cosas no significa excluir lo demás, sino ordenar el corazón para que todo lo demás gire en torno a ese eje central que eres Tú.

Pero aun sabiendo esto, sigo fallando. Porque me dejo seducir por tantas otras “cosas” que terminan robando el primer lugar que te pertenece: mi comodidad, mi imagen, mi teléfono, el ruido, la inmediatez, el querer tener siempre razón… a veces incluso mi miedo a perder, o a sufrir, ocupa más espacio en mí que; Tu presencia. ¿Cómo se ama sobre todas las cosas si el corazón es un campo de batalla?

Y entonces me invade otra pregunta dolorosa: ¿te duele a Ti esta distancia? ¿Sientes Tú también mi frialdad, mi distracción, mi olvido? ¿O simplemente aguardas, como el padre del hijo pródigo, sin reproches, solo con el deseo de verme regresar? Si es así, qué ternura la Tuya, qué paciencia infinita…

Yo quiero aprender a amarte como Tú mereces. Pero no sé por dónde empezar. A veces creo que necesito desapegarme, renunciar, ayunar de mis distracciones. Pero otras veces siento que la clave está en conocerte más, en dejarme fascinar por Tu belleza, en enamorarme realmente. Porque uno solo puede amar lo que conoce. Y aunque sé mucho sobre Ti, aún me siento lejos de Ti.

He notado que en los momentos en los que me detengo a contemplar —el cielo de la tarde, la risa de un niño, la música que toca el alma, la bondad de alguien— algo en mí se estremece y pienso: “Eso viene de Dios”. Y en ese instante, brota un amor genuino. Quizás ahí está la pista: encontrarte en las cosas, y desde allí elevar el corazón.

También he comprendido que este mandamiento no se sostiene solo por una emoción. Amar sobre todas las cosas es también una decisión, un acto de la voluntad. Es seguir eligiéndote incluso cuando no siento nada, cuando la oración se vuelve árida, cuando me parece que estás callado. Porque el amor auténtico no es solo sentir, es permanecer.

Entonces, tal vez no esté tan lejos como creo. Tal vez el simple hecho de dolerme por no amarte como debería, ya es una forma de amor. Porque solo quien te desea, quien te busca, quien reconoce tu ausencia, puede aspirar a amarte más.

A veces me he preguntado por qué pusiste ese mandamiento en primer lugar. Y sospecho que es porque cuando Tú ocupas el centro, todo lo demás se ordena. Cuando te amo sobre todas las cosas, no solo te doy el trono, sino que mi alma encuentra paz. El corazón humano fue hecho para Ti, y solo en Ti descansa, como decía San Agustín.

Y, sin embargo, sigo tropezando. Sigo cayendo en el ruido del mundo, en la autosuficiencia, en las idolatrías modernas que se disfrazan de éxito, productividad o entretenimiento. A veces hasta me enorgullezco de controlar mi vida sin darte lugar. Y luego, cuando todo se desmorona, vuelvo a Ti como un niño perdido. ¿Cuántas veces más me recibirás? ¿Hasta cuándo aguantarás mi tibieza?

Y la respuesta me llega como un susurro: “Siempre”. Porque Tú eres fiel, aunque yo no lo sea. Porque tu amor no se basa en mi mérito, sino en tu naturaleza. Tú eres Amor. Y eso me consuela. Porque si amar sobre todas las cosas se siente, para mí, tan inalcanzable, sé que Tú ya me amas, por encima de todas mis debilidades. Y que ese amor me sostiene.

Así que, Señor, aunque me sienta indigno, aunque me vea lejos, aunque el mandamiento me duela porque no lo cumplo… no dejaré de intentar. Quiero que un día, sin darme cuenta, mi corazón te haya puesto en el lugar que mereces. Quiero que toda mi vida sea una respuesta silenciosa al amor con el que Tú me amaste primero.

Ayúdame a amarte más. A buscarte más. A elegirte más. Porque sé que en eso reside la plenitud para la que fui creado.

 Con reverencia sincera, tu hijo que sigue aprendiendo a amar.

 CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo


No te alteres por el futuro

 


No te alteres por el futuro: llegarás a él, si te es preciso, con la misma razón de la que te sirves para el presente.

MARCO AURELIO

miércoles, 27 de agosto de 2025

El amor detiene el tiempo

 


Un faro en la niebla

 


Cada paso tambaleante hacia el bien

es una victoria que el cielo celebra

 

            Querido hijo:

         He recibido tu carta. No te imaginas cuán profundamente toca mi corazón cada vez que uno de mis hijos se detiene a hablarme con tanta honestidad, con tanta alma. No es la queja lo que escucho, sino el eco de una búsqueda genuina, el clamor de alguien que no se ha rendido del todo, aunque sus fuerzas flaqueen. Y ese clamor no cae en el vacío. Siempre llega a Mí.

Comprendo tu agotamiento. Conozco bien esa lucha interna que describes. Yo estaba allí cuando te sentiste la hoja movida por el viento, y lo estoy cada vez que te preguntas por qué haces lo que no quieres y dejas de hacer lo que tanto anhelas. Yo conozco tu estructura desde dentro, porque te formé con mis manos, y no hubo un solo instante en el que no pensara en el poder inmenso que puse en ti, aunque tú a veces no lo percibas.

Dices que no recibiste un manual para entender tu mente y tu corazón, pero te diré un secreto: ese manual no fue escrito, fue sembrado. Lo coloqué como semilla en tu interior. Y aunque parezca que no florece, está ahí. Se manifiesta cuando sientes que algo está mal, aunque nadie lo diga, cuando una decisión tomada con esfuerzo te llena el alma de paz, cuando lloras al ver algo hermoso o te indignas frente a la injusticia. Esas son páginas vivas del manual que te di. El lenguaje del alma lo entiendes mejor de lo que crees.

Sobre la voluntad… sí, es frágil. Pero no es débil. La fragilidad y la debilidad no son lo mismo. La fragilidad duele porque es preciosa. Y porque lo es, necesita cuidado y trabajo diario. Yo no te puse aquí para que todo fluyera sin esfuerzo. El amor libre solo es verdadero si puede elegir el bien con dificultad. Si el bien fuera fácil, no tendría mérito. Y tú has sido creado para el mérito, para la luz nacida de las sombras vencidas.

Me preguntas por qué no te hice más fuerte frente a tus excusas. Pero hijo, ¿y si te dijera que cada excusa vencida es una fibra más en el tejido de tu fortaleza? Yo no quiero que vivas de atajos, sino de caminos. No busco que actúes por automatismos, sino por conciencia. Lo fácil adormece, lo difícil despierta. Cuando eliges el bien desde la lucha, tu alma crece. Cuando caes y te levantas, no retrocedes: renaces más sabio.

Tienes razón: hay días en los que todo pesa. La rutina, el miedo, el cansancio. Yo no te pido que ignores tu humanidad. Al contrario, la honro. Fui Yo quien la vistió de carne y emociones. No estás llamado a ser perfecto en cada intento, sino perseverante. Te diré esto claramente: no hay derrota más honorable que la de quien cayó luchando por su ideal. Y tú, incluso cuando crees que no haces nada, estás luchando por seguir creyendo, por volver a intentar. Eso, hijo mío, ya es una forma de santidad.

Hay algo más que quiero recordarte: nunca estás solo. Aunque no me veas, estoy contigo. Cada impulso hacia el bien, cada vez que eliges el silencio en vez del grito, cada momento en que perdonas o te levantas temprano a pesar del hastío, Yo lo veo. Y no como alguien que vigila, sino como quien celebra tus pequeños triunfos, aunque tú los ignores.

Has dicho algo que tocó profundamente mi corazón: que incluso cuando no tienes fe para hablarme, me hablas. Ese acto de escribir, aún en la duda, aún en el cansancio… ese es el diálogo más sincero. No necesito palabras perfectas. Necesito verdad. Y en tu carta hay mucha.

