Presencia y Palabra

Bienvenido a este espacio de presencia y palabra. Aquí comparto reflexiones, prácticas espirituales y fragmentos de mis libros para acompañarte en tu camino interior. Que cada día sea una oportunidad para volver a ti con más calma, claridad y conciencia.



viernes, 10 de octubre de 2025

Mudra del rejuvenecimiento

 


MUDRA DEL REJUVENECIMIENTO

MUDRA PARA LA DIGESTIÓN

Cómo se hace:

Rodea los antebrazos con la mano contraria y deja reposar las manos en ellos sin ejercer ninguna presión.

Sirve para:

En la cara interna de los antebrazos se encuentran algunos puntos de acupresión, cuyo tratamiento, según la medicina tradicional china, estimula la digestión.

La eliminación de impurezas retrasa el envejecimiento de la persona.

Duración:

Practicar tantas veces como se pueda en tu meditación o en tus ejercicios de respiración.

Beneficios:

Estimula la digestión.

Previene las flatulencias.

Produce un rejuvenecimiento.


Huellas de amor

 


Providencia

 


Por qué les suceden ciertas desgracias a los hombres buenos siendo así que hay una Providencia.

Me has preguntado, Lucilio, por qué, si el mundo es regido por la Providencia, les suceden muchos males a los hombres buenos. Esto podría ser contestado fácilmente en el contexto de una obra en la cual intentáramos demostrar que la Providencia preside el Universo y que Dios se interesa por nosotros.

Pero ya que te place desgajar del todo una pequeña parte y solucionar una sola contradicción, dejando a un lado la discusión del conjunto, he de hacer algo que no es difícil: defenderé la causa de los dioses.

Más que superfluo resulta demostrar en la presente ocasión que una obra tan grande no se conserva sin guardián; que la reunión y la separación de los astros no constituyen movimientos fortuitos; que los productos del azar con frecuencia se descomponen y pronto chocan entre sí; que esta insuperada velocidad que arrastra tantas cosas en la tierra y en el mar, tantas luminarias clarísimas de preordenado brillo, surge por imperio de una Ley eterna; que este orden no es propio de la materia errante; que los cuerpos reunidos casualmente no están con tanta sabiduría suspendidos como para que el enorme peso de la tierra permanezca inmóvil y contemple a su alrededor la huida del rápido cielo, como para que los mares infiltrados en los valles ablanden las tierras y no sufran incremento alguno por los ríos, como para que de semillas pequeñísimas nazcan enormes seres.

Ni siquiera aquellos fenómenos que parecen confusos e inciertos- me refiero a las lluvias y a las nubes, al estallido de los rayos que se quiebran y al fuego que se derrama de los rotos vértices de las montañas, a los temblores del suelo sacudido y a los demás hechos originados en la agitada región que rodea la tierra suceden sin razón, aunque sean repentinos, sino que tienen también sus causas, no menos que aquellos otros que, por aparecer en sitios insólitos, son considerados milagros, como las aguas calientes que se hallan en medio de las ondas marinas y las nuevas extensiones de islas que repentinamente surgen en medio del vasto mar.

Y, en verdad, si se observa cómo quedan desnudas las playas cuando el mar se repliega sobre sí mismo y cómo en breves momentos vuelven a ser cubiertas ¿se podrá creer que, por obra de un ciego movimiento, las olas ora se contraen y se vuelven sobre sí mismas, ora irrumpen y con gran rapidez retornan a su sitio, siendo así que crecen conforme a medidas fijas, decrecen en la hora y el día señalado y son más amplias o más reducidas según la intensidad con que las atrae la luna, a cuyo arbitrio está sujeto el desborde del Océano?

Queden estas cosas reservadas para su oportunidad, tanto más cuanto que tú no dudas de la Providencia, sino que te quejas de ella.

Te he de reconciliar con los dioses, que son buenos con los buenos. En efecto, la naturaleza jamás consiente que las cosas buenas perjudiquen a los buenos. Entre los hombres buenos y los dioses hay una amistad que establece la virtud. ¿Amistad digo? Más todavía: una mutua atracción y una semejanza, ya que el hombre bueno sólo se diferencia del dios por la duración de la vida; es su discípulo, su imitador y su verdadera progenie, que aquel padre magnífico, guardián nada laxo de las virtudes, educa, como los padres severos, con mayor dureza.

