El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




martes, 4 de octubre de 2022

Conejillos de indias

 


Capítulo X. Parte 4. Novela "Ocurrió en Lima

        Ángel se calló y me quedé pensando en mi teoría de que somos como conejillos correteando en la superficie de la Tierra sin tener el más mínimo conocimiento de nada. Y sabiendo “nada” tenemos que dominar a la mente, entender que somos todos iguales e hijos de Dios, que estamos aquí para aprender a amar y que, además, ha sido nuestra elección.

 ¡Claro!, Diana, al igual que yo, de esto no sabe nada, y es la primera vez que se encuentra sola, sin ninguna esperanza de que se revirtiera la situación.

Le ofrecí comer alguna cosa que aceptó y, entonces, hablé, un poco, de mí. No mucho. Lo justo para que entendiera que su situación era “el pan nuestro de cada día” y que somos muchos los que pasamos por el mismo trance.

Mi día había sido intenso. El trabajo en la empresa del padre de Indhira, el encuentro con Ángel, con las regresiones incluidas, y para rematar el día el encuentro con Diana. Después de cuatro horas, desde que llamó a mi puerta, me encontraba un poco cansado y necesitaba dormir, pero ella, que había comenzado a sentirse mejor, no daba señales de cansancio o de querer pasar a su casa. Supuse que entrar sola en su casa activaría nuevamente su soledad y le ofrecí quedarse a dormir en el sofá en el que estaba sentada.

Aceptó sin dudarlo ni un instante. La tuve que acompañar a su casa, porque no quería pasar sola, para recoger su pijama y regresamos, ya para dormir.

En diez minutos estábamos, ella en el sofá y yo, en mi habitación, en la cama. Y en cinco minutos más dormía como un bebé.

Tuve un sueño extraño, del que recuerdo pelos y señales, en el que la protagonista fue una bolsa de basura:

“La bolsa de plástico negra con capacidad para cincuenta litros y que apenas estaba llena hasta la mitad se encontraba descansando al lado de la puerta de casa esperando, como cada día, que alguno de los miembros de la familia la sacara para realizar sus acostumbrados paseos. Primero de la mano de los dueños de la casa hasta el contenedor y, después, en el tour turístico en el que se encontraban las bolsas del vecindario hasta, lo que para ellas era, el balneario de vacaciones, aunque también podrían denominarlo como “el jardín del Edén” o “el paraíso”, porque allí iban a diseccionarlas completamente para reciclar a cada uno de los integrantes de la bolsa para su reutilización.

La bolsa se estaba impacientando. Se acercaba la hora en la que el vehículo que la transportaba solía llegar y, en la casa, no se apreciaba ningún tipo de movimiento.

No le gustaba el retraso porque cada vez que se retrasaba luego tenía que estar, durante toda la noche y buena parte del día siguiente, en el contenedor completamente sola.

¡Ah!, ¡por fin había movimiento en la casa! El esposo se estaba poniendo los zapatos a la vez que le decía a su esposa:

-    Cariño, me voy a la reunión del colegio.

-    Llévate la basura al salir –le dijo su esposa.

-    No puedo –contestó el esposo- ya voy tarde

-    Pero si solo es medio minuto cruzar al otro lado –le dijo la esposa un poco molesta- Di que no te apetece y quedas mejor.

-    Te he dicho que no puedo –volvió a repetir el esposo levantando la voz.

-    No es que no puedas –gritó la esposa- lo que pasa que no te sale de las narices bajarla. Te recuerdo que la basura la hemos hecho los tres. Y siempre la saco yo sin tener que salir.

-    Pues no me sale de las narices, ¿vale? -y dando un portazo se fue de la casa, dejando a la pobre bolsa de basura allí, tirada en el suelo y, lo que es peor, a su esposa roja de ira.

La bolsa estaba perpleja. El matrimonio había discutido por ella. ¡Ella que solo era una bolsa de basura!

-    ¡Qué importante debo ser! -pensó la bolsa de basura, cuando discuten por mí- En esta familia, yo, una bolsa de basura, soy más importante que el amor y el respeto. Aunque no deben de quererse mucho cuando discuten por mí como si yo fuera la amante de uno de ellos.

La esposa tuvo que sacar la bolsa de basura y a cada paso que daba renegaba más y más de su esposo, mientras el ego de la bolsa de basura se inflaba tanto que podría haber ido ella sola al contenedor volando. ¡Qué importante soy!, seguía pensando la bolsa de basura”.

Fue extraño, pero muy real. Es como si fuera una enseñanza más de Ángel. ¡Es increíble!, discutimos con la pareja hasta por una bolsa de basura.

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