¿Sabes algo que muchos olvidan? Yo no cuento tus errores. No llevo una lista de tus caídas. Lo que llevo grabado en Mi Ser es cada momento en que elegiste levantarte, cada vez que, con el alma hecha jirones, seguiste amando, aunque fuera un poco. No estoy esperando que seas invencible. Estoy acompañándote a ser íntegro.

Sobre la libertad que dices que pesa… sí, lo entiendo. Pero te diré esto: esa libertad es también tu corona. Es lo que te hace capaz de amar. Porque solo puede amar quien puede elegir no hacerlo. Y tú, aún con la voluntad herida, sigues eligiendo tender la mano, seguir buscando sentido, escribir esta carta. Eso no es poco. Eso es una victoria silenciosa.

Sé que ves la voluntad como un motor sin gasolina. Pero ¿y si la gasolina no fuera fuerza emocional, sino amor? Porque cuando haces algo con sentido, por alguien, por ti mismo, por mí, ahí brota una energía distinta. No es entusiasmo, es propósito. No vibra en el cuerpo: vibra en el alma. Y el alma, cuando está encendida, puede mover montañas, incluso cuando el cuerpo esté cansado.

Quiero que guardes esta imagen en tu corazón: un faro. Firme en su lugar, azotado por tormentas, pero siempre encendido. Eso eres tú. Y aunque el mar de tus emociones te golpee, tu luz no deja de cumplir su tarea. No brillas por lo que sientes, brillas por lo que eliges. Y tú eliges buscarme, hablarme, aunque sea con voz quebrada. Eso ilumina más de lo que imaginas.

No me has fallado, hijo. Porque fallar no es caer, es rendirse sin intentarlo. Y tú sigues buscándome. Sigue. No pares. Yo estaré en cada paso, incluso en los que das tambaleando. Estoy más cerca de ti cuando sientes que no puedes que cuando crees tenerlo todo bajo control. Mi fuerza se perfecciona en tu debilidad.

Así que, cuando vuelvas a sentir que eres hoja al viento, recuerda: el árbol no te ha soltado. A veces solo parece que caes, pero en realidad estás aprendiendo a volar.

Con amor eterno, 

CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo

DECRETO: Actividad para cada día



DECRETO: Actividad para cada día:

“Yo Soy el Amor, la Sabiduría y el Poder con su Inteligencia Activa, lo que estará actuando en todo lo que yo piense y haga hoy. Yo le ordeno a esta Actividad Infinita que sea mi protección y actúe en todo momento, haciendo que yo me mueva, hable y proceda únicamente en Orden Divino.

                                                                                                  SAINT GERMAIN 

Confia en lo eterno

 



En cierta ocasión, cuando el Maestro se preparaba para abandonar Boston, en 1923, iniciando una gira transcontinental con el objeto de difundir las enseñanzas de Self-Realization Fellowship, uno de sus estudiantes le dijo:

“Señor, me sentiré tan desvalido sin su guía espiritual”.

El Maestro replicó: “No dependas de mí; depende de Dios”

PARAMAHANSA YOGANANDA


martes, 26 de agosto de 2025

El peso de la libertad

 



Entre el deseo de ser y el miedo a fallar, la voluntad se convierte en el campo de batalla donde el alma aprende a caminar sola

 

        Querido Dios:

         Supongo que a todos los seres humanos les sucede lo mismo que a mí, que en múltiples ocasiones se sienten como una simple hoja, desprendida de un árbol y que, con cualquier ráfaga de viento, se mueve sin control: adelante, atrás, arriba y abajo.

Nos has creado, físicamente, con una perfección digna de Ti, pero de la misma manera que aprendimos a caminar, tenemos que aprender a movernos por el mapa de nuestras emociones; pero con una diferencia importante, para aprender a caminar nos tomaban de la mano, para aprender a manejar las emociones no nos enseña nadie y con nuestra falta de voluntad nos vamos moviendo de la alegría a la tristeza y de la felicidad al sufrimiento en función de los acontecimientos que se van sucediendo en nuestra vida.

