“El alma
pregunta lo que el tiempo calla”
Y entonces, Señor, ha surgido en
mi mente una pregunta que me ha golpeado con fuerza: y a mí, ¿quién me ha
robado la vida? No lo digo desde la queja, sino desde la sorpresa. Porque
cuando observo mi existencia desde este pedestal, o quizá mirador, en el que me
encuentro ahora, tengo la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido. O
tal vez no. Tal vez no es que haya pasado velozmente, sino que yo mismo he ido
dejando atrás etapas, guardándolas en cajones que ya casi no abro, como si
fueran fotografías que se van desdibujando con el tiempo.
Lo que sí tengo claro es que ya
soy un señor mayor. Lo noto en los pequeños gestos cotidianos: en el autobús,
cuando alguien se levanta para cederme el asiento; en el supermercado, cuando
los cajeros se apresuran a ayudarme a colocar en el carrito los packs de agua;
o en las tiendas, cuando al pagar con monedas, las manos jóvenes se adelantan a
las mías para escoger la cantidad exacta, como si quisieran ahorrarme un
esfuerzo que yo aún no sé si necesito evitar. Son detalles que, aunque amables,
me recuerdan que he cruzado una frontera silenciosa.
Y, sin embargo, Señor, hay días
en los que siento que he vivido cuatro o cinco vidas dentro de esta misma vida.
Que he sido tantas versiones de mí mismo que, si las pusiera en fila,
parecerían personas distintas. Quizá por eso no debería decir que la vida ha
pasado rápido. Tal vez lo que ocurre es que ha estado llena, rebosante, incluso
cuando yo no era consciente de ello.
Aun así, desde este punto en el
camino, me pregunto si he desperdiciado demasiado tiempo. Pero enseguida me
asaltan las dudas, porque ¿qué significa realmente perder el tiempo? ¿Acaso ver
la televisión es perder el tiempo? ¿Dormitar en el sofá? ¿Leer un libro sin
prisa? ¿Escuchar música mientras la mente divaga? Durante años pensé que esos
momentos eran improductivos, casi culpables. Pero ahora empiezo a verlos de
otra manera.
Quizá esos instantes eran, en
realidad, espacios de descanso, de silencio interior, de reflexión. Momentos en
los que, sin darme cuenta, algo dentro de mí se recolocaba. Porque si estoy
aquí para aprender a amar, entonces no importa si la chispa que enciende el
corazón surge mientras leo, mientras pienso, mientras escucho una canción o
mientras miro el techo sin hacer nada. En cualquiera de esas situaciones puede
aparecer esa luz misteriosa que une la mente con el corazón, esa energía que no
sé explicar pero que siento que existe, y que hace crecer el amor de formas que
la razón no alcanza a comprender.
Hoy, Señor, es un día de dudas.
No dudas que me angustien, sino preguntas que buscan abrir espacio, que quieren
entender. Y entre todas ellas, hay una certeza que sí permanece firme: “me
gustaría estar más cerca de Ti”. Siento que aún estoy lejos, no por falta de
deseo, sino quizá por falta de claridad, de constancia, de valentía espiritual.
A veces me pregunto si la distancia que percibo es real o si es solo una
sensación nacida de mis propias inseguridades. Pero sea como sea, lo que sí sé
es que anhelo acercarme más, sentirte más presente, más vivo en mi día a día.
Tal vez este mismo acto de
escribirte sea ya un paso hacia Ti. Tal vez cada pregunta que me hago, cada
reflexión, cada intento de comprender mi vida y mi corazón, sea una forma de
buscarte. Y si es así, entonces no todo está perdido, ni robado, ni
desvanecido. Quizá la vida no me ha sido arrebatada, sino que simplemente ha
seguido su curso, y ahora me toca a mí aprender a mirarla con otros ojos.
Gracias, Señor, por escuchar
estas palabras que nacen de un alma que, aunque llena de dudas, también está
llena de deseo de verdad y de amor. Gracias por acompañarme incluso cuando no
sé si estoy caminando en la dirección correcta. Y gracias, sobre todo, por
seguir siendo un faro, incluso cuando yo no siempre sé hacia dónde mirar.
Gracias, Señor.
Del libro Cartas a Dios - Alfonso Vallejo

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