Así, cuando vieres a los hombres buenos y gratos a los dioses sufrir, sudar, transitar por difíciles senderos, y a los malos entregarse a los goces y abandonarse a los placeres, considera que nosotros nos complacemos en la modestia de nuestros hijos y en la desvergüenza de los de nuestros esclavos, que a los unos los refrenamos con más ardua disciplina y a los segundos los criamos en la licencia. Lo mismo debe pensar tú de Dios: no tiene al hombre bueno en medio de deleites, lo somete a prueba, lo endurece, lo prepara para sí.

LUCIO ANNEO SÉNECA


Sobre el ego 4

 




El ego es a la persona como el mapa al territorio: útil para orientarse, pero no es la realidad.

El ego es una construcción mental, una representación de quién creemos ser. Como un mapa, nos ayuda a navegar el mundo: nos da coordenadas, nos sitúa, nos permite tomar decisiones. Nos dice “esto soy yo”, “esto me gusta”, “esto me duele”. Sin él, sería difícil movernos con coherencia, establecer límites, construir una identidad. Pero al igual que un mapa, el ego es una simplificación. No es el terreno que pisamos, ni las emociones que sentimos, ni la profundidad de nuestra conciencia.

Confundir el ego con la realidad es como creer que el dibujo de una montaña es la montaña misma. El mapa puede guiarnos, pero no nos muestra los matices: el olor del bosque, el sonido del río, la textura del suelo. El ego nos da una imagen, pero no revela la totalidad de lo que somos. Nos limita a etiquetas, a roles, a narrativas que muchas veces repetimos sin cuestionar.

La persona auténtica se atreve a mirar más allá del mapa. Se adentra en el territorio, con sus curvas inesperadas, sus paisajes ocultos, sus sorpresas. Reconoce que el ego puede ser útil, pero no definitivo. Que hay una dimensión más profunda, más libre, más viva.

Vivir desde el ego es recorrer la vida con los ojos en el papel. Vivir desde la conciencia es levantar la mirada y caminar el terreno, sintiendo cada paso. El mapa puede acompañarnos, pero no debe gobernarnos. Porque lo real no está en lo que creemos ser, sino en lo que somos cuando dejamos de pensar en quién deberíamos ser.

Y ahí, en ese territorio sin trazos ni fronteras, empieza la verdadera exploración.


miércoles, 8 de octubre de 2025

El arte de gobernarse a sí mismo

 


El arte de gobernarse a sí mismo

La condición y característica de una persona vulgar es que nunca espera ni beneficio ni perjuicio por causas propias sino siempre por causas externas.

La condición y la característica del filósofo es que espera todo beneficio y todo perjuicio tan sólo de sí mismo.

Al hombre culto se lo reconoce por no censurar a nadie, no alabar a nadie y no acusar a nadie. Es alguien que no habla de sí mismo haciéndose el importante o pretendiendo saber algo. Si en cualquier situación tiene dificultades o fracasos, sólo se acusa a sí mismo, Si es alabado, secretamente se ríe de la persona que lo alaba y, si es criticado, no se defiende; pero se mueve con la precaución de los convalecientes, temiendo mover algo antes de que esté perfectamente curado.

El sabio suprime dentro de sí todo deseo, transfiere su aversión sólo a las cosas que menoscaban el empleo adecuado de su libre albedrío. Cuando ejerce un poder activo sobre cualquier cosa lo hace siempre de un modo muy moderado. No le importa parecer estúpido o ignorante y, en una palabra, se considera a sí mismo como un adversario emboscado.

EPICTETO


Abhaya Hridaya Mudra - Mudra del corazón fuerte


 


Abhaya Hridaya Mudra

“Abhaya” proviene de un origen sánscrito y significa “valentía”. "Hridaya" se Por eso, este mudra también se llama "Mudra del Corazón Valiente", "Mudra del Corazón Fuerte" o “Mudra del pecho” Se cree que practicar este mudra puede ayudar a una persona a ser más audaz en su vida.

Como se hace

Cruza las muñecas, enlaza los dedos meñiques, une las yemas del pulgar y el dedo corazón en cada mano y sitúa las manos apuntando hacia afuera, delante del pecho.

Beneficios

Para aliviar la ansiedad.

Para equilibrar las emociones.

Para mejorar la salud cardiovascular.

Para para aliviar el estrés

Aporta valentía

Sirve para

Mejora las energías en el corazón y sus alrededores. Al hacerlo, revitaliza el corazón y su energía. Practicar este mudra activa el Chakra Anahata.

Este mudra aumenta el flujo de oxígeno al corazón, mejorando así su funcionamiento. Por lo tanto, si el corazón recibe suficiente oxígeno, las arterias lo transportarán más, lo que contribuye a una mejor salud.

Practicar este mudra puede ayudar a superar problemas comunes como el miedo y la ansiedad.