A veces me detengo a mirar atrás, y aunque encuentro momentos hermosos, la sensación que prevalece es la de haber desperdiciado oportunidades, la de haber cedido frente al miedo, frente a la pereza, frente a la indecisión. ¿Por qué nos resulta tan difícil sostenernos firmes en nuestros propósitos, incluso cuando esos propósitos nos hacen bien? ¿Por qué esa tendencia casi automática a postergar lo importante, a dejar para mañana lo que sabemos que daría sentido a nuestro día?

No es que ignoremos lo que es correcto. Lo sabemos, a menudo con dolorosa claridad. Y, sin embargo, nos falta el empuje necesario para actuar en coherencia con ese conocimiento. Dices en muchas de las voces que te representan que la voluntad es el motor del alma, pero, sinceramente, Señor, ¿no crees que ese motor viene sin gasolina? Nos despertamos con ilusiones, sí, pero basta una mala noticia, una crítica, una rutina pesada… y todo se desinfla. 

A veces pienso que nos diseñaste con un amor inmenso, pero que te faltó incluir un manual para entender el sistema operativo de nuestra mente y de nuestro corazón. Porque esta batalla interna entre lo que anhelamos ser y lo que terminamos siendo, entre lo que sabemos que debemos hacer y lo que finalmente hacemos… desgasta el alma. Y cuando se repite día tras día, comienza uno a sospechar si somos realmente libres o si apenas somos marionetas sacudidas por los hilos invisibles de nuestra emocionalidad voluble.

Y, sin embargo, cuando uno logra un pequeño triunfo sobre sí mismo, cuando vence una tentación, cuando cumple con una tarea que había estado postergando, cuando dice “no” donde antes siempre decía “sí” (o viceversa), siente uno que ha tocado el cielo por un momento. Entonces comprendemos que esa lucha interna vale la pena, pero… ¿por qué es tan difícil replicarla? ¿Por qué no podemos sostener ese estado de gracia un poco más?

Señor, he notado que la voluntad no se rompe de golpe, sino que se va desgastando poco a poco. Un día haces una excepción, al siguiente otro desliz, y cuando te das cuenta, ya te has alejado kilómetros de quien pretendías ser. Y lo peor es que seguimos andando como si no pasara nada, justificándolo todo con frases como “mañana empiezo” o “es que estoy cansado” o “no soy perfecto”. Lo sabemos, no somos perfectos. Pero ¿no podrías habernos hecho un poco más fuertes frente a nuestras propias excusas?

Y no me malinterpretes, no te escribo desde el reproche amargo. Te escribo desde la necesidad de comprender, desde el cansancio de arrastrar una libertad que se vuelve pesada cuando no sabemos usarla. Porque cuando no ejercemos nuestra voluntad, somos esclavos. Esclavos del placer inmediato, del miedo, del “qué dirán”, de los impulsos. Y aunque nos desagrada reconocerlo, hemos aprendido a vivir más cómodamente en la sumisión a nuestros impulsos que en la lucha por mantenernos fieles a nuestros valores.

A veces pienso que, si me dieras solo cinco minutos con la voluntad de un santo, podría cambiar el curso de mi vida entera. Pero luego recuerdo que los sbantos no la recibieron como un regalo mágico: la construyeron a golpe de caídas y de perseverancia. Y eso, en vez de consolarme, me abruma, porque sé que esa perseverancia también depende de mí… y justo eso es lo que siento que me falta.

Nos diste el libre albedrío, y con él, la posibilidad de ser héroes o cobardes de nuestra propia historia. Pero muchos días no somos ni una cosa ni la otra: solo espectadores de nuestra propia vida, mirando cómo se nos escapa de las manos lo que más queríamos lograr.

No sé si esta carta es una súplica, una queja o simplemente una forma de no sentirme solo en esta lucha interior. Pero necesito saber que estás ahí, que no nos dejas solos frente a la fragilidad de nuestra voluntad, que en algún rincón de tu silencio hay un “te entiendo”, incluso cuando no nos entendemos ni a nosotros mismos.

Gracias por escucharme, incluso cuando no tengo fuerzas para hablarte con fe. 

CARTAS A DIOS -Alfonso Vallejo