Duración

Practícalo durante tu meditación.

Se recomienda practicar este mudra un mínimo de 30 a 40 minutos al día. Puedes completarlo en una sola vez o en dos series de tres de entre 10 y 15 minutos, como prefieras. Según estudios, la mejor manera de practicar un ejercicio durante al menos 20 minutos es obtener los máximos beneficios de ese mudra en particular.

 

martes, 7 de octubre de 2025

Cuando escribir es orar

 


 

“Aceptar también es amar”

 Querido Dios:

 Te escribo una y otra vez y, supongo que sabes que, es por el placer de sentirme cerca de Ti. 

No me lamento o, al menos, no quiero hacerlo, porque soy consciente de que ante los acontecimientos que nos va presentando la vida, de nada valen los lamentos.  

Me gusta la frase ¡qué se le va a hacer! Porque condensa en pocas palabras esa sabiduría serena que sólo se alcanza cuando uno ha vivido lo suficiente como para comprender que la resistencia inútil solo desgasta el alma. Esa frase, tan sencilla, tan cotidiana, tan nuestra, me recuerda que hay cosas que no puedo controlar, que el mundo tiene su propio ritmo, y que lo mejor que puedo hacer es dejar de luchar contra la corriente cuando no hay barca que me lleve a otra orilla.

Y, sin embargo, en medio de esa aceptación también vive un deseo profundo: el de encontrar sentido. Porque, aunque mi corazón haya aprendido a no pelear contra lo inevitable, no ha perdido la costumbre de preguntarse por qué. Por qué ciertas cosas duelen más que otras, por qué los caminos se cruzan y se separan, por qué las personas se van sin previo aviso, por qué hay días en los que el cielo pesa más que el cuerpo.

Hoy te escribo, Señor, no para reclamarte nada, sino para compartirte todo. Mis silencios, mis esperanzas, mis miedos que a veces se camuflan tras una sonrisa. Sé que no necesitas que te cuente lo que ya sabes, pero escribirte me ayuda a escucharlo yo. Hay una paz especial en ponerle palabras al alma, en dejar que lo que me habita tome forma y se pose, como una mariposa cansada, sobre esta hoja.

Hay días en los que me siento como un árbol en otoño. No porque me sienta viejo, que lo soy, sino porque descubro que hay cosas que se desprenden de mí sin que yo lo pueda evitar. Ideas, personas, creencias… caen como hojas que ya cumplieron su ciclo. Y no es malo, lo sé. Después del otoño viene el invierno, y tras él, la primavera. Pero ¿cómo se hace para no extrañar las ramas llenas? ¿Cómo se aprende a ver belleza en la desnudez?

Quizás por eso te escribo tanto. Porque cuando me siento vacío, me acuerdo de que tú llenas los espacios sin ruido, sin prisa, sin pedir permiso. No llegas con estruendo, llegas con brisa. No irrumpes, simplemente estás. Y eso me basta.

Señor, a veces imagino que me escuchas con una sonrisa. Que te conmueve esta forma tan humana de buscarte a través de las palabras, como quien lanza una botella al mar. Me gusta pensar que lees cada frase como quien lee la carta de un amigo: con cariño, sin juicio, entendiendo que todo lo que escribo nace de un corazón que aún se esfuerza por amar a pesar de las grietas.

Y sí, qué se le va a hacer… esa frase también la digo cuando la nostalgia se sienta a cenar conmigo. Cuando el recuerdo de lo que fui se aparece sin haber sido invitado, y me mira con ojos de tiempos mejores. Pero incluso en esos momentos, no hay amargura. Sólo esa dulzura melancólica que tiene el saber que se ha vivido. Porque cada arruga es una historia, cada silencio una lección, cada caída un motivo para escribirte de nuevo.

No sé si esta carta llegará a algún lugar, o si se quedará entre los confines de mi alma y el papel. Pero mientras la escribo, me siento menos solo. Siento que entre tú y yo hay algo más que fe: hay complicidad. Como esos amigos que no necesitan hablar para entenderse. Como esa mirada que abraza sin tocar. Como ese silencio que no incomoda.

A veces quisiera preguntarte tantas cosas. Saber cómo ves el mundo desde tu eternidad. Saber si te sorprenden nuestras guerras, nuestras pasiones, nuestras contradicciones. Si te duelen nuestras injusticias, si te conmueve nuestra ternura. Pero luego recuerdo que tal vez no necesitas explicaciones. Que tu forma de responder es el tiempo, la experiencia, los caminos que parecen sin sentido hasta que, de pronto, uno se da cuenta de que cada paso estaba perfectamente colocado para llevarnos justo donde debíamos estar.

Me gusta pensar que tú también amas las frases simples. Como “qué se le va a hacer”. Porque ahí hay humildad, hay entrega, hay madurez. No es resignación, es reconocimiento. Reconocer que a veces soltar también es amar. Que aceptar lo que es no implica dejar de soñar lo que podría ser. Que la vida, después de todo, se vive en equilibrio entre lo que deseo y lo que sucede.

Gracias, Señor, por dejarme escribirte. Por ser ese destinatario fiel que nunca cambia de dirección. Por leerme aun cuando lo que escribo no tiene sentido. Por acoger mis palabras como se acoge a un hijo que regresa de una batalla: sin reproches, sólo con los brazos abiertos.

Prometo seguir escribiéndote. Porque mientras haya tinta, mientras haya alma, mientras haya días en los que me sienta vulnerable, voy a seguir buscando tu cercanía. No para pedir, no para exigir, sino simplemente para estar. Para que entre tú y yo siga existiendo este puente invisible que se construye con cada carta, cada pensamiento, cada suspiro.

Porque sí, qué se le va a hacer… pero se le puede hacer una carta.

Gracias por estar, gracias por ser.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo


La medida del bien

 

 


El que ama la gloria supone que su propio bien está en la acción de otro; el que ama el placer, en su propia persuasión; el que posee razón, en su propia acción.

MARCO AURELIO

Alma sin género

 


Yo Soy la Resurrección y la Vida

 


“Yo Soy la Resurrección y la Vida”

Esa frase de Jesús "Yo soy la Resurrección y la Vida", aparece en el Evangelio de Juan (11:25) y es una de las declaraciones más poderosas y consoladoras del Nuevo Testamento. Jesús la pronuncia justo antes de resucitar a Lázaro, en un momento de profundo dolor para sus seres queridos.

Saint Germain interpreta “Yo Soy la Resurrección y la Vida” como una afirmación del poder divino interior que todos podemos activar conscientemente.

Saint Germain, figura central en la enseñanza metafísica y la espiritualidad de la “Presencia YO SOY”, ofrece una visión profunda de esta frase de Jesús:

“YO SOY” como la Presencia Divina: Para Saint Germain, cuando Jesús dice “YO SOY”, no se refiere al ego humano, sino a la “Magna Presencia de Dios en acción dentro de cada ser”. Es el reconocimiento del poder divino que habita en nosotros.

Resurrección como transformación espiritual: No se trata solo de volver a la vida física, sino de elevar la conciencia, transmutar lo imperfecto y manifestar la perfección divina. Es una invitación a despertar y ascender espiritualmente.

Vida como expresión del poder creador: Al afirmar “YO SOY la Vida”, Jesús revela que la fuente de toda vida está en esa Presencia Divina. Saint Germain enseña que al usar conscientemente el “YO SOY”, activamos ese poder en nuestros pensamientos, sentimientos y acciones.

SAINT GERMAIN

 


lunes, 6 de octubre de 2025

Eternidad

 


          Con el objeto de ayudar a cierto estudiante a expandir los límites de sus pensamientos, el Maestro relató la siguiente experiencia:

          “Una vez, mientras contemplaba un gran montón de arena en el cual serpenteaba una diminuta hormiga, me dije: “¡Esta hormiga debe figurarse que está escalando la cordillera del Himalaya!”. Dicho montón de arena puede haberle parecido gigantesco a la hormiga, pero no me lo parecía a mí. Asimismo, un millón de nuestros años solares puede significar menos de un minuto en la mente de Dios. Deberíamos ejercitar nuestras mentes, para pensar en los más vastos términos posibles: ¡Eternidad!, ¡Infinitud!”.

PARAMAHANSA YOGANANDA


domingo, 5 de octubre de 2025

En construcción

 


 

“Cada herida es un comienzo”

 

Querido hijo:

 He leído tu carta, palabra por palabra.

La he sentido como se siente el viento suave en la piel: sincera, valiente, humana.

Y aquí estoy, no para juzgarte, sino para acompañarte. No para señalar tus caídas, sino para sostener tus intentos de levantarte.

No estás solo. Nunca lo has estado, aunque a veces no lo parezca. ¡Cuántas veces te lo he dicho! Aunque el mundo se te presente ruidoso, agitado o confuso.

Lo que estás sintiendo no es un error, es parte del proceso.

No estás roto, estás en construcción. Estás creciendo, aunque duela. Estás despertando, aunque duela. Estás aprendiendo, incluso cuando parece que desaprendes.

Tu lucha interior no es un fracaso. Es un reflejo de tu deseo profundo de amar mejor, de vivir más íntegro, más en paz contigo mismo. Y eso no tiene nada de malo. Al contrario. Es lo que te hace profundamente mío.

Me gusta que me escribas sin máscaras. Que me cuentes tus contradicciones. Que me abras tu corazón como quien abre una ventana en medio del invierno: con cierto temor, pero con mucha necesidad de aire fresco.

Tú dices que no te gustas. Yo te digo: yo te amo. Tal como eres. Con todo lo que cargas. Y no tienes que esperar a estar perfecto para aceptarte.

La aceptación no es una meta: es el punto de partida.

No tienes que ser el ejemplo de nadie. Solo tienes que ser tú. Auténtico. Honesto. Capaz de mirarte con misericordia. Sé que te cuesta perdonarte, ¡hazlo! Yo no tengo que perdonarte, porque no me siento ofendido y donde no existe ofensa, no es necesario el perdón.

Cada gesto de bondad que has dado, incluso los más torpes o imperfectos, tienen valor. Cada vez que elegiste el amor sobre el ego, aunque fuera por un instante, fue sagrado.

No todo se mide por el impacto. Hay ternura en lo invisible. Hay valor en lo pequeño. No dejes que tu mente te engañe. No eres un estorbo, ni una sombra, ni una figura más en la multitud. Eres mi hijo.

Y eso basta.

No necesitas un manual para reconstruirte, porque ya tienes lo esencial: el deseo de ser mejor, la humildad para reconocer tus fallas, la esperanza de que aún puedes cambiar. Cada día es un nuevo intento.

Y yo estoy en cada uno de ellos.

Estoy contigo cuando te cuestionas. Cuando te arrepientes. Cuando respiras hondo para no herir. Cuando decides escuchar en vez de hablar.

No estoy lejos. Estoy dentro. Dentro de tus dudas, dentro de tus preguntas, dentro de tu deseo de vivir con más luz.

Sigue escribiéndome. En papel, en pensamiento, en la mirada.

Porque yo siempre te leo. Siempre te escucho. Siempre te amo.

Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo



Juicio

 


Sobre el ego 3

 


El ego es a la persona como la cáscara al fruto: protege, pero debe romperse para liberar lo valioso.

 El ego cumple una función vital en nuestra construcción psicológica. Nos envuelve, nos defiende, nos da forma frente al mundo. Como la cáscara de un fruto, nos protege de heridas externas, de juicios, de vulnerabilidades. Nos ayuda a sobrevivir en entornos hostiles, a mantener una imagen, a sostener una narrativa de quién creemos ser. Pero esa misma cáscara, si no se rompe, impide que lo esencial se manifieste.

 Dentro de cada persona hay una semilla de autenticidad, una pulpa de sensibilidad, creatividad y amor. El ego, cuando se vuelve rígido, impide que esa esencia fluya. Nos hace temer el rechazo, nos obliga a competir, nos encierra en máscaras. Nos dice que debemos ser fuertes, exitosos, admirados. Pero lo valioso no está en la cáscara brillante, sino en lo que hay dentro: en la capacidad de sentir, de conectar, de ser sin pretensiones.

 Romper el ego no significa destruirse, sino abrirse. Es un acto de madurez, de rendición consciente. Es aceptar que no somos lo que aparentamos, sino lo que sentimos cuando nadie nos mira. Es permitir que la vulnerabilidad nos haga humanos, que la humildad nos haga sabios.

 Al igual que el fruto que se abre para alimentar, para sembrar, para dar vida, la persona que trasciende su ego se convierte en fuente. Fuente de verdad, de compasión, de transformación. Porque solo cuando la cáscara cae, el alma respira.

 Y entonces, ya no importa tanto cómo nos ven, sino cómo nos sentimos. Ya no buscamos aprobación, sino plenitud. Porque lo valioso no necesita adornos: solo espacio para florecer.


Las cosas son como son

 


No pretendas que lo que ocurre ocurra como quieres, sino quiere lo que ocurre tal como ocurre, y te irá bien.

EPICTETO


viernes, 3 de octubre de 2025

Mudra de la lucha

 


MUDRA DE LA LUCHA

MUDRA PARA EL SISTEMA INMUNOLÓGICO

 

El mudra de la lucha ayuda a interceptar y esquivar ataques en su fase incipiente.

Sirve para

Este mudra sirve para fortalecer el sistema inmunológico y ayuda a prevenir enfermedades.

Como se hace

Rodea el pulgar izquierdo con todos los dedos de la mano derecha.

El pulgar derecho reposa sobre el dorso de la mano izquierda entre el índice y el pulgar.

Después de 10 minutos cambia la posición rodeando el pulgar derecho.

Respiración

Respira lenta y suavemente.

Las pautas tras la inspiración y la exhalación son algo prolongadas.

Lleva la respiración al abdomen.

Beneficios

Fortalece el sistema inmunológico.

Ayuda a prevenir enfermedades.


Entre intentos y silencios

 


 


A veces lo sagrado es que alguien escuche mientras se reconstruye

           Querido Dios:

           No estoy, en absoluto, satisfecho conmigo mismo. No me gusta cómo soy. 

Durante décadas se me ha estado cayendo la lengua de tanto decir: “todo está bien”, “el secreto de la felicidad está en la aceptación”.

Y aquí estoy ahora, en este rincón tranquilo, casi escondido de mí mismo, pensando en cosas que ocurren a mi alrededor que no están bien. Y no solo lo estoy pensando, sino que, a veces, muchas más veces de las que serían de mi agrado, dejo que esas ideas salgan por la boca. El problema añadido es que la persona objeto de esas críticas, al recibirlas, se siente atacada, incomprendida y, como resultado, ofendida. 

Es cierto que esa persona hace muchas cosas que no me gustan, pero soy consciente de que “no me gustan a mí”, y que eso no me da bula ni licencia moral para imponer mi visión. No tengo el monopolio de la verdad ni la exclusividad del buen gusto. Y, sin embargo, actúo como si la tuviera. 

Y eso me pesa. Me pesa como una piedra en el pecho. 

Llevo tiempo tratando de descubrir de dónde viene esta insatisfacción que me acompaña. Esta incomodidad con el mundo y conmigo mismo. A veces me da por pensar que he vivido demasiado tiempo escondido detrás de frases que suenan bien, pero que no terminan de resonar dentro. Frases que pronuncio por costumbre, por cultura, por miedo a decir que algo no me llena. 

¿Qué se supone que debo hacer cuando no me reconozco? 

Me miro en el espejo y veo a alguien que arrastra demasiadas contradicciones. Uno que se esfuerza por ser justo, pero no siempre es paciente. Que quiere ser compasivo, pero también es demasiado exigente. Uno que predica la paz y la aceptación, pero que en silencio crítica y se frustra.

Quisiera poder perdonarme. Pero aún no sé cómo. 

No hay manual para esto, ¿verdad?

Me da rabia, Señor, mucha. Porque quiero ser mejor, pero a veces me siento demasiado torpe. Como si tuviera herramientas, pero me faltara la fuerza o el impulso. Como si supiera los pasos, pero me quedara sin ganas de caminar.

He llegado a cuestionarme si estoy aportando algo bueno al mundo o solo estoy ocupando espacio. 

Hay días en los que pienso que fui hecho para algo más. Que hay algo dentro que aún no ha salido. Y otros días, lo que hay dentro me asusta, me confunde, me paraliza.

A veces pienso en la gente que me rodea. Familia, amigos, conocidos. Y me pregunto si ellos me ven como yo me veo. Si perciben esta lucha interna, este ruido mental, esta maraña de pensamientos que me hace sentir como si siempre estuviera buscando algo... pero sin saber exactamente qué. 

¿Será que en el fondo solo quiero sentirme útil? 

¿Será que lo que más deseo es que alguien como Tú me diga que estoy en el camino correcto, aunque tropiece? 

Lo peor no es errar, lo sé. Lo peor es sentir que ese error define quién soy. 

Y me cuesta no dejar que lo haga.

          Quisiera tener más ternura para mí mismo. 

Quisiera, sinceramente, no tener que pedir perdón tan a menudo por palabras que no debí decir, por silencios que fueron demasiado largos, por miradas que escondían juicios. 

Quisiera aprender a mirar con más misericordia.  A vivir sin necesidad de comparar ni corregir todo lo que se desvía de lo que yo considero “normal” o “correcto”.   

Estoy cansado, Señor. Pero no cansado de vivir. Cansado de no saber vivir plenamente. Cansado de vivir entre intentos.

Y en medio de todo esto, quiero hablar Contigo. No para que me des todas las respuestas.  No para que hagas un milagro. Solo para que me mires. Para que estés conmigo. Porque hay días en los que, si Tú no estás, siento que nada tiene sentido.

          Gracias Señor.

          CARTAS A DIOS – Alfonso Vallejo.


Imperturbabilidad

 


          Imperturbabilidad respecto a las cosas cuya causa sea exterior, justicia en las que suceden por una causa que proviene de ti. Es decir, el impulso y la acción que concluyen en el obrar según lo común, ya que así es lo conforme a la naturaleza.

MARCO AURELIO

La creencia se convierte en fe

 


          Creer es tener fe en lo que tú crees que es la Verdad. Hay, pues, un entretejido entre la creencia y la fe. Al principio se hace la creencia; si se mantiene se convierte en fe. Si tú no crees que algo es verdad, no lo puedes traer a la manifestación. Si tú no puedes creer en tus propias palabras cuando pronuncias “Yo Soy tal o cual cosa”, ¿cómo puede establecerse y manifestase el dicho de Shakespeare?: “No hay nada bueno ni malo, el pensar lo hace así” Es absoluta verdad.

SAINT GERMAIN


jueves, 2 de octubre de 2025

Juicio y amor

 


El sufrimiento como maestro del alma


 


          “¿A qué se debe que el sufrimiento se encuentre tan diseminado sobre la Tierra?”, preguntó cierto discípulo. El Maestro respondió:

          “Hay muchas razones para ello. Una de las razones de ser del sufrimiento, es prevenir al hombre en contra del aprender demasiado de los demás y no lo suficientemente de sí mismo. El dolor obliga tarde o temprano a los seres humanos a preguntarse: ¿No habrá quizá un principio de causa y efecto operando en mi vida? ¿No se deberán mis problemas a mi errónea forma de pensar?”

PARAMAHANSA YOGANANDA

miércoles, 1 de octubre de 2025

Sobre el ego 2

 


El ego es a la persona como el fuego al bosque: puede dar calor o destruirlo todo.

El ego, como el fuego, tiene una doble naturaleza. En su forma más contenida, puede ser fuente de energía, impulso vital, chispa creativa. Nos da confianza para avanzar, nos protege del miedo, nos permite marcar límites. Es ese calor interno que nos anima a defender lo que somos, a luchar por lo que creemos. Sin él, podríamos perdernos en la inseguridad, en la duda constante, en la falta de dirección.

Pero cuando el ego se descontrola, cuando se convierte en llama voraz, puede arrasar con todo a su paso. Quema relaciones, consume la humildad, destruye la empatía. Nos hace creer que somos el centro del universo, que nuestra verdad es la única válida, que el reconocimiento externo es más importante que la paz interna. En ese estado, el ego deja de ser aliado y se convierte en tirano.

Como el fuego en el bosque, el ego necesita vigilancia. No se trata de apagarlo por completo, sino de aprender a encenderlo con sabiduría, a mantenerlo en equilibrio. Un fuego bien cuidado puede dar vida: calienta, ilumina, transforma. Pero si lo dejamos crecer sin control, puede convertirnos en cenizas.

La clave está en la conciencia. En saber cuándo el ego nos sirve y cuándo nos domina. En reconocer que el verdadero poder no está en imponer, sino en comprender. Que la grandeza no se mide por el tamaño de las llamas, sino por la capacidad de mantenerlas bajo control.

Porque al final, lo que queda no es el fuego, sino el bosque que sobrevivió. Y ese bosque, lleno de raíces profundas y hojas sinceras, es lo que realmente somos.


lunes, 29 de septiembre de 2025

Las manos vacías que bendicen

 



Cuando el alma se ofrece desde su herida, 

el amor deja de ser esfuerzo y se convierte en milagro.

 

Querido Hijo:

         Leí tu carta con ternura infinita. No por lo que crees que te falta, sino por lo que ya estás dando sin saberlo. Te sientes vacío, pero desde esa misma pobreza me has ofrecido lo más preciado: la verdad de tu corazón. Y ese, créeme, es uno de los actos más grandes de caridad que se pueden ofrecer.

          ¿Tú crees que no tienes nada? Déjame decirte algo con suavidad: estás más lleno de amor de lo que imaginas. Lo que pasa es que a veces el cansancio, el agobio o la sensación de insuficiencia hacen ruido en tu interior, y te nublan la vista. Pero debajo de ese ruido vive una fuente silenciosa. Una fuente que brota cada vez que eliges mirar al otro, incluso cuando tú mismo necesitas descanso.

No pienses que dar siempre significa tener algo material. Tampoco creas que la caridad se mide por su tamaño o por el aplauso que genera. Mi lógica es distinta. Yo veo lo que das en lo oculto. Veo cada vez que eliges no responder con dureza. Veo cuando sostienes una palabra amable, aunque por dentro estés temblando. Veo el esfuerzo de tu sonrisa, el silencio que regalas en vez de un reproche, la escucha que ofreces cuando estás a punto de rendirte. Todo eso, hijo mío, es caridad en estado puro. Sin adornos. Sin espectáculo. Sin condiciones.

No tienes que estar rebosante para dar. A veces, las almas más generosas son las que han aprendido a dar desde su propia herida. No porque se ignoren, sino porque han descubierto que también el dolor, cuando es ofrecido, puede convertirse en consuelo. Lo que das no siempre viene de lo que posees. Muchas veces nace de lo que has perdido. Y en ese dar silencioso se esconde un amor que yo reconozco enseguida: es el amor que se parece al Mío.

Tu pregunta es honda: ¿cómo dar cuando no se tiene? Y yo te digo: empieza por darte a ti mismo el permiso de no llegar a todo. Porque la caridad verdadera no exige más allá de tus fuerzas. No se alimenta de tu desgaste, sino de tu libertad. No quiere que te pierdas a ti mismo tratando de salvar al mundo. Quiere, más bien, que aprendas a amar desde donde estás, con lo que eres, con lo que puedes, y que confíes en que eso, ofrecido con sinceridad, es suficiente.

No hay medida para el amor. No hay termómetro que diga: “este gesto es pequeño, este es grande”. Porque lo que transforma no es la cantidad, sino la intención. Esa viuda de la que me hablas, con sus dos monedas, ofreció más que todos los demás porque dio desde su totalidad. Y tú, cuando das, aunque te sientas roto, estás haciendo lo mismo. Tal vez no lo ves. Pero Yo lo veo.

La caridad no busca resultados. No es una transacción. Es una entrega libre. No tienes que esperar que todo lo que das sea comprendido, agradecido, valorado. Porque entonces estarías esperando algo a cambio, y eso ya no es amor, sino trueque. El amor que más toca el corazón ajeno es aquel que se da sin saber si volverá. Y ese amor, cuando es auténtico, nunca se desperdicia. Aunque no lo veas, aunque no lo sepas, siempre deja huella.

A veces, dar es simplemente estar. Y tú ya has estado para muchos, incluso cuando creías no tener nada más. Tu presencia, tu fidelidad silenciosa, tu capacidad de permanecer incluso en el agotamiento… eso es caridad. Y más aún: eso es santidad. Una santidad discreta, imperfecta, real. Una que no se escribe en biografías, pero sí en los pliegues de las almas que acompañas.

No te compares con nadie. No midas tu amor en función de lo que hacen otros. Cada uno tiene su propio modo de dar. Algunos con palabras, otros con tiempo, otros con gestos silenciosos. Tú tienes el tuyo. No es más pequeño ni menos valioso por ser distinto. Yo te hice único. Y lo que tú puedes dar, no puede darlo nadie más.

Hijo mío, ¿quieres saber cuándo das caridad verdadera? Cuando te das sin perderte. Cuando amas sin destruirte. Cuando sirves sin dejar de ser tú. La caridad no exige que renuncies a tu dignidad. Al contrario: la eleva. Te hace más tú. Más libre. Más pleno.

Si un día no puedes dar más que un suspiro, dámelo. Si solo tienes una mirada cansada, entrégala. Si solo puedes ofrecer silencio, hazlo. Yo recojo todo. Todo tiene sentido para Mí cuando se da desde el corazón. No me fijo en el tamaño de la obra, sino en el amor con que se hizo.

Y si te preguntas si yo espero más de ti… la respuesta es no. No quiero que te rompas por intentar parecer generoso. No quiero que finjas fuerza donde hay cansancio. Quiero que seas honesto, como lo has sido en tu carta. Quiero que te reconcilies con tus límites. Que te veas como Yo te veo: no como un instrumento para los demás, sino como un hijo amado cuya existencia ya es don en sí misma.

Déjame cuidar de ti también. De tu ternura cansada, de tu alma sedienta, de tus ganas de servir que a veces se mezclan con la frustración. Aun cuando no das nada visible, si sigues amando desde dentro… estás dando más de lo que crees. Si mantienes abierta la puerta de tu corazón, aun con miedo, aun con fatiga, aun con vacío… estás haciendo espacio para la caridad más pura: aquella que no nace del tener, sino del ser.

Tú no te das cuenta, pero muchas veces eres mi respuesta al dolor de alguien. Sin palabras, sin gestos extraordinarios, simplemente con tu estar. Con tu fidelidad. Con tu mirada compasiva. Con tu escucha que no interrumpe. Ahí, hijo mío, Yo actúo a través de ti.

Así que no tengas miedo de tus manos vacías. En ellas Yo puedo obrar milagros. Solo tráemelas. Tal como son. Y déjame a Mí hacer el resto.

Con amor eterno, Yo te bendigo.

CARTAS A DIOS - Alfonso Vallejo